Todo eso iba quedando guardado en su memoria como una fotógrafa que no saca fotos, sino que se queda con las imágenes adentro para usarlas cuando llegue el momento. Y el momento llegó en 1937. Ese año conoció a Juan Carlos Torry, uno de los galanes más queridos de la radio Argentina, y juntos formaron una dupla que iba a cambiar la historia del humor argentino para siempre.
Porque Niní no quería solo actuar, quería escribir sus propios personajes, quería controlar lo que decían, cómo lo decían, por qué lo decían. En aquella época eso no se hacía y mucho menos si eras mujer. La radio era un mundo de hombres, los guionistas eran hombres, los directores eran hombres, las mujeres ponían la voz y se callaban.
Cuando Niní propuso escribir sus propios libretos, la respuesta fue siempre la misma. No. Pero Niní siguió insistiendo hasta que le dijeron que sí y entonces creó a Catita. Catita era una muchacha de barrio medio despistada, medio pícara, con un vocabulario mezclado de lunfardo y aspiraciones de grandeza. Decía utógrafo en vez de autógrafo.
Confundía palabras, se equivocaba con entusiasmo y Argentina se enamoró de ella al instante. Pero lo que nadie sabía, lo que Niní nunca contó públicamente, era de dónde había salido realmente Catita. Salió de las fans histéricas de Juan Carlos Torry, esas chicas que se amontonaban en la puerta de la radio para pedirle un utógrafo.
Exactamente así, con la U en vez de la A. Y que Niní observaba con esa mirada suya que no perdía detalle. Catita era real, era la mujer de la calle, era la que soñaba, la que se equivocaba, la que no tenía la educación que otros tenían, pero que tenía algo que nadie le podía quitar. El corazón. Cándida también era real.
Venía de Francisca, la mucama gallega que trabajaba en la casa de su infancia en Santelmo, una mujer que había cruzado el océano sin saber bien a dónde llegaba. que mezclaba el español gallego con el porteño, que hacía las cosas con una lógica propia que no siempre coincidía con la lógica del resto. Nini había aprendido a escuchar antes de hablar, a mirar antes de actuar, y eso, según algunos directores con los que trabajó, era lo que la diferenciaba de cualquier otro cómico de su época.
No se reía de la gente, se reía con la gente. Para finales de los años 30, Nini Marshall era la figura más popular de la radio argentina. Millones la escuchaban cada semana. Las películas que protagonizaba batían récords de taquilla. Era, sin ninguna duda, la mujer más famosa del país. Y en ese momento de gloria máxima, cuando todo parecía ir bien, fue que comenzó el primero de los grandes golpes.
En 1943 llegó la censura. El gobierno militar, que había tomado el poder ese año decidió que el lenguaje de los personajes de Niní deformaba el idioma del pueblo. Le prohibieron trabajar en la radio de un día para el otro, sin explicaciones, sin apelaciones posibles. Nini, que ya lo intuía, se despidió de sus oyentes con una frase que quedó en la historia.
Hasta el viernes, si nos dejan. Pero la situación empeoró aún más cuando llegó el peronismo al poder. Según se relata en diversas fuentes de la época y según la propia Nini escribió años después en sus memorias, el problema comenzó con un hombre que se llamaba Juan Duarte, el hermano de Eva Perón. Un hombre que, según versiones que circularon durante décadas en el ambiente artístico, habría intentado acercarse a Nini y habría recibido un rechazo que no perdonó.
Algunos sostienen que fue eso, otros dicen que fue una imitación de Evita en una fiesta privada. Lo cierto, lo único verificable es lo que Nini misma escribió sobre ese momento, que fue a la casa de gobierno a pedir una audiencia con Perón para entender por qué no le daban trabajo, que la hicieron esperar tres veces, que en la tercera visita, después de 2 horas sentada en una antesala llena de desconocidos, salió un emisario y gritó en voz alta para que todos escucharan.

Señora, dice el señor Duarte que se acuerde cuando en una fiesta de pitucos vestida de prostituta, imitó a su hermana Eva, la mujer más famosa de Argentina, humillada en público delante de desconocidos por el hermano de la primera dama. Niní no respondió. Niní no lloró en público.
Niní se dio vuelta, salió de la casa de gobierno y tomó la decisión que cambiaría los siguientes 5 años de su vida. Se fue del país con Angelita, de nuevo sola, de nuevo empezando desde cero. México la recibió con los brazos abiertos. Lo que Argentina le negaba, México se lo daba con creces. películas, teatro, radio. El público mexicano la adoró desde el primer momento y Niní una vez más construyó una vida nueva sobre los escombros de la anterior, pero el exilio tiene un precio.
Su segundo marido, Marcelo Salcedo, no pudo con ese precio. No pudo acomodar su vida profesional al nuevo presente de su esposa. no pudo ser el hombre que vivía a la sombra de la mujer más famosa del continente y se fue. Y una vez más, Nini Marshall quedó sola con su hija. En la casa latinoamericana de Ciudad de México, ese edificio de departamentos donde vivían todos los artistas argentinos exiliados, Ninií encontró algo que quizás no esperaba encontrar.
