Jayne Mansfield: Todos Creían Conocerla… Hasta Aquella Última Noche
El Buck avanza en la oscuridad a más de 100 km porh. Dentro van seis personas y cuatro perritos chihuahua. En el asiento de atrás, tres niños duermen amontonados, ajenos a todo. Y adelante, junto a la ventanilla, una mujer de 34 años mira la carretera negra sin saber que le quedan menos de 2 minutos de vida. Es de madrugada.
La carretera 90 de Luisiana se hunde entre los pantanos. No hay luces, no hay otros carros, solo el zumbido del motor. Y más adelante algo que el conductor todavía no alcanza a distinguir. Una nube blanca y espesa que cubre el camino por completo. Dentro de esa nube hay un camión detenido. El hombre al volante tiene apenas 20 años.
Está cansado. Lleva horas manejando. Cuando por fin descubre la masa oscura del tráiler, ya es tarde. Pisa el freno con todas sus fuerzas. Las llantas chillan contra el asfalto húmedo, pero el carro no se detiene. Se mete por debajo del camión, como un cuchillo, entra en la madera y en una sola fracción de segundo el techo del buic desaparece.
La mujer que va adelante es una de las rubias más fotografiadas del planeta. Ha llenado portadas, ha hecho reír a millones. La han comparado con Marilyn Monroe en cada periódico del mundo. Esta noche, sin embargo, no hay cámaras, no hay flashes, no hay público que la aclame. Ridia, no, solo una carretera vacía, un camión invisible y tres niños que dentro de unos segundos van a despertar huérfanos.
Su nombre es Jane Mansfield y la historia que están a punto de escuchar no es la de los chistes ni la de las revistas de la época, porque detrás de la rubia tonta que el mundo creyó conocer había una mujer que estudió varios idiomas, que tocaba el violín y el piano, de la que se decía que tenía un coeficiente intelectual capaz de dejar mudos a los periodistas.
Una mujer que construyó su propia leyenda con sus propias manos y que terminó devorada por esa misma leyenda. Lo que pasó aquella madrugada en Luisiana le dio la vuelta al mundo en cuestión de horas y casi nada de lo que se dijo esa semana era verdad. Pero para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio.
Vera Jane Palmer nace el 19 de abril de 1933 en Brinmore, un pueblo tranquilo de Pennsylvania, hija única. Su padre Herbert es abogado. Su madre Vera, fue maestra de escuela. La llaman por su segundo nombre Jane. Desde el primer día es una niña rubia, despierta, observadora. de las que se quedan mirando a los adultos como si ya estuvieran tomando apuntes para usarlos más tarde.
La familia tiene una vida cómoda y previsible, una casa decente, un buen apellido, un padre que sale cada mañana al despacho. Durante 3 años, la pequeña Jane crece rodeada de esa seguridad tibia que solo conocen los niños muy queridos. Y entonces todo se rompe. Jane tiene 3 años cuando su padre cae fulminado por un infarto.
De un día para otro, el hombre fuerte de la casa, el que ganaba el dinero, el que sostenía el mundo entero de aquella niña, ya no está. Es demasiado pequeña para comprender la palabra muerte, pero no es demasiado pequeña para sentir el hueco que deja ese silencio nuevo que se instala en las habitaciones y ya no se va. Retengan esa edad.
3 años, porque esa cifra va a volver al final de esta historia de la manera más cruel que puedan imaginar. Su madre, viuda y todavía joven, hace lo que puede para reconstruir una vida. Con el tiempo se vuelve a casar con un ingeniero y la familia se muda lejos a Dallas, Texas. Allí, bajo un cielo enorme y caluroso, la niña encuentra una forma de llenar el vacío que dejó la muerte de su padre.
Y esa forma son las clases. Piano, violín, danza, idiomas. Jane lo absorbe todo y lo absorbe rápido, casi con hambre, como si quisiera demostrarle algo a alguien que ya no está para verlo. En las paredes de su cuarto de adolescente empieza a pegar fotografías de las grandes estrellas de cine. Las mira durante horas como quien estudia un mapa hacia un tesoro escondido.
les cuenta a sus compañeras de clase con una seguridad que a todas las desconcierta, que un día su cara va a estar en esas mismas revistas. Nadie le cree. Es una chica de Texas, hija de una viuda, sin contactos, sin dinero, sin nada. De ese vacío nace entonces un sueño enorme, desproporcionado. Años más tarde le contaría a los periodistas que desde muy pequeña tenía una sola idea clavada en la cabeza.
Iba a ser estrella de cine, no actriz, estrella. La diferencia entre esas dos palabras importa y la vamos a entender muy pronto. Pero antes que la fama llegaron el matrimonio y la maternidad. Con apenas 16 años, Jane se enamora de un joven llamado Paul Mansfield y queda embarazada. A principios de 1950, casi una niña todavía se casa con él.

Poco después nace su primera hija, Jane Marie. La adolescente que soñaba con marquesinas de neón es de pronto una esposa y una madre en Texas con un bebé en brazos, una cocina que atender y un apellido nuevo. Ese apellido es Mansfield y aunque el matrimonio con Paul demasiado, ella lo va a conservar para siempre.
La razón suena bien, suena a estrella, suena a luces de marquesina. Lo asombroso es que ni siquiera la maternidad la desvía del plan. Mientras cría a su hija recién nacida, Jane se inscribe en la universidad, estudia teatro, toma clases de actuación, de dicción, de baile, lee, memoriza, ensaya frente al espejo del baño cuando la bebé duerme.
Hay una frase suya de aquellos años de juventud que lo explica todo. Un periodista se sorprendió de sus excelentes calificaciones y ella respondió con una sonrisa cargada de intención, que sí, que tenía un promedio altísimo, pero que con la mayoría de los hombres convenía esconder la inteligencia. Esa frase es la llave de toda su vida, no la olviden.
