La madrugada del 20 de mayo de 2012, las cámaras de vigilancia del complejo residencial de Alto Standing, donde recibía la familia Matsunaga, registraron una secuencia que acabaría convirtiéndose en la evidencia definitiva de uno de los crímenes más estremecedores que ha conocido Brasil. Una mujer de cabello dorado y complexión esbelta, identificada más tarde como Alice Matsunaga, forcejeaba en el ascensor con tres grandes maletas de viaje que parecían contener un lastre anormalmente pesado.
La escena en apariencia intrascendente escondía una carga mucho más siniestra que un simple equipaje. Los agentes, por entonces no podían imaginar que aquellas imágenes constituían el primer indicio de un rompecabezas macabro que desafiaba cualquier explicación racional. Para desentrañar lo sucedido es imprescindible viajar atrás en el tiempo y examinar la figura de la víctima, Marcos Matsunaga, un apellido que en los círculos financieros brasileños era sinónimo de un emporio alimentario.
La compañía, bautizada como Yoki, había surgido del esfuerzo de su abuelo Yoshi Socatano, un emigrante japonés que arribó a Sudamérica con poco más que un sueño y una modesta fábrica de harina. La denominación de la marca no fue casual. Nacía de la combinación de las primeras letras del apellido y el nombre de su fundador, aquel molino, que en sus orígenes apenas lograba mantenerse a flote.
Supo resistir los envites de crisis financieras y contiendas mundiales hasta erigirse en una corporación de alcance global con una cartera de productos en constante diversificación. Marcos, educado en el privilegio y ajeno a cualquier tipo de carencia material, tomó las riendas del conglomerado como heredero natural. Su aspiración alimentada desde joven era convertirse en el primer billonario de la dinastía, una obsesión que marcaba su ritmo vital y profesional.
Quienes trataban con él en el ámbito empresarial lo definían como un estratega nato, con intuición para multiplicar las ganancias. Sin embargo, bajo esa fachada de triunfador se escondía una personalidad compleja y difícil. Reconocido por su arrogancia, sus desplantes de superioridad y un afán de control que rozaba lo patológico. Marcos generaba rechazo en quienes lo rodeaban.
Su físico, afectado desde la infancia por problemas de peso, una estatura inferior a la media y unas gafas de grueso cristal, le había grajeado burlas en su niñez y una profunda inseguridad que nunca logró disipar. En el terreno sentimental, el panorama no era más alentador. Sus relaciones solían durar apenas un par de citas y su actitud altanera alejaba a cualquier mujer que pudiera mostrar interés.

Ante estos reiterados fracasos, recurría con frecuencia a los servicios de compañía de pago, una práctica que se revelaría crucial en el desarrollo de los hechos. Su primer matrimonio no fue fruto del amor, sino de la necesidad de cumplir con las expectativas familiares. Fue una unión orquestada más por presión que por deseo, y el resultado no pudo ser más desalentador.
La convivencia se tornó insostenible al poco tiempo y Marcos, lejos de intentar reconducir la relación, multiplicaba sus aventuras extramatrimoniales, buscando parejas en portales de internet donde se ofertaban servicios de acompañamiento. Precisamente en ese entorno digital conoció a Alice, una joven de 26 años. seis menos que él, cuyo perfil con su belleza natural, su cabello rubio y su cuerpo esvelto, captó su atención de inmediato, lo que empezó como un servicio habitual se transformó en una relación que a primera vista parecía el
argumento de un cuento de hadas, aunque su desenlace sería cualquier cosa menos feliz. La historia de Alice antes de encontrarse con Marcos era una crónica de supervivencia en un entorno hostil. Crecida en una de las favelas más peligrosas de la ciudad, nunca conoció a su padre y fue criada por una madre alcohólica que convivía con hombres de idéntica adicción, algunos de los cuales la sometieron a abusos sexuales durante su niñez.
Al finalizar la educación secundaria, huyó de aquel hogar para no regresar nunca más. Su primer empleo fue como enfermera en un centro de cuidados paliativos, pero la muerte constante de sus pacientes minaba su estabilidad emocional, por lo que decidió reorientar su vida hacia el estudio de la abogacía. aprobó los exámenes de ingreso con una nota destacada, pero el importe de la matrícula era inalcanzable con su modesto salario.
Sin red familiar ni apoyo alguno, tomó la decisión de explotar su atractivo físico y se inscribió en una web de acompañantes. Su carisma y su belleza pronto la convirtieron en una de las más solicitadas por clientes de alto poder adquisitivo, lo que le permitió costear sus estudios y mantener su autonomía. Su meta era abandonar esa actividad en cuanto obtuviera el título universitario.
Fue en esa etapa cuando conoció a Marcos, quien se convirtió en uno de sus clientes más acidos. Desde el primer momento, él sintió una atracción arrolladora que fue en aumento con cada encuentro. Acostumbrado a obtener todo cuanto deseaba, el empresario no tardó en decidir que quería tenerla a su lado de forma permanente. Sin contemplaciones, se divorció de su primera esposa y presentó a Alice como su prometida.
Para evitar cualquier atisbo de escándalo, la pareja construyó una historia de ficción. Su primer contacto, aseguraban, había sido fortuito en una cafetería. Ese relato que ocultaba el origen real de su relación lo mantuvieron en secreto incluso para los allegados más íntimos. La acogida de Alice en el seno de la familia Matsunaga dó de ser cálida.
Los progenitores del empresario recelaban de la joven, a quien consideraban una advenediza que fingía no percibir los defectos de su hijo con tal de asegurar su posición. No obstante, cuando Marcos comunicó su decisión de contraer matrimonio, no hubo oposición expresa. La boda se celebró con ostentación, un vestido blanco de ensueño, una legión de invitados y una tarta de varios pisos que se convirtió en la atracción de la velada.
Alice se instaló en la lujosa mansión de su esposo, una residencia atestada de obras de arte y objetos valiosos. Marcos, un coleccionista apasionado, atesoraba en el sótano una bodega con miles de botellas de vino, clasificadas por Añada y Procedencia, y en una estancia secreta guardaba un arsenal de armas de fuego y cuchillos, orgullo de su afición.
La pareja compartía además un interés poco habitual, la cacería mayor. Marcos, devoto de esta actividad, halló en a la única mujer dispuesta a secundarle en sus excursiones. Ella aprendió a manejarse con todo tipo de armamento y a despiece de piezas de gran tamaño, una pericia que más tarde adquiriría una dimensión aciaga.
La casa albergaba también, en lugar de mascotas domésticas, serpientes venenosas en terrarios que reproducían su ecosistema natural, una extravagancia que su anterior esposa nunca había tolerado. Alice, en su esfuerzo por complacerlo, se sumergió en esos pasatiempos poco ortodoxos, afianzando un vínculo que parecía sólido.
Con el paso del tiempo, sin embargo, la armonía comenzó a resquebrajarse. Marcos, absorbido por sus obligaciones empresariales, fue descuidando progresivamente su vida familiar. En la primavera de 2012 se hallaba inmerso en las negociaciones para la venta de la empresa, una operación que lo convertiría en billonario.