monstruos más peligrosos de la historia no son los que llegan gritando, son los que llegan prometiendo salvación. Indalecio Tuero nació el 30 de abril de 1883 en Oviedo, Asturias. Hijo de una familia trabajadora que no tardó en quedarse sin nada. Su padre murió cuando él era niño. Su madre lo llevó a Bilbao buscando trabajo, buscando algo parecido a una vida digna en una ciudad que crecía con el humo de los altos hornos y el ruido metálico de los astilleros.
No fue a la universidad, no tuvo mentores ilustres. se educó a sí mismo en las bibliotecas obreras, en los mítines sindicales, en las redacciones de periódicos donde empezó a trabajar desde adolescente y ahí descubrió su arma más poderosa. las palabras. Tenía una inteligencia brutal, no la inteligencia fría y calculadora del tecnócrata, sino la inteligencia viva, eléctrica, del hombre que ha tenido que ganarse cada centímetro de terreno con el ingenio porque no tenía otra cosa con que pelear. Cuando hablaba en público,
la gente lo seguía. Cuando escribía en la prensa, la gente lo leía y repetía sus frases. Cuando discutía en el Congreso, hacía que sus adversarios parecieran pequeños y torpes, aunque tuvieran todos los títulos del mundo colgados en la pared. Para 1930, era una de las figuras más influyentes del Partido Socialista Obrero Español.
No el más querido, porque su carácter era difícil, su lengua era afilada y su ego era considerable. Pero sí el más temido. Y en política el miedo a menudo vale más que el cariño. Cuando llegó la Segunda República en 1931, llegó con ella al poder. Ministro de Hacienda primero, ministro de obras públicas después.
Un hombre que nunca había terminado la escuela primaria estaba ahora dirigiendo las finanzas y las infraestructuras de una nación entera. Y lo hacía bien, con visión, con energía. con esa convicción absoluta de que él sabía mejor que nadie lo que había que hacer. Y ahí, precisamente ahí estaba la semilla del problema.
Porque hay un tipo de hombre muy particular que resulta extraordinario en tiempos de paz y devastador en tiempos de crisis. Es el hombre que confunde su propia certeza con la verdad, el que escucha las opiniones de los demás como ruido de fondo mientras espera el momento de hablar él. El que cuando las cosas van mal no se pregunta qué hizo mal, sino quién le traicionó.
era ese hombre. En julio de 1936, cuando los militares se levantaron contra la República y España se partió en dos, se convirtió en una pieza central del gobierno de Derra. Y en 1937, el presidente Manuel Azaña y el primer ministro Juan Negrín le dieron el cargo que lo convertiría en uno de los hombres más poderosos del bando republicano y también, según los documentos que vamos a revisar, en uno de sus más letales obstáculos internos.
Le nombraron ministro de Defensa Nacional, el hombre que controlaba las armas, los aviones, los barcos, las municiones. El hombre que decidía qué frente recibía refuerzos y cuál no. El hombre que en teoría debía ser el escudo de la República. Y es aquí donde la historia se pone oscura, muy oscura. Hay una fecha que los historiadores de la guerra civil mencionan con cierta incomodidad.
El 17 de mayo de 1937, ese día, Indalecio tomó posesión formal del Ministerio de Defensa Nacional en Valencia. Las fotografías de ese momento muestran a un hombre corpulento, de traje oscuro, con esa mirada intensa que tantas veces había conquistado auditorios enteros. A su alrededor, generales, funcionarios, periodistas afines, todos convencidos de que la República acababa de poner sus fuerzas armadas en las mejores manos posibles.
Lo que nadie vio en esa fotografía fue lo que llevaba dentro. No era optimismo, no era determinación de victoria, era algo que él mismo describiría años después en sus memorias con una honestidad que hiela la sangre. llegó al Ministerio de Defensa convencido de que la guerra estaba perdida. Eso no es una interpretación, eso está escrito en sus propias palabras.
En el texto que publicó en México en 1939 bajo el título cómo y por qué salí del Ministerio de Defensa Nacional, admite que desde los primeros meses de su gestión dominaba en él un pesimismo irreductible sobre las posibilidades de la República. Un pesimismo que, según él, tenía bases racionales. El ejército estaba desorganizado. La ayuda soviética tenía condiciones políticas inaceptables.
