Ricardo bajó la cabeza y empezó a pasar cada vez más tiempo en el gimnasio, donde descargaba gran parte de ese dolor que le causaba la constante puja con su progenitor. Por un tiempo creyó que no había un lugar en el mundo para él, pero entonces, gracias a un viaje familiar, conoció Miami y fue amor a primera vista.
El paisaje, el lujo, los rostros jóvenes y apuestos, la moda, la actitud despreocupada de aquellos que paseaban en sus vehículos descapotables entre enormes palmeras. Todo parecía hecho a su medida. El chico tuvo entonces un objetivo claro. Iba a terminar el secundario y se iba a marchar del hogar al día siguiente. Se iba a ir a Miami.
Iba a reinventarse allí. Iba a probar esa libertad que sentía negada desde sus primeros días. En ese momento demostró que la determinación de los Ford estaba también en sus genes. Cuando el momento llegó, armó un bolso liviano, agarró los ahorros que su posición privilegiada le habían sabido dar y se tomó un avión.
No pensaba en nada más que disfrutar el presente. No sabía que aquella ciudad forjaría su destino. Miami. Tal como lo había supuesto, Ricardo rápido se encontró como pez en el agua. Su físico pronto lo hizo sobresalir y su nombre empezó a ser una constante en la noche de Miami. Carlos le había dicho que le mandaría dinero siempre y cuando tuviera un trabajo tradicional.
Cuando se enteró que su hijo era bailarín en una discoteca, decidió ofuscado ya no transferirle un peso. Marta, sin embargo, no creía que aquello fuera justo y a espaldas de su marido empezó a solventar los gastos que Ricardo hacía en Estados Unidos. Quizás que su hijo decidiera que quería ser cantante hiciera que algo dentro suyo se encendiera o quizás lo hacía para oponerse a Carlos.
Como sea, Ricardo no perdió el tiempo y gracias a sus contactos y a su a una bultada billetera siguió perfeccionando sus dotes artísticos. En un intento por mostrar una especie de tregua, Carlos le presentó a un amigo productor. Este productor no era otro que Palito Ortega. El cantautor escuchó a Ricardo y le admitió que cantaba bien, pero que no tenía madera para triunfar.
El joven se rindió luego de este mensaje dictado por una figura de autoridad en el tema en absoluto. Estaba acostumbrado a que nadie confiara en que pudiera lograrlo, por lo que hizo lo que mejor sabía hacer. Redobló la apuesta. Así fue como Ricardo empezó a alterar extensas jornadas de gimnasio con más clases de baile y canto y una rutina que lo tenía de lunes a lunes visitando clubes nocturnos.
Fueron tiempos de vicios y madrugadas eternas donde Ricardo no dejaba de sonreír y contar a quien quisiera escucharlo, su plan de hacerse famoso. En determinado momento conoció a un hombre mayor llamado Gabriel que le propuso que fuera con él a los Ángeles. Le dijo que podía hacerlo triunfar y Ricardo no lo dudó. Llegaron entonces los castings, ensayos cada vez más sacrificados y jornadas dobles en los gimnasios.
Se cuenta que por esta época conoció a Janny Versachi, a Laisa Minelli, a Madonna y a Elton John. entre tantos otros. Ricardo creía que por fin la suerte iba a sonreírle. Sin embargo, al cabo de unos meses se dio cuenta de que estaba frente a un nuevo callejón sin salida. Nadie lo volvía a llamar. Nadie parecía interesado en brindarle un contrato para que la gente conociera esos dotes que se desesperaba por mostrar.
Cuando se dio cuenta que nada más podía conseguir con Gabriel, realizó un osado movimiento y decidió grabar unos demos de forma independiente. Incluso grabó un videoclip para promocionar dichos temas. Verás, tu beso de ayer fue una despedida. Aquello lo llevó a audicionar para un productor de gran talla que finalmente se decidió por un muchacho puertorriqueño que también estaba en el mismo lugar. Se trataba de Ricky Martin.
Ricardo parecía llegar a los lugares correctos, pero siempre a destiempo. Así, todo tanto esfuerzo no fue en vano. Su aún desconocida trayectoria llegó a oídos de una mujer que trabajaba como productora en un programa de TV muy particular. Se trataba de un programa de la noche de Miami que cerraba todas sus emisiones con shows en vivo.
Por allí habían pasado artistas de la talla de Enrique Iglesias o Alejandro Sans, por lo que Ricardo no pudo menos que sentir que la esperanza se renovaba en su interior. Se presentó en tiempo y forma, obnubiló a todos los que lo recibieron previo a salir al aire y luego brindó una legendaria entrevista frente a las cámaras.
