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Lo que está por venir NADA podrá DETENERLO — la BIBLIA ya lo ANUNCIÓ

Sobre la mesa donde trabajo hay un huesecillo, es pequeño, del tamaño de la última falange de mi pulgar, gastado por los lados con cuatro caras desiguales y un color que ya no es blanco ni es marrón, sino esa cosa intermedia que adquieren los objetos que han pasado por demasiadas manos.

Es el astrágalo de una oveja, el hueso del tobillo. Lo tengo desde hace años y aunque más de una vez pensé en guardarlo en un cajón, nunca lo hice. Se quedó ahí junto a las hojas y a las anotaciones, como se quedan las cosas que uno todavía no terminó de entender. Lo levanto ahora mientras empiezo a hablarte y lo hago girar entre los dedos.

Suena seco contra la madera cuando lo dejo caer. Los pastores de hace 5000 años lanzaban huesos como este para echar suertes, para jugar, para decidir cosas pequeñas y a veces cosas grandes. Un hueso de oveja fue uno de los primeros dados de la humanidad. Y eso, esa imagen de un hombre antiguo lanzando al azar el tobillo de un animal para saber qué le depara el día.

Es por donde quiero entrar esta noche, porque el tema que me trajo hasta aquí es uno de los más resbaladizos que existen. Lo que está por venir, el futuro, el final, la idea de que algo fue anunciado desde el principio y que ya está en camino y que nadie, por más que quiera, podrá detenerlo.

Es un tema que atrae a los charlatanes como la luz atrae a los insectos. Hay quien lo usa para vender miedo, hay quien lo usa para vender fechas, hay quien lo usa para vender libros con tapas doradas y profecías de calendario. Yo no vengo a hacer eso. Vengo con un hueso de oveja en la mano y con más preguntas que respuestas, que es lo único honesto que puedo ofrecerte cuando se habla de lo que todavía no ha sucedido.

Hace algunos años estuve frente a una vitrina en un museo mirando tablillas de arcilla. No recuerdo la ciudad con la precisión que me gustaría, pero recuerdo el frío de la sala y recuerdo el cristal y recuerdo sobre todo la sensación de estar delante de algo que no podía leer. Pequeños rectángulos de barro cocido del color de la galleta cubiertos de marcas que parecían pisadas de pájaro.

Cuneiforme, la escritura más antigua que conocemos. o casi. Aquellos signos habían sido apretados en la arcilla húmeda por la punta de una caña hace más de 4000 años en la tierra que hoy llamamos Irak y que antes se llamó Mesopotamia y antes todavía en su corazón se llamó Sumer. Y yo estaba ahí en pleno siglo XXI con todo mi conocimiento moderno y no entendía una sola marca.

Me sentí extrañamente pequeño. Pensé, alguien escribió esto para ser leído y aquí estoy yo, incapaz, separado de él por un abismo de siglos que ninguna vitrina puede cerrar. Esa noche no dormí bien, no por miedo, sino por una inquietud distinta, más callada. la inquietud de sospechar que los antiguos no eran lo que nos contaron, que no eran niños supersticiosos mirando el cielo con la boca abierta, que en aquellas marcas de barro había contabilidad, astronomía, leyes, contratos de matrimonio, registros de cuántas ovejas

entraban y salían de los templos. Sí, ovejas. Otra vez las ovejas. Algunas de aquellas tablillas, las más antiguas, no hablan de dioses ni de guerras, hablan de rebaños. de cabezas de ganado lanar contadas una por una, anotadas con un cuidado que hoy reservamos para el dinero. Como si desde el principio, desde el primer renglón que la humanidad fue capaz de escribir, hubiéramos sentido la necesidad de contar a nuestras ovejas, de saber cuántas teníamos, de no perder ninguna.

Guarda esa imagen. El hombre que cuenta sus ovejas. Voy a volver a ella porque esta historia, te lo adelanto, no avanza en línea recta, da vueltas. vuelve siempre al mismo lugar como vuelve el pastor al redil cuando cae la tarde. Déjame contarte qué eran realmente aquellas tablillas, porque alrededor de ellas se ha construido una de las confusiones más grandes de nuestro tiempo.

Y quiero que lleguemos juntos a esa confusión con los pies en el suelo. Summer fue una de las primeras civilizaciones plenas de la historia. ciudades amuralladas, canales, templos escalonados que llamamos cigurats, reyes, escribas, una literatura. De allí salió el poema de Gilgames, el rey que buscó la inmortalidad y no la encontró.

De allí salieron himnos, lamentos por ciudades destruidas, listas de reyes que reinaron miles de años y relatos sobre el origen del mundo y del hombre. Y en muchos de esos relatos aparece una palabra que en las últimas décadas se volvió famosa por las razones equivocadas Anunaki. Los Anunqui suena a contraseña secreta, ¿verdad? suena algo prohibido, pero en los textos sumerios y luego en los babilonios, la palabra designa sencillamente a un grupo de dioses, los grandes dioses, los hijos del cielo, la asamblea divina que

reparte los destinos. En el poema babilónico de la creación, el enumaelich, los anunaki, aparecen como las divinidades que el dios Marduc organiza después de ordenar el cosmos. En otro relato, el de Atrajasis, son los dioses los que, cansados de trabajar la tierra deciden crear al ser humano para que cargue con la fatiga en su lugar.

El hombre nace en esa visión como un sirviente de los dioses, modelado con barro y con la sangre de una divinidad sacrificada. Es una historia oscura y hermosa y es antiquísima y es real en el sentido de que existió de verdad, escrita de verdad en tablillas que de verdad puedes ver hoy detrás de un cristal.

Lo que sabemos con certeza es esto, que esos textos existen, que hablan de dioses que llaman anunaki, que cuentan una creación del hombre a partir del barro, que incluso conservan un relato de diluvio asombrosamente parecido al que después leeríamos en la Biblia, con un hombre justo, una embarcación, una inundación que cubre la tierra y un pájaro enviado para ver si las aguas bajaron.

Ese hombre en la versión mesopotámica se llama Udnapistim. [carraspeo] Y un erudito que descifró su historia en el siglo XIX, dicen, se levantó y empezó a quitarse la ropa de pura emoción al darse cuenta de lo que tenía delante. Yo entiendo esa emoción. Tener en las manos un texto más antiguo que Moisés, que cuenta, con otras palabras, la historia del arca.

es de las cosas que le cambian a uno el cuerpo. Pero antes de seguir hacia los dioses, quiero que te quedes un momento más con las tablillas comunes, las que nadie cita en los documentales, porque a mí me enseñaron más que las espectaculares. La inmensa mayoría de los textos cuneiformes que se han encontrado, y son cientos de miles, no son poemas sobre el origen del mundo.

Son recibos, inventarios, cuentas de un templo o de un palacio, tantas medidas de cebada entregadas a tantos trabajadores, tantas jarras de cerveza repartidas en tal mes, tantos corderos sacrificados en tal festividad, contratos donde un hombre vende un campo a otro y firman testigos cuyos nombres conservamos, cartas en que un comerciante se queja amargamente de que el cobre que recibió era de mala calidad, una queja tan humana que leída hoy hace sonreír.

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