Era miércoles, un miércoles de agosto sin nada especial. Las calles de Culiacán olían a tierra mojada porque había llovido temprano, una de esas lluvias cortas y pesadas que caen en Sinaloa y se van antes del mediodía sin pedir permiso. El sol de las 3 de la tarde ya había secado el asfalto.
Las bugambilias del fraccionamiento seguían encharcadas en sus macetas y en una casa de colonia residencial con reja pintada de negro y una camioneta pickup estacionada en el garaje. Todo parecía igual que cualquier otro día. Las dos niñas estaban adentro. Nadie en esa calle, ningún vecino, ninguna señora que pasara con su mandado, ningún muchacho que anduviera en bicicleta.
Imaginaba lo que estaba ocurriendo dentro de esa casa en ese momento. Nadie. Quédate hasta el final porque hay un detalle sobre las últimas palabras que Óscar dijo esa tarde. Palabras que quedaron registradas y que ningún abogado, ningún fiscal y ningún periodista pudo explicar del todo, que la gente a cargo describiría como lo más perturbador de todo el expediente.
No fue el arma, no fue lo que encontraron, fue eso. Quédate. Culiacán no es una ciudad que se deje de escribir fácil. Tiene avenidas anchas con palmeras recortadas. Centros comerciales modernos, hospitales privados, fraccionamientos con casetas y vigilancia, pero también tiene colonias donde la gente se conoce por el apodo del abuelo y donde los niños juegan en la calle hasta que oscurece.
Tiene una temperatura que en agosto sube a 38 gr en la sombra y baja apenas unos grados en la noche. El ambiente es pesado, húmedo, pegajoso. La gente de aquí dice que Culiacán te abraza o te aplasta y no hay manera de saber cuál de las dos hasta que ya es demasiado tarde. El fraccionamiento donde vivía Óscar Rivera estaba en la zona norte.
Casas de dos plantas, bardas altas, jardines pequeños. El tipo de colonia donde los vecinos se saludan desde la banqueta, pero rara vez se meten a la sala de los demás. Una comunidad de gente trabajadora con recursos, el tipo de lugar donde la tragedia se guarda puertas adentro y solo sale cuando ya no queda de otra. Ahí vivía él, ahí murieron ella.
Óscar Gerardo Rivera tenía 47 años cuando ocurrió todo. Había nacido en Culiacán, había crecido en Culiacán y en Culiacán había construido todo lo que tenía, la fama, la familia y el peso que cargaba desde hacía meses sin que casi nadie lo viera venir. Era Piter, lanzador derecho, uno de esos jugadores que aparecen una sola vez en generaciones.
Durante 12 años jugó en la Liga Mexicana de Béisbol, primero con los tomateros de Culiacán, después con otros equipos del Siempre con ese brazo que parecía hecho para lanzar pelotas a velocidades que los bateadores tardaban en procesar. ganó premios, salió en periódicos, lo entrevistaron en televisión regional más de una vez, pero lo que lo hizo diferente a todos, lo que hizo que su nombre se grabara en la historia de ese deporte en México, fue un partido de postemporada que nadie que estuvo ahí olvidó.
Un juego perfecto, 26 bateadores, 26 outs, ningún hit, ninguna base por bolas, ningún error. El tipo de actuación que en el béisbol es tan rara que hay pitchers que juegan 20 años y se retiran sin haber visto uno en vivo. Óscar lo hizo en postemporada, que es cuando el miedo aprieta más fuerte y las manos sudan aunque uno no quiera.
La gente que lo vio ese día habla de él, como se habla de alguien que caminó sobre el agua. Después de retirarse, Óscar se quedó en Culiacán. Trabajaba como entrenador de jóvenes en una academia de béisbol que él mismo había ayudado a fundar. Iba por las mañanas, regresaba por las tardes, llevaba a sus hijas a la escuela cuando tocaba.
