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Marilyn Monroe: Iba a Casarse… 3 Días Antes de Morir

 Cuelga, mira a su compañero y susurra una sola frase que esa noche cambiará la historia del cine para siempre. Marilyn Monroe ha muerto. Cuando Clemens llega a la casa no encuentra caos. Encuentra orden, demasiado orden. Las sábanas están perfectamente dobladas en un sillón. El baño está reluciente. Lavadora está funcionando en plena madrugada.

 No hay rastros de vómito, no hay vasos de agua en la mesa. Y eso para los investigadores que vendrán después será la primera anomalía, porque ningún ser humano puede tragar 40 o 50 pastillas sin beber. Es médicamente imposible. Pero esa madrugada nadie hace preguntas. Esa madrugada se firma un certificado, se redacta un comunicado, se envuelve un cuerpo en una sábana azul y a las 7:30 de la mañana, una camilla sale de la casa por un pasillo lateral, evitando a los primeros fotógrafos que ya están acampando frente al jardín. Dentro de

esa sábana azul, sin maquillaje, sin pestañas postizas, sin la sonrisa que el mundo entero adoraba, viaja una mujer llamada Norma Jean Mortenson. Norma Jean, ese era su verdadero nombre, el que llevaba antes de convertirse en mito, el que casi nadie recordaba ya. Y antes de entender cómo el mundo perdió a Marilyn Monroe esa noche de agosto, tenemos que volver al principio, al principio absoluto, a una sala de partos del Hospital General de Los Ángeles, 36 años antes, porque la historia que están a punto de escuchar no empieza con un

frasco de pastillas, empieza con una niña sin padre, una madre que se está volviendo loca y un certificado de nacimiento que llevará tres apellidos diferentes. 1 de junio de 1926, 4:30 de la madrugada. Una mujer llamada Gladis Pearl Baker, técnica de laboratorio en los estudios Consolidated Film, da a luz a una niña que pesa 3 kg.

En la línea padre del certificado escribe el nombre de un hombre con el que ya no vive, Edward Mortensen. Pero ese hombre nunca conoció a esa niña. Es muy posible que ni siquiera supiera de su existencia. Y aún más probable es que no fuera el verdadero padre. El verdadero padre, según todo lo que se descubrió décadas después, era un compañero de trabajo de Gladis en los estudios.

 Charles Stanley Gford, un hombre casado, un hombre que cuando supo del embarazo simplemente desapareció, le dio dinero a Glares, le dijo que se las arreglara y nunca, nunca quiso ver a esa niña. Marilyn pasaría toda su vida buscando ese rostro. Lo llamaría por teléfono varias veces, años después, ya siendo famosa, y siempre, sin excepción, él colgaría sin decir una palabra.

Imaginen eso. Imaginen ser la mujer más deseada del mundo, la que aparece en todas las revistas, la que llena salas de cine en cuatro continentes y tener que esconderse en un teléfono público para suplicarle a un desconocido que admita que es su padre y oír una vez más el click del silencio.

 Esa herida nunca cicatrizó. Está al principio de todo y está al final también. 12 días después del parto, Gladis entrega a su hija a una familia de acogida. No es crueldad, es supervivencia. Gladis trabaja largas jornadas en los estudios, no gana lo suficiente, no tiene marido, no tiene familia que la ayude. Una pareja evangelista, Albert e Ida Bollender, en una casa modesta de Hawthorne, California, recibe a la bebé a cambio de $ por semana.

 Norma Jean vivirá ahí 7 años. 7 años creyendo que ida es su verdadera madre, llamándola mamá hasta el día en que Gladis, una mujer joven y bonita, pero de mirada extraña, aparece de pronto en la puerta y le dice a ida, “No la llames más mamá. Yo soy su madre.” Esa frase la marca para siempre. Esa frase es el primer terremoto porque a partir de ese momento Norma Jean entiende que su mundo es prestado, que en cualquier momento alguien puede venir abrir una puerta y llevársela.

 A los 7 años Claris decide recuperarla. Compra una pequeña casa cerca del Hollywood Bowl. Por primera vez, Norma Jean tiene una habitación que es suya. tiene un piano blanco. Gladis ahorró durante meses para comprarlo. Segunda mano, de una vieja casa de actores en bancarrota. Tiene una rutina, tiene la ilusión de una familia y durante unos meses todo parece posible.

 Por las tardes, después de la escuela, Norma Jean se sienta delante del piano y aporrea las teclas. Gladis la mira desde la cocina sonriendo. Es la última vez en la vida de la niña que verá esa sonrisa. Porque una mañana de enero de 1934, Glady se encierra en el cuarto de baño, empieza a gritar, habla con personas que no están ahí.

 Cuando los vecinos consiguen abrir la puerta, la encuentran agarrando una cuchilla de afeitar, la llevan en ambulancia al hospital, le diagnostican esquizofrenia paranoide, la internan en un hospital psiquiátrico estatal y salvo unos pocos meses esporádicos a lo largo de los años siguientes, no volverá a salir nunca. Norma Jean tiene 8 años, acaba de perder a su madre por segunda vez y esta vez es definitivo.

 Lo que viene después es una sucesión de hogares, 11 familias de acogida, un orfanato, en Los Angeles Orphans Home Society, donde llora durante toda la primera noche porque cree que la han abandonado. Las primeras noches en el orfanato, según sus propias palabras, son las peores de su vida. Es un edificio de tres pisos. Hay 75 niñas. Las camas están alineadas como en un cuartel y desde la ventana del dormitorio común, Norma Jean puede ver a lo lejos las letras gigantes y luminosas de Hollywood brillando en la colina.

 Esa visión, esa promesa de luz al otro lado de la ciudad se le quedará grabada hasta el final. Hay una tía abuela, Anna Lower, que será durante un tiempo la única figura cariñosa de su infancia. Una mujer religiosa de la Iglesia de la Ciencia Cristiana, que la lleva al cine los sábados por la tarde, le compra helados, la escucha y un día sentada con ella en una sala de cine, Norma Jean mira la pantalla y susurra, “Quiero estar ahí dentro.

” Ana le contesta, “Algún día lo estarás, cariño.” Norma Jean se acuerda de esa frase toda su vida. Cuando Ana muera, en 1948, Marilyn ya estará empezando a entrar en esa pantalla y nunca más tendrá a alguien que la mire con esa misma ternura. Pero hay algo peor, algo que Marilyn solo contará décadas después en entrevistas privadas y en sesiones de psicoanálisis.

 En una de esas casas de acogida, cuando ella tiene apenas 8 o 9 años, un inquilino mayor la lleva a su cuarto y abusa de ella. Cuando se lo cuenta a la mujer que la cuida, esa mujer la abofetea y le dice que es una mentirosa, que no diga nunca más cosas tan horribles. Marilyn aprende ese día que decir la verdad puede ser más peligroso que callarla.

 Aprende a no confiar en nadie. Aprende a esconderse detrás de una sonrisa. esa sonrisa, esa que el mundo entero conocería años después, esa sonrisa enorme y luminosa que parecía iluminar las pantallas. Esa sonrisa nació en una casa de acogida como una máscara para sobrevivir y nunca se quitó.

 A los 16 años las autoridades le comunican que ya no pueden mantenerla en el sistema de acogida. Tendría que volver al orfanato hasta los 18. Pero hay otra opción. Un vecino joven, James Dowy, 20 años, hijo de una familia obrera del barrio, está dispuesto a casarse con ella, no por amor, por arreglo. Es una manera de mantenerla fuera de las instituciones.

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