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“GATO” ORTIZ: el “CÁRTEL” en la portería… De ídolo millonario a SECUESTRADOR despiadado

Compites contra hombres formados en toda la República, contra porteros con años de experiencia acumulada, contra un sistema que te evalúa semana a semana y que no tiene tiempo para la paciencia. sentimental con nadie. En ese ambiente, Omar no encontró la regularidad que necesitaba en Rayados, la competencia interna, el nivel de los porteros titulares del equipo, su propia juventud y la falta de experiencia acumulada para ese nivel.

Todo eso hizo que sus oportunidades fueran limitadas. Y en el fútbol, si no juegas, si no acumulas minutos reales, si semana tras semana te encuentras en el banco mirando cómo otro guarda el arco que debería ser tuyo, la carrera se congela de una manera que ninguna promesa de futuro puede compensar del todo. En 2001, Omar pasó al Celaya.

No era el gran salto que un jugador sueña cuando está en las fuerzas básicas del equipo más importante de su ciudad. Era la ruta lateral que toman muchos porteros que terminan siendo figuras de la liga. Ir a un equipo de menor perfil mediático, conseguir los minutos que el equipo grande no puede darte.

demostrar que puede ser el número uno de un proyecto, aunque no sea el proyecto más glamoroso del fútbol mexicano. [música] Y en Celaya funcionó, tuvo buenas actuaciones. Demostró que sus reflejos no eran un accidente de una noche buena, sino una constante, que cuando le daban la responsabilidad completa del arco, la asumía con solvencia.

Eso le permitió regresar a Monterrey, aunque el segundo stint con los rayados [música] tampoco fue largo. Un par de semestres más, seguido de un breve paso por el club Necaxa. Piensa en eso un momento. Cuando Omar Ortiz tenía 26 años, en 2002 ya había estado en tres equipos diferentes. había probado la frustración de no ser el portero titular fijo, de moverse de un lado a otro del mapa del fútbol mexicano, de no encontrar el lugar donde su talento se asentara definitivamente y le diera la regularidad que necesitaba.

En el fútbol mexicano eso no es necesariamente una señal de fracaso. Es el recorrido normal de muchos porteros que terminan siendo grandes figuras de la liga con las cicatrices del camino para probarlo. Pero es también un camino que genera ansiedad acumulada, que genera la presión constante de demostrar que perteneces a este nivel, que no eres uno de los que llegaron a primera división y se quedaron a medias.

Ese mismo año 2002, Javier el Vasco Aguirre, seleccionador nacional de México, lo convocó para la Copa Oro. Grábate ese momento porque importa. Omar el Gato Ortiz llegó a la selección nacional, pudo ponerse la playera verde. Jugó un partido en ese torneo, el partido ante Guatemala, que México ganó 3 a 1. No fue el portero que se consolidó como primera opción del tri, no repitió en torneos siguientes, no construyó dentro de la selección la carrera que algunos esperaban, [música] pero estuvo ahí.

Tiene ese partido en su historial. Puede decir que portó la playera de México en competencia internacional oficial. Eso es algo que muy pocos futbolistas mexicanos de su generación pueden presumir con datos en mano. Y luego llegó 2003, llegó Jaguares de Chiapas y todo cambió de la manera que define una carrera. Jaguares de Chiapas era un equipo relativamente nuevo en primera división, fundado en 2002 y ubicado en Tuxla Gutiérrez, la capital del estado de Chiapas en el sureste de México.

Llegó a la liga [música] máxima sin historia de ligas ganadas ni leyendas en la pared del estadio, pero con una afición entusiasta que adoptó al equipo como suyo desde el primer partido y con la ambición de demostrar que un club del sur podía competir de igual a igual con los equipos históricos del norte y del centro del país.

No era el glamur de Rayados ni de América ni de las Chivas de Guadalajara, pero tenía algo que Omar Ortiz necesitaba desesperadamente en ese momento de su carrera. La promesa de regularidad, la certeza de que si llegabas y rendías, jugabas semana a semana sin mirar el partido desde la banca, preguntándote cuándo llegará tu turno.

Omar llegó a Jaguares para el Apertura 2003 y ese equipo, ese estadio, esa ciudad en el sureste mexicano se convirtió en su hogar futbolístico, de una manera que ninguno de los clubes anteriores había logrado. Lo que pasó entre 2003 y 2008 en Jaguares de Chiapas fue sin ninguna discusión posible, la mejor etapa de la carrera de Omar el Gato Ortiz.

En ese periodo acumuló 163 apariciones como portero titular del equipo, 163 partidos. Un número que representa años de trabajo constante, de guardar el arco cada semana, de convertirse en referencia para una afición que te ve como parte de la familia del club, no como un préstamo o un experimento, sino como el portero de Jaguares, el que está ahí, el que te salva cuando el equipo lo necesita.

El primer torneo fue de adaptación. Chiapas terminó en el lugar 16 de 20 equipos en el Apertura 2003 con 21 puntos producto de cinco victorias, seis empates y nueve derrotas. No era el debut soñado para nadie en el equipo, pero era un equipo que todavía encontraba su identidad dentro de la primera división, que aprendía a competir en ese nivel semana a semana.

Lo que vino en el Clausura 2004 fue diferente. Algo hizo click dentro del equipo y dentro del propio Ortiz ese torneo. Jagues de Chiapas fue líder del certamen durante buena parte de la temporada. consiguió llegar a 17 partidos sin perder, acumulando 42 de 57 puntos posibles con 12 victorias, seis empates y una sola derrota.

El equipo anotó 35 goles en todo el torneo y recibió apenas 20 goles en toda una temporada de liga. Ese número defensivo tenía un nombre en la portería, Omar el [música] Gato Ortiz. Solo un portero en toda la liga recibió menos goles que él en ese torneo. Eso convirtió a Ortiz en el segundo mejor portero del certamen completo.

Para un equipo recién llegado a primera división que lideró la clasificación y llegó a la liguilla por primera vez en su historia. Tener al segundo mejor portero del torneo era una declaración de identidad. Era la prueba de que Jaguares de Chiapas no era un accidente del fútbol mexicano, sino una realidad que había llegado para quedarse.

[música] La afición del estadio Soken Tuxla Gutiérrez adoptó al gato de una manera particular. Ese estilo suyo de portero físico e instintivo de reflejos explosivos, de lanzarse con todo cuando el balón parecía imposible de alcanzar, conectaba con la energía de una hinchada que quería ver a sus jugadores dejar el cuerpo en la cancha.

El gato no era el tipo de portero que guarda distancias prudentes, era el tipo de portero que hace del arco una fortaleza personal y lo defiende como si cada centímetro de esa área fuera territorio que no está dispuesto a ceder bajo ninguna circunstancia. Grábate esto. Años después de que Omar Ortiz dejó Jaguares cuando el club eligió el mejor 11 de sus primeros 10 años [música] de historia.

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