La vida ordinaria de un hombre que había sido extraordinario y que ahora hacía lo que hacen todos. Vivir el día a día. Su esposa se llamaba Marcela Gómez Ibarra. Tenía 43 años. Marcela era maestra de primaria. Llevaba 18 años frente a un salón. Sus exalumnos la recuerdan por su voz tranquila y por la paciencia que tenía para explicar las mismas cosas 10 veces sin cansarse.
Tenía el cabello negro que empezaba a salpicar de gris y que ella no hacía el menor esfuerzo por ocultar. Era de las personas que caminan derecho y miran a los ojos. Llevaba 20 años casada con Óscar. La señora Remedios Barra tenía 68 años. Era la mamá de Marcela, viuda desde hacía 6 años. Vivía sola en una casa a 40 minutos de ahí, pero desde así algunos meses pasaba varias semanas al mes en casa de su hija.
Iba a ayudar a estar cerca, como hacen las mamás cuando sienten que algo en la casa de su hija no está del todo bien, aunque no puedan decir exactamente qué es. Las niñas se llamaban Valentina y Sofía, 12 y 9 años. Béisbol tiene una frase que los jugadores se dicen entre ellos. Uno controla la pelota, uno controla el lanzamiento.
Óscar la repitió durante años en sus entrenamientos. La diferencia, dice el refrán, está en lo que uno puede manejar y lo que no. El lanzamiento depende de ti. Lo que el bateador hace con él, el viento, el rebote en el guante del catcher. Eso está fuera de tu control. Hay que aprender a soltar.
No está claro si Óscar lo aprendió alguna vez. Lo que sí está claro es que en los meses previos a agosto de 2023, algo en él había dejado de soltar, algo lo tenía atrapado y mientras más tiempo pasaba, más apretado lo tenía. Los que lo conocían en la academia de béisbol notaron el cambio antes de que él dijera una palabra.
Llegaba más tarde, se distraía en los entrenamientos. Uno de sus asistentes, un hombre que había trabajado con él 4 años, le preguntó un día si estaba bien. Óscar le dijo que sí, que estaba bien, que había dormido poco. El asistente no preguntó más. La primera señal que Marcela tuvo, la primera que ella reconocería después de que todo ocurrió, llegó en mayo.
Fue un mensaje en el celular de Óscar que ella vio sin querer. Él lo había dejado en la mesa de la cocina mientras iba al baño. La pantalla se encendió sola con una notificación y Marcela, que estaba parada ahí con una taza de café en la mano, leyó las dos líneas que aparecieron antes de que la pantalla se apagara. No era un mensaje de trabajo.
Marcela no dijo nada ese día. se quedó parado un momento, terminó su café, lavó la taza y se fue a preparar el desayuno de las niñas como si nada hubiera pasado. Pero adentro de ella algo se tensó, algo que ya no se volvió a aflojar del todo. En los días siguientes empezó a prestar más atención. No de manera escandalosa, no revisando cajones ni siguiéndolo, solo observando la manera en que Óscar ponía el celular boca abajo cuando ella entraba al cuarto, los fines de semana que decía que tenía que ir a la academia aunque la
academia estuviera cerrada. Las respuestas cortas a preguntas simples. ¿A qué hora llegas? No sé, depende. ¿Comiste? Sí, dos palabras, a veces una. Marcela le comentó a su mamá, no todo, solo que sentía que Óscar estaba raro, que andaba distraído, que algo no cuadraba. remedios escuchó, frunció el seño y le dijo a su hija que hablara con él, que lo enfrentara, que los problemas enterrados se pudre.
Marcela dijo que iba a esperar tantito. Esperó demasiado. En junio, los rumores llegaron por donde siempre llegan en las comunidades pequeñas, por una tercera persona que conoce a alguien que vio algo. Una señora que había ido a la academia de béisbol a llevar a su nieto le dijo a una conocida que había visto a Óscar Rivera hablando muy seguido con una mujer joven que no era la primera vez, que parecía una conversación que tenían seguido.
de esas conversaciones donde la gente se inclina un poco hacia el otro y baja la voz. Eso llegó a oídos de Marcela por el camino que siempre toman esas cosas, torcido, fragmentado, con partes que se pierden y partes que se exageran. Pero llegó. Esa noche Marcela esperó a que las niñas se durmieran y le preguntó a Óscar directamente si había algo que ella debiera saber.
