La IMPRESIONANTE VIDA de GERMÁN “TIN TAN” VALDÉS y Su Casa hoy | La Historia Que No Te Contaron
En la avenida Hidalgo 85 del centro histórico de la Ciudad de México hay un museo. Se llama Calus. Tiene paredes de cantera del siglo XVII, patios coloniales, arte mexicano en cada sala. Los visitantes llegan con audífonos y guías, sacan fotos, admiran la arquitectura. Pocos saben que ese edificio fue una vecindad y que en una de esas habitaciones, el 19 de septiembre de 1915, nació el hombre que haría reír a México entero durante 30 años.
Hoy el cuarto ya no existe como cuarto, pero el edificio sigue ahí. 57 años después, en otra casa de la misma ciudad, ese hombre estaba en cama. Era el 29 de junio de 1973. Eran las primeras horas de la mañana en una casa de la ciudad de México. Germán Valdés estaba en cama. Le dolía el cuerpo, pero eso ya era normal. Le habían dicho que era hepatitis, que había que cuidarse, que nada grave.
Su esposa Rosalía entraba al cuarto, le daba su medicamento, sonreía. Los hijos andaban cerca. Era una mañana más. Él contaba chistes, hacía reír a la enfermera, preguntaba si había algo que comer. Lo que Germán no sabía, lo que nadie se atrevió a decirle, era que llevaba 8 meses recibiendo cinco ampollas de morfina al día, no para la hepatitis, para el cáncer de páncreas que lo estaba consumiendo por dentro.
En octubre de 1972, el médico había llamado a Rosalía aparte, lejos de él y le había dicho con todas sus letras, “8 meses, señora. 8 meses de vida, Rosalía salió de ese consultorio, entró al carro donde Germán la esperaba y le dijo que todo estaba bien, que nada grave, que se cuidara y ya.
Durante esos 8 meses, Germán Valdés, el hombre que había hecho reír a México entero durante tres décadas, el Pachuco de Oro, el cómico más completo que había dado este país, vivió feliz, sin angustia, sin despedidas, sin el peso de saber que se iba. murió como había vivido, sin protocolo, sin drama, sin enterarse del final del chiste.
Y esa es quizás la historia más conmovedora de todo el cine mexicano. Hoy vas a conocer a Germán Valdés como probablemente nunca lo habías visto. No solo al Pachuco que te hacía reír, sino al hijo de inmigrante que creció en la frontera entre dos mundos. Al locutor de radio que una tarde dejó abierto el micrófono por accidente y cambió su vida para siempre.
al hombre que se inventó un personaje que México necesitaba y no sabía, al actor que hizo más de 100 películas y no recibió un solo premio Ariel, al tipo que un día recibió una llamada de los Beatles y dijo que no porque tenía que doblar a un oso y al hombre que tuvo la fortuna o la desgracia de no saber nunca que se estaba despidiendo.
Esta es la historia de Tin Tan y empieza como todas las grandes historias mexicanas en dos ciudades al mismo tiempo. La familia que vivió en dos países. El 19 de septiembre de 1915 en una vecindad del centro histórico de la Ciudad de México nació Germán Cipriano Teodoro Gómez Valdés y Castillo. Segundo hijo, familia numerosa, nueve hermanos en total, ocho hombres y una mujer.
En esa época tener nueve hijos no era inusual. Lo inusual era esta familia en particular, porque era una familia que vivía entre culturas casi sin darse cuenta. El padre Rafael Gómez Valdés era agente aduan. Trabajaba para el gobierno revisando lo que entraba y salía del país. Y el gobierno, como suele hacer con sus empleados, lo movía de ciudad en ciudad según lo necesitara.
Primero mandaron a Rafael a Veracruz. Así que la familia entera hizo maletas, atravesó el país y el pequeño Germán creció un par de años con olor amar y atrópico, jugando cerca del puerto, viendo barcos que llegaban de partes del mundo que ni sabía pronunciar. Después el gobierno mandó a Rafael más al norte, mucho más al norte, a Ciudad Juárez, Chihuahua, la frontera misma, la línea donde México termina y Estados Unidos empieza, donde el español y el inglés se mezclan en la misma oración, donde los niños de un lado del puente conocen a los del otro y
a veces ni saben bien a bien en qué país están parados. Germán tenía alrededor de 12 años cuando llegó a Juárez y Juárez lo cambió todo porque del lado de acá había mexicanos. Y del lado de allá, en Los Ángeles, en California, en el suroeste de Estados Unidos, había algo que Germán nunca había visto, los Pachucos.

Los Pachucos eran jóvenes mexicanos o de origen mexicano que habían crecido en Estados Unidos. No eran de aquí ni de allá. Hablaban un idioma inventado que mezclaba español e inglés en la misma frase. Se vestían de una manera que nadie más se vestía. Sacos inmensos, dos veces su talla, con hombreras exageradas. Pantalones bombachos que se ajustaban en el tobillo, zapatos bicolor negro y blanco, cadenas largas que colgaban casi hasta el suelo, sombreros de ala ancha con una pluma de pavo real y caminaban con un swing peculiar, un balanceo que venía de
la música, que venía del jazz, que venía de querer pertenecer a dos mundos a la vez y no terminar de encajar en ninguno. Para el México de los años 30, los pachucos eran un escándalo. Representaban algo incómodo, la mezcla. La contaminación cultural, decían algunos, el peligro de perder la identidad nacional frente al coloso de norte.
La prensa los atacaba, las familias bien los despreciaban. Las autoridades de los ángeles llegarían a organizarles redadas, arrestarlos solo por su forma de vestir. Pero para Germán Valdés, el hijo de la gente aduan que creció en la línea misma entre los dos países, los pachucos eran fascinantes. No una amenaza, una posibilidad, una forma de decir, puedo ser de aquí y de allá, puedo hablar dos idiomas al mismo tiempo, puedo usar el humor para hacer que lo que asusta a unos le parezca simpático a otros.
Germán aprendió inglés con rapidez. Se mezclaba con los jóvenes de ambos lados de la frontera, cruzaba el puente, regresaba, observaba, copiaba el caminar, la ropa, el habla, hacía imitaciones que hacían reír a sus amigos. Era, desde mucho antes de saber que sería artista un puente humano entre dos culturas.
Lo que todavía no sabía era que ese puente, esa mezcla, ese personaje que vivía entre dos mundos, se convertiría en la cosa más original que daría el cine mexicano de su época. Pero antes de llegar al cine, Germán Valdés tendría que pasar por una cabina de radio, dejar abierto un micrófono por accidente y ser descubierto por el jefe que andaba en el pasillo.
