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Robaina vs Díaz-Canel | La Traición que Cambió Cuba

Noviembre de 1998, La Habana. En los pasillos del Ministerio de Relaciones Exteriores suena un teléfono. Roberto Robainá, el canciller más joven y más carismático en la historia de Cuba, levanta el auricular. Del otro lado de la línea está Abel Matutes, el ministro de asuntos exteriores de España. Robainá espera una despedida de rutina, unas cuantas frases de cortesía diplomática.

Pero entonces Matutes pronuncia las ocho palabras más peligrosas de toda la historia política cubana reciente. Tú eres mi candidato. Mi candidato siempre ha sido tú. Robaina no lo sabe en ese momento, pero esa conversación está siendo grabada segundo a segundo por la inteligencia militar de Raúl Castro. Y esas ocho palabras acaban de ser archivadas como su sentencia de muerte política. Ocho palabras.

 Solamente ocho palabras dichas en una conversación telefónica de cortesía bastaron para destruir el futuro entero de un hombre que a los 37 años era el canciller más joven de toda la historia de Cuba. El favorito personal de Fidel, el rostro moderno que la revolución presentaba al mundo entero como prueba de que podía reinventarse.

 Poco después de colgar ese teléfono, el famoso canciller salsa, el que vestía jeans y seducía a líderes mundiales con su carisma, fue condenado a la nada política al sistema de castigo más cruel y más silencioso de todo el aparato cubano, el Plan Pijama. Quédate conmigo porque hoy vamos a destapar la historia que el régimen intentó borrar de los libros oficiales.

 Te voy a contar cómo una llamada telefónica interceptada desató la paranoia más profunda de Raúl Castro y como el político más brillante de toda su generación fue humillado, desmontado pieza por pieza y abandonado a una muerte civil sin balas. Esta es la crónica de un asesinato político ejecutado no con armas, sino con cintas de audio.

 Pero antes de llegar a esa llamada fatal, tenés que entender quién era exactamente Roberto Robaina y por qué su sola existencia aterrorizaba en silencio a los hermanos Castro. Roberto Robaina González nació el 18 de marzo de 1956 en Pinar del Río, la provincia más occidental de Cuba, famosa por sus campos de tabaco, no precisamente por sus dinastías políticas.

 A diferencia de muchos líderes cubanos que venían de familias revolucionarias prominentes con apellidos que abrían puertas automáticamente, Robaina surgió de orígenes completamente modestos. Se formó como maestro de matemáticas en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Barona en La Habana. Un camino que no tenía absolutamente nada de extraordinario hasta que algo en su personalidad empezó a destacar por encima de cualquier credencial académica.

 Robaina no era el típico cuadro comunista de su generación, ni por estilo ni por temperamento personal. Si pensas en los dirigentes cubanos de esa época, te imaginass a hombres mayores de uniforme verde olivo. Repitiendo consignas soviéticas con cara de piedra frente a las cámaras. Pero Raina era otra cosa completamente distinta.

 Era joven, enérgico, magnéticamente carismático. Tenía una habilidad natural casi instintiva para conectar con las masas, especialmente con los jóvenes que ya empezaban a sentirse lejos del discurso envejecido de la revolución original. Su eslogan personal lo decía absolutamente todo. Síganme, síganme. Dos palabras que resumían con una economía perfecta todo su estilo de liderazgo y su confianza absoluta en sí mismo.

 Aquí entramos en la salsa del asunto. A mediados de los años 80, Robaina ascendió meteóricamente dentro de la Unión de Jóvenes Comunistas, la UJC, la cantera oficial de futuros líderes del partido. En 1986 se convirtió en primer secretario de la UJC, sucediendo nada menos que a Carlos Laje, quien más tarde también sería purgado en un patrón que ya empezaba a repetirse sin que nadie lo notara todavía.

 Y aquí está el detalle que pocos conocen con precisión. Mientras los ortodoxos del partido organizaban reuniones burocráticas y profundamente aburridas, Robaina organizaba conciertos masivos, festivales en la fuente de la juventud, eventos multitudinarios en el Malecón Habanero. En una Cuba donde más de la mitad de la población tenía menos de 30 años, Robaina controlaba casi sin esfuerzo visible el grupo demográfico más importante y más volátil de todo el país.

 Fidel Castro lo notó y comenzó a llamarlo con un apodo cariñoso, Robertico. Ese diminutivo era al mismo tiempo una bendición y una maldición. Significaba que el comandante lo tenía en su radar personal y en Cuba estar en el radar de Fidel podía llevarte directo a la fama más absoluta o directo al abismo más profundo sin que existiera demasiado punto medio entre esas dos opciones.

 En 1991, Robaina entró directamente al politburo, el órgano supremo de decisión del Partido Comunista, convirtiéndose en su miembro más joven en toda la historia de la organización. Su círculo cercano de jóvenes líderes comunistas incluía, entre otros, a un organizador provincial llamado Miguel Díaz Canel. Recordá ese nombre con atención, porque vas a entender pronto por qué ese mismo hombre que andaba en bicicleta con Robaina por las calles de La Habana terminaría años después traicionándolo públicamente frente a todo el partido. Detente un

segundo a pensar en esto con calma. Robaina tenía apenas 35 años y ya estaba sentado en el polito. Era el protegido directo de Fidel. comandaba la lealtad genuina de millones de jóvenes cubanos que veían en él algo distinto, algo más cercano, algo menos rígido que el resto del aparato.

 El mundo entero, además, lo empezaba a ver como el futuro posible de Cuba. Pero aquí viene lo más oscuro de toda esta primera mitad de la historia. Todo eso que lo hacía tan valioso para el régimen era exactamente al mismo tiempo lo que lo hacía profundamente peligroso. Porque en Cuba existe una regla no escrita que todo el mundo conoce perfectamente, pero que nadie pronuncia jamás en voz alta.

 Ser popular es peligroso y ser popular sin pertenecer a la familia Castro es directamente letal. En 1991, la Unión Soviética colapsó por completo y con ella se desmoronó el mundo entero que Cuba conocía y en el que había construido toda su economía durante tres décadas. De un día para otro, la isla perdió el 80% de sus mercados de exportación y el suministro de petróleo subsidiado que la mantenía funcionando.

El PIB se desplomó más de un tercio en cuestión de meses. Las exportaciones cayeron un 79%. Las importaciones un 75%. Los apagones de 18 horas se volvieron rutina diaria en toda la isla. La gente comía lo que podía encontrar literalmente día tras día. Fidel Castro llamó a esta catástrofe el periodo especial en tiempo de paz, un eufemismo que sonaba casi poético para describir una hambruna administrada.

 Y aquí está la contradicción exacta que definió toda la era de Robaina. Mientras el pueblo cubano no tenía ni luz para encender un ventilador en las noches más calurosas, el régimen necesitaba con desesperación absoluta una cara moderna capaz de atraer inversión extranjera urgente. Los viejos comandantes de uniforme Verde Olivo, con sus discursos de 4 horas y su retórica de guerra fría, ya no inspiraban ninguna confianza a los empresarios europeos ni a los turistas canadienses que Cuba necesitaba seducir como fuera. Cuba necesitaba, en términos

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