También nos llamábamos católicos, pero Dios era solo de corazón. No puedo decirte exactamente cuándo empezó el abismo entre nosotros. Eso es lo más insidioso de estas cosas. No tienen un momento de inicio claro. Son como una grieta en la pared que va creciendo tan despacio que uno se acostumbra a verla y deja de verla al mismo tiempo.
Creo que empezó con el orgullo, el mío, el de Andrés. Los dos somos personas con un carácter fuerte, con opiniones fuertes, con dificultad para ceder cuando creemos que tenemos la razón. Al principio, eso nos atraía el uno al otro. Nos parecía que éramos dos personas con personalidad, con criterio propio. Con el tiempo aprendimos que dos personas con el carácter fuerte, sin oración y sin sacramentos son dos personas que se van destruyendo lentamente la una a la otra.
Las peleas empezaron a ser más largas y a resolverse menos. El silencio después de las peleas [música] empezó a durar días. Y en esos días de silencio, en lugar de rezar o de buscar a alguien que nos ayudara, cada uno se iba a su propio mundo. Andrés al trabajo, yo a las redes sociales, los dos a cualquier distracción que tuviéramos disponible, cualquier cosa para no estar presentes en lo que estaba pasando.
Matías lo veía todo. Los niños siempre ven todo, aunque uno crea que los está protegiendo. Para principios de 2023 llevábamos meses durmiendo en cuartos separados, no por una decisión hablada entre los dos, simplemente una noche Andrés se quedó en el sofá, luego en el cuarto de huéspedes y ninguno de los dos dijo nada para no tener que tener la conversación que los dos sabíamos que vendría.
En agosto de 2023, [música] Andrés me dijo por primera vez en voz alta lo que los dos estábamos pensando. Valeria, creo que esto no funciona. Creo que tenemos que hablar de separarnos. Yo le respondí, sí, tienes razón. Y lo más aterrador no fue esa conversación. Lo más aterrador fue que después de esas palabras, ninguno de los dos lloró.
Solo cerramos la puerta de la habitación y seguimos con el día como si nada. Cuando uno ya no puede llorar por perder algo, es porque en realidad lo perdió hace mucho tiempo. Para noviembre de 2023 ya teníamos abogado. No uno de los dos. Los dos. Andrés había hablado con un amigo suyo que llevaba casos de familia.
Yo había hablado con una colega que me dio el contacto del suyo. Éramos eficientes incluso para destruirnos. El 14 de noviembre de 2023, un martes, [música] Andrés llegó en la tarde con las maletas ya hechas. No fue una escena dramática de película, no hubo gritos ni portazos. Había habido tantos gritos en los meses anteriores que ya no quedaban.
Fue todo tranquilo, casi administrativo. Dos personas que habían decidido hacer un trámite. Matías estaba en su cuarto terminando una tarea del colegio. Andrés [música] entró a despedirse de él. Yo escuché desde la sala voz de Andrés hablándole al niño en voz baja. No alcancé a entender qué le decía. Matías le respondió algo.
Luego Andrés salió del cuarto y se sentó en el sofá con la cara de quien acaba de cargar algo muy pesado. Le pregunté, “¿Ya le dijiste?” Me dijo. Le dije que iba a estar en casa de un amigo unos días. Asentí. Me fui a la cocina a hacer algo con las manos para no [música] pensar. A las 9 de la noche metí a Matías a la cama. Le leí un cuento corto.
Le di el beso de las buenas noches. Sus ojos grandes me miraron con esa intensidad que tienen los niños cuando saben que algo está muy mal y no saben cómo decirlo. Le dije, “Duerme, mi amor, todo está bien.” Mentí y él lo sabía. Andrés y yo pasamos las dos horas siguientes en silencio absoluto, en lados opuestos del apartamento.
