Sobre la mesa donde trabajo hay un huesecillo, es pequeño, del tamaño de la última falange de mi pulgar, gastado por los lados con cuatro caras desiguales y un color que ya no es blanco ni es marrón, sino esa cosa intermedia que adquieren los objetos que han pasado por demasiadas manos.
Es el astrágalo de una oveja, el hueso del tobillo. Lo tengo desde hace años y aunque más de una vez pensé en guardarlo en un cajón, nunca lo hice. Se quedó ahí junto a las hojas y a las anotaciones, como se quedan las cosas que uno todavía no terminó de entender. Lo levanto ahora mientras empiezo a hablarte y lo hago girar entre los dedos.
Suena seco contra la madera cuando lo dejo caer. Los pastores de hace 5000 años lanzaban huesos como este para echar suertes, para jugar, para decidir cosas pequeñas y a veces cosas grandes. Un hueso de oveja fue uno de los primeros dados de la humanidad. Y eso, esa imagen de un hombre antiguo lanzando al azar el tobillo de un animal para saber qué le depara el día.
Es por donde quiero entrar esta noche, porque el tema que me trajo hasta aquí es uno de los más resbaladizos que existen. Lo que está por venir, el futuro, el final, la idea de que algo fue anunciado desde el principio y que ya está en camino y que nadie, por más que quiera, podrá detenerlo.
Es un tema que atrae a los charlatanes como la luz atrae a los insectos. Hay quien lo usa para vender miedo, hay quien lo usa para vender fechas, hay quien lo usa para vender libros con tapas doradas y profecías de calendario. Yo no vengo a hacer eso. Vengo con un hueso de oveja en la mano y con más preguntas que respuestas, que es lo único honesto que puedo ofrecerte cuando se habla de lo que todavía no ha sucedido.
Hace algunos años estuve frente a una vitrina en un museo mirando tablillas de arcilla. No recuerdo la ciudad con la precisión que me gustaría, pero recuerdo el frío de la sala y recuerdo el cristal y recuerdo sobre todo la sensación de estar delante de algo que no podía leer. Pequeños rectángulos de barro cocido del color de la galleta cubiertos de marcas que parecían pisadas de pájaro.
Cuneiforme, la escritura más antigua que conocemos. o casi. Aquellos signos habían sido apretados en la arcilla húmeda por la punta de una caña hace más de 4000 años en la tierra que hoy llamamos Irak y que antes se llamó Mesopotamia y antes todavía en su corazón se llamó Sumer. Y yo estaba ahí en pleno siglo XXI con todo mi conocimiento moderno y no entendía una sola marca.
Me sentí extrañamente pequeño. Pensé, alguien escribió esto para ser leído y aquí estoy yo, incapaz, separado de él por un abismo de siglos que ninguna vitrina puede cerrar. Esa noche no dormí bien, no por miedo, sino por una inquietud distinta, más callada. la inquietud de sospechar que los antiguos no eran lo que nos contaron, que no eran niños supersticiosos mirando el cielo con la boca abierta, que en aquellas marcas de barro había contabilidad, astronomía, leyes, contratos de matrimonio, registros de cuántas ovejas
entraban y salían de los templos. Sí, ovejas. Otra vez las ovejas. Algunas de aquellas tablillas, las más antiguas, no hablan de dioses ni de guerras, hablan de rebaños. de cabezas de ganado lanar contadas una por una, anotadas con un cuidado que hoy reservamos para el dinero. Como si desde el principio, desde el primer renglón que la humanidad fue capaz de escribir, hubiéramos sentido la necesidad de contar a nuestras ovejas, de saber cuántas teníamos, de no perder ninguna.
Guarda esa imagen. El hombre que cuenta sus ovejas. Voy a volver a ella porque esta historia, te lo adelanto, no avanza en línea recta, da vueltas. vuelve siempre al mismo lugar como vuelve el pastor al redil cuando cae la tarde. Déjame contarte qué eran realmente aquellas tablillas, porque alrededor de ellas se ha construido una de las confusiones más grandes de nuestro tiempo.
Y quiero que lleguemos juntos a esa confusión con los pies en el suelo. Summer fue una de las primeras civilizaciones plenas de la historia. ciudades amuralladas, canales, templos escalonados que llamamos cigurats, reyes, escribas, una literatura. De allí salió el poema de Gilgames, el rey que buscó la inmortalidad y no la encontró.
De allí salieron himnos, lamentos por ciudades destruidas, listas de reyes que reinaron miles de años y relatos sobre el origen del mundo y del hombre. Y en muchos de esos relatos aparece una palabra que en las últimas décadas se volvió famosa por las razones equivocadas Anunaki. Los Anunqui suena a contraseña secreta, ¿verdad? suena algo prohibido, pero en los textos sumerios y luego en los babilonios, la palabra designa sencillamente a un grupo de dioses, los grandes dioses, los hijos del cielo, la asamblea divina que
reparte los destinos. En el poema babilónico de la creación, el enumaelich, los anunaki, aparecen como las divinidades que el dios Marduc organiza después de ordenar el cosmos. En otro relato, el de Atrajasis, son los dioses los que, cansados de trabajar la tierra deciden crear al ser humano para que cargue con la fatiga en su lugar.
