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El Asqueroso Secreto que la Nuera de Vicente Fernández Descubrió en su Propia Casa

 ¿Qué historia se cuenta al país y qué historia se entierra para siempre? Trabajó codo a codo con los gigantes de la televisión mexicana de aquellos años, gente como Guillermo Ochoa, Abraham Sabludowski o Lolita Ayala. De ellos aprendió una lección que le quedaría tatuada para el resto de su vida, que la información es poder y que quien controla el relato controla la verdad.

Subió despacio peldaño por peldaño. De reportera pasó a conductora y de conductora a coordinadora. En enero del año 2000 le entregaron las llaves de uno de los puestos más codiciados y más temidos de toda la empresa, la coordinación general de Televisa Espectáculos. Durante más de 21 años, esa mujer fue quien decidía qué se publicaba y qué se silenciaba sobre las celebridades más grandes de México.

 Ella observaba a los demás. Ella decidía qué salía al aire y qué se quedaba guardado en un cajón. Aquí está la parte que casi nadie se detiene a pensar. La mujer que durante dos décadas conoció los secretos de todos. La que tenía el micrófono en la mano y decidía hacia dónde apuntarlo. Terminó siendo vigilada en el único lugar del mundo donde se sentía a salvo.

 Guarda eso en tu mente, lo vas a necesitar más adelante. Ese fue desde siempre el patrón de Mara Patricia, el control. Su vida entera se levantó sobre una sola idea. Si trabajaba lo suficiente, si miraba con suficiente atención, nada podría tomarla por sorpresa jamás. En su carrera, esa idea la hizo intocable. En su matrimonio fue exactamente lo que la dejó desarmada.

A finales de 2006, esa mujer de 40 años, dueña absoluta de su carrera, de su nombre y de su independencia, conoció al hijo mayor del hombre más famoso de México. Se llamaba Vicente Fernández Junior. Traía consigo una historia que el país entero creía conocer de memoria. la del heredero secuestrado, la del hijo al que le cortaron dos dedos y los enviaron en una caja, la del muchacho que cargaba un apellido demasiado grande sobre los hombros.

 Lo que Mara Patricia no sabía esa noche en que lo conoció, es que dentro de la casa que muy pronto iba a llamar hogar, alguien ya había empezado a tomar decisiones por ella. Y la primera de todas esas decisiones fue una sola, que ella nunca jamás volvería a estar verdaderamente sola. El hombre que se acercó a ella no llegó solo.

Llegó con un apellido que en México pesa como una corona y al mismo tiempo como una condena. Vicente Fernández Junior era el hijo mayor del charro de Wentitán, el primogénito, el que llevaba el nombre del Padre completo, letra por letra, como herencia y como sombra. La primera vez que coincidió con Mara Patricia Castañeda, ella no estaba ahí por él, estaba ahí por su padre.

 Así empezó todo con entrevistas. Mara Patricia llegaba con su grabadora y sus preguntas para hablar con el ídolo, con don Vicente, y el hijo siempre encontraba una razón para aparecer, para quedarse cerca, para acompañarla hasta la puerta cuando ella terminaba su trabajo. Visto desde 2007, parecía encantador, un hombre enamorado que buscaba mil pretextos para cruzarse con la mujer que le quitaba el sueño.

visto con todo lo que vino después, ese mismo comportamiento tiene otra textura. Desde antes de que existiera siquiera una relación, Vicente Junior ya organizaba sus horarios alrededor de los movimientos de ella. Ya calculaba cuándo llegaba, cuánto se quedaba, por dónde se iba.

 El cortejo y la vigilancia en esta historia echaron mano desde el primer día de las mismas herramientas. Lo único que cambió con los años fue el nombre con que se las llamaba, lo que en ese momento parecía un cortejo de telenovela. Años después, ella lo recordaría con palabras mucho más frías, pero todavía falta para llegar a eso. En el papel era el romance perfecto.

 Ella, la mujer hecha a sí misma, dueña de su nombre y de su criterio. Él, el príncipe de la dinastía más querida del país. Dos mundos que se unían en uno solo. La prensa lo celebró sin reservas y el 15 de diciembre de 2007 en la ciudad de México, esos dos mundos caminaron juntos hacia el altar.

 La boda fue todo lo que México esperaba de un Fernández. excesiva, deslumbrante. Mara Patricia usó dos vestidos esa noche. Uno blanco, clásico, de novia tradicional y otro en tonos rosa y naranja, más joven, más suelto, como si por unas horas quisiera ser las dos mujeres que llevaba dentro, la que cumplía con el guion y la que todavía se atrevía a soñar con los ojos abiertos.

La lista de invitados parecía el directorio del poder en México. Estaba don Vicente, estaba Alejandro Fernández, estaban los rostros más serios del periodismo nacional, hombres como Jacobo Sabludowski, Joaquín López Dóriga y Carlos Loret de Mola. Estaban Gloria Trevi, Ana Gabriel, Verónica Castro, Eduardo Yáñez y en una de las mesas entre copas y mariachi estaba sentado un político que pocos años después se convertiría en presidente de México, Enrique Peña Nieto.

 Cientos de invitados, decenas de celebridades y ni una sola de esas personas, ni una. Imaginaba lo que esa novia iba a vivir dentro de la casa a la que se mudaría cuando se apagaran las luces. Para entender lo que vino después, primero hay que entender en qué familia acababa de entrar Mara Patricia. La dinastía Fernández no era solo sombreros, rancheras y aplausos.

 Debajo de la música había una herida que la familia casi nunca tocaba en voz alta. Y esa herida tenía una fecha exacta, mayo de 1998, casi 10 años antes de aquella boda, Vicente Fernández Junior fue secuestrado. Un grupo de hombres armados lo levantó cerca del rancho Los Tres Potrillos, el corazón del imperio familiar.

 Lo encerraron y lo mantuvieron cautivo durante 121 días, 4 meses largos, sin saber si volvería a ver la luz. En algún punto de ese cautiverio, sus captores hicieron algo que ningún rescate podría reparar jamás. Le amputaron dos dedos de la mano izquierda, el anular y el meñique. Esos dos dedos fueron colocados dentro de una caja.

 Esa caja fue enviada al padre, al charro de Wen Titán, como prueba de vida convertida en prueba de horror. Imagina por un momento recibir un paquete y saber antes de abrirlo que dentro hay un pedazo del cuerpo de tu propio hijo. Guarda esa caja en tu mente, porque el hombre que volvió a casa sin esos dos dedos, con 121 días de terror grabados por dentro, es exactamente el mismo hombre con el que Mara Patricia acababa de jurar pasar el resto de su vida.

La banda que se lo llevó tenía un apodo que lo dice casi todo. Los mochadedos, un grupo dedicado al secuestro que tenía por costumbre mutilar a sus víctimas para apurar el pago de los rescates. Gente fría, con método, con un procedimiento siniestro ya ensayado de antemano. Para amputar los dedos del muchacho, llegaron a echar mano de alguien con conocimientos médicos, de modo que la víctima no muriera de sangrada y siguiera sirviendo como mercancía.

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