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Asi FUE la IMPRESIONANTE VIDA del SANTO “Enmascarado de Plata”

Asi FUE la IMPRESIONANTE VIDA del SANTO “Enmascarado de Plata”

Hoy vas a descubrir cómo vivió el hombre más misterioso y más rico que la lucha libre mexicana ha producido en toda su historia. Un hombre que durante 40 años fue imposible de identificar en la calle porque nunca dejó ver su cara, que ganó fortunas en el cuadrilátero y en el cine, mientras el país entero lo adoraba sin saber su nombre, que acumuló propiedades, automóviles de lujo y un patrimonio que sus contemporáneos estimaban en cifras que ningún luchador mexicano había alcanzado antes ni ha alcanzado después. ¿Cuánto dinero generó

el santo, el enmascarado de plata en 52 películas, cuatro décadas de combates y una franquicia de historietas que se convirtió en la serie más vendida de México? ¿Cómo era la mansión en la Ciudad de México, donde vivía con su esposa y sus 10 hijos? ¿Qué automóviles tenía el hombre cuya cara nadie conocía? ¿Y qué había en esa habitación prohibida de su casa, donde sus propios hijos tenían terminantemente prohibido entrar? Pero antes de responder todo eso, hay un detalle de su vida que ningún biopic ni ningún documental ha contado con la

claridad que merece. Un secreto que guardó durante décadas, que su familia protegió con el mismo celo con que él protegió su máscara y que explica por qué el hombre más famoso de México murió apenas unos días después de revelar su rostro por primera vez. Es secreto es parte de la historia que vamos a contar hoy.

 Quédense hasta el final. Tulancingo, Hidalgo. El 23 de septiembre de 1917. Un pueblo del estado de Hidalgo, donde en ese año de 1917 la Revolución Mexicana todavía no terminaba y donde las familias de trabajo vivían con la incertidumbre permanente de quien no sabe qué noticia va a llegar con el próximo amanecer. En ese contexto nació Rodolfo Guzmán Huerta, el quinto de siete hijos de Josefina Huerta Márquez y Jesús Guzmán Campusano.

 Una familia sin dinero, sin apellidos que abrieran puertas, sin ninguna conexión con el mundo del entretenimiento, que décadas después haría del nombre del quinto hijo una marca reconocida en 50 países. Lo que la familia sí tenía era algo que el dinero no compra, pero que resulta más útil que cualquier herencia. una disposición al trabajo físico que comenzaba desde que los hijos podían sostener algo en las manos y que no admitía excusas ni postergaciones.

Rodolfo creció en ese entorno y cuando la familia se trasladó a la ciudad de México, al barrio de Covadonga en la colonia Centro, sobre la calle Belisario Domínguez, el niño que había llegado de Hidalgo a los 5 años absorbió rápidamente el ritmo de la capital, más rápido, más competitivo, con menos espacio para la timidez y más para los que sabían hacerse notar.

Rodolfo jugó béisbol, intentó el fútbol americano y a los 16 años descubrió la lucha libre, no por vocación inmediata, por necesidad. México en los años 30 del siglo XX vivía la efervescencia de un deporte que el promotor visionario Salvador Luterot había importado y convertido en algo propio. La lucha libre mexicana no era la lucha greco-romana europea, no era el espectáculo americano, era algo nuevo con sus propias reglas, su propio código de honor y sus propias figuras heroicas que el público popular de las colonias y

los barrios de la Ciudad de México adoptaba con la misma devoción con que adoptaba a los cantantes de radio o a los actores del cine de la época de oro. Rodolfo comenzó a entrenar yujitsu y lucha greco romana alrededor de 1933. Lo hacía junto a sus hermanos Miguel y Jesús en el gimnasio de la policía de la ciudad de México.

 Miguel debutó en el ring bajo el nombre de Black Guzmán en 1934. Jesús, el hermano que había sido el primero en competir, se había hecho conocido como The Black Panther. Y el 13 de agosto de ese mismo año, 1934, Jesús murió en el ring durante una lucha en Puebla. Tenía 21 años. Para Rodolfo, que lo había visto entrenar, que había aprendido a su lado, que compartía con él la misma pasión por un deporte, que todavía no le había dado a ninguno de los dos lo que esperaban, la muerte de su hermano fue el golpe más definitorio de su vida. No lo alejó de la lucha

libre, lo convirtió en quién sería. Durante los años siguientes, Rodolfo peleó bajo distintos nombres: Rudy Guzmán, el hombre rojo, el enmascarado, el incógnito, el demonio negro, el murciélago enmascarado. Segundo. Este último fue especialmente problemático porque ya estaba asociado a un luchador muy conocido, Jesús Murciélago Velázquez.

 Y en 1938 la Comisión de Vox y Lucha Libre de México le prohibió seguir usándolo. Un luchador sin nombre estable es un luchador sin identidad y sin identidad no hay carrera. Pero de esa confusión, de esa búsqueda que duró casi una década, nació en 1942 el personaje más importante de la historia de la lucha libre mexicana.

 Su entrenador, Jesús Lomelí, estaba formando un equipo de luchadores vestidos de plata. Le ofreció tres nombres: el santo, el ángel o una tercera opción que la historia no registró. Rodolfo eligió el primero. El 26 de abril de 1942 en la Arena México, debutó como el Santo frente a El Lobo Negro. No ganó esa primera lucha, pero había comenzado algo que no terminaría hasta 40 años después.

Lo que siguió fue la construcción de un mito, no de un día para el otro, no con el golpe de suerte que las leyendas fabricadas a posterior y siempre incluyen, sino con el trabajo metódico y continuo de alguien que entiende que la fama se construye función a función, semana a semana, ciudad a ciudad. El santo luchó en todas partes, ciudad Anahuac, Laredo, Monterrey y muchas veces en condiciones que no correspondían en absoluto a la imagen que décadas después tendría el nombre.

En una de esas primeras giras tuvo que huir de un hotel en Monterrey sin pagar la cuenta porque no tenía dinero suficiente para cubrirla. Esa fue mi primera aventura de verdad”, confesó años después con la naturalidad de quien ya puede reírse de lo que en su momento fue una humillación. Nunca pagué, la verdad se me olvidó.

 Esa anécdota que sus biógrafos repiten como ilustración del inicio difícil del santo es también el punto de referencia más útil para medir la distancia que recorrió en los siguientes 40 años. del hombre que no podía pagar el hotel en Monterrey al hombre cuya firma en un contrato de cine valía más que la de cualquier otro actor mexicano de su generación.

 Esa distancia se llama patrimonio. Y antes de hablar del patrimonio hay que entender cómo se construyó. El punto de quiebre llegó con Black Shadow. Black Shadow era el compañero de equipo de Blue Demon, el hombre con quien el santo compartiría la rivalidad más intensa y más lucrativa de la historia de la lucha libre mexicana. En una batalla que los fanáticos de esa época describieron como el combate más emocionante que habían presenciado, el santo derrotó a Black Shadow y le arrancó la máscara.

 Quitarle la máscara a un rival con las propias manos era en el código no escrito de la lucha libre mexicana una violación de las reglas del honor entre luchadores. No importa que la máscara del vencido sea técnicamente el trofeo del vencedor en las luchas de apuesta. Hay una forma de hacerlo y hay una forma que no debe hacerse. El santo lo hizo a su manera.

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