El hombre nace en esa visión como un sirviente de los dioses, modelado con barro y con la sangre de una divinidad sacrificada. Es una historia oscura y hermosa y es antiquísima y es real en el sentido de que existió de verdad, escrita de verdad en tablillas que de verdad puedes ver hoy detrás de un cristal.
Lo que sabemos con certeza es esto, que esos textos existen, que hablan de dioses que llaman anunaki, que cuentan una creación del hombre a partir del barro, que incluso conservan un relato de diluvio asombrosamente parecido al que después leeríamos en la Biblia, con un hombre justo, una embarcación, una inundación que cubre la tierra y un pájaro enviado para ver si las aguas bajaron.
Ese hombre en la versión mesopotámica se llama Udnapistim. [carraspeo] Y un erudito que descifró su historia en el siglo XIX, dicen, se levantó y empezó a quitarse la ropa de pura emoción al darse cuenta de lo que tenía delante. Yo entiendo esa emoción. Tener en las manos un texto más antiguo que Moisés, que cuenta, con otras palabras, la historia del arca.
es de las cosas que le cambian a uno el cuerpo. Pero antes de seguir hacia los dioses, quiero que te quedes un momento más con las tablillas comunes, las que nadie cita en los documentales, porque a mí me enseñaron más que las espectaculares. La inmensa mayoría de los textos cuneiformes que se han encontrado, y son cientos de miles, no son poemas sobre el origen del mundo.
Son recibos, inventarios, cuentas de un templo o de un palacio, tantas medidas de cebada entregadas a tantos trabajadores, tantas jarras de cerveza repartidas en tal mes, tantos corderos sacrificados en tal festividad, contratos donde un hombre vende un campo a otro y firman testigos cuyos nombres conservamos, cartas en que un comerciante se queja amargamente de que el cobre que recibió era de mala calidad, una queja tan humana que leída hoy hace sonreír.
Aquella civilización levantó la escritura en buena parte para llevar la cuenta, para que ningún grano, ninguna oveja, ningún día de trabajo se perdiera sin quedar anotado en algún sitio. La escritura nace antes que de la poesía, de la necesidad de no perder la cuenta. Guárdate también eso porque va a regresar.
Lo que no sabemos es lo que esos dioses eran. Y aquí empieza el terreno pantanoso. Porque una cosa es decir que los sumerios escribieron sobre seres celestiales que llamaban anunaki, lo cual es un hecho. Y otra muy distinta es decir lo que esos seres eran en la realidad, si es que fueron algo más que figuras de su imaginación religiosa.
Sobre eso los textos no nos dan un manual. nos dan poesía, liturgia, mito. Nos dan la manera en que un pueblo antiquísimo intentó explicarse de dónde venía, por qué sufría, por qué moría, por qué llovía y por qué a veces el río se desbordaba y lo arrasaba todo. Igual que nosotros, ellos miraban el mundo y necesitaban una historia que lo sostuviera.
Quédate con esa diferencia, porque es la diferencia que separa una investigación seria de un cuento para asustar a la gente. Una cosa es lo que el texto dice, otra cosa es lo que el texto significa y una tercera, la más peligrosa, es lo que alguien quiere que el texto signifique para venderte algo. Vamos a recorrer las tres, pero despacio, sin tropezar, como quien camina sobre piedras mojadas en la orilla de un río.
En algún momento del siglo XX, alguien tomó esos textos sumerios y les puso encima una lectura nueva. La idea dicha en pocas palabras fue esta, que los anunaki no eran dioses imaginados, sino visitantes reales, seres venidos de otro mundo, de carne y hueso, que habrían descendido del cielo, no en sentido espiritual, sino en sentido literal, y que habrían creado a la humanidad mediante algo parecido a la ingeniería y que habrían sido recordados por los pueblos antiguos como dioses, simplemente porque aquellos hombres no tenían otra palabra para nombrar lo
que veían. Según esta lectura, las tablillas no serían mitología, serían crónica, un reportaje cifrado de un contacto antiguo que la religión después disfrazó. Tengo que ser justo contigo y contar por qué esta idea seduce tanto. Seduce porque conecta cosas que parecían sueltas. La creación del hombre con barro en Mesopotamia.
y la creación del hombre con polvo en el Génesis, los seres que bajan del cielo en su mer y aquellos enigmáticos hijos de Dios del capítulo 6 del Génesis, que se unen a las hijas de los hombres y engendran a los gigantes, los nefilim, seduce porque parece que de pronto todas las mitologías del planeta estuvieran contando con dialectos distintos la misma noticia y a un cierto tipo de mente a la mía incluida en mis horas de cansancio, le resulta embriagador pensar que detrás de todos los relatos sagrados se esconde un
único acontecimiento real que lo explicaría todo, pero tengo que ser todavía más justo contigo. Y eso significa frenar, porque cuando uno lleva esa lectura a quienes dedicaron su vida entera a estudiar el idioma sumerio, a los que sí pueden leer las marcas de pájaro en el barro, la respuesta es bastante unánime y es incómoda para los vendedores de naves antiguas.