El barco de la ilusión no terminó la secundaria. Sus padres, como todos los padres del mundo ante un hijo que no estudia, le dijeron que tenía que trabajar, que si no quería los libros, que buscara un oficio, que la vida no daba nada a cambio de nada. Rafael, su padre, tenía un amigo que se llamaba Pedro Meneces y Pedro Meneces era dueño de la radiodifusora local de Ciudad Juárez, la XJ.
Así que Germán entró a trabajar a la XJ. Tendría unos 19 años. El trabajo no era glamoroso. Empezó haciendo labores de mantenimiento, revisando cables, ayudando con lo que se necesitara. Pero Germán no podía estar en un lugar lleno de micrófonos y locutores y música sin querer participar. Eso no era parte de su naturaleza. Empezó a imitar.
En los ratos libres, cuando nadie lo veía, se ponía frente a un micrófono apagado y copiaba la voz de los locutores. Imitaba a Agustín Lara, el músico más famoso de México en esa época. Hacía chistes, inventaba voces. Un día, Germán estaba en cabina haciendo sus imitaciones. Creyó que el micrófono estaba apagado. No lo estaba.
El locutor lo había dejado encendido sin darse cuenta. Todo lo que Germán estaba haciendo, las imitaciones, los chistes, las voces, se transmitió en vivo directo a los radioescuchas de Ciudad Juárez. Y el jefe de la estación que caminaba por el pasillo en ese momento, se detuvo, escuchó y en lugar de regañarlo, lo mandó llamar y le dijo, “Tú vas a ser locutor.
” Eso fue todo. Así de fácil y así de milagroso. Germán Valdés se convirtió en locutor de la XJ y durante los siguientes años, casi una década, esa estación de radio fue su escuela, su laboratorio, su foro de pruebas. participaba en programas en vivo con público. Uno de esos programas se llamaba El barco de la ilusión y ahí Germán creaba personajes, contaba chistes, improvisaba, mezclaba géneros.
Fue en esa época que sus compañeros de trabajo le pusieron el primer apodo que tendría, la chiva. Hay varias versiones del por qué. Unos dicen que era por su forma de jugar fútbol, levantando la pelota con las piernas hacia atrás como una cabra. Otros dicen que una maestra le puso el apodo porque era inquieto como una chiva en una cristalería.
Algunos apuntan a que se dejó crecer la barba y el parecido fue inevitable. Sea la versión que sea, la chiva era ya un tipo con bis cómica reconocida, alguien que hacía reír con facilidad, que improvisaba en el aire, que no necesitaba guion para conectar con la gente. Y fue en ese mismo periodo que nació el primer personaje formal de Germán Valdés.
Lo llamó el Topillo Tapas. Era un pachuco tramposo, pícaro, con el spanglis en la boca y el sombrero ladeado. El topillo en la jerga de Ciudad Juárez era el tramposo, el vivo, el que sabe cómo sacarle la vuelta a todo. Y las tapas eran los sombreros, los tanditos característicos del estilo Pachuco.
Con ese personaje, Germán Valdés estuvo 10 años en la XJ, una década perfeccionando el timín cómico, aprendiendo a leer a la audiencia, entendiendo que hacía reír y que no, construyendo, sin saberlo el edificio que sostendría toda su carrera. Lo que faltaba era que alguien llegara a escucharlo y dijera, “Este hombre tiene que estar frente a un público más grande.
Ese alguien apareció en 1943 y llegó desde Ecuador. El ventríloco que le dio un nombre, Edmundo Jijón Serrano, se hacía llamar Paco Miller. Era ecuatoriano, ventríloco, empresario del espectáculo. Su muñeco estrella se llamaba Don Roque. Llevaba años recorriendo México, Estados Unidos, Centroamérica y Sudamérica con su compañía de variedades, una caravana de artistas que llenaba teatros y carpas en ciudades por donde pasaba.
En 1943, la caravana de Paco Miller tenía compromisos en ciudades de Estados Unidos y el comediante principal de la compañía, un tipo que se llamaba José Aréchiga y que usaba el apodo de Tetemeco, renunció. Así, sin aviso, Paco Miller se quedó sin su comediante y con fechas firmadas. Alguien le recomendó ir a escuchar a un locutor local de Ciudad Juárez, un tal Germán Valdés, la chiva, muy bueno para hacer reír.
Paco Miller fue a la XCJ, escuchó a Germán y quedó convencido de inmediato. Había un problema, el apodo. A Paco Miller no le convencía el topillo tapas. Le parecía demasiado local, demasiado de frontera, difícil de que pegara en México y en Estados Unidos al mismo tiempo. Necesitaban algo que sonara bien en los dos idiomas, algo musical, breve, pegajoso.
Y ahí Paco Miller echó mano de una historia que traía guardada en la memoria desde hacía tiempo. Años atrás, en alguna gira por Sudamérica, Miller había coincidido con un comediante chileno que se llamaba Juan Muñoz Leiva. Muñoz Leiva tenía una costumbre peculiar antes de empezar sus actos. Golpeaba dos vasos de cristal uno contra el otro, produciendo un sonido armónico casi musical.
Un sonido que la gente empezó a imitar, que se convirtió en su sello, que le dio el apodo, El niño del Tin Tan. El comediante chileno, no tuvo mucha carrera, no trascendió, pero el sonido se quedó en la memoria de Paco Mev conoció a Germán Valdés, un hombre cuya comedia siempre giraba en torno a la música, que cantaba mientras hacía chistes, que usaba la melodía como estructura de sus rutinas, Miller recordó ese sonido de dos vasos.
Tin Tan le dijo a Germán que olvidara lo de Topillo Tapas, que de ahora en adelante se llamaría Tin Tan. Germán, según cuentan, no estaba muy convencido al principio, pero aceptó. Y años después, cuando ya era famoso y alguien le preguntaba por el origen de su apodo, Germán Valdés daría su propia versión, la versión que él prefería, la que decía más sobre cómo se veía a sí mismo.
Los muchachos a mí me dicen tin tan, porque en mí todo es música. No más, no se manden, puro música. No, músico y poeta, que es distinto. Músico y poeta. En noviembre de 1943, con ese nuevo nombre y ese nuevo apodo, Germán Valdés se presentó por primera vez en el Teatro Iris de la Ciudad de México.
