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LUIS ROMO: La DURA HISTORIA del MVP del TRI frente a COREA

El destino tiene esas ironías y Romo se encargó de cobrarlas dentro de la cancha. A partir de ahí, no soltó la titularidad, se ganó la confianza del técnico, se convirtió en pieza fija y terminó portando incluso el gafete de capitán en Querétaro. Su crecimiento fue tan evidente que volvió a poner los ojos de Cruz Azul sobre él y entonces ocurrió algo que parecía imposible.

En 2020, Cruz Azul decidió repatriarlo. El mismo club que lo había rechazado de niño, ahora lo quería de vuelta como hombre. Y lo que pasó en esa segunda etapa cambiaría su carrera para siempre. Porque con la camiseta celeste, Luis Romo no solo se consolidó, hizo historia. Fue pieza fundamental del equipo que rompió una de las sequías de títulos más dolorosas del fútbol mexicano, levantando el campeonato del Guardianes 2021.

Y por si fuera poco, anotó en la final ante Santos Laguna y fue reconocido como uno de los mejores jugadores del torneo. El niño descartado se había convertido en campeón y en referente. Mientras tanto, su éxito profesional transformó la vida de los suyos. Gracias a él, sus padres dejaron de trabajar.

El pescador y la costurera por fin pudieron descansar. Romo nunca lo ha ocultado. Su familia es el motor de absolutamente todo. Conoció a su esposa siendo apenas un adolescente en la preparatoria y desde los 15 años caminan juntos. Fue padre muy joven, rondando los 20 y siempre ha dicho lo mismo, que sin ese amor, sin ese soporte, jamás habría llegado a ningún lado.

Pero ni el título, ni la consagración, ni el dinero eran todavía el sueño más grande de su vida. Ese sueño seguía pendiente y para cumplirlo tendría que dar un paso que muy pocos entendieron. Consagración en Liga MX y llegada al Tri. Después de su gran etapa con Cruz Azul, Romo dio el salto a Rayados de Monterrey, donde pasó 2 años, entre 2022 y 2024, sumando partidos, goles y experiencia en uno de los clubes más exigentes del país.

Más tarde regresó brevemente a la máquina. Su carrera estaba sólida, estable, respetada. Para muchos futbolistas eso habría sido suficiente. Para él no. Aquel paso por Monterrey terminó de moldear al jugador que hoy conocemos. En un plantel lleno de estrellas y bajo una presión constante por ganar, Romo aprendió a competir en lo más alto, a sostener el nivel torneo tras torneo, adaptarse distintas posiciones según lo que el equipo necesitara.

Esa polivalencia que de niño lo hacía especial se convirtió en su sello de élite. Podía ser contención, central, pivote, incluso aparecer en zonas de ataque. Un futbolista total de esos que cualquier entrenador quiere tener. Y precisamente por eso su nombre nunca dejó de sonar cuando se hablaba de la selección, porque había un sueño que lo perseguía desde niño, un sueño que en realidad ni siquiera había nacido siendo suyo.

Durante años, toda la familia Romo había sido cruzazulina. Era el club de la casa, el de los domingos, el de la sangre. Pero un día todo cambió. Su hermano Darío, ese mismo hermano que le había abierto cada puerta, ingresó a las fuerzas básicas de Chivas tras disputar una copa Chivas y se quedó 7 años en la cantera rojiblanca.

Desde ese momento, la familia entera cambió de bandera y se volvió seguidora del Guadalajara. Por eso, cuando en enero de 2025 sonó el teléfono, algo dentro de él se removió. Del otro lado le preguntaron una sola cosa, si estaba dispuesto a llegar al Guadalajara. Había existido interés en el pasado, rumores, acercamientos, pero nunca una propuesta formal.

Esta vez era real. Y Romo dudó ni un segundo. Dejó claro desde el primer momento que él no pondría un solo obstáculo. En apenas 4 días el fichaje quedó cerrado. Lo que pocos imaginan es lo que significó ese momento para su familia. Cuando se confirmó todo, su hermano Darío, el que había pasado 7 años en esa cantera sin llegar a debutar en el primer equipo, le dijo unas palabras que Romo no ha podido olvidar.

Lo vas a vivir, lo vas a sentir. Estás viviendo el sueño que yo no pude lograr. Pocos clubes en México cargan con una mística como la de Chivas, un equipo que solo juega con mexicanos, que arrastra una afición inmensa, que vive cada partido como una causa nacional. Para un futbolista, ponerse esa camiseta puede ser un privilegio o una condena, dependiendo de cómo respondas.

Romo respondió como respondió siempre en su vida, trabajando en silencio y dejando que su rendimiento hablara. No tardó en ganarse el respeto del vestidor ni el cariño de una hinchada que reconoció en el a uno de los suyos. tanto para llegar a ser capitán absoluto del equipo cuando él está en campo. El niño al que el rebaño había rechazado de chico, ahora era su capitán.

Durante el Clausura 2025 mantuvo un nivel altísimo, superó algunas molestias físicas y recuperó rápidamente su mejor versión, esa que combina jerarquía, lectura de [carraspeo] juego y la capacidad de jugar prácticamente en cualquier zona del campo. Y mientras él brillaba en Guadalajara, alguien lo observaba con mucha atención desde la selección.

Ese alguien era Javier Aguirre. Sus actuaciones con Chivas, sumadas a su rendimiento en los amistosos previos al mundial frente a Australia y Serbia, terminaron de convencer al Vasco. El niño rechazado por Cruz Azul y por Chivas, el que debutó tardísimo, el que tuvo que esperar años por una oportunidad, estaba ahora a las puertas de cumplir el sueño más grande de todos.

Pero detrás de esa convocatoria se escondía algo que nadie vio venir, algo que estaba a punto de poner su nombre en boca de todo el país por las razones equivocadas. Convocatoria al mundial. Cuando Javier Aguirre anunció su lista para el mundial 2026, el nombre de Luis Romo apareció y no como un simple acompañante.

El Vasco valora especialmente su lectura de juego, su liderazgo, su distribución y sobre todo esa polivalencia que le permite cubrir media cancha. El solo. Aguirre sabía exactamente lo que tenía entre manos. Para Romo significaba una revancha enorme porque ya había vivido la frustración de un mundial sin jugar. En Qatar 2022 fue convocado, viajó, formó parte del grupo, pero no disputó un solo minuto.

Se quedó mirando desde la banca mientras el sueño pasaba de largo. Esta vez era distinto. Esta vez, a sus 31 años, llegaba con serias posibilidades de ser titular. Y no en cualquier mundial, en uno disputado en su propia casa, frente a su gente con el escudo nacional en el pecho. Era, sin exagerar, el momento más importante de toda su carrera.

Todo estaba listo para el sueño perfecto. Y entonces, a pocos días del debut del tri ante Corea del Sur, ocurrió lo impensable. Romo habló y sus palabras se encendieron al país entero. En unas declaraciones que pretendían transmitir calma, el mediocampista dijo que México no debía obsesionarse con ganar. Explicó que el equipo tenía que enfocarse en hacer un gran partido, en avanzar poco a poco, en no cargarse de una presión innecesaria.

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