Él en el cuarto de huéspedes, yo en la sala. En algún momento me levanté, fui al cuarto que habíamos compartido durante 10 años y empecé a revisar mentalmente si había algo de él que todavía estuviera ahí. Eran las 11:15 de la noche cuando escuché la puerta del cuarto de Matías abrirse despacio. Lo vi aparecer en el corredor con los ojos todavía medio cerrados, el cabello todo revuelto de haber estado durmiendo y en las manos, sostenidas con una seriedad que no correspondía para nada a un niño de 6 años en pijama de
dinosaurios. Traía el rosario azul de mi abuela, el que yo había guardado en la gaveta de mi mesa de noche hacía más de 2 años y que no había vuelto a tocar. Nunca le había dicho a Matías que existía ese rosario, nunca se lo había mostrado. Me quedé paralizada donde estaba. Matías caminó hasta el centro del corredor, se arrodilló despacio con esa torpeza honesta que tienen los niños cuando hacen algo que les costó aprender.
Puso el rosario entre las dos manos juntas. Andrés escuchó el ruido y salió del cuarto de huéspedes. Se quedó parado en el marco de la puerta mirando y entonces Matías levantó los ojos. nos miró a los dos, primero a Andrés, luego a mí, y dijo con una voz pequeña y completamente tranquila, como quien repite algo que escuchó con claridad.
Papá, mamá, Jesús me dijo que él no se va a ir de esta casa. ¿Por qué ustedes sí se quieren ir? silencio. Un silencio completamente diferente a todos los silencios de los últimos meses. Esos silencios eran fríos, pesados, llenos de rabia contenida. Este era otra cosa. Este silencio tenía algo adentro que yo no sabía nombrar.
Le pregunté y mi voz no me salió como de costumbre. Mi amor, ¿qué dijiste? me repitió exactamente lo mismo, sin cambiar una sola palabra. Le pregunté, “¿Quién te enseñó eso?” Me respondió con toda la naturalidad del mundo. “Nadie, mami, me lo dijo él.” y señaló hacia adentro del cuarto, hacia la imagen del sagrado corazón que yo había colgado cuando nació Matías y que llevaba años siendo parte del fondo.
Como todo lo demás, en nuestra vida de católicos decorativos, hay cosas que el orgullo no puede resistir. El orgullo puede resistir los argumentos, puede resistir las lágrimas ajenas, puede resistir los reproches y las acusaciones, pero no puede resistir la inocencia de un niño de 6 años arrodillado en el piso del corredor con el rosario de su bisabuela entre las manos, repitiendo con total tranquilidad algo que absolutamente nadie le había dicho.
Andrés se sentó en el suelo, no en el sofá, no en una silla, en el suelo junto a Matías. Se tapó la cara con las manos durante un momento largo. Yo me senté al otro lado del niño y los tres nos quedamos ahí en ese corredor estrecho con las maletas todavía a un metro de distancia. Matías nos miró a los dos y preguntó como si fuera lo más lógico del mundo.
Rezamos. No sé cómo describir bien lo que pasó en ese momento en mi interior. No fue una emoción suave ni bonita. Fue algo que dolió físicamente en el pecho, como cuando un hueso que estaba mal colocado se acomoda de golpe. Duele, pero es el dolor correcto. Asentí. Andrés también asintió sin levantar la cabeza todavía.
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Matías empezó. Dios te salve, María, llena eres de gracia. esa oración, esa oración que yo había aprendido de niña y que llevaba años sin pronunciar en voz alta, saliendo de la boca de mi hijo de 6 años con una seguridad que me rompió por completo, porque él no la sabía de memoria, nunca se la habíamos enseñado.
la fue diciendo despacio, con algunas palabras equivocadas, con algunas pausas largas en las [música] que buscaba la siguiente frase, pero la decía. Andrés y yo la completamos donde él se equivocaba o se detenía. Nuestras voces salieron juntas por primera vez en meses. No había un plan, no había una decisión tomada de estar ahí, simplemente estábamos ahí.