Porque Jane Mansfield comprendió, muy joven y muy bien, una regla brutal del mundo que le tocó vivir, que una mujer hermosa podía abrir con su cuerpo puertas que jamás abriría con su cabeza y tomó una decisión consciente, fría, casi de ajedrecista. decidió usar esa regla a su favor, aunque el precio fuera que nadie nunca jamás la tomara del todo en serio.
Pero el sueño y el matrimonio no tardan en chocar de frente. Paul es un joven serio, de buena familia, que quiere una vida normal, un hogar tranquilo, un empleo seguro, una esposa que lo espere cada noche. Jane quiere algo que no cabe dentro de ninguna casa. Cuando estalla la guerra de Corea y Paul es llamado al frente, ella se queda sola en Texas con su bebé y en lugar de esperar resignada a que pase el tiempo, aprovecha cada hora libre para prepararse: clases, ensayos, concursos, cualquier cosa que la acerque 1 milímetro a su meta. Cuando
Paul por fin regresa de la guerra, Jane le pone las cartas sobre la mesa. Quiere irse a California, quiere intentarlo de verdad. Él acepta a regañadientes porque la ama y porque cree ingenuamente que se le va a pasar. No se le pasó. Lo que Paul aún no sabía es que aquel acuerdo era también el principio del fin de su matrimonio.
Hollywood iba a darle a Jane todo lo que ella había pedido y a cambio le iba a quitar casi todo lo demás. ¿Desde dónde nos estás viendo? Cuéntanos en los comentarios. Nos encanta saber desde qué país nos siguen. En 1954, Jane hace las maletas, toma a su hija pequeña y se lanza de cabeza hacia el lugar con el que llevaba soñando desde que tenía memoria.
Hollywood llega sin contactos, sin dinero, sin nada más que una determinación que daba un poco de miedo. Otras chicas guapas aterrizaban en Los Ángeles y esperaban sentadas a que alguien las descubriera, a que un productor mágico se cruzara por casualidad en su camino. Jane no esperaba nada de nadie. salía a la calle a cazar su destino con sus propias manos todos los días sin descanso.
Y aquí empieza una de las campañas de autopromoción más asombrosas en la historia del cine. Para hacerse notar, Jane empieza a coleccionar títulos de concursos de belleza uno tras otro, sin importar lo absurdos que sonaran. se convierte en Miss Photoflash en Miss Lámpara de magnesio, en reina de no se sabe cuántas ferias y promociones.
Acumula coronas ridículas como quien junta peldaños para subir. Y según se cuenta, llegó a rechazar un título solo porque le pareció que no encajaba con la imagen glamorosa que estaba construyendo el de Miss Queso Rockford. Hasta para sus locuras tenía un plan. Después viene el golpe maestro.
En un viaje de prensa organizado para promocionar a otra actriz, una estrella ya consagrada, Jane aparece de la nada con un traje de baño imposiblemente pequeño y se mete al agua delante de todos los fotógrafos. Las cámaras que habían viajado hasta allí para retratar a otra se voltean en bloque hacia ella. Al día siguiente, su rostro está en los periódicos de medio país.
Acababa de robarse otra vez una fiesta que no era suya. Jane entendió algo que casi nadie de su generación había comprendido todavía, que la fama no se consigue solo actuando bien, sino apareciendo, apareciendo en todas partes, todo el tiempo, sin vergüenza y sin pausa. Inventó una imagen, una marca, un producto y se lo vendió al mundo con una constancia de obrera.
Sus medidas exactas circulaban en los diarios como si fueran cotizaciones de la bolsa. Su melena platino, su risa, su vocecita aguda y juguetona, todo formaba parte de un personaje minuciosamente diseñado por una mujer mucho más calculadora de lo que jamás dejó ver. La estrategia funciona. Un estudio le ofrece un primer contrato y la mete en papeles pequeños, secundarios junto a actores consagrados.
Son apenas migajas, pero a ella le bastan para aprender el oficio por dentro, para estudiar cómo se mueve la cámara, cómo se ilumina un rostro, cómo se roba un plano. Pero detrás de cada foto en el periódico hay un esfuerzo que nadie ve. Los primeros años en Los Ángeles son durísimos. Jane toca puertas que no se abren. Va a audiciones de las que sale con un no seco o peor todavía con una risita a sus espaldas.
Los productores la miran y ven un cuerpo, no una actriz. Le ofrecen papeles de una sola línea, de una sola pose, de un instante decorativo y nada más. Y ella, que sabe que el desprecio es parte del peaje, sonríe, da las gracias y vuelve a la calle al día siguiente como si nada. Trabaja sin red, cría a su hija, paga el alquiler como puede y dedica cada minuto libre a estudiar el oficio y a fabricar oportunidades donde no las hay.
Se aprende de memoria los nombres de todos los fotógrafos de la ciudad. Averigua a qué hora salen los reporteros, en qué restaurantes almuerzan los ejecutivos, dónde hay que dejarse ver para que una foto termine en el lugar correcto. No deja nada librado al azar. Hay algo casi heroico en esa terquedad, porque mientras media ciudad se ríe de la rubia que se muere por salir en el diario, esa misma rubia está construyendo ladrillo a ladrillo, una carrera que muchos actores con más talento y menos hambre jamás llegarían a tener. No tiene padrinos, no
tiene fortuna, solo tiene una idea fija y una disciplina de hierro escondida debajo del maquillaje. Gran salto, sin embargo, llega sobre un escenario de teatro. En 1955 consigue un papel en una comedia de Broadway titulada Will Success Spoil Rock Hunter. interpreta a una estrella de cine exuberante, tonta y deslumbrante, una especie de parodia de sí misma antes incluso de ser famosa.
El público estalla en carcajadas noche tras noche. Los críticos la notan y entonces ocurre exactamente lo que ella había planeado desde el principio. El Hollywood de verdad, el de los grandes estudios, voltea por fin a mirarla. La noche del estreno en Broadway. Jane está aterrada y eufórica al mismo tiempo. Sabe que se juega años de esfuerzo en un par de horas.