Zapato reforzado, corbata ancha, saco enorme, valencianas de embudo, sombrero con pluma, cadena colgante, el personaje del Pachuco en toda su expresión. El público de la capital nunca había visto algo así y no supo si reírse o escandalizarse. Eligió las dos cosas al mismo tiempo. Lo que nadie sabía esa noche era que ese hombre que se balanceaba en el escenario con su spanglis y su sombrero extravagante no estaba haciendo un número de variedades.
Estaba inventando un lenguaje. N Tan y su carnal Marcelo. La dupla que haría a México reír durante los siguientes años no se formó con un galán ni con un rival, se formó con un cuate. Marcelo Chávez era músico, tocaba guitarra, cantaba, acompañaba. Y cuando Germán Valdés lo incorporó como su patiño en escena, el compañero que le seguía la corriente, que recibía los golpes del chiste, que era el contrapeso necesario para que la comedia tuviera ritmo, la fórmula funcionó de inmediato.
Tintan y su carnal Marcelo, esa fue la marca, ese era el show. Recorrieron el país, llenaron carpas y teatros en ciudades que nadie hubiera asociado con el humor de vanguardia. Cruzaron a Estados Unidos. Tocaron en Chicago, en Nueva York, en Los Ángeles y en cada ciudad el mismo fenómeno. El público que venía a ver a este Pachuco mexicano extravagante salía sin entender bien a bien que había pasado, pero con el estómago adolorido de reír.
La clave de la fórmula era algo que en México nadie había hecho de esa manera. Tinta no solo hacía chistes, cantaba, bailaba, improvisaba, mezclaba el español con el inglés en la misma frase de una manera que no parecía torpe ni forzada, sino natural, fluida, divertida. Su humor no era el humor del pelado urbano que se las sabía todas y le daba vueltas a la autoridad.
Era otra cosa. Era el humor del hombre que está entre dos mundos, que no encaja perfectamente en ninguno y que en lugar de angustiarse por eso se ríe, que convierte la mezcla en chiste, que hace de la frontera cultural su materia prima. Para 1945, los productores de cine ya lo tenían en la mira.
Ese año se estrenó El Hijo desobediente, su primer papel protagónico en el cine de Tin Tan. Y aunque el cine ya sería una parte central de su historia, la historia verdadera de como Germán Valdés conquistó las pantallas mexicanas empezó a construirse en los años siguientes con una película que lo cambió todo, con un rival que nunca terminó de serlo y con un personaje que resultó ser más moderno de lo que México quería admitir en ese momento.
Pero de eso hablaremos en un momento. Primero hay que entender algo importante sobre la familia que estaba detrás de todo esto. Germán Valdés no llegó solo al mundo del espectáculo, llegó con toda la tribu. Los hermanos Valdés. Cuando la gente habla de los hermanos Valdés, generalmente piensa en dos, Germán y Ramón.
Germán, el Pachuco, Ramón, el don Ramón del Chavo del Ocho. Pero la familia era más grande que eso. De los nueve hijos que tuvieron Rafael y Guadalupe Castillo, cuatro se dedicaron al espectáculo. Germán, el mayor de los cómicos, nacido en 1915. Ramón, nacido en 1923, que haría una carrera que lo llevaría de las carpas de los años 40 hasta las pantallas de televisión de toda Latinoamérica.
Manuel, el loco Valdés, el más pequeño, que tendría su propia carrera en la comedia de televisión. Y Antonio, que también participó en el mundo del entretenimiento, aunque con menos notoriedad que sus hermanos, cuatro hermanos cómicos de la misma familia. Si esto fuera una historia inventada, diríamos que es demasiado conveniente. Pero así fue.
Los valdés tenían algo en el ADN, algo en la forma de ver el mundo, algo heredado de la madre. La señora Guadalupe, que según quienes la conocieron era una mujer de una simpatía natural extraordinaria, siempre con una ocurrencia lista, siempre capaz de hacer reír, que se transmitió a varios de sus hijos. Y Germán, siendo el mayor y el más talentoso de los cuatro, fue el que abrió el camino.
Pero volvamos al cine, porque en 1948 algo ocurrió en una pantalla de México que hizo que todo el mundo volteara a ver a Tintan de una manera diferente. Calabacitas tiernas. Si hay una película que define el momento en que Tintan deja de ser un fenómeno de nicho y se convierte en una estrella masiva, esa película es Calabacitas tiernas. 1948.
dirección de Gilberto Martínez Solares, que se convertiría en el director de casi todas las mejores obras de Tin Tan. Calabacitas tiernas no era una película complicada, era exactamente lo que el público quería, un pretexto para ver a Tin Tan siendo Tintan con su pachuco, su música, su baile, su mezcla de idiomas, sus ocurrencias.
Pero había algo en esa película que iba más allá del entretenimiento superficial. Tintan estaba construyendo un personaje que representaba algo real, el mexicano de frontera, el hombre que no es ni de aquí ni de allá, el que mezcla culturas no por debilidad, sino por ingenio, el que usa el humor no para escapar de su realidad, sino para transformarla.
Críticos de la época y críticos de décadas después notarían algo que en su momento pocos quisieron admitir. Tinan era más moderno que el cine que lo rodeaba. Sus películas tenían una energía diferente, una ligereza diferente, una relación diferente con el lenguaje. Cuando el cine mexicano de la época de oro celebraba el charro y el campo y el méxico tradicional, Tintan estaba haciendo humor urbano, híbrido, fronterizo, con referencias norteamericanas metidas en el corazón de una comedia mexicana. El escritor
Salvador Novo lo dijo en 1944, antes incluso de que Tintan llegara al cine. Cantinflas es la subconsciencia de México y Tintan la incómoda conciencia. La subconciencia y la conciencia. Dos maneras de ver lo mismo, dos formas del humor mexicano, dos espejos que reflejaban partes distintas del mismo país.
Lo que Novo intuía en 1944 tardó décadas en volverse opinión generalizada, pero tenía razón y la prueba estaba en una rivalidad que nunca fue del todo real, pero que el público convirtió en una de las grandes disputas del cine nacional. Hay una pregunta que los mexicanos llevan décadas peleando, no en las calles, no exactamente, pero sí en las familias, en las sobremesas, en las redes sociales, décadas después de que ambos murieran.
Una pregunta que divide a la gente con una intensidad desproporcionada para tratarse de dos cómicos fallecidos. ¿Quién era mejor? ¿Cantinflas o Tin Tan? Y la respuesta honesta, la que da cualquier historiador del cine que se haya tomado el tiempo de ver las películas de los dos con atención, es que esa pregunta está mal planteada.