Rezamos una década del rosario, solo una, porque Matías se estaba quedando dormido otra vez. Lo cargué hasta su cama, lo arropé bien, le di otro beso en la frente. Se durmió de inmediato [música] con una sonrisa pequeña en la boca que me pareció la cosa más sagrada que había visto en mucho tiempo. Salí del cuarto y encontré a Andrés de pie en el corredor mirando las maletas.

Se agachó. Tomó la maleta pequeña, la abrió, sacó una camisa doblada, la miró un momento, la volvió a doblar, la puso sobre el sofá, no dijo nada, yo tampoco dije nada. Nos sentamos en la sala y lloramos. Por fin lloramos los dos, no tomados de la mano, no con una reconciliación de película, cada uno hacia adentro con la cabeza agachada, pero en el mismo lugar, juntos en el mismo lugar por primera vez en meses.
A la 1 de la mañana, Andrés me dijo, “Valeria, yo no sé qué le dijiste a Matías para que hiciera eso.” Le dije, “Andrés, te juro que yo no le dije nada. No sabía ni que tenía el rosario. Hubo un silencio.” “Lo sé”, me dijo despacio. “Eso es exactamente lo que me tiene aquí todavía.
No me puedo ir sin entender qué pasó.” Al día siguiente, todavía sin saber bien qué estábamos haciendo ni hacia dónde íbamos, fui a la parroquia San Juan Eudes, en el barrio Laureles, [música] que quedaba a cuatro cuadras de nuestro apartamento. No había entrado a esa iglesia desde el bautizo de Matías. El padre Eduardo Zapata era el párroco.
Lo encontré en el atrio de la iglesia revisando unas flores para el altar con la manga de la sotana levantada y cara de estar pensando en otra cosa. Cuando me acerqué y lo saludé, me miró de la manera en que miran los sacerdotes buenos, sin juzgar nada antes de tiempo, sin preguntar nada todavía, solo esperando.
[música] Le dije, “Padre, no sé bien por qué estoy aquí. Mi matrimonio está destruido. Tenemos abogados.” Y anoche mi hijo de 6 años salió de su cuarto a las 11 de la noche con el rosario de mi abuela en las manos y dijo algo que ningún niño de 6 años construye. Solo el padre Eduardo dejó las flores sobre la mesa. Me dijo, “Entra.
” Esa conversación duró casi 2 horas. El padre Eduardo no me consoló de manera barata. No me dijo que todo iba a estar bien, ni que Dios tenía un plan precioso para mí. Me hizo preguntas difíciles, directas, sin rodeos. ¿Cuándo fue la última vez que me confesé? ¿Cuándo fue la última vez que recibí la Eucaristía con conciencia real de lo que estaba recibiendo? ¿Cuándo fue la última vez que le pedí a Dios ayuda de verdad? en lugar de pedirle solo que arreglara las consecuencias de mis propias decisiones.
Las respuestas eran todas vergonzosas. Hacía 5 años que no me confesaba. Hacía tres que no comulgaba con ninguna conciencia real de lo que significaba. Y le pedía a Dios de vez en cuando, sí, pero siempre como último recurso, cuando todo lo demás había fallado ya. El padre Eduardo me miró y me dijo algo que todavía resuena en mí cuando lo recuerdo.
Valeria, ustedes no están sufriendo principalmente un problema matrimonial, [música] están sufriendo un problema espiritual que se está expresando en el matrimonio. Son cosas diferentes y tienen soluciones diferentes. Le pregunté, “¿Por dónde se empieza?” Me dijo, sin dudarlo, [música] “Por la confesión. Siempre se empieza por la confesión.
Me confesé esa misma tarde antes de salir de la parroquia. No voy a decir que fue fácil. 5 años de cosas acumuladas no salen en 10 minutos. El padre Eduardo me escuchó en el confesionario durante más de media hora sin interrumpirme, sin apurarme, sin el más mínimo gesto de juicio. Cuando terminé me sentía físicamente más liviana y cuando digo físicamente lo digo en serio. No es una metáfora.