Cuando sale a escena y suelta sus primeras frases como la estrella tonta y deslumbrante de la obra, el teatro entero se rinde. Las risas llegan en oleadas. Al caer el telón, los aplausos no terminan nunca. Y esa misma noche entre bambalinas, la chica de Dallas, que pegaba fotos de estrellas en la pared de su cuarto, comprende que acaba de cruzar una puerta que ya no se va a cerrar.
A la mañana siguiente, su nombre aparece en los periódicos de Nueva York, ya no como la rubia de los concursos absurdos, sino como una auténtica revelación. Por primera vez, el mundo del espectáculo la toma, aunque sea por un momento completamente en serio. La 20th Century Fox, una de las maquinarias más poderosas del cine mundial, le pone delante un contrato, pero hay un problema y ese problema tiene nombre y apellido. Marilyn Monro.
A mediados de los años 50, Marilyn es la rubia más famosa del planeta, la diosa absoluta, y trabaja precisamente para la Fox. El estudio la adora y al mismo tiempo le tiene pánico porque Marilyn llega tarde, discute, se enferma, desaparece, hace temblar presupuestos millonarios y entonces a los ejecutivos se les ocurre una idea fría, muy propia de aquella industria.
Necesitan un seguro, una segunda rubia, una de repuesto que puedan exhibir, amenazar o usar cada vez que la primera dé problemas y deciden que esa segunda rubia va a ser Jane. Así nace de manera completamente artificial una de las rivalidades más comentadas de Hollywood. La prensa la engorda sin piedad. Marilyn contra Jane, la auténtica contra la imitación.
La reina contra la aspirante. Un duelo inventado que vendía periódicos acarretadas y que a Jane en lo más hondo le hacía un daño que tardaría años en notarse del todo. Porque ser la otra tiene un precio que no se cobra de inmediato. Con el tiempo esa etiqueta se vuelve una condena. Por más que Jane actúe bien, por más que demuestre talento cómico y disciplina en la cabeza del público y de los estudios, siempre será la imitación de Marilyn, la copia, la segundona.
Le entregan una y otra vez el mismo papel, la rubia tonta de buen corazón. Y aunque ella lo borda, aunque le saca brillo a cada personaje, el casillero ya está marcado para siempre. Lo que casi nadie notó es que en privado esa supuesta tonta hablaba varios idiomas, leía con voracidad y manejaba su carrera con una astucia de empresaria.
En 1956 llega su momento de gloria. Protagoniza la película The Girl Can’t. Es una comedia musical brillante, llena de color y de música. Y Jane está sencillamente espectacular. No es solo bella, es graciosa. Tiene un sentido del tiempo cómico que no se aprende en ninguna escuela. Una capacidad de reírse de su propia imagen que el público adora. La película funciona.
Al año siguiente protagoniza la versión en cine de aquella comedia de Broadway que la había lanzado y comparte pantalla nada menos que con Carry Grant, el galán más elegante de su tiempo. Y en 1957 recibe un globo de oro como una de las grandes promesas femeninas del cine. Por un instante, parece que el sueño de aquella niña huérfana de Dallas se ha cumplido por completo.
Su cara está en todas partes, llenas alas y para demostrarle al mundo que detrás de la rubia hay algo más, hace algo inesperado. En uno de los programas más vistos de la televisión, toma un violín delante de millones de personas y toca una pieza de música clásica con verdadera destreza. Por un momento, el país entero ve a la mujer real, la que estudió, la que sabe, la que es mucho más que un cuerpo.
Casi nadie le presta atención a ese detalle. Quieren a la rubia, no a la violinista. Ken, y es que el cielo de Hollywood es engañoso. La trampa en la que Jane ya había caído estaba tendida desde el primer día. El personaje que la hizo famosa, la rubia explosiva y un poco boba, no era una puerta, era una jaula.
Una jaula dorada, sí, cubierta de flashes y de aplausos, pero jaula al fin. La cima estaba cerca y la caída también. Para entender el punto más alto de su vida, hay que hablar de un hombre. Un hombre que entró en una sala y lo cambió todo. Corre el año 1956. Jane está en Nueva York, en un club nocturno viendo un espectáculo.
Sobre el escenario, en mitad de un número de físicoculturismo, hay un hombre que parece esculpido en mármol. Se llama Mickey Hargite. Es húngaro, fue coronado Mr. Universo y en ese momento parte del show de la legendaria May West. Cuentan que un periodista sentado a la mesa de Jane le preguntó qué le apetecía cenar esa noche y que ella, sin apartar los ojos del escenario, respondió con una frase que se volvió legendaria, que quería un filete, y al hombre de la izquierda.
El hombre de la izquierda era Mickey, y aquella broma de una sola noche se convirtió en la gran historia de amor de su vida. Mickey Hargetey no era un actor ni un galán de estudio. Era un húngaro de músculos de estatua y modales suaves, un hombre que había cruzado media Europa y un océano entero para rehacer su vida en América y que había llegado a lo más alto del físicoculturismo mundial.
Cuando conoció a Jane lo dejó todo por ella. Dejó el espectáculo de May West. dejó su vida de ídolo soltero. Se entregó por completo a aquella rubia eléctrica que hablaba sin parar, reía a carcajadas y soñaba en voz alta. Por primera vez en mucho tiempo, Jane no estaba actuando con Mickey era ella misma, sin cámaras, sin pose, sin guion.
Él la adoraba tal como era, con su inteligencia y sus excentricidades, sin pedirle nunca que fuera la rubia tonta para nadie. Para una mujer que llevaba toda la vida sintiéndose un producto en exhibición, ese amor fue como respirar al fin después de mucho tiempo bajo el agua. Lo que viene después parece guion de película. Se enamoran de golpe, se vuelven inseparables y el 13 de enero de 1958 se casan.