Dicen que las traducciones en que se apoya esa teoría son forzadas, que se eligen las palabras que convienen y se descartan las que estorban, que términos que en el original significan, pongamos, brillo o resplandor, se traducen como cohete o como metal volador para que el verso diga lo que el autor moderno quiere que diga. No puedo probarte yo mismo, palabra por palabra, cada una de esas correcciones porque no soy asiriólogo y no voy a fingir que lo soy.
Pero sí puedo decirte algo que aprendí con los años. Cuando una teoría necesita corregir constantemente a los expertos del idioma en el que está escrito el documento que cita, hay que encender una pequeña luz de alarma, no para cerrar la puerta, para entrar con cuidado. Y déjame detenerme en el eslabón que más se usa para amarrar todo esto, porque es el más delicado de todos.
El capítulo 6 del Génesis, justo antes del diluvio, dice unas palabras extrañas. que han desvelado a lectores durante miles de años. Dice que los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas y tomaron por mujeres a las que quisieron y que había gigantes en la tierra en aquellos días, los Nefilim, hombres de renombre.
Son tres versículos apenas oscuros, abruptos, como un fragmento arrancado de una historia más grande que ya nadie recuerda entera. Y sobre esos tres versículos se ha construido una montaña. Hay quien dice que esos hijos de Dios eran ángeles caídos. Hay quien dice que eran simplemente la descendencia fiel de Set, mezclándose con la línea corrompida de Caín.
Y hay quien dice atando el cabo con Sumer que eran los anunaki, los visitantes y que los Nefilim eran sus híbridos. Te confieso que ese pasaje me inquieta de verdad. Y no voy a fingir que tengo la llave que lo abre porque no la tengo y porque los que sí dedicaron su vida a estudiarlo tampoco se ponen de acuerdo. Lo único que me permito decir es que tres versículos misteriosos no alcanzan para sostener todo un sistema sobre el origen extraterrestre de la humanidad.
Un misterio es una invitación a la humildad, no un permiso para inventar lo que nos dé la gana. Así que aquí me planto y te pido que te plantes conmigo. No puedo afirmarte que los anunaki fueran seres de otro mundo. Sería deshonesto vendértelo como un hecho cuando es, en el mejor de los casos, una interpretación moderna que la mayoría de los especialistas rechaza.
Y no quiero hacerlo precisamente porque sé lo fácil que sería. Sé que si te dijera con voz grave que la ciencia oculta la verdad y que las tablillas demuestran que no estamos solos y que todo esto conecta con el fin del mundo, muchos me creerían y algunos hasta me lo agradecerían. Pero esa gratitud estaría construida sobre arena.
Y yo no quiero tu gratitud, quiero tu atención lúcida, que es una cosa mucho más difícil de ganar y mucho más valiosa de tener. Entonces, si quito de en medio la lectura sensacionalista, ¿qué me queda? Me queda algo que, para mi sorpresa, resultó ser más inquietante que cualquier nave. Me queda una pregunta que las tablillas sí plantean de verdad, sin que nadie tenga que forzar una sola palabra.
¿Por qué la humanidad, desde su primer renglón escrito sintió que el final estaba anunciado desde el principio? Esa pregunta me llevó de vuelta a un libro que conozco mucho mejor que las tablillas de Sumer, porque lo he leído toda mi vida, la Biblia. Y dentro de ella a un pasaje que casi nadie cita cuando habla de profecías porque no da fechas ni espanta a nadie.
Y sin embargo, para mí es el verdadero corazón de todo este asunto. Está en el profeta Isaías en el capítulo 46. Habla Dios y dice algo que cuando lo lees despacio te detiene. Dice, “Acuérdense de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos, porque yo soy Dios. Y no hay otro y nada hay semejante a mí. Y luego esto, yo anuncio el fin desde el principio y desde la antigüedad, lo que aún no ha sucedido.
Mi consejo permanecerá y haré todo lo que quiero. Léelo otra vez conmigo. Yo anuncio el fin desde el principio, no el final como amenaza, el final como sentido. La afirmación no es que un día va a caer fuego del cielo en una fecha que un hombre con un libro de tapas doradas te va a vender. La afirmación es mucho más grande y mucho más serena.
