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ASI es la VIDA de JORGE RIVERO a sus 87 AÑOS (Parece de 30)

Infante en pantallas de todo el mundo. Jorge Rivero creció mirando ese cine, pero su vocación inicial no era la actuación, era el deporte. Desde muy joven demostró una aptitud física excepcional que lo llevaría primero a las albercas competitivas y después inevitablemente a los gimnasios. Fue nadador competitivo de alto rendimiento, practicó atletismo y se convirtió en uno de los primeros físicoculturistas serios que tuvo México.

 El físicoculturismo en los años 50 y 60 en México no era lo que es hoy. No había academias en cada esquina, no había proteínas en polvo en los supermercados ni entrenadores certificados en YouTube. Era una práctica de iniciados, de hombres que levantaban hierro con una disciplina casi monástica, inspirados por las revistas estadounidenses que mostraban los cuerpos trabajados de figuras como Steve Reeves, El Hércules del Cine italiano y los primeros competidores de bodywieldinamericano.

Que Jorge Rivero se destacara en ese ambiente habla de algo más que de genética favorable. habla de una disciplina rigurosa, de una mentalidad de atleta que lo acompañaría toda su vida y que décadas después, cuando sus contemporáneos envejecieran con los achaques normales del tiempo, lo dejaría en una forma física que seguiría sorprendiendo a todo el mundo.

 Su camino hacia el cine fue más orgánico que planeado. En un México donde el cine de acción empezaba a reemplazar a los melodramas de la época de oro, un cuerpo como el suyo era una herramienta de trabajo. Los productores necesitaban hombres que se vieran creíbles en las escenas de pelea, que pudieran cargar coprotagonistas en brazos sin que la ilusión se rompiera, que generaran tensión con solo aparecer en cuadro.

Jorge Rivero, con su metro80 y tantos de estatura y su físico trabajado con años de hierro y agua, era exactamente eso. Sus primeros trabajos en el cine mexicano llegaron a principios de los años 60, cuando el galán rubio y Atlético empezó a aparecer en producciones de género, westerns mexicanos, películas de aventuras, dramas de acción que llenaban las salas de cine de provincia y los cines de barrio de la capital.

 Todavía no era una estrella, todavía era uno más de los actores jóvenes que buscaban su oportunidad. Pero cada vez que aparecía en pantalla algo pasaba. La cámara lo encontraba de una manera especial y el público lo notaba. Antes de que Hollywood lo llamara, Jorge Rivero construyó su reputación película a película en el circuito del cine nacional.

 No fue una ascensión meteórica, sino sistemática, paciente, construida sobre la acumulación de trabajos bien hechos. Era puntual, era profesional, era disciplinado en el set como lo era en el gimnasio. Y esa reputación de hombre confiable en quien podías depositar un proyecto se convirtió en su mejor carta de presentación mucho antes de que ningún productor de Hollywood supiera su nombre. El salto a la fama.

 El punto de inflexión en la carrera de Jorge Rivero se llama Río Lobo y lleva fecha de 1970. Pero para entender qué significó ese momento, hay que entender primero quién era John Wayne en 1970 y qué significaba que un director como Howard Aus lo pusiera a compartir pantalla con un actor mexicano. John Wayne era en ese momento la estrella de cine más poderosa de Hollywood, ganador del Óscar como mejor actor en 1969 por valor de ley, símbolo absoluto del western americano, nombre que garantizaba taquilla en cualquier sala del mundo. Sus películas

no necesitaban más argumento de marketing que su nombre en el cartel. Y Howard As, el director que lo llevó a varios de sus mayores triunfos, decidió que el antagonista perfecto para Wayne en Rio Lobo era un actor mexicano llamado Jorge Rivero. Esa decisión no fue casual ni fue fácil. Hollywood de 1970 seguía siendo un mundo donde los actores latinos rara vez llegaban a roles protagónicos en producciones de primera línea.

 Los papeles para hispanos eran en su mayoría estereotipos. El bandido, el sirviente, el exótico decorativo. Que AUX viera en Jorge Rivero algo más que eso, algo que merecía estar en el mismo cuadro que Wayne como figura de peso equivalente. Dice mucho tanto del director como del actor. La historia del rodaje de Río Lobo en Arizona y en México está llena de anécdotas reveladoras.

 John Wayne, hombre de carácter fuerte y juicios rápidos, tomó la medida de Jorge Rivero desde el primer día de filmación y lo trató como lo que era, un igual profesional, no como el actor mexicano de relleno que venía a darle réplica, sino como un hombre que se había ganado su lugar. Compartieron secuencias de acción, escenas de diálogo y largas jornadas de trabajo bajo el sol del desierto con una dinámica de respeto mutuo que quedó registrada en la pantalla.

 El impacto de Río Lobo en la carrera de Jorge Rivero fue inmediato y profundo. De repente, el galán físicoculturista del cine mexicano de género tenía un crédito en una producción hollywoodense de primera categoría al lado del actor más famoso del mundo. Las puertas que se abrieron después de eso no se habrían abierto de ninguna otra manera.

 Pero lo que distingue a Jorge Rivero de otros actores mexicanos que tuvieron un momento fugaz en Hollywood y después desaparecieron es que él supo sostener ese impulso. No dependió de Río Lobo como trampolín hacia el cielo y olvido. Construyó una carrera sólida en múltiples frentes simultáneos. Siguió filmando en México, aceptó proyectos europeos, especialmente los westerns espaguetti que Italia producía en serie durante esos años y mantuvo su presencia en producciones estadounidenses de acción y aventura durante toda la década

de los 70 y parte de los 80. En México, su estatus de galán internacional consolidado lo convirtió en uno de los actores mejor pagados de la industria local. Sus películas, westerns, dramas de acción, thrillers, generaban taquilla consistente. El público mexicano lo amaba. Tenía el físico, tenía la cara, tenía esa presencia en pantalla que convierte a un actor en estrella y ahora tenía también el respaldo de Hollywood.

Los westerns europeos fueron su tercera columna profesional durante los 70. El mercado italiano del espaguetti western, que había lanzado a Clintis Bud a la fama internacional a mediados de los 60, seguía produciendo películas a ritmo industrial y buscaba constantemente actores que tuvieran el físico y la presencia que los roles exigían.

 Jorge Rivero encajaba perfectamente en ese molde. Era alto, musculoso, de cara angulosa que la Cámara Europea amaba y tenía el crédito de Hollywood que lo distinguía del resto de candidatos. Filmó en Italia, en España y en locaciones africanas para producciones europeas que se vendían en todo el circuito occidental.

 La fortuna de Jorge Rivero. Hablar de la fortuna de Jorge Rivero exige entender el ecosistema económico del cine mexicano y estadounidense de los años 60, 70 y 80, porque fue en esos tres mercados más el europeo, donde construyó su patrimonio. En el cine mexicano de los años 60, cuando Jorge Rivero empezaba a consolidarse, la escala salarial era clara.

 En la cúspide estaban figuras como Mario Moreno Cantinflas, que para entonces cobraba en torno a los 300,000 pesos por producción. En el escalón inmediatamente debajo, los galanes establecidos como Arturo de Córdoba ganaban entre 80 y 120,000 pesos por película, tomando como referencia que Pedro Armendaris en su momento cumbre  cobraba 50,000 pesos por película en los años 40, cuando el poder adquisitivo era distinto.

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