Una comunidad Libertad la mar que vivía ahí. Amanda Ledesma también artistas que como ella habían sido expulsados de su propio país y que se habían hecho una familia nueva del otro lado del océano. Ahí Nini conoció también a Carmelo Santiago, un productor y periodista que se convirtió primero en su representante y después en su pareja.
Por primera vez en mucho tiempo parecía que la vida le daba algo que durar, pero aquello era solo el comienzo de lo que aún estaba por pasar. En 1955, después del golpe que derrocó a Perón, Niní Marshall volvió a Argentina. Tenía 52 años, 5 años de exilio encima, una hija adulta y las mismas ganas de trabajar que había tenido siempre.
El regreso fue triunfal. El público la recibió como si nunca se hubiera ido. Katita volvió a los escenarios. Las películas volvieron y Niní una vez más demostró que era imposible borrarla del mapa. Pero en 1968, cuando ya tenía 65 años, llegó el tercer golpe. Descubrió que Carmelo Santiago, el hombre con quien había convivido durante años, su representante, su pareja, la persona en quien más confiaba, tenía un amante.
Tres hombres, tres traiciones distintas. el ludópata que la dejó sin casa, el que no aguantó el exilio y el que la engañó cuando ya tenía el pelo blanco. Y las tres veces, Nini Marshall hizo lo mismo. Siguió. No habló de eso en público. No dio entrevistas llorando. No buscó la lástima de nadie.
Se paró frente al micrófono, frente a la cámara, frente al público y siguió haciendo reír porque Nini Marshall había aprendido algo en aquella pieza prestada en Rosario con su hija de meses y un tazón de café con leche. que el dolor se aguanta, que la vida sigue aunque duela y que hay momentos en que lo más valiente que puede hacer una persona es pararse frente al mundo y sonreír.
Pero hay algo más en la historia de Ninnie Marshall que todavía no te conté. Algo que tiene que ver con sus personajes, con el secreto detrás de las máscaras. Nini creó a lo largo de su carrera más de una docena de personajes distintos. Catita, Cándida, Doña Pola, Moni, Carmen, Niña Jovita, cada uno diferente, cada uno con su voz, su forma de caminar, su lógica propia y lo que nadie entendió del todo, lo que quedó sin decirse durante décadas, es que esos personajes no eran solo observaciones de la sociedad, eran también pedazos de ella.
Catita era la chica de barrio que ella misma había sido, la que tenía sueños más grandes que su realidad, la que se equivocaba, pero seguía, la que el mundo miraba con condescendencia, pero que tenía más dignidad que todos los que la miraban. Cándida era la inmigrante, la que llegó a un país nuevo sin entender bien las reglas, la que mezclaba idiomas porque su cabeza pensaba en varios a la vez, la que era considerada menos por los que habían llegado antes que ella.
¿No era eso también lo que Nini vivía en carne propia? La hija de inmigrantes asturianos, la mujer que tuvo que construir todo desde cero en un mundo que no le abría las puertas. Y Mony, el personaje que creó después de volver del exilio, era la señora de barrio norte, la que había llegado, la que tenía todo, la que miraba a los demás desde arriba, pero que debajo de esa fachada perfecta escondía sus propias inseguridades, sus propios miedos, su propia pequeñez.
Niní se reía de todo eso. Se reía del mundo que la había lastimado. Se reía de los hombres que la habían abandonado. Se reía del gobierno que la había exiliado. Se reía de la sociedad que la había mirado como una mujer divorciada con una beba y sin dinero. Pero lo hacía desde adentro con amor, sin rencor. Su nieta Marina, que la conoció de cerca hasta el final, dijo algo que resume todo mejor que cualquier análisis, que Nini en casa también era graciosa, que nunca apagó la luz, que hasta el último momento, en la intimidad de su familia,
seguía siendo esa mujer capaz de convertir cualquier momento en algo especial. En 1980, con 77 años, Nini Marshall anunció su retiro. Lo hizo con una frase que decía todo sobre quién era. No quiero asistir a mi propio funeral. Quería irse cuando todavía la aplaudían. Quería que la última imagen que el público tuviera de ella fuera una imagen viva, no una de esas despedidas tristes donde todos saben que es el final, pero nadie se anima a decirlo.
Pero el retiro le costó. Según su hija Angelita, le costó muchísimo porque Nini Marshall sin trabajo, sin escenario, sin público, era como un pájaro sin cielo. Los primeros años del retiro los pasó leyendo, tomando mate con leche temprano, hablando por teléfono con libertad la Marque, con Tita Merelo, con Jorge Luz tomando el té con China Zorrilla, una red de afectos construida en décadas que la sostenía en la quietud de los últimos años.
A veces iba al teatro y cuando se enteraban de que estaba en la sala, el público le dedicaba una ovación cerrada. Y ella, con esa humildad que nunca fue impostada, se escabullía, no quería el aplauso, no necesitaba la ovación. En 1985 publicó sus memorias, las escribió como vivió, sin quejas, sin reproches, con humor, como si la vida que había tenido hubiera sido la más natural del mundo.