Óscar se ríó. No una carcajada, una risa corta, incómoda, de las que salen cuando alguien no sabe bien qué hacer con su cara. Le dijo que no había nada, que era trabajo, que ella estaba malinterpretando cosas. Marcela lo miró un momento. Él sostuvo la mirada y ella, que llevaba 20 años leyendo a ese hombre supo que le estaba mintiendo, pero también supo o creyó saber que podían salir de eso, que habría una conversación difícil, que habría un periodo feo, pero que al final la familia seguiría de pie porque eso era lo que hacían. Seguían de pie. Se
equivocó en algo fundamental. Lo que ella no sabía era que Óscar también estaba cargando otra cosa, algo que no tenía que ver con ninguna mujer, algo más viejo, más profundo, más oscuro. Y ese algo llevaba meses comiéndoselo por dentro en un lugar donde Marcela no podía ver. Julio fue un mes de silencios.
Silencios en la mesa del desayuno, silencios en el coche cuando iban a dejar a las niñas, silencios en la noche cuando los dos estaban en la misma cama, pero a mundos de distancia. El tipo de silencio que no es paz, sino territorio minado. Uno camina con cuidado porque no sabe dónde está la siguiente explosión. Remedios llegó a quedarse a principios de julio.
Marcela se lo había pedido. No le explicó bien por qué, pero Remedio se entendió sin necesidad de explicación. Las madres entienden esas cosas. La señora Remedios se instaló en el cuarto de visitas de la planta baja, ayudaba con las niñas, cocinaba, estaba presente. Su presencia era silenciosa y constante, como la de alguien que sabe que está ahí para sostener algo, aunque todavía no sabe exactamente qué.
Óscar no protestó por su llegada, solo dejó de platicar en las noches. Había semanas en que llegaba tarde oliendo a sudor, pero con el uniforme de la academia limpio, lo cual no cuadraba con que hubiera estado entrenando. Había noches en que se quedaba en la cochera con la troca encendida durante 20 minutos antes de entrar.
Había mañanas en que despertaba con cara de no haber dormido, aunque había estado acostado. Una noche de mediados de julio, Valentina, la de 12 años, le preguntó a su abuela en la cocina, “¿Mi papá está enojado con nosotras?” Remedios le dijo que no, que su papá estaba cansado, que los adultos a veces tienen problemas que no tienen que ver con los hijos.
Valentina asintió, pero siguió mirando a su abuela con esa manera que tienen los niños de ver cuando saben que les están diciendo la versión amable de algo. El 20 de agosto, tr días antes de que todo ocurriera, Marcela tuvo la confirmación que había estado evitando. Había tomado el celular de Óscar mientras él dormía.
No era la primera vez que lo intentaba, pero sí la primera vez que pudo entrar. Él había cambiado el código de desbloqueo semanas atrás, pero esa noche lo dejó cargando sin bloquear. Quizá por el cansancio, quizá porque en algún nivel ya no le importaba. Marcela lo tomó del buró, se fue al baño, cerró la puerta con seguro y en la luz blanca de ese cuadrito de 3 m comenzó a leer.
Lo que vio no fue solo una infidelidad, fue una vida paralela. Había mensajes de meses, fotos, conversaciones largas de esas que se tienen en la noche cuando uno cree que el mundo está dormido. Había planes, frases que uno solo le dice a alguien con quien está construyendo algo. Y había una fecha, una fecha en la que Óscar le decía a esa otra persona que para entonces ya habría resuelto lo de la familia.
Marcela leyó esa frase tres veces. Resuelto lo de la familia. Guardó el celular, regresó al cuarto, lo puso en su lugar. y se metió a la cama sin hacer ruido. No durmió. A las 4 de la mañana seguía con los ojos abiertos mirando el techo. El ventilador giraba. Óscar respiraba a su lado con esa respiración pesada y lenta de quien no carga culpa o de quien aprendió a cargarla sin que se note.
