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JULIO César Chávez: de rodillas por CRACK ante NARCOS… El asqueroso INFIERNO que se OCULTÓ

Ellos van a sus peleas, lo invitan a sus fiestas, le mandan regalos, coches, joyas, dinero y cocaína, mucha cocaína. 12 de septiembre de 1992, Julio pelea contra Héctor Macho Camacho en Las Vegas. Es su pelea más grande hasta ese momento. Gana por decisión unánime. Es una victoria importante y después de la pelea celebra.

como siempre celebra, pero esta vez alguien le ofrece algo diferente. Cocaína. Julio, la prueba. Días después de vencer a Macho Camacho, la probé por primera vez confesar años después en una entrevista con el financiero. No me gustó al principio, pero poco a poco me enganché. Y cuando Julio César Chávez se engancha con algo, no puede parar.

Porque Julio nunca hace nada a medias. Es obsesivo, compulsivo, va al extremo en todo, en el boxeo, en el alcohol y ahora en la cocaína. Al principio lo controla, solo después de las peleas, solo para celebrar, solo los fines de semana. Pero poco a poco la cocaína toma control, empieza a consumir entre peleas.

Durante los entrenamientos, todo el tiempo, su cuerpo empieza empieza a cambiar, su mente empieza a cambiar, pero sigue ganando. Entonces, nadie dice nada. 29 de enero de 1994, la noche que todo cambia. Julio pelea contra Franky Randal en Las Vegas. Es su pelea número 92. Llega invicto. 89 victorias, dos empates, cero derrotas. Es el récord más impresionante en la historia del boxeo, pero esa noche pierde por decisión dividida, dolorosa, controversial, pero pierde.

La racha se acabó, el invicto se acabó. Julio está devastado y cuando está devastado busca consuelo. En el alcohol, en la cocaína, consume más, mucho más. Los narcotraficantes que antes lo admiraban, ahora lo ven diferente. Julio ya no es el campeón invicto, ya no es el ídolo intocable, ahora es solo otro adicto, otro cliente, otro esclavo de la droga.

Mandaban por mí confesará años después. Me amanecía con ellos. Si no iba, me obligaban a ir. Mejor me presentaba de buenas. Con ellos es mejor hacer amigos, no enemigos. Iban a su casa todos los narcotraficantes más buscados de todo el mundo. El Chapo Guzmán, el mayo Zambada, los arellano Félix, todos.

Y Julio consumía con ellos cocaína, más cocaína. Y cuando la cocaína ya no es suficiente, alguien le da otra cosa. Crack, la piedra. El infierno químico concentrado en cristales que se fuman. 100 veces más adictivo que la cocaína en polvo, 1000 veces más destructivo. Y Julio cae, cae profundo, cae rápido.

El crack lo destruye, lo consume, lo vacía, ya no puede entrenar bien, ya no puede concentrarse, su peso fluctúa, sus reflejos se vuelven lentos, pero sigue peleando porque necesita el dinero, porque todo el dinero que ganó se va en drogas, en fiestas, en los narcos que lo rodean y lo sangran. Sigue peleando, pero ya no es el mismo.

Gana algunas, pierde otras. La magia se fue. El invencible Julio César Chávez es ahora un peleador acabado, un adicto que sube al ring solo por el dinero, solo para mantener su adicción. Es triste, es patético, es la caída de un ídolo. Su familia intenta intervenir, su esposa Malia lo confronta. Sus hermanos le suplican que pare, pero Julio no escucha.

Julio está perdido, está en otro mundo, un mundo de paranoia, de alucinaciones, de voces que solo él escucha. El crack hace eso. Destruye la mente, destruye el alma, destruye todo. Se encierra en baños de estadios para consumir, se esconde en su casa paranoico. Cree que lo persiguen, que lo vigilan, que quieren matarlo.

Ve enemigos donde no los hay. Escucha voces, ve sombras, el crack lo está volviendo loco, literalmente loco. Y el dinero se va. Todo el dinero que ganó en 20 años de boxeo, más de $ millones dólares. Todo se va. En drogas, en narcos, en supuestos amigos que lo usan, en malas inversiones, en todo. Julio vomita sangre. Su hígado está destruido.

Sus riñones fallan, su corazón lata irregular. Está muriendo, literalmente muriendo y no le importa. Prefiere morir que dejar las drogas. El crack es más fuerte que su voluntad, más fuerte que su amor por su familia, más fuerte que todo. Año 2000, su familia toma una decisión. Tienen que salvarlo, aunque sea la fuerza, aunque Julio los odie por eso. Su hermano Rafael idea un plan.

Le dicen a Julio que vayan a visitar una clínica de rehabilitación en Guadalajara solo para conocerla, solo para ver qué ofrecen. Solo una visita. Julio acepta. Solo para que dejen de molestarlo. Solo para que lo dejen en paz. No cree que tenga un problema, no cree que necesite ayuda. Él es Julio César Chávez.

Él puede con todo. Llegan a la clínica, todo está bonito, limpio, moderno, los reciben bien. Le dicen que quieren presentarle al dueño, que el dueño es su fan, que solo quiere conocerlo. Julio acepta, lo meten a una habitación y entonces cierran la puerta, una puerta de fierro con candado. Julio entiende, lo engañaron, lo traicionaron, su propia familia.

se encuentra en una celda grande. Hay más de 100 hombres ahí, adictos, mugrosos, desesperados. Julio empieza a gritar, a exigir que lo saquen. Soy Julio César Chávez. Ustedes no saben quién soy. Los amenazo, los demando. Me conocen todos los narcos de México. Van a venir por mí, me van a sacar. Los van a matar a todos, pero nadie lo escucha.

Uno de los internos se acerca, le habla calmado. Aquí eres un adicto más. No eres especial, no eres diferente, eres uno de nosotros. Eres un esclavo de la droga como todos. Bienvenido al infierno. Julio no lo acepta, se pelea, golpea cinco hombres, pero llegan 20 más. Le dan una paliza, lo tiran al suelo, lo amarran, manos y pies, lo dejan ahí.

Pasaré los cu meses más amargos de toda mi vida. Confesará años después. No podía hablar con nadie. Al mes y medio me soltaron las cuerdas. Todo era para que valorara. Lloré mucho en ese momento. Yo tenía mis cosas afuera y estaba ahí amarrado. Los primeros días son infernales. El síndrome de abstinencia lo destruye. Tiembla, suda, vomita, tiene alucinaciones, ve cosas que no existen.

Escucha voces, grita, llora, ruega por una dosis, solo una, solo para el dolor. Pero nadie le da nada. tiene que aguantar, tiene que pasar por el infierno para llegar al otro lado. Intenta quitarse la vida, busca formas de hacerlo, pero los guardias lo vigilan, no lo dejan solo. Pasan semanas, Julio empieza a aceptar su realidad, empieza a hablar con otros internos, escucha sus historias y se da cuenta que no es diferente, que no es especial, que es solo otro adicto, otro hombre roto por las drogas, otro esclavo

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