En la misma le pidieron que se sacara la camisa y habló de sus sueños. En ningún momento mencionó sus orígenes ni el renombre de su apellido en su tierra natal. Ese era el más genuino Ricardo, un joven con deseos de ser el mismo. Tras caer en gracia con los conductores, se entregó al show. No hizo un tema, sino dos. Lo aplaudieron de pie.
Ricardo se despidió diciendo que pronto regresaría con un disco ya grabado. Esa noche se quedó al lado del teléfono esperando a ese busca talentos que parecía tan esquivo. Recibió llamados de amigos que lo felicitaban. A todos los despachó con velocidad. Pasaron las horas, los días, las semanas y Ricardo, a pesar de que siguió visitando los estudios de grabación, empezó a sentir que algo dentro suyo se rompía.
Cada vez con más asiduidad, la voz de su padre empezó a llenar sus pensamientos. ¿Y si el hombre tenía razón? ¿Y si solo estaba causando vergüenza? ¿Y si nunca lo lograba? Estos pensamientos empezaron a erosionar su hasta entonces férrea confianza en sí mismo y un día Ricardo se encontró dándole la espalda a Miami para volver a Argentina.
Y no solo eso, cuando llegó a la casa familiar fue en busca de Carlos y sin bajar la vista le dijo que estaba dispuesto a encargarse de la empresa. Lo dijo sin tartamudear, pero dentro suyo todo un mundo se derrumbaba. Y ese podría haber sido el final de la historia. Quizás no habríamos escuchado nunca más hablar de Ricardo y él habría decidido continuar con ese legado.
No es extraño que los sueños no se cumplan, les pasa a todo el mundo. Sin embargo, Ricardo Ford no fue todo el mundo y es por eso que ahora vamos a continuar con su historia, la muerte del padre. Durante los siguientes meses, Ricardo concurrió puntualmente a la calle Gascón 329 en el barrio de Almagro.
A diario miraba el cartel que le daba la bienvenida. Allí se podía ver el nombre de la empresa del que su apellido formaba parte. Era el año 1997. Ricardo creía entender que los Ford no podían hacer otra cosa que no fuera a participar de ese enorme negocio. Por primera vez, Carlos creía que tenía su hijo en la palma de su mano.
No sabía que Ricardo tenía un as bajo la manga. Sus días en Miami le habían dado al joven una visión más innovadora de ciertas cosas. Antes de que pudieran decirle que no, se dedicó a darle un cambio de aire a la marca. Computarizó planillas e inventarios y para cuando todos se dieron cuenta, estaban modernizados.
Carlos asintió lentamente con aprobación, pero ciertamente sorprendido. Y ese era el principio. Luego de haberle demostrado a su padre que estaba dispuesto a tomarse aquello en serio, Ricardo le propuso un nuevo producto, algo que había visto en Estados Unidos y que aún no era habitual en las tierras del fútbol y del mate. Se trataba de las barras de cereal.
El mayor de los for se mostró desconfiado. Una barra de cereal no podía ser una golosina, ¿o sí? Con algo de recelo se hicieron las primeras inversiones y los resultados dejaron a todos boqui abiertos. En menos de un mes, las ventas de las barras de cereal de Fford, las primeras de Argentina, habían roto todos los récords establecidos.
Aprovechando que su padre ya no podía subestimarlo ni decirle que no servía para hacer negocios, Ricardo le comunicó al hombre que él y su pareja, un sujeto llamado Gustavo, querían ser padres. Sin mediar palabras, Carlos se encargó de pagar la gestación subrogada que se realizó en California. De aquella transacción donde Ford eligió un donante de óvulos nacerían los mellizos, Felipe y Marta.
Ricardo eligió el nombre de los niños pensando en su siempre amada madre y en su abuelo. De algún modo había entrado al negocio que siempre se había auspiciado para él y se había encargado de llevar el árbol genealógico a un nuevo nivel. Esto ocurrió en el 2004 y significó el fin definitivo de la guerra entre Ricardo y Carlos, o al menos fue una tregua que llegó hasta que ya no pudieron seguir discutiendo.
Y es que en el 2007 el empresario de 83 años se fue de su domicilio y ya no volvió. Carlos solía ausentarse por días. A veces se pasaba jornadas completas en su fábrica, un lugar que consideraba su hogar. A veces se perdía por ahí ajeno a su familia, viviendo una doble vida que no era secreta para nadie, pero de la que no se hablaba.
En esa ocasión, sin embargo, la ausencia se hizo más prolongada que de costumbre y tanto sus hijos como su mujer se dedicaron a llamar a los hospitales y comisarías tratando de ver si el hombre se había metido en algún problema. Incluso sospecharon de un secuestro, pero nadie sabía nada de Carlos. se había fumado hasta que llegó a la mansión Fort un llamado de amore.