La Fox, el estudio, estaba furiosa con ese matrimonio. Querían a Jane soltera, disponible, libre para protagonizar romances de revista que mantuvieran vivo el mito. Una esposa enamorada y feliz no servía a sus planes comerciales y se lo hicieron saber. Jane se casó de todos modos. por una vez eligió el corazón por encima del cálculo.
Con Mickey llega también el escenario más inolvidable de toda su leyenda, una enorme mansión en Sunset Boulevard que ella bautiza como el palacio rosa. Y el nombre no es ninguna metáfora. La casa es rosa por dentro y rosa por fuera. Las paredes, los muebles, las alfombras, las cortinas, hasta el agua de la piscina que tiene forma de corazón y lleva escrita en el fondo con azulejos, una declaración de amor para Mickey colocada por sus propias manos.
Hay corazones en cada rincón. Hay perritos chihuahua correteando por los pasillos. Hay, según contaban, una fuente que en las fiestas soltaba champán en lugar de agua. Es excesiva, es de un gusto imposible, es deliciosamente desbordada y es, en una sola imagen la mente de Jane convertida en arquitectura pura, infantil, brillante y un poco desesperada por ser amada.
En su mejor momento, Jane es una de las mujeres más fotografiadas del planeta. Su agenda es un torbellino de estrenos, giras, programas de televisión y sesiones de fotos que ella misma organiza con precisión de relojero. Habla de su carrera como un empresario, habla de su negocio, porque eso es exactamente lo que es la dueña, la gerente y el producto, todo a la vez.
Muy pocos en Hollywood comprendían su propia imagen con la frialdad lúcida con que la comprendía ella. Y sin embargo, en medio de aquel circo de flashes, lo que de verdad la sostenía era la casa rosa y la familia que crecía dentro de ella. Allí, lejos de las cámaras, era otra persona, una madre que cocinaba para sus hijos, que se tiraba al piso a jugar con los perros, que ayudaba con las tareas de la escuela.
Quienes la trataron de cerca aseguraban que esa Jane doméstica, sin peluca y sin tacones, era cálida, graciosa y sorprendentemente sencilla. Pero ahí mismo, en el corazón de su felicidad, estaba escondida la bomba. El estudio que la había convertido en estrella empezaba a mirarla con malos ojos, casada con hijos, cada vez menos disponible para el circo que la había hecho famosa.
La misma máquina que la encumbró comenzaba en silencio a soltarle la mano. En esos años, Jane y Mickey tienen tres hijos, Ml Soltán y en 1964 una niña a la que llaman Marisca. graven ese último nombre en la memoria. Volverá al final de esta historia y lo hará de una forma que ni el más imaginativo de los guionistas habría podido prever.
Pero mientras la familia crece dentro del palacio rosa, Jane libra afuera otra batalla que no termina nunca, la batalla por seguir siendo noticia. Y en eso sencillamente no había nadie como ella. Sus apariciones públicas eran obras maestras de la provocación calculada. se hizo célebre por los llamados accidentes de vestuario.
Esos instantes en los que, por pura casualidad y siempre, siempre frente a una cámara encendida, algo se soltaba, algo se caía, algo quedaba a la vista durante exactamente el tiempo necesario para que las fotos salieran al día siguiente. La más famosa de todas esas escenas ocurrió en una cena de gala en Beverly Hills en honor a la actriz italiana Sofía Lauren.
Jane llegó con un vestido imposible y con toda intención fue a sentarse justo al lado de la invitada de honor. Los fotógrafos dispararon como locos y la imagen que quedó para la historia. Sofía Lauren mirando de reojo, con una mezcla perfecta de asombro y desaprobación hacia el escote desbordante de Jane, se convirtió en una de las fotografías más reproducidas de todo el siglo.
Jane se había robado la noche que pertenecía a otra una vez más y funcionaba. Funcionaba demasiado bien. Su nombre estaba en todas partes, en cada kiosco, en cada conversación, en cada chiste de los programas de humor. Pero cada uno de esos titulares tenía un costo invisible que se iba acumulando en silencio. Cada escándalo la hacía más famosa y al mismo tiempo menos respetable.
Cada accidente la convertía un poco más en una broma y un poco menos en una actriz a la que confiarle un papel serio. Ella lo sabía. Y aquí está lo más doloroso de todo. Ella lo sabía perfectamente. Detrás de aquella sonrisa de placer había una mujer brillante echando cuentas que conocía el valor exacto de lo que vendía.
Pero por dentro empezaba a crecer una pregunta terrible, una grieta que ningún flash lograba iluminar. Y si nunca me dejan ser otra cosa? Y si nunca, y si esto, solo esto, es todo lo que el mundo está dispuesto a ver de mí para siempre, lo que nadie sospechaba. Y aquí es donde esta historia empieza a oscurecerse de verdad.
Es que el mundo que la había encumbrado estaba a punto de cambiar de gustos. Y cuando una época cambia de gustos, no le avisa a nadie, simplemente un día deja de mirar. A principios de los años 60, algo se quiebra en el aire de Hollywood. La rubia explosiva, el símbolo deslumbrante y exagerado de la década anterior, empieza a oler a pasado.
Llegan tiempos nuevos, llegan otras estéticas, otras actrices, otra idea de la belleza, más natural, más joven, más rebelde. El público que antes hacía fila para verla mira ahora hacia otra parte. Y Jane, que había levantado toda su identidad sobre una sola imagen congelada, se queda atrapada dentro de una época que ya no existe.
Los papeles buenos empiezan a escasear, los grandes estudios dejan de llamar y casi sin que ella alcance a darse cuenta del todo, su carrera inicia un descenso lento, silencioso, humillante. Primero son películas más pequeñas, luego producciones rodadas en Europa, en Italia, en Inglaterra, con presupuestos mínimos y guiones que nadie recuerda.