Es que la historia no es un montón de hechos sueltos lanzados al azar como mi hueso de oveja sobre la mesa. Es que hay un consejo, un propósito, un plan y que ese propósito estaba ahí desde el comienzo y que llegará a su término. Y eso, justamente, eso es lo que da nombre a lo que estamos haciendo esta noche. que está por venir, nadie podrá detenerlo, no porque sea un desastre imparable, sino porque, según ese texto es la voluntad de aquel que escribió el primer renglón y escribirá el último.
Ahora bien, aquí tengo que ser muy claro [suspiro][grito ahogado] porque es el punto donde más gente se cae. Que el final esté anunciado desde el principio no significa que esté fechado para el público. Son dos cosas completamente distintas. y confundirlas ha hecho mucho daño. El mismo libro que dice que Dios anuncia el fin desde el principio contiene a Jesús diciendo sin rodeos en el Evangelio de Mateo, que de aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, sino solo el Padre. Lo dijo él, no un
escéptico, no un enemigo de la fe. Lo dijo el centro mismo de la fe. Nadie sabe el día ni la hora. Así que cuando alguien aparece con una fecha exacta, con un calendario cerrado, con un anuncio de que tal cosa ocurrirá tal día, está contradiciendo, sin darse cuenta o sin importarle la palabra del propio maestro al que dice servir.
El texto leído con honestidad no habla de calendario, habla de vigilancia. Es una diferencia que lo cambia todo. El calendario te dice una fecha y te deja dormir tranquilo hasta la víspera. La vigilancia no te da ninguna fecha y precisamente por eso no te deja dormir nunca del todo. Te pide estar despierto siempre porque no sabes.
Jesús lo comparó con un dueño de casa que no sabe a qué hora vendrá el ladrón. y con vírgenes que esperan a un novio que se demora y con un amo que vuelve de viaje sin avisar. Todas esas imágenes apuntan a lo mismo. No te voy a decir cuándo. Te voy a decir que estés listo. Y estar listo no es marcar un día en rojo en la pared.
Estar listo es una manera de vivir. Por eso, cuando vuelvo de Isaías y miro otra vez aquella vitrina con tablillas que no podía leer, ya no siento lo mismo. Los sumerios contaban sus ovejas porque querían no perder ninguna. querían dar cuenta del rebaño y de pronto entendí que esa contabilidad antigua, ese cuidado obsesivo por saber cuántas cabezas había, era ya, sin que ellos lo supieran del todo, una forma temblorosa de la misma pregunta.
¿Quién cuenta? ¿Quién lleva la cuenta de todo esto? ¿Hay alguien anotando o el río simplemente sube y baja y nos arrastra sin que nadie tome nota de una sola de las cabezas que se pierde? Y ahora tengo que hablarte en serio de las ovejas porque no las puse en esta historia por casualidad ni para adornar. Las ovejas están en el centro de todo esto de una manera que tardé en comprender.
Empecemos por lo más terrenal, lo más concreto, lo que ningún místico te va a contar porque no le sirve para asustarte. La oveja es junto con la cabra uno de los primeros animales que el ser humano logró domesticar. Los arqueólogos calculan que fue hace alrededor de 10,000 años, quizá un poco más, en esa misma media luna de tierra fértil que va desde los montes Zagros en el actual Irán, bajando hacia Mesopotamia y subiendo hacia el Mediterráneo, la misma región, fíjate bien, donde nacerían Sumer y la escritura, la misma tierra de las
tablillas, antes de la ciudad, antes de la rueda, antes de la primera marca de barro. Ya había hombres caminando junto a rebaños de ovejas por las laderas de aquellos montes. Piénsalo. 10,000 años, 100 siglos. La relación entre el hombre y la oveja es más antigua que casi todo lo que somos.
Más antigua que la escritura, más antigua que el bronce, más antigua que cualquier templo de piedra. Durante todo ese tiempo inmenso, generación tras generación, hubo seres humanos cuya vida entera giraba en torno a cuidar a esos animales, llevarlos al pasto, buscar el agua, defenderlos del lobo, cargar en brazos a la cría recién nacida, conocer a cada una, porque el buen pastor, el de verdad, conoce a sus ovejas.
No es una metáfora bonita inventada por predicadores, es un hecho de oficio. El pastor distingue a una de otra por la cara, por la voz, por la mancha, por la manera de andar, igual que tú distingues a las personas que amas en una multitud. Y la oveja, que es más lista de lo que su fama permite, reconoce la voz de su pastor y lo sigue y desconfía de la voz del extraño.
Y hay un detalle que une las dos mitades de esta historia, las tablillas y los rebaños, de una manera que pocos notan. Aquellas [carraspeo] mismas ciudades de Sumer, las de los escribas y los cigurats, fueron también el primer gran imperio de la lana. La oveja que conocemos, la de Bellón espeso, que se puede esquilar año tras año sin matar al animal, no apareció de golpe.