Marcela pensó en sus hijas. Pensó en 20 años. Pensó en los padres de Óscar que vivían en la misma ciudad. Pensó en lo que iba a decirle a su mamá. Pensó en si había señales que había ignorado. Pensó en la frase resuelto lo de la familia. ¿Qué quería decir con eso? En ese momento todavía podía haber interpretaciones. Quizás significaba que iba a pedir el divorcio.
Quizás significaba que iba a decirle algo, quizá. Pero algo en el cuerpo de Marcela, algo que va más allá de la razón, algo viejo y animal que vive en el pecho, le dijo que esa frase no era inocente. No pudo decirle a nadie por qué. simplemente supo. Al día siguiente, 21 de agosto, Marcela le contó todo a su mamá. Remedio se escuchó sentada en la silla de la cocina con las manos apretadas sobre la mesa sin interrumpir.
Cuando Marcela terminó, hubo un silencio largo. Luego la señora Remedios dijo que había que hablar con Óscar, que no podían seguir así, que Marcela tenía que plantarle la cara y decirle que sabía todo. Marcela le preguntó si creía que era seguro. Remedios dijo que sí, que Óscar era mucho defecto, pero que no era de esos hombres. se equivocó.
Las dos decidieron esperar al miércoles. Óscar tenía el miércoles libre porque la academia descansaba a media semana. Habría tiempo para hablar sin las niñas mirando sin apuro. El martes en la tarde, Marcela llamó a una amiga que era abogada solo para preguntar, solo [resoplido] para saber qué implicaba un divorcio, cómo se dividían los bienes, cuáles eran los pasos.
La abogada le dijo que no se preocupara, que había opciones, que estas cosas se podían resolver. Esa fue la última conversación que Marcela tuvo con alguien fuera de la casa. Miércoles 23 de agosto de 2023. Óscar Rivera se despertó antes de que sonara el despertador. Las niñas se fueron a la escuela a las 7:30. Valentina iba en el asiento de atrás con su mochila verde.
Sofía iba dormida, como siempre, apoyada contra la ventanilla. Remedios las llevó en su coche porque Marcela dijo que tenía que hablar con Óscar esa mañana. Fue la última vez que las niñas vieron a su madre. Remedios regresó a la casa a las 8:10 de la mañana. Lo que pasó después ocurrió dentro de esa casa, detrás de una puerta que los vecinos nunca vieron abrirse ese día.
Ahora viene la parte que nadie que escuche esto va a poder sacudirse, no porque sea la más violenta, sino porque es la más humana. Y eso es lo que duele más. Óscar llevaba semanas desmoronándose por dentro en silencio. La infidelidad era real, la otra persona era real, los planes eran reales, pero había algo más que nadie supo hasta que los investigadores empezaron a juntar los pedazos de los últimos meses.
Algo que Óscar no le había dicho a nadie, ni a su amante, ni a sus amigos, ni a su familia. Tenía deudas, deudas serias, del tipo que no se saldan fácil. La academia de béisbol había estado perdiendo dinero desde principios de año. Habían entrado socios que después se retiraron. Había compromisos firmados que no se cumplieron.
Y Óscar, que en su carrera de jugador había ganado bien, pero nunca había sido de los que ahorran con método, se encontró parado frente a un hoyo que él mismo había acabado sin darse cuenta. El dinero que debía era real. La vida que había prometido en mensajes de madrugada a otra persona requería empezar de cero.
Y empezar de cero en la cabeza de Óscar Rivera significa desaparecer de Culiacán. Significaba dejar atrás la academia, significaba dejar atrás la casa, significaba dejar atrás todo, pero había algo que no podía dejar. Las niñas. Óscar quería a sus hijas con la intensidad de alguien que no sabe expresar lo que siente de otra forma que no sea estar presente.