Después, comedias cada vez más vulgares que explotan lo único que el público todavía parecía querer de ella, su cuerpo, una y otra vez, hasta el cansancio. En 1963, desesperada por seguir siendo noticia, Jane toma una decisión que marca un antes y un después en su vida. Acepta protagonizar una película que rompe un tabú de la época y escandaliza a la América más conservadora.
y lo hace sabiendo perfectamente lo que está arriesgando. Porque a esas alturas Jane ya no es una jovencita que no entiende el juego. Es una mujer de 30 años con una carrera que se tambalea y varias bocas que alimentar, que mira el abismo de frente y elige la única salida que cree que le queda. Hacer ruido al precio que sea.
La película le da exactamente lo que andaba buscando. Titulares. Montañas de titulares. Su nombre. otra vez en boca de todos, pero el costo es brutal. Con esa sola decisión, Jane quema su último cartucho de respetabilidad. Lo poco que quedaba de la actriz premiada con un globo de oro, de la mujer que había compartido pantalla con los grandes, se evapora de golpe.
Hollywood le cierra las pocas puertas que aún seguían entreabiertas. había cruzado una línea tratando de sobrevivir y del otro lado descubrió que ya no existía el camino de vuelta. La verdadera tragedia no fue el escándalo en sí, fue la desesperación que la empujó hasta ahí. La actriz premiada con un globo de oro se va transformando, película tras película, en una caricatura de la mujer que alguna vez fue.
Y mientras la carrera se hunde por un lado, la vida personal se rompe por el otro. Su matrimonio con Mickey Hargitai, el gran amor, el hombre de la izquierda, se desmorona. El divorcio se convierte en una pesadilla larga y enredada, tramitado a las apuradas en México, declarado luego inválido, seguido de una reconciliación y después de una nueva ruptura definitiva.
Un laberinto legal que refleja a la perfección el caos en el que se va convirtiendo su existencia entera. Entre una ruptura y la siguiente, Jane busca refugio donde puede. Se la vincula con otros hombres. Vive romances breves que la prensa devora y olvida a la misma velocidad, pero ninguno llena el hueco. La mujer que tenía un palacio repleto de gente, de fiestas y de cámaras, empieza a conocer, quizá por primera vez en su vida, una soledad espesa de esas que no se curan con aplausos.
Tenía cinco hijos, tres matrimonios a sus espaldas y una fama que daba la vuelta al mundo. Y aún así, cada vez con mayor frecuencia, terminaba sus noches completamente sola. En 1964 se casa por tercera vez con un director llamado Matt Simber. Tienen un hijo, Antonio. Pero ese matrimonio también se viene abajo en cuestión de meses.
Para 1966, Jane vuelve a quedarse sin nadie a su lado, con cinco hijos a su cargo, con una carrera en caída libre, Rezy, y con problemas de dinero que ya no logra esconder por más maquillaje y más sonrisas que se ponga delante de las cámaras. La mujer que vivía en un palacio rosa empieza a aceptar trabajos que años antes habría rechazado sin pestañear.
Canta y baila en clubes nocturnos de segunda. Hace números de cabaret en escenarios polvorientos de pueblos pequeños. Recorre Estados Unidos de gira en gira, de hotel barato en hotel barato, durmiendo poco, manejando mucho, presentándose donde sea, por lo que sea, con tal de pagar las cuentas y mantener a sus hijos.
El alcohol empieza a aparecer cada vez con más frecuencia en su vida, como un anestésico contra el cansancio y la humillación. El glamur se ha ido. Quedan las facturas, los trayectos interminables y una fatiga que ya no se quita. durmiendo. Para sobrevivir, Jane acepta casi cualquier cosa, cruza el océano y rueda películas baratas en Italia y en Inglaterra, producciones que se filman en unas pocas semanas y que casi nadie verá.
Y arma un espectáculo de cabaret con el que recorre clubes y casinos de Las Vegas a pueblos, cuyos nombres ni siquiera recuerda al día siguiente. Hay una imagen que resume toda esta etapa de su vida. Una sala de Las Vegas ya entrada la madrugada sobre un pequeño escenario bajo una luz rosada canta y bromea una mujer envuelta en lentejuelas todavía deslumbrante, todavía con esa sonrisa que la hizo famosa.
Es la misma mujer que pocos años atrás compartía pantalla con Carry Grant y llenaba portadas en todo el planeta. Pero las mesas que tiene enfrente están medio vacías. Algunos la miran con cariño, otros con una curiosidad un poco cruel, como quien acude a ver los restos de algo que un día fue enorme. Y ella sonríe. Sigue sonriendo pase lo que pase, porque sonreír es lo único que el mundo nunca le perdonó dejar de hacer.
Termina su número, saluda, recoge su paga y al día siguiente vuelve a subirse al carro rumbo a la próxima sala, a la próxima ciudad, al próximo público que cabe en un puñado de mesas. La estrella que había soñado con marquesinas de neón se ha convertido en una viajera incansable que persigue un aplauso cada vez más pequeño.
El dinero, mientras tanto, se le escapa por todas partes. El Palacio Rosa, esa fantasía de azulejos y corazones, cuesta una fortuna en mantenimiento y los ingresos ya no alcanzan ni de lejos. Hay deudas, hay abogados, hay demandas que se acumulan. Sobre la mesa, la casa de los sueños se va convirtiendo poco a poco en una losa y en medio de ese cansancio sin fin, Jane se aferra a lo único que parece quedarle siempre a la mano, el aplauso, por pequeño que sea, y una copa que la ayude a llegar al día siguiente.
Bebe más, duerme menos, maneja de noche, de ciudad en ciudad, persiguiendo el próximo contrato como antes perseguía la próxima portada. La diferencia es que ahora ya no lo hace por gloria, lo hace para no hundirse. Y en medio de ese naufragio aparece un hombre nuevo. Se llama Sam Brody. Es abogado. Está casado y muy pronto se convierte no solo en su pareja, sino en quien maneja de hecho su vida, su dinero y sus contratos.