Fue el resultado de siglos de cría paciente, de elegir a los animales de pelo más largo y suave, generación tras generación, hasta que la oveja dejó de tener pelo y tuvo lana. Y cuando eso ocurrió, cambió el mundo. Los templos mesopotámicos llegaron a administrar rebaños de decenas de miles de cabezas solo para la lana, ejércitos enteros de mujeres y laban y tejían en talleres que dependían del templo.
La primera gran industria de la historia, la que vestía a las ciudades y se exportaba a tierras lejanas a cambio de la madera y los metales que en la llanura no había, fue la industria del bellón. Por eso aquellos escribas contaban las ovejas con tanto cuidado. No era manía, era la economía entera del mundo apoyada sobre el lomo de un animal manso.
La civilización en su mismísima cuna se sostuvo sobre la oveja y me parece que vale la pena decirlo en voz alta porque solemos imaginar el origen de todo lleno de espadas y de reyes, cuando en buena medida fue una historia de pastores, de lana y de paciencia. Por eso, cuando la fe bíblica quiso hablar de la relación entre Dios y los seres humanos, no eligió la imagen del rey y el súbdito, que habría sido lo esperable en aquel mundo de imperios.
Eligió la del pastor y la oveja, una imagen humilde, polvorienta, que olía a campo y a estiércol, y que cualquier campesino entendía en el acto porque era su propia vida. El salmo más amado de todos empieza así. Y lo sabes de memoria, aunque creas que no. El Señor es mi pastor, nada me faltará. En verdes praderas me hace descansar, junto a aguas tranquilas me conduce.
Ese salmo lo escribió según la tradición un hombre que de joven había sido pastor de verdad, David antes de ser rey. Y cuando dijo que Dios era su pastor, sabía exactamente de qué hablaba, porque él mismo había cargado corderos y había espantado leones del rebaño de su padre. No estaba haciendo poesía religiosa.
Estaba contando con la única imagen que conocía a fondo lo que sentía que Dios era para él. Vuelvo a mi hueso sobre la mesa, el astrágalo de oveja. Lo miro ahora con otros ojos. Este animal acompañó al hombre durante 10,000 años. Le dio lana para el frío, leche para el hambre, carne para la fiesta, cuero para el calzado y hasta este huesecillo para jugarse la suerte en las noches largas.
Le dio casi todo lo que necesitaba para sobrevivir en un mundo hostil. Y a cambio, ¿qué le pidió la oveja al hombre? Que la guiara, que no la dejara perderse, que la contara al caer la tarde y notara su ausencia si faltaba. La relación más antigua de nuestra especie es, en el fondo, una relación de cuidado y de cuenta.
[suspiro] Alguien que guía, alguien que sigue, alguien que cuenta para que ninguno se pierda. Toda la historia que te estoy contando cabe, si lo piensas dentro de ese pequeño hueso. Hay otra cosa sobre las ovejas que durante años preferí no mirar de frente porque es dura. La oveja no es solo el animal guiado y querido, es también el animal que se entrega, el cordero del sacrificio.
En casi todas las religiones antiguas de aquella región, incluida la de Israel, llegaba un momento en que el animal más manso, el que se dejaba cargar sin patalear, era llevado al altar. En la Pascua judía, la noche en que el pueblo salió de la esclavitud de Egipto, cada familia sacrificó un cordero y marcó con su sangre los postes de la puerta.
Y la muerte que recorrió aquella tierra pasó de largo ante las casas marcadas. El cordero murió para que la casa viviera. Esa imagen quedó tatuada en la memoria de un pueblo entero y se repitió cada año durante siglos. Hasta que un día, según los evangelios, un hombre de Galilea llegó a Jerusalén justamente en la fiesta de la Pascua, cuando la ciudad entera olía a corderos.
El profeta Isaías, el mismo que habló del fin anunciado desde el principio, había escrito siglos antes unas líneas que herizan la piel cuando uno las lee sabiendo lo que vino después. Habló de un siervo despreciado y rechazado, un hombre de dolores que cargaría con los pecados de muchos. Y dijo de él, como cordero fue llevado al matadero y como oveja que enmudece ante sus trasquiladores, no abrió su boca como cordero.
Otra vez la oveja, el animal que no grita, que no opone resistencia, que se deja llevar. Y los primeros cristianos, al mirar a Jesús crucificado en plena Pascua, no pudieron evitar la conexión. Lo llamaron el cordero. El cordero de Dios que quita el pecado del mundo. El que era pastor, el que se llamó a sí mismo el buen pastor que da la vida por sus ovejas, terminó muriendo como una de ellas.
El que contaba el rebaño se puso el mismo en el lugar del cordero. Detente aquí conmigo un momento, porque esto no es teología abstracta, es el núcleo de algo. Jesús dijo en el evangelio de Juan una frase que parece sencilla y no lo es. dijo, “Mis ovejas oyen mi voz y yo las conozco y me siguen.