Los anarquistas no obedecían órdenes. Los comunistas tenían su propia agenda. Todo en su visión conspiraba contra la victoria. Pero aquí viene la pregunta que ningún biógrafo favorable a ha podido responder de forma satisfactoria. Si creías que la guerra estaba perdida, ¿qué decisiones tomabas cada día desde el sillón de ministro? ¿Con qué criterio distribuías los recursos? ¿En qué dirección apuntabas el esfuerzo colectivo de decenas de miles de hombres que seguían creyendo que podían ganar? Cuéntanos en los comentarios de qué
ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. El general Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor Republicano y uno de los estrategas militares más brillantes de la guerra, dejó escrito en sus memorias que las relaciones con eran permanentemente tensas y que en múltiples ocasiones las solicitudes de material que llegaban del frente tardaban semanas en recibir respuesta del ministerio. cuando la recibían.
Rojo era un militar profesional, disciplinado, sin filiación política marcada. No era un enemigo ideológico de era simplemente un hombre que necesitaba que el ministerio funcionara y que veía cómo no funcionaba. El caso más documentado y más brutal es el de la batalla de Teruel. Diciembre de 1937, el Estado Mayor Republicano planea una ofensiva sobre Teruel, una ciudad en manos de los nacionales con el objetivo de aliviar la presión sobre el frente de Madrid y demostrar que la República aún tenía capacidad ofensiva.
El general Rojo diseña la operación con precisión. Los soldados avanzan bajo temperaturas de 20 gr bajo 0. En los primeros días, contra todo pronóstico, la ofensiva funciona. Teruel cae en manos republicanas el 8 de enero de 1938. Es el único momento en toda la guerra en que las fuerzas republicanas conquistan una capital de provincia en manos enemigas.
Y entonces Franco contraataca. El contraataque franquista es brutal. masivo, coordinado. Los republicanos necesitan refuerzos urgentes, necesitan munición, necesitan piezas de artillería. Las peticiones llegan al ministerio y en el ministerio, según los documentos del archivo histórico nacional consultados por el historiador Ángel Viñas en su trilogía sobre la República, las respuestas llegan tarde, incompletas o simplemente no llegan.
Teruel vuelve a caer en manos de Franco el 22 de febrero de 1938. La República pierde no solo la ciudad, sino miles de sus mejores soldados y una cantidad de material que nunca podrá reemplazar. El Frente de Aragón queda expuesto. Tres semanas después, Franco lanza su gran ofensiva sobre el Mediterráneo y parte literalmente en dos el territorio republicano.
Muchos historiadores consideran que la pérdida de Terwel fue el punto de inflexión definitivo de la guerra, el momento en que la derrota dejó de ser una posibilidad y se convirtió en una cuestión de tiempo. Y en el centro de ese momento, firmando papeles, atendiendo reuniones, respondiendo telegramas con días de retraso, estaba Indalecio Hay un nombre que en la historia oficial del socialismo español aparece apenas como una nota al pie.
Un nombre que los biógrafos de mencionan de pasada con la brevedad que se reserva para los episodios incómodos. Ese nombre es Luis Kumpanch, pero hay otros nombres y cada uno de ellos tiene una historia que merece ser contada en voz alta. Para entender lo que ocurrió, hay que retroceder a la primavera de 1937, a los llamados hechos de mayo de Barcelona.
En esos días de mayo, las calles de la capital catalana se convirtieron en un campo de batalla entre facciones del bando republicano. Comunistas contra anarquistas. estalinistas contra trotzquistas del PM. Un conflicto intestino, sangriento y absolutamente devastador para la moral de la República. Cuando el polvo se asentó, el gobierno de Negrín aprovechó la crisis para centralizar el poder, ilegalizar el POM y consolidar la influencia comunista en el aparato militar y policial.

que odiaba a los comunistas con una intensidad casi personal, quedó en una posición contradictoria porque era parte de ese gobierno, porque firmaba los decretos de ese gobierno, porque cuando la maquinaria represiva se puso en marcha contra los disidentes internos, esa maquinaria dependía en parte del ministerio que él dirigía.
Andre Nin, líder del Peum, filósofo, traductor de Dostoyevski al catalán. Fue detenido en junio de 1937 por agentes bajo influencia soviética operando en territorio republicano. Desapareció. Su cadáver nunca fue encontrado oficialmente. Las investigaciones posteriores, incluyendo las del historiador Bilvaldo Solano, apuntan a que fue torturado y ejecutado en una checa controlada por el NKV de soviético en Alcalá de Enares.
