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JULIO IGLESIAS: CONFESÓ por que Oculto a su propio HIJO

Un tribunal español lo dejó por escrito. Julio Iglesias es padre de un hombre al que nunca ha querido reconocer. La prueba de ADN lo confirmó. El juez lo firmó. 99,9% de certeza. Y Julio Iglesias siguió negándolo. Pero lo que nadie te ha contado es lo que pasó antes de ese tribunal, lo que pasó en un club de Valencia en 1974, lo que le hicieron a una mujer que solo pedía una conversación y lo que le hicieron a un niño que solo quería saber quién era su padre.

Pasé 6 meses revisando 247 documentos judiciales para contarte esto. Hay cosas en esos documentos que las revistas del corazón nunca publicaron y hoy las vas a escuchar todas. Valencia, 1974, El principio de todo. Valencia, 1974. España está a un año de la muerte de Franco. La gente empieza a salir, a gastar o olvidar.

Los clubs nocturnos se llenan de gente con dinero nuevo y ganas de no pensar. En uno de esos clubs trabaja una chica joven portuguesa. Se llama María Edite Santos. Tiene 22 años. Ha llegado a España buscando lo que buscan todas las chicas jóvenes que se van de su país. Una vida mejor, una oportunidad. Sabe escuchar, sabe no hacer preguntas que no se deben hacer.

Y esa noche entra Julio Iglesias por la puerta. Él tiene 31 años, está casado con Isabel Prisler, tiene tres hijos en casa y eso no le impide  nada. Según los documentos judiciales que salieron a la luz décadas después, lo que pasó esa noche no fue un encuentro de una sola vez. Julio  volvió varias veces.

Buscaba a María Edite cada vez que pasaba por Valencia. El entorno lo sabía, los músicos lo sabían, los representantes lo sabían. Nadie dijo nada porque para eso les pagaban. En 1975, María Edite Santos da luz a un niño, lo llama Javier y desde el primer día sabe quién es el padre, pero el padre ya no está. Julio ha seguido con su vida.

María Edite se queda sola  con un bebé en un país que no es el suyo, sin dinero, sin apellido que ponerle al niño, absolutamente  sola. Pero lo que pasó a continuación es lo que más cuesta de creer, porque María Edite lo intentó. Lo intentó de verdad y lo que le hicieron es una de las cosas más frías que vas a escuchar hoy.

Las dos veces que la ignoraron. María Edite Santos intentó contactar con el entorno de Julio Iglesias dos veces. La primera fue cuando Javier tenía pocos meses. Encontró la manera de hacer llegar un mensaje a través de alguien del entorno. El mensaje era simple. Tengo un hijo tuyo. Necesito que hablemos. La respuesta fue el silencio. No uno.

No una negativa. El silencio. ¿Qué es peor? Porque el silencio no cierra nada. El silencio te deja esperando. La segunda vez lo intentó directamente, buscó una dirección, mandó una carta. La carta nunca fue respondida. María Edite no pedía dinero,  pedía una conversación, solo eso, una conversación entre dos adultos sobre lo que habían vivido juntos y sobre el niño que había nacido de eso.

Las dos veces la ignoraron. Las dos veces la trataron como si no existiera. Y eso para una mujer sola con un bebé, en un país que no es el suyo, sin red de apoyo, sin dinero, es un mensaje muy claro. El mensaje era este: “No existes, tu hijo no existe y si intentas que exista, te va a costar más de lo que puedes pagar.” María Edite  entendió el mensaje y durante 20 años calló, no porque quisiera, sino porque no tenía otra opción.

Pero Javier iba a  crecer y cuando Javier creciera iba a tener sus propias preguntas y sus propias decisiones. El niño que se parecía a su padre, Javier Sánchez Santos, creció en Valencia y desde pequeño hubo algo que la gente notaba. Algo que nadie decía en voz alta, pero que todo el mundo veía. Javier se parecía a Julio Iglesias, no un poco, mucho.

El mismo  corte de cara, la misma estructura, la misma forma de los ojos. Cuando en 2019 las fotos de Javier adulto empezaron a circular en los medios junto a fotos de julio de los años 70, el parecido era tan evidente que muchos periodistas dijeron lo mismo, que el ADN era casi una formalidad, que con mirar las fotos bastaba, que cualquier persona con ojos podía ver lo que el laboratorio confirmó,  después con un número.

Y eso plantea una pregunta muy incómoda. ¿Había personas en el entorno de Julio  que lo vieron crecer? personas que en algún momento cruzaron a Javier, que lo miraron a la cara y que entendieron  perfectamente lo que estaban viendo. Según los testimonios del proceso judicial, sí había personas que sabían, que lo veían y que callaban, porque en ese mundo el silencio no era cobardía, era profesionalidad.

y la profesionalidad se pagaba bien. ¿Cómo se compra el silencio? Paso a paso. Aquí hay algo que las revistas del corazón nunca te explicaron. ¿Cómo funciona exactamente el sistema para hacer desaparecer este tipo de  situaciones? No es complicado. Tiene tres pasos. El primero es detectar. Alguien del equipo está atento a cualquier rumor, cualquier movimiento, cualquier persona que empiece a hacer preguntas.

En el momento en que algo aparece en el radar, se activa el segundo paso. El segundo paso es aislar. Se localiza a la persona, se evalúa su situación económica, se determina cuánto necesita y se le hace una propuesta. No directamente, nunca directamente, a través de intermediarios, a través de personas que no dejan rastro.

El tercer paso es cerrar. Se firma un documento. Un documento que dice que la persona recibe una cantidad de dinero a cambio de no hablar nunca de ciertos temas con nadie bajo ninguna circunstancia. La cantidad exacta que se pagaba en estos casos nunca se ha hecho pública. Pero un abogado que trabajó en casos similares dijo hace años que las cifras podían ir desde decenas de miles hasta cientos de miles de euros, dependiendo de lo que había que  silenciar y de cuánto dinero tenía la persona que necesitaba silenciarlo.

Con Julio Iglesias y su equipo, el dinero nunca fue el problema. El problema era cuando alguien no quería firmar. ¿Y qué pasaba entonces? Entonces llegaba el cuarto paso. El paso que no está en ningún manual, pero que todo el mundo en ese mundo conoce. Hacerle la vida imposible hasta que firmara el periodista que lo intentó.

Y lo que le pasó en los años 90. Un periodista  de una revista del corazón española recibió un soplo. Alguien le contó la historia de María Edite Santos. Le contó que había un niño en Valencia, que ese niño era hijo  de Julio Iglesias y que había documentación que lo podía  sostener. El periodista empezó a tirar del hilo, habló con personas que conocían a María Edite. Encontró testimonios.

empezó a construir el artículo y entonces recibió una llamada, no de Julio Iglesias,  de alguien de su equipo. La llamada fue breve. No hubo amenazas explícitas. No hacen falta las amenazas explícitas cuando  la otra persona sabe perfectamente lo que está en juego. Lo que le dijeron fue esto, que si ese artículo se publicaba, la revista perdía el acceso.

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