Habían encontrado un cuerpo y temían que se tratara del reciente desaparecido. Aunque era el menor, Ricardo propuso ser el encargado de ir a corroborar si en serio habían encontrado muerto a su padre o si se trataba de un malentendido. Nadie lo detuvo y así fue como se encontró frente a una camilla con un bulto tapado.
Cuando un médico corrió la sábana, Ricardo vio el rostro de Carlos. Por primera vez la mirada de su padre no lo juzgaba. Al indagar sobre cómo había llegado hasta allí, Ricardo se enteró de algo que lo que haría. Su progenitor había fallecido mientras mantenía relaciones con su amante, una mujer con la que aparentaba ser otra persona.
Con ella abandonaba sus trajes elegantes y fingía ser una persona mucho menos poderosa de lo que realmente era. Para asegurarse de que la mujer jamás sospechara nada, ni siquiera le había dicho su nombre real. Se desea llamar Ricardo. Ricardo, el de verdad nunca supo cómo tomar aquello. ¿Acaso su padre utilizaba su nombre cuando quería ser libre, cuando era feliz de verdad? Era una especie de extraño tributo? Carlos Ford, el hombre de familia intachable que jamás había podido soltar un te quiero a sus hijos.
El hombre que en sus tratos de ocio jugaba ser taxidermista y tenía en su empresa cabezas de ciervos, búfalos y hasta elefantes, ya no estaba en este mundo. Ricardo, por su parte, estaba a punto de cumplir los 40 años y supo que un gran peso lo abandonaba. Supo que un grillete invisible por fin se rompía.
Supo de inmediato que era el momento de retomar el sueño que había dejado en pausa. Ya no tenía nada que temer. El artista. En esos años, YouTube no era la maquinaria de monetización que es hoy en día. Así todo fue esa plataforma la elegida por Ricardo Ford para independizarse. Decidido a retomar su lucha por ser un artista, el hombre se dijo que no iba a depender nuevamente de que alguien confiara en él.
Ahora tenía parte de una herencia que le correspondía y mientras sus hermanos se hacían cargo de la empresa familiar, él decidió que era momento de ir por todo o nada. Probó con algunos pilotos de un reality show en el que mostraba su vida. Sin embargo, ya no estaba dispuesto a soportar idas y vueltas de productores. No quería promesas ni dilatar más el tiempo.
Con la muerte de su padre, también se había destapado en Ricardo una especie de obsesión por el fin de sus días. Estaba seguro de que no iba a llegar a viejo y no se cansaba de repetirlo. Por eso, cuando llegó el momento de que todo parecía volver a estancarse, decidió que sería su propio productor, también su propio director y el actor protagónico de su vida.
Su reality se hizo rápidamente de un público de nicho. En cada una de las emisiones, Ricardo se mostraba en el gimnasio de fiesta, en caros restaurantes o simplemente viviendo la vida sin que nada le prohibiera disfrutar. Había ostentación en cada cosa que mostraba, claro, pero también había un extraño costado humano, como si él mismo supiera que todo ese glamur que tanto lo definía y le gustaba no fuera más que un espejismo tonto.
Ricardo también era impulsivo y podía pasar de hacer chistes a mostrarse errático y propenso a quedarse con la vista clavada en la nada. pasaba de ser hiperproductivo a perderse en abismos mentales. Parecía adicto a la frivolidad de lo superficial, pero no temía tampoco mostrarse débil y profundo. Había una pose, pero también un pedido.
Había una búsqueda, una necesidad imperiosa. Todo el que se acercaba al material lo consumía en primera instancia, como quien mira una especie de parodia. Luego, por alguna razón, aquello se volvía adictivo. Así, el programa por fin ganó un espacio en la medianoche de la televisión argentina. Y el resto es historia. Nadie podía escapar del influjo y el extraño carisma de Ford.
Eso le sucedió, por ejemplo, a las hijas de un exitoso conductor televisivo argentino. Las chicas le mostraron el material a su padre y aquello fue un antes y un después. El exitoso conductor en cuestión era Marcelo Tinelli. Cuando Tinelli vio a aquel hombre bailando, cantando, viajando y discutiendo con sus séquitos de guardaespaldas musculosos y aceitados, supo que había un producto que podría seducir a las masas y no se equivocaba.
Ford fue convocado para ser bailarín en un certamen que encabezaba los ratings. Ya no era ese muchacho tímido que había tenido su participación en la televisión de Miami. Le bastaron unas breves apariciones para llenarse de fans y de tractores. Por un lado estaban los que lo acusaban de haber llegado hasta allí por ser una persona de plata y nada más.
Otros lo tomaban como un aire fresco dentro del círculo siempre cerrado y asfixiante de la televisión. Ford no solo era un personaje nuevo, sino que creaba sus propias polémicas. Era una especie de vórtice que lo absorbía todo. Estar tan expuesto lo hizo obsesionarse más y más con su figura, por lo que los quirófanos, que nunca habían sido ajenos a su vida, multiplicaron su injerencia en él.