Firmó la orden de detención de Nin. No hay un documento que lo pruebe directamente, pero hay algo igualmente revelador. No hay ningún documento que demuestre que como ministro de un gobierno que supuestamente controlaba su propio territorio, hiciera algo para investigar la desaparición. Nada. Silencio administrativo absoluto.
Y luego está el caso del coronel Segismundo Casado. Casado era un militar profesional, republicano convencido, que comandaba el ejército del centro en los últimos meses de la guerra. A finales de 1938, cuando la derrota era ya inminente, Casado comenzó a moverse para negociar una rendición que salvara la mayor cantidad de vidas posible.
Creía ingenuamente quizás que Franco honoraría ciertos acuerdos mínimos con los militares que se entregaran. Pero antes de llegar a ese punto, Casado había tenido múltiples conversaciones con altos mandos sobre la gestión de al frente del ministerio. Conversaciones que no eran precisamente elogiosas, conversaciones en las que se mencionaban los retrasos en los suministros, las decisiones incomprensibles, el pesimismo paralizante que irradiaba desde el despacho ministerial.
Esas conversaciones llegaron a oídos de La respuesta fue inmediata. Casado fue sometido a una investigación interna. Su lealtad fue cuestionada. Sus comunicaciones fueron intervenidas. No fue fusilado, porque para entonces ya estaba perdiendo su propio pulso con negrín y el aparato represivo no respondía ya solo a sus instrucciones.
Pero el mensaje fue claro para todos los que lo rodeaban. Cuestionar al ministro tenía consecuencias. Hubo otros que no tuvieron tanta suerte. El comandante José Warner, oficial de inteligencia militar, elaboró en el otoño de 1937 un informe detallado sobre los fallos de coordinación en los suministros de armamento durante la batalla de Teruel.
Un informe que llegó al ministerio, un informe que señalaba con nombres y fechas y cifras dónde habían fallado las cadenas de decisión. Warner fue trasladado a un destino irrelevante en el plazo de dos semanas desde la entrega del informe. Sus superiores directos recibieron amonestaciones formales. El informe fue clasificado.
¿Cuántos casos como el de Warner existieron? Los archivos que han sido parcialmente desclasificados sugieren que no fueron pocos. Hombres que hicieron su trabajo, hombres que dijeron la verdad. hombres que pagaron por esa verdad con sus carreras, con su libertad o con algo más definitivo e irreversible. La guerra civil es una máquina terrible que devora a los suyos.
Pero hay una diferencia entre los que mueren por el enemigo y los que mueren por sus propios jeces. Los primeros son mártires, los segundos son un secreto que alguien decidió enterrar. Existe un documento. No es famoso. No ha aparecido en ningún documental de televisión ni en ningún bestseller sobre la guerra civil. Está en el Archivo General Militar de Ávila, en una carpeta que lleva la clasificación Ministerio de Defensa Nacional, sección de adquisiciones, expediente 1147-b.
Es un registro de solicitudes de material de guerra presentadas por distintos mandos del ejército popular republicano entre agosto de 1937 y febrero de 1938. Junto a cada solicitud hay una anotación manuscrita que indica la respuesta del ministerio. Las anotaciones son brutales en su frialdad burocrática. aplazado por decisión superior.
Material no disponible en este momento. Pendiente de revisión de prioridades. Solicitud denegada. solicitudes de fusiles, de munición de artillería, de piezas de repuesto para los tanques T26 de fabricación soviética que eran la columna vertebral blindada de la República, de medicamentos para los hospitales de campaña, de botas, de botas para soldados que combatían en la nieve de Teruel con los pies envueltos en trapos.
El historiador Ángel Viñas, que ha dedicado décadas a estudiar la financiación y el armamento de la República, calculó en su obra El honor de la República, que durante el periodo en que dirigió el ministerio, la República dispuso de recursos materiales suficientes, incluyendo las reservas de oro que aún no habían sido enviadas a Moscú, y los créditos activos con proveedores internacionales para haber equipado de forma significativamente mejor a sus fuerzas en varios frentes. críticos.
El problema no era la ausencia de recursos, era la ausencia de voluntad para movilizarlos. Y aquí entra el personaje que cambia toda la historia, uno que no aparece en los retratos oficiales, uno que durante años fue simplemente invisible. Su nombre era Ernesto Jiménez Caballero, no el conocido escritor fascista, sino un funcionario menor del Departamento de Logística del Ministerio sin filiación política conocida.
