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La IMPRESIONANTE VIDA de GERMÁN “TIN TAN” VALDÉS y Su Casa hoy | La Historia Que No Te Contaron

La IMPRESIONANTE VIDA de GERMÁN “TIN TAN” VALDÉS y Su Casa hoy | La Historia Que No Te Contaron

En la avenida Hidalgo 85 del centro histórico de la Ciudad de México hay un museo. Se llama Calus. Tiene paredes de cantera del siglo XVII, patios coloniales, arte mexicano en cada sala. Los visitantes llegan con audífonos y guías, sacan fotos, admiran la arquitectura. Pocos saben que ese edificio fue una vecindad y que en una de esas habitaciones, el 19 de septiembre de 1915, nació el hombre que haría reír a México entero durante 30 años.

 Hoy el cuarto ya no existe como cuarto, pero el edificio  sigue ahí. 57 años después, en otra casa de la misma ciudad, ese hombre estaba en cama. Era el 29 de junio de 1973. Eran las primeras horas de la mañana en una casa de la ciudad de México. Germán Valdés estaba en cama. Le dolía el cuerpo, pero eso ya era normal. Le habían dicho que era hepatitis, que había que cuidarse, que nada grave.

 Su esposa Rosalía entraba al cuarto, le daba su medicamento, sonreía. Los hijos andaban cerca. Era una mañana más. Él contaba chistes, hacía reír a la enfermera, preguntaba si había algo que comer. Lo que Germán no sabía, lo que nadie se atrevió a decirle, era que llevaba 8 meses recibiendo cinco ampollas de morfina al día, no para la hepatitis, para el cáncer de páncreas que lo estaba consumiendo por dentro.

 En octubre de 1972, el médico había llamado a Rosalía aparte, lejos  de él y le había dicho con todas sus letras, “8 meses, señora. 8 meses de vida, Rosalía salió de ese consultorio, entró al carro donde Germán la esperaba y le dijo que todo estaba bien, que nada grave, que se cuidara y ya.

 Durante esos 8 meses,  Germán Valdés, el hombre que había hecho reír a México entero durante tres décadas, el Pachuco de Oro, el cómico más completo que había dado este país, vivió feliz, sin angustia, sin despedidas, sin el peso de saber que se iba. murió como había vivido, sin protocolo, sin drama, sin enterarse del final del chiste.

 Y esa es quizás la historia más conmovedora de todo el cine mexicano. Hoy vas a conocer a Germán Valdés como probablemente nunca lo habías visto. No solo al Pachuco que te hacía reír, sino al hijo de inmigrante que creció en la frontera entre dos mundos. Al locutor de radio que una tarde dejó abierto el micrófono por accidente y cambió su vida para siempre.

al hombre que se inventó un personaje que México necesitaba y no sabía, al actor que hizo más de 100 películas y no recibió un solo premio Ariel, al tipo que un día recibió una llamada de los Beatles y dijo que no porque tenía que doblar a un oso y al hombre que tuvo la fortuna o la desgracia de no saber nunca que se estaba despidiendo.

 Esta es la historia de Tin Tan y empieza como todas las grandes historias mexicanas  en dos ciudades al mismo tiempo. La familia que vivió en dos países. El 19 de septiembre de 1915 en una vecindad del centro histórico de la Ciudad de México nació Germán Cipriano Teodoro Gómez Valdés y Castillo. Segundo hijo, familia numerosa, nueve hermanos en total, ocho hombres y una mujer.

 En esa época tener nueve hijos no era inusual. Lo inusual era esta familia en particular, porque era una familia que vivía entre culturas casi sin darse cuenta. El padre Rafael Gómez Valdés era agente aduan. Trabajaba para el gobierno revisando lo que entraba y salía del país. Y el gobierno, como suele hacer con sus empleados, lo movía de ciudad en ciudad según lo necesitara.

 Primero mandaron a Rafael a Veracruz. Así que la familia entera hizo maletas, atravesó el país y el pequeño Germán creció un par de años con olor amar y atrópico, jugando cerca del puerto, viendo barcos que llegaban de partes del mundo que ni sabía pronunciar. Después el gobierno mandó a Rafael más al norte, mucho más al norte, a Ciudad Juárez, Chihuahua, la frontera misma, la línea donde México termina y Estados Unidos empieza, donde el español y el inglés se mezclan en la misma oración, donde los niños de un lado del puente conocen a los del otro y

a veces ni saben bien a bien en qué país están parados. Germán tenía alrededor de 12 años cuando llegó a Juárez y Juárez lo cambió todo porque del lado de acá había mexicanos. Y del lado de allá, en Los Ángeles, en California, en el suroeste de Estados Unidos, había algo que Germán nunca había visto, los Pachucos.

 Los Pachucos eran jóvenes mexicanos o de origen mexicano que habían crecido en Estados Unidos. No eran de aquí ni de allá. Hablaban un idioma inventado que mezclaba español e inglés en la misma frase. Se vestían de una manera que nadie más se vestía. Sacos inmensos, dos veces su talla, con hombreras exageradas. Pantalones bombachos que se ajustaban en el tobillo, zapatos bicolor negro y blanco, cadenas largas que colgaban casi hasta el suelo, sombreros de ala ancha con una pluma de pavo real y caminaban con un swing peculiar, un balanceo que venía de

la música, que venía del jazz, que venía de querer pertenecer a dos mundos a la vez y no terminar de encajar en ninguno. Para el México de los años 30, los pachucos eran un escándalo. Representaban algo incómodo, la mezcla. La contaminación cultural, decían algunos, el peligro de perder la identidad nacional frente al coloso de norte.

 La prensa los atacaba, las familias bien los despreciaban. Las autoridades de los ángeles llegarían a organizarles redadas, arrestarlos solo por su forma de vestir. Pero para Germán Valdés, el hijo de la gente aduan que creció en la línea misma entre los dos países, los pachucos eran fascinantes. No una amenaza,  una posibilidad, una forma de decir, puedo ser de aquí y de allá, puedo hablar dos idiomas al mismo tiempo, puedo usar el humor para hacer que lo que asusta a unos le parezca simpático a otros.

Germán aprendió inglés con rapidez. Se mezclaba con los jóvenes de ambos lados de la frontera, cruzaba el puente, regresaba, observaba, copiaba el caminar, la ropa, el habla, hacía imitaciones que hacían reír a sus amigos. Era, desde mucho antes de saber que sería artista un puente humano entre dos culturas.

 Lo que todavía no sabía era que ese puente, esa mezcla, ese personaje que vivía entre dos mundos, se convertiría en la cosa más original que daría el cine mexicano de su época. Pero antes de llegar al cine, Germán Valdés tendría que pasar por una cabina de radio, dejar abierto un micrófono por accidente y ser descubierto por el jefe que andaba en el pasillo.

 El barco de la ilusión no terminó la secundaria. Sus padres, como todos los padres del mundo ante un hijo que no estudia, le dijeron que tenía que trabajar, que si no quería los libros, que buscara un oficio, que la vida no daba nada a cambio de nada. Rafael, su padre, tenía un amigo que se llamaba Pedro Meneces y Pedro Meneces era dueño de la radiodifusora local de Ciudad Juárez, la XJ.

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