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La VERDAD que Niní Marshall NUNCA CONTÓ sobre su vida y su hija

Quédate porque lo que vas a descubrir hoy va a cambiar para siempre la forma en que la recordás. Para entender a Nini Marshall, primero hay que entender de dónde venía. Nació el 1 de junio de 1903 en el barrio Porteño de Caballito, hija de Pedro Traverso y Ángela Pérez. Dos inmigrantes asturianos que habían cruzado el océano buscando una vida mejor en Argentina.

Antes de que ella llegara, la familia ya conocía el dolor. Dos hijos habían muerto de difteria y cuando Marina tenía apenas dos meses de vida, su padre también murió. Así que desde el primer momento, la vida de Nin Marshall empezó con una ausencia. La madre viuda y con cuatro hijos, dejó caballito y se instaló en una casa de Santelmo.

 Era una mujer de carácter, Ángela Pérez, y tuvo la lucidez de ver en su hija menor algo que los demás todavía no veían. Cuando a los 6 años la pequeña Marina deslumbró en el centro asturiano con su primera actuación, la madre tomó una decisión que no era habitual en 1909, anotarla en una academia de danzas españolas. Esa madre vio a Niní antes que nadie y eso, como vamos a ver, marcaría toda su historia.

La pequeña Marina creció siendo una niña difícil de encajar. En la escuela tenía mala conducta, no porque fuera mala estudiante, sino porque no podía dejar de hacer reír a sus compañeras. Su boletín decía una y otra vez: “Conducta mala.” La madre intentó mandarla a un colegio de religiosas para que la disciplinaran.

No funcionó. Nini siguió siendo Niní. En la secundaria se destacó por imitar a sus docentes. En la fiesta de graduación, cuando le pidieron que escribiera en un cartel profesión que elegiría mientras sus compañeras ponían medicina, derecho o magisterio, ella escribió una sola palabra. Domesticóloga. Era su forma de burlarse del mundo que la esperaba.

 Un mundo que tenía para las mujeres de 1921 un solo destino posible: casarse, cocinar y callar. Pero Nini quería otra cosa. Quería estudiar filosofía y letras en la Universidad de Buenos Aires. Quería escribir. Quería crear. Y durante un tiempo pareció que ese sueño podría cumplirse, pero entonces apareció Felipe. Felipe Edelman era ingeniero, nacido en Rusia, educado en Alemania, varios años mayor que ella.

En 1924, cuando Marina tenía 21 años, se casaron y ella abandonó la universidad. Porque eso era lo que se hacía, porque eso era lo que se esperaba, porque una mujer que se casaba dejaba sus sueños en la puerta de su propia casa. Se fueron a vivir a La Pampa, donde Felipe tenía trabajo, lejos de Buenos Aires, lejos de su madre, lejos de todo lo que conocía.

Y Niní, que había nacido para hacer reír a miles, pasó los primeros años de su matrimonio intentando ser ama de casa en un pueblo del interior. En 1926 nació Ángela Adora, la única hija que tendría en su vida, la que llamaría Angelita para siempre. Pero lo que Niní no sabía, o quizás no quería ver todavía, era que su marido tenía un secreto.

Felipe Edelman era ludópata, apostaba todo, no seru, el sueldo, los ahorros, los bienes, una y otra vez. Y Niní lo toleró durante años porque tenía una hija recién nacida, porque el divorcio en aquella época era una vergüenza social, porque una mujer separada en los años 20 era para la sociedad casi una delincuente.

Pero llegó el momento en que ya no hubo más que tolerar. El año en que nació Angelita, también murió la madre de Niní, Ángela Pérez, la mujer que había visto en ella algo que nadie más veía, murió ese mismo año. Y como si la vida no tuviera suficiente con ese golpe, las deudas del marido terminaron de rematar lo que quedaba.

Les embargaron la casa. Nini se quedó sin madre, sin casa, sin dinero, con una beba de meses en brazos y un marido que había apostado hasta el último peso que tenían. Entonces tomó la decisión más valiente de su vida. Lo dejó. En 1927, en la Argentina de los años 20, una mujer no dejaba a su marido. Una mujer aguantaba.

Una mujer perdonaba, una mujer se quedaba aunque la hundieran. Nini Marshall no agarró a su hija, tomó lo poco que quedaba y se fue a Rosario a la casa de su hermana. Madre soltera, sin trabajo, sin casa propia, sin nada. Y fue en esa pieza prestada, en esas noches en que la cena era un tazón de café con leche, donde nació la historia que hoy te vengo a contar.

Hay algo que la hija Angelita reveló muchos años después y que muy poca gente conoce. dijo que cuando era chica no entendía por qué su mamá convertía la cena en un cuento, que le parecía algo normal, que todas las madres debían hacer lo mismo. Solo de grande entendió lo que realmente estaba pasando en esas noches, que su madre tenía hambre, que su madre tenía miedo, que su madre no sabía cómo iban a pagar el mes siguiente.

Pero en lugar de llorar frente a su hija, en lugar de derrumbarse, en lugar de contagiarle ese terror, Nini Marshall hacía lo único que sabía hacer. Inventaba. Le decía a Angelita que estaban en una cabaña en la montaña, que afuera nevaba, que los lobos ahullaban en el bosque y la nena se asustaba un poco, pero no decía nada para no preocupar a su mamá.

Dos personas protegiéndose la una a la otra, una madre y una hija, solas contra el mundo. Pero, ¿cómo pasa una mujer de esa pieza prestada en Rosario a convertirse en la cómica más grande de la historia argentina? Eso es lo que casi nadie sabe. Nini Marshall no se quedó en Rosario. No se acomodó en la casa de su hermana esperando que alguien la rescatara.

 no esperó a que un hombre viniera a solucionar lo que otro hombre había destruido. Tomó a su hija, se vino a Buenos Aires y golpeó todas las puertas que pudo. El primer trabajo que consiguió fue escribir avisos publicitarios de electrodomésticos. No era lo que soñaba, no era lo que había imaginado cuando de adolescente escribía domesticóloga en ese cartel, pero era trabajo y era dinero y con eso mantenía a su hija.

Después llegó la revista Sintonía, una columna semanal firmada bajo el pseudónimo de Mitzi, chismes del ambiente artístico, comentarios con ironía, observaciones sobre la sociedad. Era su voz, aunque todavía nadie supiera que era ella, porque Nini tenía un talento que pocas personas poseen de verdad.

 No era solo la comedia, era la observación. Miraba a la gente y veía lo que nadie más veía. los gestos, los titics, las formas de hablar de cada clase social, las sirvientas gallegas que trabajaban en las casas del centro, las señoras de barrio norte con sus afectaciones, los inmigrantes que mezclaban el italiano con el español.

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