La relación es intensa, posesiva, tormentosa. Para muchos de los que la rodeaban en aquellos meses finales, Brody no la sacó del abismo, la empujó más adentro. Aquí termina la parte luminosa de esta vida. Lo que viene a continuación es la parte que el mundo prefirió convertir en leyenda macabra para no tener que mirarla de frente, porque la verdad, la verdad desnuda, es mucho más triste que cualquier maldición inventada.
En octubre de 1966, durante un festival de cine en San Francisco, Jane conoce a un personaje extraordinario y perturbador, Anton Lavey, el fundador de la llamada Iglesia de Satán. La Vei es un showman, un provocador profesional, un hombre que se pinta la casa de negro, se viste con capa y se pasea con cuernos de plástico y que comprende igual que Jane que el escándalo bien administrado es la mejor de las publicidades.
En el fondo, los dos eran la misma cosa. Artistas de la provocación, hambrientos de cámaras, se hacen amigos. Algunos aseguran que fue una amistad genuina. Otros sostienen que por ambas partes fue ante todo un enorme truco de prensa. La Vey le cuelga a Jane un medallón y un título grandilocuente, sacerdotisa de su iglesia y la prensa fascinada lo repite hasta el infinito.
Las fotos de los dos juntos dan la vuelta al mundo en cuestión de días. Conviene decir, eso sí, que la Vey era ante todo un farsante con un enorme instinto para la publicidad. Pero lo que parecía un juego mediático, no tardó en cruzarse con una tragedia muy real. Por esos mismos meses, Jane lleva a su hijo Soltan, de apenas 6 años a Jungoland, un parque con animales en las afueras de Los Ángeles.
Es uno de esos lugares de la época donde se entrenaban leones para el cine. Y mientras el niño se encuentra cerca de uno de esos animales, ocurre lo impensable. El león ataca, la bestia derriba a Soltán y lo agarra por el cuello. Según un testigo presente, esa tarde el animal saltó sobre el niño y lo sujetó contra el suelo.
Dos hombres logran a duras penas arrancarlo de las fauces de la fiera, pero el daño ya está hecho. El niño tiene heridas graves en la cabeza, necesita varias cirugías. llega incluso a desarrollar una infección que estuvo a punto de matarlo. Durante días, su pequeña vida pende finísimo y los médicos no se atreven a prometer nada.
Y su madre, esa mujer a la que el mundo veía como una caricatura sin sentimientos, se derrumba junto a la cama del hospital, sin maquillaje, sin público, sin personaje, convertida solo en una madre aterrorizada que reza por su hijo. Si esta historia te está impactando, dale like ahora nos ayuda enormemente a seguir contando estas vidas olvidadas.
Es justo aquí, en ese instante de pánico materno donde la leyenda más oscura hecha raíces. Según se cuenta, mientras su hijo luchaba por sobrevivir en aquella cama, Jane llamó desesperada a Anton Lavey y le pidió ayuda. Y dicen que La Vei subió a lo alto de una montaña cerca de San Francisco y rezó una de sus extrañas oraciones para salvar al pequeño.
Soltán sobrevivió, se recuperó, volvió a casa. Días después, su madre contaba a la prensa, aliviada que el niño ya volvía a pedir cosas, que sus ojos se iluminaban otra vez con la promesa de un regalo. Para una madre rota de miedo, esa recuperación fue sin más un milagro. Lo que ocurrió después es donde la realidad y el mito se enredan para siempre.
Porque según la versión que el propio Lavei alimentó durante años por aquel entonces él habría lanzado una maldición. No contra Jane, aclaraba siempre, sino contra Sam Brody, ese hombre del que ella no conseguía separarse y al que la vei despreciaba. Una maldición que anunciaba que a Brody le esperaba la desgracia y que ella debía alejarse de él cuanto antes si no quería que esa desgracia la arrastrara también.
Conviene decirlo con todas las letras porque es la clave para entender a esta mujer. Nada de esto se comprobó jamás. No existen las maldiciones, no hay pruebas, no hay magia. Y la Vei, después de la muerte de Jane, no tuvo el menor reparo en alimentar el mito para mantener su propio nombre en los periódicos.
Pero los hechos, los hechos secos, sin adornos, ni capas ni cuernos de plástico, sí son escalofriantes. En aquellos últimos meses, Jane y Brody se ven envueltos en varios accidentes de carro, pequeños, sin consecuencias graves, pero reales, uno tras otro. La relación entre ambos se vuelve cada vez más violenta y caótica.
Su propia hija mayor, Jane Mary, de apenas 16 años, llega a marcharse de la casa denunciando que el ambiente allí dentro se había vuelto insoportable y que había sido maltratada. El Palacio Rosa, antes una fiesta de corazones y champag, se ha convertido en un lugar sombrío, inestable, lleno de gritos, de miedo y de tensión.
Visto desde afuera, todo en aquellos meses parecía una sucesión de escándalos pintorescos. la estrella y el satanista, las fotos extravagantes, los titulares delirantes, pero visto de cerca era otra cosa muy distinta. Era una mujer que se ahogaba y se aferraba a lo que fuera. La fama ya no la protegía. El dinero se había esfumado, los grandes papeles no volvían y a su alrededor, en lugar de gente que la cuidara, había sobre todo personas que sabían sacarle provecho a su nombre mientras todavía valiera algo.
Cada nuevo titular era, en el fondo, una llamada de auxilio disfrazada de espectáculo, pero nadie la leía así. El mundo seguía viendo a la rubia haciendo de las suyas y se reía sin notar que debajo del maquillaje había una mujer cada vez más sola, más endeudada y más asustada. La rubia luminosa de los años 50 se está apagando ante los ojos de todos y nadie sabe cómo ayudarla, ni siquiera ella misma sabe ya cómo salvarse.