Las llevaba sus prácticas de béisbol porque Valentina también había agarrado el gusto por el deporte. Dormía con Sofía en el sillón viendo caricaturas cuando ella no podía conciliar el sueño. Esas cosas las hacía sin esfuerzo, sin que se lo pidieran. Y ahí estaba el problema que ningún investigador pudo resolver del todo. ¿Cómo pensaba irse con ellas si Marcela tenía custodia? ¿Cómo podía tener una vida nueva cargando el peso de una separación, una demanda por infidelidad, deudas? ¿Y el escándalo de que el exeisbolista famoso lo había perdido
todo? Los pensamientos daban vueltas. 3 de la mañana, el techo del cuarto, el ventilador, la respiración de Marcela a su lado, las cuentas en la cabeza que no cuadraban de ninguna manera. 4 de la mañana, lo mismo. 5, lo mismo. Las semanas de insomnio lo habían ido cambiando de formas que él mismo no podía ver porque estaba demasiado adentro.
Cuando uno no duerme bien durante semanas, el cerebro empieza a fallar en cosas sutiles. La capacidad de ver opciones, la capacidad de calcular consecuencias, la capacidad de detenerse antes del borde y pensar, “Esto no tiene regreso.” Óscar Rivera llegó al miércoles 23 de agosto con la cabeza de alguien que lleva demasiado tiempo mirando el mismo problema desde el mismo ángulo. Y el ángulo era el peor posible.

No pensó, “Voy a hablar con Marcela. Voy a decirle la verdad, vamos a arreglar esto o no, pero lo vamos a arreglar de frente. Pensó otra cosa. Pensó que si Marcela no existía, el problema desaparecía y luego pensó en remedios, que estaba en la casa y que lo sabía todo. El pensamiento no llegó de un solo golpe, llegó como llegan las ideas más oscuras, despacio en fragmentos, disfrazado primero de hipótesis y luego de plan.
tres días, tres noches sin dormir, con el mismo pensamiento dando vueltas. Para el miércoles ya no era una hipótesis. Lo que pasó adentro de esa casa entre las 8 de la mañana y el mediodía del 23 de agosto de 2023 fue reconstruido por los investigadores con base en la evidencia forense, la posición de los cuerpos y lo poco que las niñas que regresaron de la escuela al mediodía, pudieron percibir sin ver.
Marcela y Óscar tuvieron la conversación. Ella le dijo que sabía. Le dijo todo lo que había leído. Le dijo lo de los mensajes, lo de la otra persona, lo de la fecha, y le preguntó qué significaba resolver lo de la familia. Óscar al principio no dijo nada, luego comenzó a hablar. Una voz baja controlada, de las que dan más miedo que los gritos.
dijo que ya no podía seguir, que estaba ahogado, que necesitaba empezar de nuevo, que iba a necesitar a las niñas. Marcela le dijo que eso no iba a pasar. Esa fue la última frase que ella alcanzó a decir completa. Lo que Óscar usó estaba en la casa. No fue algo que compró esa mañana, ni algo que planeó con semanas de anticipación en el sentido de ir a buscarlo.
Estaba ahí, había estado ahí. Fue rápido, demasiado rápido. Marcela Gómez Ibarra murió en la sala de su propia casa, en la ciudad donde había nacido, a 40 minutos de la escuela donde enseñó por 18 años. Tenía 43 años. La señora Remedios escuchó algo desde el cuarto de visitas de la planta baja. Salió al pasillo.
Vio a Óscar en el último escalón de la escalera. Sus miradas se cruzaron. Remedios no alcanzó a gritar. 68 años. una mujer que había enviudado, que había criado a su hija sola los últimos 6 años, que había ido a esa casa porque sintió que su hija necesitaba que alguien estuviera cerca. Murió también.
En esa casa quedaron dos cuerpos y un hombre parado en medio del silencio que él mismo había construido. Las niñas llegaron a las 12:15. El chóer del camión escolar las dejó en la esquina como siempre. Valentina abrió la puerta con su llave porque así lo hacían cuando llegaban antes de que llegara alguien. Sofía entró detrás de ella.