En 1989 la declararon ciudadana ilustre de la ciudad de Buenos Aires. En 1992 le dieron el premio Podestad a la trayectoria. reconocimientos formales, homenajes de papel que no terminaban de capturar lo que Ninnie Marshall había significado para el país. Porque Nini Marshall no había sido solo una cómica, había sido la primera mujer que escribió sus propios personajes en la radio argentina.
Había sido la primera guionista de su época. Había trabajado en 38 películas. Había creado un vocabulario que se metió en la lengua argentina para siempre. Palabras que la gente sigue usando hoy sin saber que vienen de ella. expresiones que aprendieron de catita o de cándida y que se transmitieron de generación en generación como si siempre hubieran existido.
El 18 de marzo de 1996, después de dos meses internada en la clínica Basterrica de Recoleta con problemas respiratorios, el corazón de Marina Ester Traverso se detuvo. Tenía 92 años. murió como había vivido, sin hacer escándalo, sin drama, sin pedir que le prestaran atención. Su hija Angelita, que había sido su compañera desde aquella pieza prestada en Rosario, estuvo con ella hasta el final.
Esa misma hija que de nena tomaba café con leche imaginando que nevaba afuera, que vivió 96 años, que murió en 2022, casi un siglo después de haber nacido. Dos mujeres, una historia, solas juntas desde el principio hasta el final. La Argentina de 1996 lloró a Niní Marshall. Los diarios publicaron obituarios, los canales pasaron sus películas.
La gente se acordó de Catita, de Cándida, de Moni. Se acordó de las risas, pero muy pocos se acordaron de lo otro, de la mujer que llegó a Buenos Aires sin marido, sin casa, sin dinero, con una beba en brazos y la determinación de no rendirse, de la mujer que la pasó mal y no lo contó. De la mujer que fue traicionada tres veces y no guardó rencor.
De la mujer que fue exiliada de su propio país y volvió con más fuerza. de la mujer que una noche en Rosario, con un tazón de café con leche y una nena asustada eligió inventar una cabaña en la montaña en lugar de dejar que el miedo ganara. Hay una frase que Nini Marshall repitió muchas veces a lo largo de su vida. Una frase que al principio parece modesta, casi insignificante, pero que cuando conocés su historia adquiere un peso diferente.
Decía, “Mi vida no es más que la de una señora de su casa que se hizo la graciosa. Así quiero que me sientan y así quiero que me recuerden.” Una señora de su casa que se hizo la graciosa. Pero detrás de esa señora de su casa había una mujer divorciada en los años 20, una madre soltera que pasó hambre con su hija, una artista que fue censurada dos veces por dos gobiernos distintos, una exiliada, una traicionada, una que perdió todo más de una vez y lo reconstruyó cada vez desde cero.
Eso no era modestia, eso era coraje, porque Nini Marshall entendía algo que muy poca gente entiende de verdad. que el humor no es una forma de escapar del dolor, es una forma de mirarlo de frente sin que te destruya. Que sacar a alguien de una tristeza, hacer reír a una persona que está sufriendo no es algo menor, no es entretenimiento barato, es como ella misma dijo una vez la más trascendente de las artes.
Porque Niní lo sabía de primera mano, porque ella había estado del otro lado. Había sido la que necesitaba que alguien la sacara del pozo y en vez de esperar que alguien lo hiciera, aprendió a hacerlo sola. Primero para su hija, después para millones de argentinos que nunca supieron lo que había detrás. A veces me pregunto, ¿cuántas nini Marshall hay hoy en la Argentina? Cuántas mujeres que cargaron solas con todo, que no se rindieron aunque podían, que sonrieron cuando tenían ganas de llorar, que inventaron cabañas en la
montaña para que sus hijos no vieran el miedo. Cuántas mujeres que dieron todo y que el mundo nunca vio del todo. Nini Marshall murió hace 30 años, pero Catita sigue viva. Cándida sigue viva. El vocabulario que ella le regaló a la Argentina sigue circulando en conversaciones de todos los días sin que nadie sepa exactamente de dónde viene.
Eso es lo que deja una persona cuando se va de verdad. No los premios, no los reconocimientos formales, no los obituarios en los diarios, sino las palabras que la gente sigue usando, las risas que todavía resuenan y la historia que cuando finalmente se cuenta completa dice más de lo que cualquier homenaje podría decir.
Marina Ester Traverso, Niní Marchall, la señora de su casa que se hizo la graciosa y que detrás de cada carcajada cargó en silencio con todo lo que nadie vio. Gracias por estar acá hoy. Si este video te llegó, si la historia de Nini te hizo pensar en alguien que conocés o en vos misma, déjame tu comentario abajo, porque estas historias merecen ser contadas y merecen ser escuchadas.
Y si queres seguir descubriendo las historias que Argentina nunca terminó de contar, el próximo video que te recomiendo está justo acá. Te espero.
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