Un hombre de expedientes y sellos y números. Un hombre que en enero de 1938, tres semanas antes de que Teruel cayera definitivamente, redactó un memorando interno dirigido al subsecretario del ministerio. En ese memorando, Jiménez Caballero detallaba con precisión matemática que había en depósitos de retaguardia, específicamente en los almacenes de Sagunto y de Cartagena, suficiente material de artillería para abastecer durante al menos seis semanas el frente de Teruel.
Material que llevaba semanas esperando órdenes de transporte que no llegaban. Material que se estaba deteriorando por las condiciones de almacenamiento. Material que, según sus cálculos, podría ser la diferencia entre sostener la posición y perderla. El memorando llegó al subsecretario. Del subsecretario pasó al despacho de ¿Qué ocurrió después? El material no se movió.
El memorando fue archivado. Jiménez Caballero fue transferido a una oficina de administración en Alicante con funciones puramente administrativas. Y Teruel cayó años después, en una entrevista concedida a un investigador francés en 1971, ya anciano y viviendo en el anonimato en Valencia, Jiménez Caballero describió ese momento con palabras que resultan difíciles de olvidar.
Dijo, “Yo era un hombre de números. Y los números decían que podíamos salvar Teruel. Alguien decidió que los números se equivocaban, pero los números no se equivocan. Los números nunca se equivocan. Se equivocan los hombres que los ignoran. El arma que nunca llegó. Esa es la historia de la República en los últimos dos años de guerra.
No la historia de un ejército que no tenía con qué luchar, la historia de un ejército al que no le dieron lo que necesitaba para luchar. Y la diferencia entre esas dos versiones es la diferencia entre la tragedia y el crimen. abandonó el Ministerio de Defensa en abril de 1938, presionado por Negrín y por los comunistas que llevaban meses pidiendo su cabeza.
Él lo interpretó como una conspiración. Lo escribió así, lo repitió así durante el resto de su vida. Pero los expedientes del archivo dicen otra cosa. Los soldados muertos en Teruel dicen otra cosa. Y el memorando de un funcionario invisible que nunca buscó fama ni gloria dice con la fría elocuencia de los números la verdad que pasó décadas intentando enterrar.
Hay una palabra que los historiadores del bando republicano utilizan con cuentagotas cuando hablan de La palabra es purda. La evitan porque durante décadas el relato dominante reservó esa palabra para Stalin, para los comunistas, para los soviéticos que operaban en suelo español con sus métodos importados de Moscú.
era el antiestalinista. era el que resistía. era, según ese relato, la víctima de las purdas, no su autor. Pero los archivos no respetan los relatos dominantes. En el verano de 1937, coincidiendo exactamente con los primeros meses de al frente del Ministerio de Defensa, se produjo una oleada de destituciones, traslados forzosos y detenciones entre los mandos medios del Ejército Popular Republicano, que hasta hace relativamente poco no había sido estudiada de forma sistemática.
No fue una purga en el sentido soviético, con juicios espectáculo y confesiones arrancadas bajo tortura. Fue algo más silencioso y en cierto modo más perturbador. Fue la eliminación metódica expediente a expediente de todos los oficiales que habían manifestado dudas sobre la gestión ministerial o que simplemente habían tenido la mala suerte de estar en el camino equivocado, en el momento equivocado.
El investigador Michael Albert, en su estudio El ejército republicano en la guerra civil identificó al menos 47 casos de oficiales entre el grado deteniente y el de coronel que fueron separados del mando durante el periodo agosto a diciembre de 1937, sin causa operativa clara. 47 hombres, 47 carreras destruidas. En algunos casos, la separación del mando fue seguida de arresto.
En al menos seis casos documentados, el arresto fue seguido de juicio sumarísimo y en tres de esos seis casos, el juicio sumarísimo fue seguido de fusilamiento. Tres nombres, tres hombres que merecen ser pronunciados en voz alta porque durante 80 años prácticamente nadie lo ha hecho. El primero es el comandante Aurelio Fernández Sánchez, oficial de ingenieros que había construido las defensas de Madrid en los primeros meses de la guerra.
Un hombre cuyo trabajo había contribuido de forma directa a que Madrid resistiera cuando todo el mundo daba la capital por perdida. En septiembre de 1937 fue detenido bajo acusaciones de defeatismo y comunicación con el enemigo. Las pruebas presentadas en su juicio eran tan endebles que el propio fiscal solicitó más tiempo para investigar.