Las dos se quedaron paradas en el saguán. Había silencio, pero era un silencio diferente al de todos los días. Un silencio que tenía peso. Valentina llamó a su mamá. Nadie, contestó. Sofía llamó a su abuela, nadie. Valentina le dijo a su hermana que se quedara en la entrada. Fue hacia el pasillo de la sala. Lo que vio ahí hizo que se regresara corriendo.
Tomó a Sofía de la mano. Las dos salieron a la calle. Valentina tenía 12 años y en ese momento tuvo que hacer lo que no le tocaba hacer a nadie de 12 años, ser la que sostiene. Le dijo a su hermana que no entraran, que todo iba a estar bien, que ya venía alguien. Luego marcó al 911. Su voz en esa llamada, según los primeros oficiales que llegaron, era la voz de alguien que está conteniendo algo demasiado grande para el cuerpo que lo carga. 12 años.
Las primeras dos patrullas llegaron a las 12:28. Los oficiales encontraron a las dos niñas sentadas en la banqueta frente a la casa. Valentina tenía el brazo alrededor de Sofía, que no lloraba. Tenía la mirada fija en un punto del pavimento. Los oficiales entraron, encontraron los cuerpos. Óscar Rivera no estaba. La camioneta pickup tampoco.
Marcaron como zona de crimen toda la cuadra. Llegaron más patrullas, llegaron peritos. Llegaron los paramédicos que ya no podían hacer nada por Marcela ni por remedios. Un oficial se quedó con las niñas en la banqueta. Valentina le explicó con una calma que el oficial describiría después como la cosa más triste que he visto en años, lo que había pasado, que habían llegado y que había silencio, que su mamá no estaba, que había algo en la sala.
Sofía no dijo una palabra. El operativo para localizar a Óscar Rivera se activó de inmediato en Culiacán. Cuando alguien que todos conocen desaparece después de algo así, las noticias corren más rápido que las patrullas. Para las 2 de la tarde, los vecinos de la colonia ya sabían. Para las 3 lo sabían en la academia de béisbol.
Para las 4 lo sabían en toda la ciudad. El nombre de Óscar Rivera empezó a circular en redes sociales junto a una foto de él en uniforme de béisbol que alguien sacó de un archivo viejo. El pitcher, el del juego perfecto. Sonriendo en el montículo con el brazo en alto después de un lanzamiento. La imagen era de hacía 15 años. Un hombre diferente, el mismo nombre.
Exjugadores que lo conocían no sabían qué decir. Algunos publicaron algo. La mayoría se quedó callada. ¿Qué se dice cuando alguien que fue tu compañero, que celebraste, que aplaudiste, que admiraste, hace algo así? No hay palabra para eso. No hay respuesta que alcance. Óscar Rivera fue localizado esa misma tarde.
A las 5:17 minutos del 23 de agosto, en una carretera federal a 80 km de Culiacán en dirección sur, un oficial de caminos detectó la camioneta pickup estacionada en el acotamiento. Las luces de emergencia estaban prendidas. El oficial se acercó. Óscar Rivera estaba dentro, solo, inmóvil. Ya estaba muerto.
Se había quitado la vida ahí en ese acotamiento de carretera entre Mezquites Resecos y el calor de las 5 de la tarde en Sinaloa, lejos de la ciudad, lejos de la casa, lejos de sus hijas. El oficial llamó por radio. Llegaron más unidades. Llegaron peritos. El sol ya empezaba a bajar. En el asiento del copiloto, los investigadores encontraron su celular.
Y en ese celular había un mensaje de voz grabado horas antes dirigido a sus hijas. Ese mensaje existió, quedó en el expediente y lo que Óscar dijo en él, lo que le dijo a Valentina y a Sofía en sus últimas palabras grabada, es el detalle que la gente a cargo definiría como lo más perturbador de todo el expediente, porque Óscar Rivera en ese mensaje no pidió perdón, les dijo que las quería y luego les explicó con la voz tranquila de quien ha tomado una decisión, que lo que hizo lo hizo para que pudieran empezar de nuevo, para que pudieran
empezar de nuevo. Ese es el pensamiento que nunca tuvo respuesta, que ningún fiscal articuló del todo, que ningún psicólogo forense pudo cerrar en una sola oración, que quedó flotando en el expediente como una pregunta sin fondo. Empezar de nuevo como sin madre, sin abuela, sin él. Eso era lo que Óscar Rivera creía que les estaba dando a sus hijas.