Llegamos así a la última noche. 28 de junio de 1967. Jane se encuentra en Biloxi, en el estado de Mississippi, cumpliendo uno de esos compromisos que ahora pagaban sus cuentas, una actuación en un club nocturno llamado Gos Stevens. Es un trabajo modesto, aos luz de los grandes escenarios y las marquesinas de antaño. Sube a ese pequeño escenario, sonríe como siempre, hace su número para un público que cabe en un salón, pero es trabajo y ella lo necesita con urgencia.
Esa noche, según contaron después algunos de los que la vieron, Jane estaba agotada, cansada de un modo que el maquillaje ya no alcanzaba a disimular. Llevaba meses corriendo de un lado a otro, arrastrando a sus hijos por carreteras y hoteles, sosteniendo con uñas y dientes una carrera que se le escurría entre los dedos.
Pero era también una madre que no soportaba separarse de sus pequeños y por eso viajaban con ella durmiendo donde fuera, de gira en gira, como una familia entera montada sobre cuatro ruedas. Terminado el show, ya muy entrada la madrugada, llega el momento de decidir. Lo sensato sería dormir unas horas y salir descansados con la primera luz del día.
Pero el compromiso de televisión en Nueva Orlans aprieta y Jane, que en toda su vida nunca supo decirle que no a una cámara, decide partir de inmediato en plena oscuridad. Al día siguiente debe estar en Nueva Orleans para una aparición en televisión en un programa de mediodía. Son apenas un par de horas de viaje por carretera y Jane toma una decisión que vista desde hoy parte el alma.
En lugar de descansar esa noche y salir tranquila por la mañana, deciden viajar de madrugada en plena oscuridad para llegar a tiempo. Suben a un buck Electra de 1966 que pertenecía al propio dueño del club. Al volante va un joven empleado del local, Ronnie Harrison, de tan solo 20 años. Adelante van también Sam Brody y la propia Jane y atrás, acomodados entre cobijas, tres de sus hijos.
Ml Sultán, el mismo niño que apenas había sobrevivido al ataque del león y la pequeña marisca. Con ellos viajan además cuatro perritos chihuahua. El carro arranca en plena noche. La carretera 90 se abre larga y negra. Entre los pantanos de Luisiana, una región de niebla, humedad y silencio absoluto. Faltan unos 100 km para llegar.
Los niños se quedan dormidos casi de inmediato, acurrucados unos contra otros en el asiento de atrás. Eran cerca de las 2:25 de la madrugada cuando todo se decidió en cuestión de segundos. Más adelante, sobre la misma carretera, avanzaba un camión que rociaba insecticida para combatir los mosquitos, una práctica habitual en aquellas tierras pantanosas.
Ese camión iba soltando una nube blanca espesa que se quedaba flotando sobre el asfalto como un muro de niebla artificial. Y justo detrás de esa nube, un enorme tráiler había reducido la velocidad casi hasta detenerse por completo. Ronnie Harrison venía lanzado a gran velocidad por una carretera que dibujaba además una curva traicionera.
Cuando el carro se metió dentro de aquella nube blanca, sencillamente dejó de ver y cuando la mole oscura del tráiler apareció de golpe ante sus ojos, ya no había tiempo, no había distancia, no había nada que hacer. El buik se incrustó por debajo del camión. La parte de arriba del carro fue arrancada de cuajo en el impacto. Los tres adultos que viajaban adelante, Jane, Sam Brody y el joven Ronnie, murieron al instante. No sufrieron.
Para ellos, todo terminó en una fracción de segundo, en silencio, en mitad de la oscuridad del pantano. Y entonces ocurrió lo único parecido a un milagro en toda esta tragedia. Los tres niños del asiento de atrás sobrevivieron. Iban dormidos. recados por debajo de la línea exacta del impacto y eso los salvó. Despertaron heridos, aturdidos, llorando, en mitad de una pesadilla que ninguno alcanzaba a comprender, pero vivos los tres.
Apenas unos rasguños comparados con lo que acababa de pasar a centímetros de ellos. Tres niños quedaron huérfanos de madre en una carretera vacía de Luisiana a las 2:30 de la mañana, sin entender todavía nada de lo que el destino acababa de arrebatarles. Jane Mansfield tenía 34 años. Cuando la noticia llegó a Los Ángeles, Mickey Hargitei, el hombre de la izquierda, el gran amor del que se había divorciado años atrás, tomó el primer avión rumbo a Nueva Orleans.
No iba por ella, por ella no se podía hacer nada. Iba por los niños, por sus hijos, que acababan de sobrevivir a la peor noche de sus vidas y necesitaban unos brazos conocidos. Fue él quien los sacó de aquel hospital de Luisiana y los llevó de regreso a casa. Pocos días después, Jane fue enterrada en un pequeño cementerio de Pennsylvania, no muy lejos del lugar donde había nacido.
La pusieron a descansar al lado de la tumba de su padre, el mismo que había perdido siendo apenas una niña, una lápida en forma de corazón marca el sitio. Después de toda una vida persiguiendo las luces de Hollywood, la niña de Brm volvió a casa junto al primer hombre que la dejó demasiado pronto.
el círculo de la manera más triste posible se cerraba. La noticia recorrió el mundo en cuestión de horas y casi de inmediato empezó a crecer la leyenda más macabra de todas, esa que probablemente ustedes hayan escuchado alguna vez en alguna parte. La historia de que Jane Mansfield había sido decapitada en el accidente. Esa historia es falsa.
Lo decimos con todas las letras, porque importa, porque durante décadas esa mentira persiguió su memoria como una sombra. En las fotos tomadas en el lugar del accidente se veía entre los restos retorcidos del carro algo rubio y claro enredado en el parabrisas. La gente que vio esas imágenes y luego los periódicos que las publicaron dieron por hecho que aquello era su cabeza.