No eran lo mismo, no hacían lo mismo, no le hablaban al mismo méxico. Mario Moreno, Cantinflas, era el pelado urbano, el hombre de las vecindades del centro, el tipo que usa el lenguaje como arma defensiva, que habla y habla y dice nada, y con eso confunde a las autoridades, a los ricos, a los que tienen poder.
Su humor era el humor de la clase popular mexicana que había aprendido a sobrevivir entre las grietas del sistema usando la palabra como escudo. Germán Valdés. Tintán era el pachuco fronterizo, el hombre que no encaja, que vive entre dos culturas, que mezcla idiomas, que usa la música y el baile tanto como el chiste.
Su humor era más físico, más musical, más festivo, menos político en el sentido de confrontar al poder, más político en el sentido de existir como algo que el México oficial no quería ver en las pantallas. eran diferentes, pero la industria, los productores, los medios y sobre todo el público los pusieron frente a frente porque eso vendía boletos.
¿Hubo tensión real entre ellos? Lo honesto es decir que no hay prueba de una enemistad declarada. Nunca pelearon en público, nunca se insultaron en entrevistas. El único registro conocido de los dos juntos fue en un evento benéfico en la plaza de Toros La Condesa el 31 de marzo de 1945, donde participaron ante el público sin incidentes.
Pero hay una anécdota que circula que algunas fuentes confirman sobre lo que pasó después de ese evento en un vuelo en el que los dos viajaban juntos. Se dice que Cantinflas, conocido por sus bromas pesadas, se tomó una foto con la esposa de Tintan mientras ella dormía a modo de broma. y que Tinta no lo tomó como broma, que lo tomó como una falta de respeto.
Si eso fue o no fue exactamente así, no hay manera de saberlo con certeza. Pero lo que sí es Daemente es que las dos carreras convivieron en la misma época con una ausencia llamativa de colaboración. Dos figuras de esa magnitud en el mismo país, en los mismos años, nunca compartieron una película, nunca coprotagonizaron nada.
El director Gilberto Martínez Solares, que dirigió la mayoría de las mejores películas de Tin Tan y que conocía el medio mejor que nadie, lo dijo sin rodeos en alguna entrevista. Era un genio. El número uno. En segundo lugar el mismo. Y en tercer lugar otra vez Tintán. No mencionó a Cantinflas.
Lo que sí es claro es que mientras Cantinflas tuvo siempre aliados políticos poderosos, llegó a tener relación directa con el presidente Miguel Alemán. Fue figura del sindicalismo cinematográfico. Protegido por las grandes estructuras del cine industrial mexicano. Tinan fue siempre más libre y más vulnerable al mismo tiempo.
Más libre porque hacía lo que quería, aceptaba todos los proyectos, improvisaba, experimentaba, se negaba a quedarse quieto en un solo personaje. Más vulnerable porque esa misma libertad lo dejó sin red. Cantinflas controló su imagen, eligió sus proyectos, dosificó sus apariciones. Tintan filmó lo que llegó, a veces cuatro películas al año, a veces cinco.
Películas de todo tipo, de todo presupuesto, de toda calidad. Decía que sí a casi todo porque así era su naturaleza, porque disfrutaba trabajar, porque el dinero llegaba y se iba con la misma velocidad y cuando no había, había que buscar más. Esa generosidad artística o esa falta de control, según quien lo cuente, produjo una filmografía enorme y desigual, con obras maestras, con películas mediocres, con experimentos fallidos y con momentos de genialidad absoluta que los mejores cineastas de Europa habrían firmado sin
dudar. Y en medio de todo eso, en la cima de su carrera llegó el rey del barrio. El rey del barrio, 1950. Dirección de Gilberto Martínez Solares. Esta es la película que muchos consideran la obra definitiva de Tin Tan. No necesariamente la más ambiciosa ni la más elaborada, pero la que mejor captura al personaje en estado puro.
El Pachuco que no tiene nada y lo tiene todo. El Vivales que se la sabe pero se equivoca. El enamorado torpe que de alguna manera siempre termina ganando. Lo que hace del rey del barrio algo especial no es el argumento, que es sencillo, casi pretexto, sino la energía que Germán Valdés le imprime en cada escena.
La improvisación que se nota real incluso cuando no lo es. Los chistes que funcionan aunque ya los hayas escuchado. El baile que aparece cuando menos lo esperas y que recuerda que este hombre antes de ser actor fue locutor, fue músico, fue bailarín, fue todo al mismo tiempo. Y hay algo más que hace especial a El Rey del Barrio y a las mejores películas de Tin Tan.
En una época en que el cine mexicano era racialmente bastante rígido, los galanes eran blancos, los cómicos eran morenos, las actrices eran rubias o de tes clara y los personajes de clase baja raramente se mostraban como protagonistas dignos. Tin rompía eso. Su personaje era pobre, era de barrio, hablaba un idioma mestizo, se vestía de una manera que las clases medias consideraban de mal gusto y era el protagonista y era atractivo y terminaba con la chica.
y hacía lo que quería. Eso era más subversivo de lo que parecía. Y la industria, aunque lo toleraba porque llenaba salas, nunca se lo reconoció completamente. Tinta nunca ganó un Ariel. El premio más importante del cine mexicano, el equivalente del Óscar, fue entregado a actores y directores durante décadas. y Germán Valdés, el hombre que filmó más de 100 películas y que hoy es considerado por críticos e historiadores como el cómico más completo de la época de oro, nunca fue premiado.
Solo recibió la medalla Virginia Fábregas por 25 años de actividad profesional otorgada por la Asociación de Actores de México una medalla por 25 años de trabajo. No un premio a la mejor actuación, no un reconocimiento a su trayectoria, una medalla por la antigüedad, como si haber estado ahí durante 25 años ya fuera suficiente logro.
El pachuco que hizo reír a los Beatles, 1967. El cine mexicano de la época de oro ya estaba en declive. Pedro Infante había muerto en 1957. Jorge Negrete en 1953. María Félix seguía, pero el Hollywood de Latinoamérica, que había sido México en los 40 y50 ya no era lo mismo. Tinan seguía trabajando, seguía filmando, seguía haciendo reír.
