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León XIV rompió con una idea que la Iglesia defendió durante siglos

130 hombres llegaron a Roma desde los cuatro rincones del mundo, desde África, desde Asia, desde la última parroquia perdida de América Latina. Cardenales, los hombres de rojo, los mismos que algún día elegirán al próximo papa. Esos hombres no se mueven todos a la vez, casi nunca. Cuando lo hacen es porque algo grande está ocurriendo.

Y el pasado 26 de junio todos ellos cruzaron a la vez las puertas de la basílica de San Pedro, convocados por una sola persona. Los había llamado el Papa León XIV. Aquella reunión tiene un nombre antiguo en la Iglesia, Consistorio. Es de las pocas ocasiones en que el Papa convoca a los cardenales del mundo entero a sentarse con él durante días.

a puerta cerrada para pensar juntos hacia dónde camina la iglesia. La vez anterior había sido en enero y ahora, apenas medio año después, volvía a llamarlos. Esa insistencia ya era una señal. Un papa que reúne dos veces en un mismo año a los hombres más importantes de la iglesia. Es un papa que siente que el momento es grave, que el mundo arde y que esta vez no quiere cargar con la decisión a solas.

Y lo que se debatía entre aquellas paredes a puerta cerrada era de todo menos menor. El papel de la iglesia en un mundo en guerra, cómo anunciar el evangelio a generaciones que se alejan. ¿Qué decir ante las máquinas que avanzan y ante una violencia que no se detiene? asuntos que marcarán el rumbo de la fe de cientos de millones de personas durante años.

El Papa quería pensarlos con los cardenales delante, cara a cara, escuchando incluso a quienes no opinaban como él, y quiso que todo aquello arrancara, antes que nada de rodillas en una misa. Por eso la homilía de esa mañana pesa tanto. Marcó el tono de todo lo que vendría después. Aquella mañana, en la penumbra de la basílica más importante del catolicismo, con el humo del incienso subiendo despacio hacia la cúpula, el Papa se puso de pie frente a todos ellos y pronunció una frase que en cuestión de horas dio la vuelta al planeta y se coló

en los noticieros de medio mundo. Dijo que la guerra nunca será bendecida por Dios. Dicho así, suena casi obvio. Claro que Dios no quiere la guerra. pensará cualquiera que lo escuche de pasada. Pero conviene quedarse porque esa frase tan corta lleva dentro una carga que muy pocos notaron en el momento.

Durante casi 2,000 años, la propia iglesia enseñó algo distinto. Enseñó que ciertas guerras sí podían ser justas, que un cristiano podía empuñar las armas con la conciencia tranquila. Reyes enteros marcharon a la batalla con la cruz cosida en el pecho, convencidos de que Dios cabalgaba a su lado. Hubo papas que bendijeron ejércitos antes de la batalla.

Hubo soldados que besaban una medalla de la Virgen y acto seguido clavaban la espada en el pecho de otro cristiano que hacía exactamente lo mismo del bando contrario. Los dos rezando al mismo Dios, los dos seguros de que el cielo estaba de su parte. Y ahí está lo que de verdad se juega en este video. Con esa sola frase dicha en voz baja ante los príncipes de la iglesia, León XIV tocó una idea tan vieja como la cristiandad misma.

Lo que muchos se quedaron rumeando en voz baja es hasta dónde llega de verdad lo que dijo. Acaba un papa de cerrar para siempre la puerta a cualquier guerra santa, a cualquier guerra que alguien se atreviera a llamar justa, incluso a la del que solo quiere defender a los suyos. La respuesta entera está en lo que dijo aquella mañana, justo antes y justo después de esa frase, y lo vamos a reconstruir paso a paso hasta el final.

Lo primero que sorprende es cómo empezó. Un hombre que estaba a punto de lanzar el mensaje contra la guerra más fuerte de todo su pontificado, no abrió la boca hablando de bombas ni de ejércitos. abrió hablando de una planta, de una vidas. Les recordó a los cardenales aquella imagen del evangelio en la que Jesús se llama a sí mismo la vid verdadera y advierte que separados de él, sus discípulos no pueden dar fruto alguno.

Una imagen de campo, de viñedo, de poda y de paciencia. Y por un momento cualquiera se preguntaría para qué tanta dulzura si lo que venía después iba a sacudir al mundo entero. Nada de aquello era casualidad. El Papa estaba colocando ladrillo a ladrillo el suelo firme sobre el que pensaba pisar fuerte y había elegido hasta el día con el mismo cuidado.

Aquella reunión caía en una fecha muy concreta del calendario, la víspera de la fiesta de San Pedro y San Pablo, los dos hombres sobre los que se levantó la iglesia de Roma, los dos que murieron por ella, ejecutados en esa misma ciudad hace casi 20 siglos. Dos mártires de la fe presidiendo desde el cielo una reunión sobre la paz.

El detalle, para quien sabe leerlo, ya decía muchísimo. Y entonces, poco a poco fue subiendo el tono hasta la frase que hoy recorre el mundo. Conviene escuchar el momento exacto, porque cada palabra fue colocada con intención. El Papa empezó hablando de algo que parece ajeno a una guerra, la dignidad del ser humano.

Recordó a los cardenales que cada persona ha sido creada a imagen y semejanza de Dios, que cada hombre y cada mujer es, en sus palabras, una huella del creador en el mundo, una señal de su belleza. Y desde ahí lanzó una idea que estremece por lo sencilla. Dijo que cuando se hierere a esa señal, todos quedamos heridos. que cuando se la pisotea todos sufrimos, que cuando se la destruye algo se rompe dentro de la humanidad entera.

Y solo después de poner ese suelo dejó caer la sentencia. Afirmó que la guerra nunca es digna del hombre y nunca será bendecida por Dios. Y dio la razón, que es la parte que casi nadie repitió. Porque el creador dijo, nos dio inteligencia y voluntad para resolver los conflictos como seres humanos y no como animales, incluso cuando tenemos en la mano las armas más avanzadas y terribles jamás construidas.

Detente en esa última imagen porque encierra una bofetada al mundo moderno. El Papa metió ahí casi de pasada una idea que apunta directo a nuestro siglo. Habló de armas de alta tecnología. Drones que matan a kilómetros de distancia manejados desde una pantalla. Sistemas que eligen blancos con inteligencia artificial.

Máquinas capaces de decidir quién vive y quién muere sin que un ser humano apriete el gatillo. Detente en esa idea porque es de las que más le quitan el sueño a este papa. Una máquina que decide ella sola a quién quitarle la vida, sin que nadie cargue con el peso de esa muerte en la conciencia, sin mirar a los ojos a quien va a morir.

El asesinato convertido en un dato, en una línea de código, en un punto rojo sobre una pantalla. ¿Qué clase de mundo estamos construyendo cuando ni siquiera hace falta una conciencia humana para matar? Para León 14, eso rosa lo monstruoso. Buena parte de su enseñanza más reciente clama justamente contra ese abismo. La tecnología tiene que estar siempre al servicio de la persona, jamás por encima de ella, decidiendo sobre su vida y su muerte.

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