No lo era. Lo que aparecía en aquellas fotografías era una peluca rubia, una de esas piezas de cabello que Jane acostumbraba a usar, que salió disparada con la fuerza del golpe y quedó atrapada entre los cristales. El forense que examinó su cuerpo, el Dr. Nicolas Cheta, lo aclaró de manera oficial y sin lugar a dudas Jane no fue decapitada.
murió por un traumatismo brutal en la cabeza, pero su cuerpo estaba entero. La verdad, sin embargo, casi nunca corre tan rápido como el rumor, y la imagen falsa de aquella decapitación se pegó a su nombre como una mancha imposible de borrar, repetida en fiestas, en libros baratos, en historias de terror susurradas durante más de medio siglo, como si el mundo, que en vida la había convertido en un chiste, se negara también a dejarla descansar en paz.
después de muerta. Pero hay una última verdad en esta historia, una que tarda años en revelarse del todo y que lo cambia absolutamente todo. ¿Recuerdan a la niña pequeña que dormía en el asiento de atrás? Marisca tenía 3 años aquella madrugada, la misma edad exacta que tenía Jane cuando perdió a su padre. La historia se repetía calcada y cruel.
Otra niña se quedaba sin uno de sus padres en un solo instante, demasiado pequeña incluso para guardar un recuerdo nítido de su rostro. Pero esa niña creció. Mariska Hargitai se convirtió en actriz y no en una actriz cualquiera. Durante más de dos décadas ha interpretado a la detective Olivia Benson en una de las series más vistas y queridas del mundo.
Una serie dedicada precisamente a proteger a las víctimas, a defender a los que no tienen voz, a cuidar a los más vulnerables. La hija de aquella mujer a la que nadie quiso tomar en serio, se convirtió, frente a millones de espectadores, en un auténtico símbolo de fortaleza y de justicia. Marisca conserva en la frente una pequeña cicatriz de aquella noche en la carretera y casi no guarda recuerdos propios de su madre.
Era demasiado pequeña. Durante buena parte de su vida cargó con un vacío en forma de mujer con una madre famosa a la que el mundo entero creía conocer mejor que ella misma. reducida a un chiste, a una foto, a una leyenda macabra sobre una carretera de Luisiana. Así que ya adulta, Marisca decidió hacer algo al respecto.
Se puso a buscar a su madre, a la de verdad. Habló con quienes la conocieron, revisó cartas y fotografías, escuchó viejas grabaciones y poco a poco fue desenterrando debajo de la caricatura rubia a una mujer de carne y hueso. Hace poco volcó todo ese viaje en un documental dedicado a reconstruir la vida de Jane y a separar por fin a la persona del personaje.
Para una hija que apenas la recordaba, fue una forma de conocer a su madre medio siglo después de haberla perdido. Y lo que encontró es justamente lo que el mundo nunca quiso ver, que su madre tocaba el violín, que era profundamente inteligente y hablaba varios idiomas, que adoraba a sus cinco hijos y a su pequeño ejército de perritos, que detrás de cada escándalo calculado había una mujer trabajadora, terca y valiente, peleando por sobrevivir en un mundo que solo le compraba una cosa, que era, en una palabra muchísimo más que una sonrisa y una
silueta. Hay algo más que sobrevivió a Jane, algo que tal vez la haga sonreír desde donde quiera que esté. Después de su accidente, la conmoción pública fue tan enorme que terminaron acelerándose los cambios en el diseño de los camiones en Estados Unidos. Esas barras de acero que hoy llevan los tráileres en la parte trasera, esas que impiden que un carro se meta por debajo del remolque en un choque, quedaron asociadas para siempre a su nombre.
Mucha gente todavía las conoce, incluso hoy, como las Barras Mansfield. Y ahí aparece la ironía más grande de toda su vida. La mujer a la que el mundo solo le permitió ser un cuerpo, una imagen, un objeto bonito y desechable. Terminó salvando con su muerte miles de vidas anónimas en las carreteras. Conductores que jamás supieron su nombre, familias enteras que siguen aquí sin sospecharlo siquiera gracias a una tragedia ocurrida una madrugada de junio de 1967 en un tramo de niebla de Luisiana.
Con el paso de los años, algo ha empezado a cambiar también en la forma en que el mundo recuerda a Jane Mansfield. Los biógrafos serios han vuelto sobre su vida y han encontrado debajo de la caricatura a una mujer fascinante, una pionera que entendió la fama moderna décadas antes que nadie, que manejó su propia imagen como ninguna estrella de su tiempo, que fue a su manera la dueña absoluta de su destino.
Hoy muchos ya no la ven como una víctima pasiva, sino como una mujer adelantada a su época, que se atrevió a ser dueña de su cuerpo y de su carrera en un mundo construido para impedírselo. La rubia de la que todos se rieron resultó ser, mirada de cerca, mucho más lista que casi todos los que se reían. La leyenda de Jane Mansfield es la de una mujer que jugó con fuego y que entendió las reglas del juego mejor que casi nadie de su tiempo.
Supo con exactitud qué quería el mundo de ella y se lo entregó hasta la última gota sin reservas. El problema es que el mundo nunca le devolvió el favor, nunca le permitió ser también la otra cosa que era por dentro. La mujer culta, la madre devota, la persona real que respiraba detrás del personaje de cartón.
Quizás por eso su historia sigue doliendo tanto, tantos años después, porque debajo de toda aquella espuma rosa, de los corazones, de las fuentes de champán y los escándalos calculados, la tía una pregunta que ella nunca dejó de hacerse en silencio. ¿Alguien alguna vez me verá tal como soy de verdad? Hoy, más de medio siglo después, gracias a una hija que se negó a olvidarla, la respuesta por fin parece ser que sí.
Y eso nos deja a todos con una pregunta incómoda, de esas que vale la pena llevarse a casa esta noche. Cuántas veces juzgamos a una persona entera por la única imagen que decidió mostrarnos. Cuántas personas se ríen frente a nosotros mientras cargan en silencio un mundo que nadie se molesta jamás en mirar.
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