Pero en el mundo había algo nuevo, algo que cambiaba todo, que llegaba en ondas desde Inglaterra y se expandía como una marea por todo el planeta. Los Beatles. El 30 de marzo de 1967 en los estudios Chelsea Manner de Londres se tomó la fotografía que serviría de portada para el disco más famoso de la historia del rock, el SGTP Perslon Aarts Club Band.
La idea era reunir en esa portada a las personas que los Beatles más admiraban, una especie de multitud imaginaria de ídolos, mentores, figuras que habían marcado la cultura del siglo XX. La lista incluía a Edgar Alampoy, Aldos Husley, Marilyn Monroe, Marlon Brand, Carl Marx, Bob Dylan y decenas más. Y según cuenta la leyenda y la propia hija de Tin Tan, Rosalía Valdés, que dice haber sido testigo, en la lista estaba también el nombre de Germán Valdés, que los Beatles conocieran a Tintan. Tenía su lógica.
Su fama había cruzado fronteras. Sus películas circulaban en muchos países de América y en algunos mercados europeos. Y había algo en su humor físico, en su energía escénica, en su manejo del cuerpo y del tiempo cómico, que conectaba con personas que apreciaban la comedia de alto nivel. “La llamada llegó”, dice Rosalía, de Londres.
Su padre la tomó en inglés, el inglés que había aprendido de niño en Ciudad Juárez, cruzando el puente hacia el paso, y dijo que no podía ir. ¿Por qué? Porque en ese momento estaba grabando las voces de una película animada de Walt Disney, una película sobre un niño criado por animales en la jungla y el personaje que le tocaba era un oso llamado Baloo.
Tinan dijo que no a los Beatles para darle voz a Balo Ahora hay que ser honestos con esta historia. Algunos investigadores, incluyendo la experta beatlemana Tere Chacón, titular del programa El círculo beatle y reconocida por la ciudad de Liverpool, señalan que la historia tiene inconsistencias, que a los participantes no se les invitó en personas, sino que se usaron fotografías de tamaño natural, que Ringo Star no habla español, que el objeto que se ve en la portada, en la posición donde estaría Tin Tan, podría ser un ornamento de la India que
pertenecía a George Harrison y no un árbol de la vida de Metepe. Es posible que la historia sea en parte o en todo una leyenda, pero las leyendas no surgen de la nada, surgen de algo. Y lo que sí es un hecho verificable es que en la portada del SGT Peppers, entre Edgar Alan Poe y Richard Merkin, debajo de Diana Dors, hay un objeto, un candelabro de cerámica que se parece notablemente a un árbol de la vida artesanal de Metepec, Estado de México, y que la leyenda dice, “Y la hija de Tintan confirma haber escuchado decir a

su padre que ese árbol llegó de México con una nota que decía, saludos de Tintan.” Verdad o leyenda, la historia dice algo importante, que el humor de un Pachuco fronterizo de Ciudad Juárez llegó tan lejos que los cuatro músicos más famosos del planeta del siglo XX pensaron en él y que él, en lugar de ir a Londres a posar para la portada más icónica de la historia del rock, se quedó en un estudio de grabación en México haciéndole la voz a un oso.
Eso también dice algo sobre Tin Tan, que siempre eligió el trabajo, que siempre eligió el personaje, que la fama en abstracto le importaba menos que el personaje concreto que tenía frente a él en ese momento. Baloi, el don de la voz. Hablemos de Disney. Porque si los Beatles son la historia que genera debate sobre si es verdad o leyenda, el trabajo de Tintan con Walt Disney es un hecho documentado, concreto, verificable en los créditos de las películas.
1967 El libro de la selva. Versión en español latino. La voz del oso baloó. Germán Valdés. 1970. Los aristogatos. La voz del gato Thomas Omayi. Germán Valdés. Y hay un tercer trabajo Disney que muchos olviden mencionar. La narración y las canciones del cortometraje La leyenda de Sleepy Hollow.
La historia del jinete sin cabeza. Esto no era trabajo menor. Disney no contrataba voces al azar. Para la versión latinoamericana del libro de la selva, necesitaban a alguien que pudiera capturar la energía de Pil Harris en inglés, ese oso despreocupado, filosófico, que vive para el momento presente, que enseña al niño Mly a no angustiarse por lo que no puede controlar y también que pudiera cantar, porque Baloo canta.
Bal tiene números musicales. Tin Tan tenía 30 años de carrera como locutor, actor y cantante. Tenía una voz que era instrumento y personaje al mismo tiempo. Y tenía, sobre todo, algo que los directores de doblaje reconocen de inmediato, la capacidad de hacer que la voz lleve una sonrisa de que el público sienta que el personaje está disfrutando cada sílaba.
Para muchos mexicanos de cierta generación, la voz de Balo en el libro de la selva no es una voz de doblaje, es la voz real del personaje. Es la voz que imaginan cuando piensan en ese oso. No porque sea la original. La original es Pill Harris en inglés, sino porque la de Tintan quedó pegada al personaje con una fuerza que va más allá de la traducción.
Eso es talento, no técnica, talento. Y el dato curioso es que mientras Tin Tan era reconocido en los estudios Disney como voz de primera línea, en México el sistema de premios cinematográficos nunca se dignó reconocerlo formalmente. Ariel para Cantinflas. Sí. Ariel para otros actores cómicos de la época. Sí.
Ariel para el hombre que dobló a Balot y a Oma Jay. No, cero. El carnal Marcelo se fue en 1970, el 14 de febrero, día de San Valentín. Como para que la ironía fuera perfecta, murió Marcelo Chávez, el carnal Marcelo, el compañero, el músico que había estado al lado de Germán Valdés desde los años 40, que le había dado la base musical a toda la comedia, que era el contrapeso humano, sin el cual el espectáculo de tinta no era del todo el mismo.
Llevaban más de 25 años trabajando juntos. No era solo un colega, era parte de la fórmula. Era, en el sentido más literal, el carnal. Cuando Marcelo murió, el escenario quedó diferente, pero Germán no se detuvo. No podía detenerse. Nunca había sabido detenerse. Su tercera esposa, Rosalía Julián, que se había retirado del espectáculo cuando se casaron en 1956, decidió volver.
No porque Germán se lo pidiera, porque vio que él lo necesitaba, que sin Marcelo el escenario era más solitario y que si había alguien que pudiera acompañarlo era ella que había crecido artísticamente en ese mismo ambiente. De 1971 a 1973, Tin Tan y su costilla, así se llamó la nueva dupla, se presentaron en Teatros de México, en Puerto Rico, en Chicago, en Nueva York.