” Y añadió algo todavía más fuerte: “Nadie las arrebatará de mi mano. Nadie podrá quitármelas. vuelve a leer el título que nos reunió esta noche. Lo que está por venir nadie podrá detenerlo. Yo te confieso que durante mucho tiempo leí esa frase con un escalofrío, como si hablara de una catástrofe imparable, de una fecha imposible de esquivar, y hoy ya no estoy tan seguro de haberla leído bien, porque cuando la pongo junto a esta otra, nadie las arrebatará de mi mano.
El sentido se da vuelta como un guante. Lo que nadie puede detener no es solo el juicio, es también el cuidado. Es la mano que no suelta. Hay una imparabilidad de la amenaza, sí, pero el evangelio insiste en una imparabilidad distinta, más callada y más terca. La de un pastor que no piensa perder ni una sola de sus ovejas, le pese a quien le pese, cueste lo que cueste, aunque le cueste a él la vida.
Y hay un matiz en esa frase, “Mis ovejas oyen mi voz, que conviene no pasar por alto, porque es el más práctico de todos. Una oveja no sigue a su pastor porque haya entendido un argumento. Lo sigue porque reconoce una voz que ha oído mil veces desde que era cría, una voz que asoció con el agua, con el pasto, con el regreso seguro a casa cuando caía la noche.
Es un conocimiento del cuerpo, no de la cabeza. Y el pastor, por su parte, no necesita gritar. camina delante, habla y las que son suyas vienen detrás casi sin pensarlo, mientras que la voz de un extraño, por dulce que suene, las pone nerviosas y las dispersa. Cuando leo eso, pienso en cuántas voces nos hablan hoy todo el día, cada una, prometiéndonos un camino, un futuro, una fecha, una certeza.
Y pienso que la pregunta espiritual de fondo, la de verdad, no es si sabemos mucho de profecías. es si todavía somos capaces de distinguir en medio del ruido cuál es la voz que nos quiere de vuelta en casa y cuál es la que solo nos quiere asustados y obedientes. Esa capacidad de distinguir voces no llega comprada ni improvisada, se cría despacio, como se cría la lana con años de cercanía.
Y entonces, claro, aparece la pregunta difícil, la que no quería hacerme si hay un pastor que cuenta y que no quiere perder ninguna. ¿Qué pasa cuando llega el momento de contar? ¿Qué pasa en la tarde del mundo cuando el rebaño entero vuelve al redil y alguien por fin lleva la cuenta? Porque esa imagen, la del recuento final, también está en el libro y es quizá la imagen más seria de todas.
En el Evangelio de Mateo, en el capítulo 25, Jesús cuenta cómo imagina ese final y no usa naves, ni códigos, ni planetas escondidos detrás del sol. usa otra vez ovejas. Dice que cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, reunirá ante él a todas las naciones y separará a unos de otros.
Como el pastor separa las ovejas de los cabritos, las ovejas a su derecha, los cabritos a su izquierda. Fíjate en lo que hace esa imagen. Toma el gesto más cotidiano del pastor del mundo antiguo. Separar el rebaño al caer la tarde, porque ovejas y cabras duermen y pastan distinto y lo convierte en la figura del juicio.
Lo que está por venir en boca de Jesús no recuerda a una película de invasión. Se parece a un atardecer en el campo, a un hombre cansado que antes de la noche aparta a sus animales uno por uno. Y aquí está lo que me dejó sin aire la primera vez que lo entendí de verdad. La diferencia entre las ovejas y los cabritos en ese relato no es lo que cualquiera esperaría.
No lo separa por sus creencias declaradas ni por cuántas veces dijeron las palabras correctas. ni por haber acertado la fecha del fin, lo separa por algo desconcertantemente concreto. “Tuve hambre, dice el rey, y me dieron de comer. Tuve sed y me dieron de beber. Fui forastero y me recogieron. Estuve desnudo y me vistieron.
Enfermo y preso y me visitaron. Y los justos, sorprendidos, preguntan, ¿cuándo te vimos así?” Y él responde, “Cada vez que lo hicieron con uno de estos, mis hermanos más pequeños lo hicieron conmigo.” El recuento final, según el propio Jesús, no mide cuánto sabías de profecía, mide cuánto cuidaste de la oveja perdida que tenías al lado y ni siquiera sabías que era él.
Hay algo más en esa escena que durante años pasé por alto y que ahora me parece la clave de todo. Cuando el rey nombra lo que hicieron o dejaron de hacer, tanto los de la derecha como los de la izquierda responden lo mismo. Señor, ¿cuándo te vimos? Ninguno de los dos grupos sabía que estaba tratando con el rey. Los que ayudaron no lo hicieron para ganar puntos, porque ignoraban que aquel mendigo, aquel preso, aquel extranjero era él.
Y los que no ayudaron tampoco se dieron cuenta de a quién estaban dejando tirado. La separación entonces no premia el cálculo, premia lo que de verdad eras cuando creías que nadie importante miraba. Esa es la parte que me quita el sueño, si soy honesto contigo, porque es facilísimo portarse bien cuando uno sabe que lo están filmando.