Se operó la columna, se operó los talones para ser más alto y cuando se lastimó la rodilla se negó a hacer el reposo que todos le sugirieron. Según decía, ahora que había llegado donde siempre había querido estar, no se podía dar el lujo de descansar. Al año siguiente se convirtió en jurado de ese concurso en el que había sabido brillar y las controversias en torno a su figura no hicieron más que aumentar.
Los periodistas sabían que tenían una personalidad a la que exprimir. Todos pronosticaban que la gente se aburriría rápido de su cara, pero Forto mantenerse vigente. Aunque estaba cumpliendo su sueño, llamaba la atención que sonreía incluso menos que antes. Tarde descubriría que estar bajo los reflectores lo estaba asumiendo en la más espesa de las oscuridades.
Y es así como nuestra historia vuelve al principio. Años difíciles. Ricardo tuvo su propio programa nocturno. estrenó obras de gran envergadura. Tuvo marcas de ropa y fragancias con su nombre. Le gustaba mostrarse como una persona consciente de sus privilegios, pero actos seguidos se mostraba como un dictador con sus empleados.
Había de pronto algo de su padre en él, algo que iba más allá del apellido. Despilfarraba su fortuna y se reía de quienes decían que su círculo lo usaba. Los medios tampoco fueron piadosos con su sexualidad. Ricardo prefería mostrarse con mujeres, pero todo el tiempo querían que saliera del closet. era lo único que parecía querer mantener en privado, como si la vergüenza de Carlos aún resonara como un eco en su interior.
Luego de una persecución por parte de todos los paparazis, no pudo menos que admitir bisexualidad. No detenerse lo llevó a hacerse adicto a la morfina y esta adicción lo llevó a su vez a que se resintieran otros de sus órganos. casi muere de una peritonitis por una perforación en el dúo Deno y admitió ya quebrado que hasta había pensado en quitarse la vida.
En el último tiempo habló abiertamente de los 16 tornillos de titanio que había en su espalda, del dolor insoportable que vivía segundo tras segundo. Dijo que los médicos le habían arruinado la vida, que muchos, con tal de cobrar sus cheques, le habían recomendado operaciones que solo lo habían dañado más y más. Cuando viajó desde Miami con una fractura de féur, estaba desmejorado y se lo vio en silla de ruedas.
Cuando le preguntaron si era verdad que tenían que amputarle una pierna, se enojó. En ese instante se dio cuenta de que habían alimentado una bestia que ahora no quería dejarlo ir. Su carrera había sido meteórica, su caída estrepitosa. El viernes 22 de noviembre del 2013 le llevó algo de tranquilidad a quienes querían saber de él. El lunes 25 fallecía.
Tenía apenas 45 años y había sufrido un paro cardiorrespiratorio producto de una infección generalizada y una masiva hemorragia interna. Una junta médica determinó algunos días después que no había habido mala praxis. El golpe fue inesperado, tan rápido como Ricardo había aparecido. Se iba. A pesar de que quería que sus cenizas fueran esparcidas desde lo alto del obelisco, su familia lo enterró en un cementerio privado.
Cuando se apagó su vida, fue como si un huracán se detuviera de golpe. La televisión argentina se había acostumbrado tanto a su presencia que cuando no estuvo hubo una especie de desconcierto. Fueron solo 5 años, pero 5 años que redefinieron a un medio que se jactaba de controlarlo todo. Y si bien Ford fue devorado por su ambición, también es cierto que a su modo logró dejar una huella única en su especie.
Algo de su humanidad rota pero honesta, lo sobrevivió y hoy es recordado en memes y todo tipo de elementos tienen su rostro. Es casi una caricatura de sí mismo, pero también un recordatorio, un antihéroe, en definitiva, inofensivo que según sus más queridos solo buscaba algo de ese cariño que toda la vida le había sido esquivo.

Quienes lo sobrevivieron continuaron con su seguidilla de escándalos, pero se trató de escándalos que pronto se disolvieron junto a tantos otros. La piedra angular de aquel imperio era el propio Fort, un hombre al que en determinado momento acusaron de ingenuo. Las razones había dicho y cito, “Siempre pensé que la fama sirve para enseñar algo o para cambiar mentes o abrir mentes.
La fama para salir en las revistas o en la televisión es vacía. La fama te da la posibilidad de que la gente te escuche, de cambiar ideas, formas de pensar. Y siempre pensé que quería ser famoso para eso. No podemos decir que no lo haya logrado, aunque es cierto que su legado es tan inclasificable como fue su vida. Una vida que estuvo repleta de sombras, pero también de una inconmensurable luz.
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