El caso fue clasificado por la Fiscalía General del Estado de Sinaloa como doble homicidio seguido de suicidio. Las diligencias forenses confirmaron lo que la escena ya indicaba. Los peritos trabajaron el 23, el 24 y parte del 25 de agosto en la casa y en el lugar donde fue encontrado Óscar. Los cuerpos de Marcela y de la señora Remedios fueron entregados a sus familiares el 24 de agosto por ser un caso de homicidio suicidio.
No hubo proceso penal, no hubo detenidos, no hubo juicio. El expediente quedó cerrado. Número de expediente FGE sin 2023. Fecha de cierre 29 de agosto de 2023. 6 días. Valentina y Sofía Rivera Gómez pasaron las primeras noches en casa de unos tíos por parte de la mamá. Las personas que los conocen dicen poco en público. Eso es comprensible.
Son niñas, tienen derecho a que el mundo no las mire. Lo que se sabe es que Valentina, la de 12, dejó de hablar por varios días. No un mutismo completo, pero casi. Contestaba con monosílabos, comía poco, dormía con la luz encendida. Sofía, la de nueve, preguntó varias veces en esos primeros días dónde estaba su abuela.
La primera vez que le explicaron escuchó en silencio. Luego preguntó si podía ir a verla. Le dijeron que no. Preguntó por qué. No hay respuesta para eso que no lastime. Hay personas que han seguido su situación de cerca. personas de la familia, personas de la escuela, personas de la comunidad que en los meses siguientes hicieron lo que las comunidades hacen.
Acompañar sin saber bien cómo, pero acompañar no se sabe más y probablemente así debe ser. La academia de béisbol cerró semanas después. Los socios que quedaban tomaron la decisión sin mucho debate. El nombre de Óscar Rivera estaba ligado a todo, a las instalaciones, al logo, al historial de los equipos juveniles que habían pasado por ahí.
Había jóvenes que llevaban tres o 4 años en esa academia, chavos de 14, 15, 16 años que habían aprendido a lanzar y a batear bajo la instrucción de alguien que resultó ser alguien que ninguno de ellos había conocido del todo. Eso también es una herida, el tipo de herida que no tiene vendaje posible. En la Liga Mexicana de Béisbol, nadie habló oficialmente del caso durante semanas.
Después, una declaración breve lamentando lo ocurrido, expresando condolencias a la familia. El juego perfecto siguen los registros. Las estadísticas no se borran. El nombre aparece todavía en los libros históricos de la liga. Óscar Gerardo Rivera. Juego perfecto. El récord existe, lo demás también. La colonia donde todo ocurrió sigue igual.
Las bugambilias crecen en las macetas. Los vecinos salen por las mañanas. Los niños esperan el camión escolar en las esquinas. La casa sigue ahí con la reja pintada de negro, con el jardín pequeño. Nadie se detiene al frente. Nadie. Pero tampoco nadie ha olvidado del todo lo que pasó adentro.
Y eso es lo que tiene el horror verdadero, que no necesita que uno lo recuerde, simplemente no se va. Valentina tenía 12 años cuando tomó a su hermana de la mano en la puerta de esa casa y le dijo que todo iba a estar bien. No sabemos si lo creyó. No sabemos si lo cree ahora. Hay cosas que quedan sin respuesta y esta historia es de esas.
Si llegaste hasta aquí, sabes por qué estas historias importan. Porque pasan. Porque pasan cerca. Porque detrás de cada nombre en un expediente hay personas reales que merecen ser recordadas con la misma claridad con que vivieron. Cuéntanos en los comentarios, ¿conociste este caso cuando ocurrió? ¿Viviste en Culiacán en esa época? ¿Qué es lo que más te impactó de esta historia? Hay muchas más historias que deben ser escuchadas.
Aquí las contamos todas.
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