No era la misma magia que Tintan y su carnal Marcelo. Era otra cosa, más pequeña quizás, pero real. Germán Valdés seguía siendo capaz de llenar un escenario, seguía siendo capaz de hacer reír. Seguía siendo el Pachuco que había inventado 40 años atrás en una frontera entre dos países. Lo que no sabía era que el cuerpo llevaba tiempo diciéndole algo que él no quería escuchar, que dentro de él algo no funcionaba, que los dolores que atribuía al cansancio, a la vida acelerada, a los excesos normales de décadas de trabajo sin parar eran algo diferente, algo que
tenía nombre. Y ese nombre lo sabía su esposa, solo su esposa, el secreto de Rosalía. Hay que contar esta historia completa porque merece ser contada completa. En octubre de 1972, Rosalía Julián llevó a Germán al médico para una revisión de rutina o lo que Germán creía que era una revisión de rutina. Los estudios habían mostrado cosas preocupantes.
Los médicos querían ver más. Después de los análisis, el médico pidió hablar con Rosalía a solas. La sentó frente a él, le explicó lo que habían encontrado, el hígado deteriorado por la hepatitis que llevaba años y algo más, cáncer de páncreas, avanzado, sin posibilidad real de tratamiento efectivo en ese momento.
“¿Cuánto tiempo le queda?”, preguntó Rosalía. “8 meses, señora.” 8 meses, Rosalía salió del consultorio, encontró a Germán esperándola y le dijo que habían encontrado cosas, que había que cuidarse mejor, que nada demasiado grave, que ya hablarían del tratamiento. Fue en cierta forma la mentira más generosa de su vida, porque Rosalía tomó una decisión que pocos habrían tenido el valor de tomar.
decidió no decirle a su esposo que se estaba muriendo. Decidió que los últimos meses de Germán Valdés serían meses de vida normal, de trabajo si podía, de familia, de risas cuando las hubiera sin el peso de saber que era el final. Durante esos 8 meses, Germán recibió cinco ampollas de morfina al día. Para el dolor, le decían, para el manejo de los síntomas, le decían.
Y él aceptaba, porque confiaba en Rosalía, porque confiaba en los médicos, porque no tenía razón para desconfiar. Siguió trabajando, siguió contando chistes, siguió siendo tintán, no dejó fortuna, nunca había acumulado. El dinero llegaba y se iba siempre. En parte porque era generoso hasta la imprudencia.
Se dice que era el actor más dado a prestarle dinero a quien lo necesitara, sin esperar que se lo devolvieran. En parte porque el cine había entrado en una crisis estructural que redujo los ingresos de todos, en parte porque había tenido problemas legales y económicos con propiedades que invirtió en sociedades que no resultaron, lo que dejó en su testamento, un testamento que, según relató Rosalía, fue redactado sin que Germán supiera la gravedad de su enfermedad era la custodia de sus dos hijos menores, Carlos y Rosalía, que en
ese momento eran menores de edad, dinero, nada, solo el seguro de vida de la anda. 40,000es 40,000 pes la viuda de un hombre que había hecho reír a un país entero durante 30 años. Tinta no nos dejó nada de dinero, solo amor, dijo Rosalía años después. Y lo dijo sin amargura. lo dijo como quien describe algo que estaba claro desde el principio, que Germán Valdés no era un hombre que acumulara, era un hombre que gastaba en el presente, en el momento, en la gente que tenía al lado y que si eso lo dejó sin
herencia material, no lo dejó sin otra cosa. Germán siempre que llegaba a casa y cuando podía, me traía una rosa al grado de llamarme Rosita en lugar de Rosalía. En la tumba de Germán Valdés, en el panteón jardín de la Ciudad de México, encima de la lápida, hay una rosa tallada en mármol, puesta ahí por Rosalía para que la flor que él siempre traía estuviera presente, aunque ya no pudiera traerla.
La mañana del 29 de junio, el 29 de junio de 1973, a las 8:50 minut de la mañana, Germán Valdés dejó de respirar. Tenía 57 años. murió en la ciudad de México, en su casa, rodeado de su familia. Murió sin saber que tenía cáncer de páncreas. Murió, según Rosalía, sin angustia, sin el miedo de quien sabe que se acerca el final.
Simplemente se fue como si el cuerpo hubiera decidido por su cuenta que ya era suficiente. Esa mañana el cine mexicano perdió al más completo de sus cómicos, al hombre que había inventado un personaje que México no sabía que necesitaba, al pachuco de oro, al tipo que hacía reír con el cuerpo, con la voz, con el idioma, con la música, con la improvisación, al que siempre llegaba con una rosa.
El último apodo que tuvo en vida fue el Elvis Presley de los Pachucos, porque había hecho por el Pachuco en México algo parecido a lo que Elvis hizo con el rock en Estados Unidos. Tomó una contracultura que la sociedad establecida miraba con desconfianza y la convirtió en arte popular masivo. No era un título oficial.
Nadie se lo entregó en una ceremonia. Nadie le dio un Ariel por eso, pero quedó como quedaron sus películas, como quedaron las canciones, cómo quedó la voz de Balo que generaciones de niños latinoamericanos escucharon antes de saber quién era Germán Valdés, cómo quedó el árbol de la vida de Metepec en la portada del disco más famoso de los Vens.
O quizás no era un árbol de la vida, quizás era un ornamento de la India, pero la leyenda es más bonita y Tin Tan más que nadie habría sido el primero en elegir la leyenda. Eso también fue parte de su herencia. Durante muchos años después de su muerte, Tin Tan fue recordado con cariño, pero no con la profundidad que merecía.
Era el cómico del sombrero con pluma, era el Pachuco Gracioso, era las películas que ponían en televisión los domingos. Era una figura simpática del pasado, anclada en los años 40 y 50, parte del folklore del cine de oro junto con todos los demás. Pero algo empezó a cambiar y ese algo vino de lugares inesperados. En 1991, la vecindad y los hijos del quinto patio, uno de los grupos de rock más importantes de México, sacó un disco que se llamaba El circo.
En ese disco había una canción que se llamaba Pachuco. Pachuco no era una canción sobre Tin Tan. Pero era una canción que estaba empapada de todo lo que Tin Tan representaba. La energía fronteriza, el ritmo híbrido, el personaje que mezcla culturas sin disculparse, la dignidad del que vive entre dos mundos y no le pide permiso a nadie para existir.