Lo difícil, lo que de verdad revela la madera de la que estamos hechos es cómo tratamos al que no puede devolvernos nada, al que ni siquiera puede agradecérnoslo, al que el mundo ya descontó de su cuenta, según Jesús. Y, exactamente ahí, en ese trato invisible se está decidiendo en silencio de qué lado del rebaño amaneceremos cuando llegue la tarde del mundo.
¿Te das cuenta de lo que esto le hace al título, verdad? Lo que está por venir, nadie podrá detenerlo. La Biblia ya lo anunció. Es cierto, lo anunció, pero lo que anunció no es lo que los mercaderes del miedo te quieren vender. No anunció una fecha para que te encierres a esperar el desastre. anunció una separación que se decide sorprendentemente en lo que haces hoy con el hambriento, el preso, el extranjero, el último.
Anunció que habrá un recuento y que en ese recuento no contará tu acierto sobre el calendario, sino tu manera de tratar al rebaño mientras la noche todavía no llegaba. Lo que está por venir es inevitable, sí, pero el lugar donde quedarás cuando venga no está fechado en una pared. Se está decidiendo ahora en silencio, en cada gesto pequeño, mientras crees que solo estás viviendo un día cualquiera.
Si algo de esto te toca por dentro, si en algún momento has sentido que cuidaste de alguien que nadie más miraba o que alguien te cuidó a ti cuando eras tú la oveja perdida, te pido que lo escribas ahí abajo en una sola línea. No hace falta que lo expliques entero. A veces una sola frase de un desconocido le basta a otro que está leyendo en mitad de su propia noche para entender que no está tan solo como creía.
No te lo pido para que este video suba, te lo pido porque creo de verdad que esas líneas se leen entre ustedes más de lo que imaginan y que a veces hacen más bien que el video entero. Ahora bien, no quiero esquivar la parte que muchos vinieron a buscar porque sería deshonesto. La Biblia no habla solo de la separación serena de un atardecer.
También habla, sobre todo en sus últimos libros, de cosas grandes, oscuras, difíciles de leer sin estremecerse. El apóstol Pablo escribió a los de Tesalónica que el Señor mismo descendería del cielo con voz de mando y que los muertos en Cristo resucitarían primero y que los que quedaran vivos serían reunidos con ellos para estar con el Señor.
El Apocalipsis, el último libro, despliega un desfile de imágenes que no recuerdan a nada conocido. ellos que se abren uno tras otro, jinetes que recorren la tierra, trompetas, copas derramadas, una bestia, una gran ciudad que cae, una batalla en un lugar que el texto llama Armagedón y por encima de todo el regreso de aquel cordero que ahora ya no aparece como víctima, sino como vencedor.
No te voy a fingir que entiendo esas imágenes una por una, porque sería mentirte y porque hombres mucho más sabios que yo llevan 2000 años discutiendo qué significan sin ponerse de acuerdo. Lo que sí puedo decirte es cómo no hay que leerlas. No hay que leerlas como el guion exacto de un noticiero futuro con su fecha y su hora, porque ya vimos que el propio Jesús cerró esa puerta.
Cada generación, desde los primeros cristianos, creyó que esas señales eran las suyas, que la bestia era su emperador, que el fin caía sobre sus propios días. Y cada generación hasta ahora se equivocó en el cuándo, no porque el texto mintiera, sino porque el texto nunca prometió un cuándo, prometió un qué y un quién, que la maldad tiene un límite, que el dolor no es eterno, que el último capítulo no lo escribe el caos, sino el cordero.
Eso es lo que el Apocalipsis, leído con humildad sostiene. No, una agenda, una dirección. Y quiero ser muy concreto con esto porque sé que la palabra final asusta y el miedo es el peor consejero que existe para leer un texto sagrado. A lo largo de mi vida he visto pasar más de una fecha del fin del mundo anunciada con bombos y platillos.
He visto a gente vender su casa, regalar sus bienes, despedirse de sus familias, convencida por un predicador que había hecho cuentas con números del libro de Daniel y del Apocalipsis y había dado, según él, con el día exacto. Y he visto llegar ese día y pasar y amanecer al siguiente con el sol, saliendo igual que siempre y con aquellas familias rotas y aquellas casas perdidas.
Ese daño no lo causó la Biblia, lo causaron hombres que tomaron un texto que pide vigilancia y lo convirtieron en una calculadora. Por eso insisto tanto, aunque parezca que me repito, el que te da una fecha no te está dando la verdad, te está quitando, sin que lo notes, la única cosa que el texto sí quería darte, que es la libertad de vivir cada día como se importara, porque cualquiera podría ser el último, no por catástrofe, sino porque la vida humana, mires donde mires, es breve y no avisa.