Era algo real en el cuerpo, en los hombros, en el pecho. Las palabras de la absolución las escuché de una manera completamente diferente a todas las veces anteriores de mi vida. Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Salí del confesionario y me senté en uno de los bancos del fondo de la iglesia.
Me permití por primera vez en mucho tiempo no hacer nada, solo estar ahí sin el teléfono en la mano, sin la lista mental de cosas pendientes, sin el plan de qué decirle a Andrés cuando llegara a casa esa noche. Solo estar en esa iglesia que olía a velas y a madera vieja, sabiendo que acababa de soltar algo que había cargado demasiado tiempo.
Esa noche le conté a Andrés dónde había estado. Le hablé del padre Eduardo. Le repetí lo que el padre me había dicho sobre el problema espiritual que estaba detrás del problema matrimonial. Andrés me escuchó en silencio y luego me dijo, “Despacio, ¿puedo ir yo también?” Fue al día siguiente.
A la semana, los tres fuimos a la misa juntos por primera vez desde el bautizo de Matías. [música] Matías entró a esa iglesia y miró todo con los ojos muy abiertos, como quien reconoce un lugar que conoce de alguna otra manera que no puede [música] explicar. Se portó mejor que nunca. Estuvo sentado en silencio con el rosario azul de mi abuela en las manos pequeñas, dándole vuelta despacio entre los dedos.
En la misa, cuando llegó el momento de la consagración y el padre Eduardo elevó la y pronunció las palabras que Cristo pronunció en la última cena, yo las escuché de una manera que no había experimentado nunca en mi vida. No como el texto de una ceremonia familiar, sino como una realidad que estaba ocurriendo ahí frente a mí.
De verdad, el padre Eduardo nos propuso algo en diciembre de 2023, una preparación para renovar nuestros votos matrimoniales con encuentros semanales durante dos meses. No era terapia de pareja, era algo diferente. Era aprender a ver el matrimonio como sacramento, no como contrato entre dos personas que deciden estar juntas mientras les convenga.
Andrés y yo fuimos cada semana. A veces la conversación terminaba bien y salíamos más livianos. A veces salíamos del encuentro con el padre Eduardo con más tensión que antes, porque las preguntas que él hacía sacaban a la superficie cosas que habían estado enterradas durante años. Pero nunca salíamos sin haber dicho algo verdadero y eso era nuevo para nosotros.

El padre Eduardo nos visitó en casa dos veces. La primera vez bendijo el apartamento cuarto por cuarto con agua bendita y oraciones que llenaron cada rincón de algo que yo no sabía describir, pero que se sentía distinto a como había estado antes. Colocó una imagen de la Virgen en la sala que todavía está ahí hoy en el mismo lugar.
La segunda vez vino a cenar con nosotros y con Matías, y durante esa cena nos enseñó a rezar el rosario en familia, los tres juntos, antes de que el niño se durmiera. Matías participaba en el rosario con esa mezcla graciosa y seria que tienen los niños cuando hacen algo que saben que es importante. A veces se equivocaba en las palabras, a veces se le cerraban los ojos, pero siempre quería terminar la década antes de dormirse.
En marzo de 2024, durante la misa del Domingo de Ramos, Andrés y yo nos tomamos de la mano por primera vez en más de un año, sin que nadie lo pidiera, sin que hubiera un acuerdo previo. Solo estábamos de pie en el banco con Matías parado entre los dos y en algún momento nuestras manos se encontraron. No fue el final de todos los problemas.
Sería mentira decir que desde aquella noche de noviembre todo se resolvió sin más esfuerzo. Las heridas de años no sanan en semanas y nadie debería prometerte que sí. Hubo conversaciones muy difíciles en los meses siguientes. Hubo momentos en que el orgullo volvió a asomar. Hubo noches en que el cansancio ganaba y era difícil incluso rezar.