La vecindad había crecido escuchando a Tin Tan y lo llevaba en la sangre de esa canción. Eso fue el primer indicio de una revalorización que tardó décadas, pero que cuando llegó llegó con fuerza. En 2005 salió el álbum Viva Tin Tan, una compilación tributo conversiones de sus canciones interpretadas por grupos como La vecindad, botellita de Jerez, Cafeta Cuba y otros artistas de la escena de rock y música alternativa mexicana.
Ese disco hizo algo importante. Conectó a Tin Tan con generaciones que habían nacido después de su muerte, que quizás nunca habían visto una de sus películas completas, que quizás solo lo conocían de nombre o de algún sketch rescatado en televisión y les dijo, “Este hombre existe, esta música existe, esta forma de ver el mundo existe.
” En ese mismo año, la hija de Tin Tan, Rosalía Valdés, publicó el libro La vida inédita de Tin Tan. Un libro que contaba la historia desde adentro, desde la perspectiva de alguien que lo había visto vivir y morir, que sabía lo que había pasado detrás de las cámaras, que podía hablar de Germán Valdés el hombre y no solo de Tin Tan el personaje.
Ese libro confirmó muchas cosas y aclaró otras. Confirmó la historia de los Beatles con las reservas que ya mencionamos. Confirmó el secreto de la enfermedad. Confirmó la generosidad extrema de Germán Valdés con su dinero. Confirmó que los últimos meses los vivió sin saber lo que estaba pasando.
Y también en 2005, el documental Ni muy Muy ni tan tan, simplemente Tin Tan, dirigido por Manuel Márquez y producido en parte por Carlos Valdés, hijo del cómico, juntó testimonios de críticos, directores, compañeros y familia para construir el retrato más completo que se había hecho hasta entonces. En ese documental, el crítico Jorge Ayala Blanco, uno de los historiadores del cine mexicano más respetados, dijo algo que se convirtió en eslogan: “¡Muera Cantinflas, viva Tintán”.
Era provocación deliberada, era la forma de forzar la conversación, de decir, “La historia del cine mexicano tiene que revisarse.” Y en esa revisión, este hombre merece un lugar diferente al que se le había dado. No significa que Cantinflas fuera menor, significa que Tin Tan había sido sistemáticamente subvalorado por las instituciones del cine nacional durante décadas y que eso tenía que cambiar.
Ha cambiado lentamente, pero ha cambiado las estatuas y el paso del tiempo. Hoy hay tres estatuas de Tintan en México. Una en la Ciudad de México, en la zona rosa, sobre la calle de Génova, donde el pachuco de bronce está perpetuado en un pasito de swing, un paso de baile con su sombrero y su saco característicos. Inaugurada en 2006, una en Acapulco, en la cosera, mirando al mar, también en un paso de baile, como si Tintan estuviera bailando frente al Pacífico para siempre, y una en Ciudad Juárez, Chihuahua, donde creció, donde aprendió
a cruzar el puente entre dos culturas, dónde fue la chiva y luego Topillo Tapas y luego el Pachuco que llevaría a las pantallas de toda América. Tres estatuas en tres ciudades que marcan tres momentos de su vida. La ciudad donde nació y que lo volvió a recibir cuando fue famoso. La ciudad costera que adoraba y donde pasó temporadas de descanso y de trabajo.
Y la ciudad fronteriza que lo formó. En el panteón jardín de la Ciudad de México, en la parcela que la Asociación Nacional de Actores reserva para sus miembros, está la tumba de Germán Valdés. Tres pequeñas figuras de Pachucos la custodian y en la lápida una rosa de mármol. La inscripción dice: “Con gratitud y amor a un buen hijo, excepcional hermano, magnífico esposo, bondadoso padre, cariñoso abuelo, siempre te recordaremos.
” No dice el nombre artístico, no dice Tintán, dice Germán, porque para los que lo conocieron, para Rosalía y para sus hijos, Tintan era el personaje, Germán era el hombre y el hombre era el que merecía la rosa de mármol. Lo que sigue vivo. Hay una generación entera de mexicanos que conoce la voz de Tin Tan sin saber que es su voz.
Los que crecieron viendo el libro de la selva en español latino. Los que cantaron junto a Valofía de vivir el momento, de no preocuparse por lo que no se puede controlar, de buscar las cosas simples que hacen a la vida valer la pena. Esa voz es Germán Valdés. Ese oso que filosofa y baila y no se toma nada demasiado en serio es en cierta forma una proyección de quien fue Tintán, un hombre que encontró en la ligereza una forma de profundidad, que no acumuló, que no guardó, que gastó su energía, su dinero, su talento en el presente.
Tenemos y gastamos, no tenemos y a trabajar más duro. Eso dijo en una entrevista de 1972, cuando ya llevaba meses recibiendo morfina sin saberlo, no como filosofía de vida impostada para la prensa, como descripción honesta de lo que había sido su existencia desde que tenía uso de razón, trabajar, gastar, reír, seguir.
Y hay otra dimensión del legado de Tintan que los académicos y los críticos culturales han señalado con creciente insistencia en los últimos años. El personaje que Germán Valdés inventó a finales de los años 30 y principios de los 40, ese pachuco fronterizo que mezcla idiomas y cultura sin disculparse, era en 1943 algo que los puristas mexicanos veían como contaminación.
70 años después, ese personaje es la descripción más precisa de lo que somos. México es un país de frontera, no solo con Estados Unidos, sino con muchas cosas. Frontera entre tradición y modernidad. Frontera entre lo propio y lo ajeno. Frontera entre el español que heredamos y los idiomas que adoptamos.
Frontera entre lo que fuimos y lo que estamos siendo. Y Tin Tan vivió en esa frontera desde el principio, sin avergonzarse, sin pedir disculpas, convirtiendo la mezcla en espectáculo y el espectáculo en arte. El sitio oficial de Tintan dice algo que vale la pena citar. La permanencia de su obra se debe a que su discurso cinematográfico representó por adelantado la modernidad que todo un país experimentaría en el futuro, que tuvo que pasar tiempo para revalorar su comedia, que lo que en su época sonaba incongruente, mezclado, extraño, hoy es el lenguaje común que se
vive en nuestro mundo moderno. Era adelantado, no solo gracioso, adelantado, un hombre del siglo XXI que llegó al mundo en 1915. Los tres matrimonios y la rosa. No podemos contar la historia de Germán Valdés sin hablar de sus amores, porque Tin Tan fue como su personaje en el cine, un hombre que se enamoraba con facilidad y que vivía ese enamoramiento con la misma intensidad con la que vivía todo. Tres matrimonios.