No hace falta un asteroide para que tu tiempo se acabe. Basta con que se acabe como se acaba siempre. Y eso vuelve la advertencia mucho más cercana de lo que el espectáculo del fin del mundo permite ver. Y déjame conectar esto con la frase de Isaías, porque ahí se cierra el círculo. Haré todo lo que quiero, dijo Dios por boca del profeta.
Mi consejo permanecerá. Esa es la verdadera raíz del nadie podrá detenerlo. No es que un asteroide venga sin remedio, es que hay un propósito que la historia entera, con todas sus guerras y sus imperios caídos y sus tablillas enterradas en el barro de Mesopotamia no ha logrado descarrilar. Han caído Summer, Babilonia, Egipto, Roma.
[grito ahogado] Han caído civilizaciones que se creían eternas y que hoy son vitrinas de museo, [grito ahogado] donde un hombre como yo se queda mirando marcas que no sabe leer. Y a través de todas esas caídas, según esta fe, algo siguió avanzando, callado y terco, como avanza un pastor de noche contando sus cabezas para que ninguna se quede atrás.
Lo que no se puede detener no es la destrucción, es el regreso, es la cuenta que se completa, es el rebaño que por fin vuelve entero. Y tal vez por eso la pregunta que de verdad importa no es cuándo, nunca fue cuándo. La pregunta que el texto te devuelve con una insistencia incómoda es otra. No en qué fecha, sino de qué lado.
No qué día caerá el cielo, sino qué clase de oveja eres mientras todavía es de día. Esa pregunta no tiene calendario, tiene nombre y el nombre es el tuyo. Llega la hora de bajar la voz porque las cosas importantes no se gritan. Te he traído por un camino largo y con curvas. Empezamos con un hueso de oveja sobre una mesa.
Pasamos por una vitrina de tablillas que no supe leer. Cruzamos el campo minado de los dioses sumerios y los visitantes, que probablemente nunca fueron visitantes, y desembocamos en un atardecer en el que un pastor se para su rebaño. Ignoro si esperabas este recorrido. Yo tampoco lo esperaba del todo cuando empecé.
Pero si hay algo que aprendí investigando estas cosas durante años es que el misterio verdadero casi nunca está donde lo anuncian las portadas. No está en la nave escondida, ni en el código secreto ni en la fecha fatal. está casi siempre en algo mucho más humilde y mucho más difícil de mirar de frente. Quiero dejarte antes del final con la imagen con la que de verdad se cierra el libro, porque casi nadie llega hasta ella.
Después de todas las bestias, las trompetas y las copas, el Apocalipsis no se apaga en la oscuridad. El Apocalipsis no termina con fuego, termina, y esto la gente lo olvida, con una ciudad que baja del cielo y con una promesa de que Dios enjugará toda lágrima y de que ya no habrá muerte, ni llanto ni dolor, porque las primeras cosas pasaron.
Termina con un cielo nuevo y una tierra nueva. Termina, si lo piensas bien, como termina un buen día de pastoreo con el rebaño a salvo en el redil después de la intemperie. Por eso lo que está por venir en el fondo de los fondos no es para esta fe una amenaza que haya que sobrevivir. Es una casa a la que hay que volver y nadie podrá detenerlo.
No porque sea un castigo sin freno, sino porque es un regreso sin retroceso. La diferencia entre las dos cosas la decides tú hoy con tu manera de vivir y de tratar a los que el mundo no cuenta. Tomo otra vez el huesecillo, el astrágalo, lo hago girar y vuelvo a pensar en aquel pastor antiguo que lo lanzaba para conocer su suerte, como si el futuro fuera un juego de azar, una caída ciega de un hueso sobre la tierra.
Y pienso que tal vez ese gesto repetido durante miles de años por millones de manos asustadas era una manera torpe y conmovedora de hacer la pregunta que todos llevamos dentro. ¿Qué me espera? ¿Está echada la suerte? ¿Hay alguien que lleve la cuenta? ¿O caigo al azar como cae este hueso? No tengo el descaro de darte una respuesta cerrada.
No puedo probarte nada de lo que el corazón de esta historia afirma. Pero te dejo en lugar de una prueba, una imagen que a veces dura más que una prueba. Es de tarde. El cielo se va apagando sobre unos montes que existen de verdad. Los mismos montes zagros donde hace 10,000 años un hombre caminó por primera vez junto a una oveja. El rebaño regresa y hay alguien en la puerta del redil contando, una, dos, las conoce a todas por su nombre y se detiene porque siente que falta una y en lugar de cerrar la puerta y dormir tranquilo con las que ya tiene dentro,
deja a las demás un momento y sale de nuevo a la oscuridad a buscar la que se perdió. Eso es lo que el libro dice que está por venir. No te pido que lo creas esta noche. Te pido solo que antes de apagar la luz te preguntes una cosa y que no respondas rápido. Si esa puerta existe y si de verdad hay alguien contando, ¿estás seguro, completamente seguro de que él tendría que salir a la oscuridad a buscarte o ya estarías dentro? Yeah.
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