Pero había algo fundamental que era diferente. Ya no estábamos solos y ya no estábamos sin dirección. La Eucaristía se volvió el centro real de nuestra semana, no como elemento decorativo del domingo, sino como el lugar donde semana tras semana volvíamos a recibir lo que genuinamente necesitábamos para seguir.
Padre Eduardo nos explicó algo que yo nunca había entendido antes a pesar de años de llamarme católica, que los sacramentos no son recompensas para los que ya están bien, son medicinas para los enfermos. La confesión, la Eucaristía no son el destino final, son el camino mismo. Aprendí a ir a la misa no cuando me sentía digna de estar ahí, sino precisamente cuando no me sentía digna.
Aprendí que el rosario no es solo una tradición de las abuelas, es una conversación con la madre de Cristo que sabe exactamente lo que es sostener algo que se está desmoronando. Y aprendí que a veces Dios habla a través de la voz de un niño de 6 años en pijama de dinosaurios, arrodillado en el suelo con un rosario entre las manos, diciendo con total naturalidad algo que absolutamente nadie le había dicho.
Andrés y yo renovamos nuestros votos matrimoniales en la parroquia San Juan Eudes el 19 de abril de 2024 en una misa pequeña con la familia más cercana. El padre Eduardo celebró la misa. Matías, que tenía 6 años y medio, fue el portador de las alianzas. Lo hizo con una seriedad tan intensa que hizo reír a todos en el momento menos indicado y que a mí me hizo llorar en el momento más indicado de todos.
Mi suegra, que nunca había sido muy demostrativa de sus emociones, me abrazó después de la misa y me dijo al oído, “Gracias por no haberte rendido.” No le respondí nada, solo la abracé de vuelta con toda la fuerza que tenía. Hoy Andrés va a la misa los domingos sin que nadie tenga que pedírselo. Yo voy a confesarme el primer sábado de cada mes.
Los tres rezamos el rosario juntos al menos tres veces por semana cuando los horarios lo permiten. Y Matías, que ahora tiene 7 años, a veces me pregunta si podemos ir entre semana a visitar a Jesús. Así llama él a la adoración eucarística. La primera vez que lo llevé a la capilla de adoración de la parroquia, se sentó en silencio durante 40 minutos.
40 minutos. un niño de 7 años completamente quieto. Yo lo miraba de reojo todo el tiempo esperando que se aburriera, esperando tener que salir. Pero él se quedó con los ojos en la custodia y las manos en el regazo. Cuando salimos, le pregunté, “¿Qué hacías ahí adentro, mi amor?” Me miró con esos ojos grandes que tiene y me dijo, “Hablar con él.
Como siempre, como siempre. No sé exactamente qué le dijo Jesús a mi hijo aquella noche de noviembre en el corredor de nuestro apartamento. No soy capaz de explicarlo de manera racional y no voy a intentar hacerlo. Lo que sí sé es esto. Ese niño salió de su cuarto a las 11 de la noche con el rosario de mi abuela en las manos y dijo una frase que ningún niño de 6 años construye por sí solo.
Y esa frase llegó exactamente cuando necesitábamos escucharla, con una precisión que no tiene explicación humana. Las maletas de Andrés están guardadas en el closet del cuarto de huéspedes. La mochila de la computadora está colgada detrás de la puerta de la oficina donde siempre ha estado. Y el rosario azul de mi abuela está sobre mi mesa de noche. Lo toco todas las noches.
Mi nombre es Valeria Lucía Montoya Herrera. Tengo 38 años y estoy agradecida de haberme convertido de verdad al catolicismo. Dios habló a través de la inocencia de mi hijo y nos devolvió todo lo que nosotros habíamos estado a punto de destruir con nuestras propias manos. Gracias por llegar hasta aquí y por escuchar con el corazón abierto.
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