El primero con Magdalena Martínez, un hijo Germán Francisco. El segundo con Micaela Vargas, tres hijos Luis Javier, Olga y Genaro. El tercero, el definitivo, el que duraría hasta el final con Rosalía Julián. La historia de cómo conoció a Rosalía merece contarse. Era 1949. Germán estaba en su mejor momento artístico.
Ya era Tin Tan, ya había filmado varias películas, ya era famoso. Fue al Teatro Folí a firmar un contrato. Rosalía Julián era cantante, parte del trío de las hermanas Julián, que también estaban ahí. Germán la vio y en lugar de presentarse formalmente, en lugar de hacer lo que haría cualquier hombre en esa situación, hizo lo que siempre hacía, improvisó.
le dijo con toda la naturalidad del mundo. Qué chula se está poniendo, señorita Julián. Un piropo simple, directo, con una pisca de humor en la forma en que estaba construido. No que Chula está usted, sino que Chula se está poniendo como si la observara en proceso, como si el resultado todavía estuviera en curso. Rosalía cayó ahí mismo.
Desde ese momento quedé prendada del hombre a quien ya admiraba como artista, dijo años después. El noviazgo duró 7 años, no porque hubiera dudas, sino porque la vida de ambos era complicada. Germán seguía casado con Micaela hasta 1955 y porque Germán, para bien y para mal, no era el tipo de hombre que tomaba las decisiones administrativas de su vida con prisa.
El 9 de mayo de 1956 se casaron. La luna de miel fue en Acapulco y Cihuatanejo, en el yate de Germán, que se llamaba Tinta Vento. Porque Tintan amaba el mar. tuvo tres yates a lo largo de su vida. Los perdió todos como perdía todo lo material. Pero mientras los tuvo, navegó. Ahí comenzó nuestra dicha, que solamente terminó cuando Germán murió.
16 años de matrimonio, dos hijos, Carlos y Rosalía. Y la promesa que Rosalía cumplió durante 8 meses, la promesa que no se pronunció con palabras, sino con silencio, de protegerlo hasta el final de la única manera que podía, no diciéndole que se moría. para que pudiera seguir siendo hasta el último momento.
Eso es amor, no el amor de telenovela que grita y llora y se declara frente a todos. El amor que toma una decisión difícil en silencio y carga sola con ella. Rosalía cargó con ese secreto durante 8 meses y lo cargó después, cuando Germán ya no estaba, cuando tuvo que encontrar la manera de vivir sin él.
le mandó poner una rosa de mármol en la tumba para que siempre estuviera ahí, para que la flor que él siempre traía no se secara nunca. El hermano que también lo fue todo, no podemos terminar esta historia sin mencionar a Ramón. Ramón Valdés. Don Ramón, el vecino del quinto piso del edificio que habitaba junto a doña Florinda, el Chavo, la Chilindrina y el profesor Jirafales.
Ramón nació en 1923, 8 años después que Germán compartió el ambiente artístico desde joven. Trabajó en carpa y teatro. hizo pequeños papeles en cine, pero su gran momento llegaría después de la muerte de Germán, en los años 70 y 80, cuando Roberto Gómez Bolaños lo convirtió en Don Ramón y lo proyectó a toda América Latina.
Los dos hermanos tuvieron algo en común, la generosidad que los llevó a dar más de lo que tenían. Ramón murió en 1988, también en pobreza, también sin la fortuna que su fama hubiera hecho suponer. Los Valdés no eran una familia de acumuladores, eran una familia de artistas. Y los artistas en México en esa época raramente terminaban ricos, aunque fueran millones de personas los que los conocieran.
Lo que queda de los dos, de Germán y de Ramón, es algo que no se puede cuantificar en pesos ni en premios. Es el recuerdo. Es la voz de Balo cantando en la cabeza de alguien que tiene 40 años hoy y que aprendió esa canción antes de aprender a leer. Es Don Ramón subiendo las escaleras con cara de cascarrabias en un episodio que pasaron tres veces al año durante décadas.
Es el pachuco de Génova balanceándose sobre su pie izquierdo en bronce como si en cualquier momento fuera a empezar a moverse. La lección que nunca se enseña. Hay algo en la historia de Germán Valdés que incomoda si te quedas pensando en ella. Un hombre que filmó más de 100 películas. Algunas fuentes dicen 106, otras 124, sin recibir un premio formal del cine mexicano, sin un Ariel, sin un reconocimiento institucional proporcional a su obra, solo una medalla por 25 años de actividad. un hombre que en vida trabajó
tanto y tan rápido que terminó haciendo películas de baja calidad junto a las obras maestras, porque nadie lo protegió de sí mismo y de la industria que lo explotó hasta donde pudo. Un hombre que terminó su carrera haciendo papeles secundarios en películas que protagonizaban actores de segunda generación que él mismo había inspirado.
y un hombre que al final murió sin saber que estaba muriendo, sin herencia económica para su familia, con el seguro de vida de la Asociación de Actores como único respaldo para la viuda y los hijos. Es una historia triste, depende de cómo la cuentes. Rosalía Julián no la contó como una historia triste.
La contó como la historia de un hombre que vivió en presente absoluto, que disfrutó lo que ganó, que no se angustió por el futuro, que fue generoso cuando pudo y cuando no pudo encontró otras formas de serlo, que los últimos meses de su vida, gracias al silencio protector de su esposa, los vivió sin el peso del final.
¿Es preferible saber que uno se muere o es preferible lo que tuvo Germán, morir como había vivido, sin protocolo, sin drama, sin enterarse del fin del chiste? No hay respuesta universal, pero la pregunta dice mucho sobre quién era este hombre y sobre lo que la gente que lo amaba decidió darle. El director Gilberto Martínez Solares dijo, “Era el número uno.
El número uno, el mismo en segundo lugar y otra vez el en tercero. El escritor Salvador Novo dijo, Tin Tan es la incómoda conciencia de México. La banda vecindad escribió una canción llamada Pachuco y dijo que era en honor a él. Baloo sigue diciéndole a Mly en español que la cosa más importante no es preocuparse por lo que no puede controlarse, que hay que buscar las cosas simples, que el presente es suficiente.
Y en la zona rosa de la Ciudad de México, entre macetones de la calle Genénova, un pachuco de bronce está perpetuado en un pasito de swing, como si estuviera a punto de decir, “En mí todo es música.” músico y poeta que es distinto.
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