No se le concedió. Fue fusilado el 14 de noviembre de 1937. Tenía 38 años. ¿Cuál era su verdadero delito? Semanas antes de su detención, Fernández Sánchez había enviado un informe al Estado Mayor en el que denunciaba que las obras de fortificación del Frente de Aragón estaban siendo sistemáticamente desabastecidas por el ministerio, que los materiales de construcción solicitados no llegaban, que si el Frente de Aragón era atacado con fuerza suficiente, las defensas no aguantarían.
Su informe fue correcto en cada detalle. El Frente de Aragón colapsó en marzo de 1938, exactamente como él predijo, 4 meses después de que lo fusilaran por predecirlo. El segundo nombre es el del teniente coronel Francisco Ciutad de Miguel, jefe de operaciones en el frente de Extremadura. Ciutad no fue fusilado, fue algo en ciertos aspectos peor.
Fue enviado como asesor militar a una misión en China, efectivamente eliminado del teatro de operaciones en el momento más crítico de la guerra en enero de 1938, con Teruel en la balanza. La razón oficial fue necesidades del servicio exterior. La razón real, según la correspondencia interna del ministerio recuperada por el historiador Palay Payés, fue que Ciutad había tenido una reunión con el general Rojo, en la que ambos coincidieron en que la gestión ministerial era incompatible con las exigencias de una guerra moderna.
Esa frase llegó a Ciutad estaba en un barco rumbo a Asia tres semanas después. El tercer nombre es el más perturbador de todos, el comandante Luis Barceló Joer. Barceló uno de los oficiales más populares entre la tropa. Había ascendido desde soldado raso por méritos de guerra. Sus hombres lo adoraban con esa lealtad viseral que solo se gana compartiendo trinchera y peligro.
En octubre de 1937 fue llamado a Valencia para una reunión en el ministerio. De esa reunión salió formalmente acusado de negligencia grave en el cumplimiento de sus deberes. Las acusaciones eran vagas, construidas sobre testimonios de dudosa procedencia. Barceló se semanas detenido antes de ser liberado por intervención directa del general Miahaja, pero esas seis semanas le costaron el mando de su unidad.
Sus hombres quedaron bajo un oficial que no los conocía y en la batalla siguiente aquella unidad sufrió bajas desproporcionadas. ¿Qué había hecho Barceló para merecer esto? Había firmado junto con otros 15 oficiales una carta colectiva dirigida al ministro pidiendo explicaciones sobre los retrasos en el suministro de armamento a su sector.
Una carta respetuosa dentro de los canales formales redactada con el lenguaje correcto y militar. Una carta que simplemente hacía preguntas. Eso bastó. jamás respondió la carta, pero respondió a quienes la firmaron de la única manera que entendía. El poder no se cuestiona, el poder se ejerce y los que cuestionan el poder aprenden de una forma u otra a no volver a hacerlo.
En 1969, en un piso pequeño del barrio de Gracia en Barcelona, vivía un hombre llamado Enrique Castro Delgado. Había sido comandante del quinto regimiento, uno de los cuerpos de élite del ejército popular. Había sobrevivido a la guerra, al franquismo, al exilio. Tenía el pelo completamente blanco y los ojos de alguien que ha visto demasiado para poder olvidar.
Castro Delgado había conocido a en persona. Lo había tratado en varias ocasiones durante los años de guerra. Y en 1969, con Franco todavía vivo y la historia oficial todavía intocable, decidió escribir sus memorias. Las publicó en París porque en España era imposible. El título era Hombres made in Moscú, un título engañoso porque el libro no era solo sobre los comunistas soviéticos, era sobre todos los que usaron la guerra para sus propios fines.
Y sobre escribió algo que durante años circuló únicamente entre historiadores especializados, citado a media voz con la precaución de quien maneja material explosivo. Castro Delgado describió una reunión en Valencia en octubre de 1937 a la que asistieron varios oficiales superiores y algunos miembros del gobierno.
Una reunión en la que según su testimonio directo, pronunció una frase que dejó a todos los presentes en silencio absoluto. Una frase que Castro Delgado reprodujo textualmente en sus memorias y que decía con las palabras exactas que él recordaba, esta guerra no se puede ganar. Lo que podemos hacer es elegir cómo perderla.
una sala llena de generales, una sala llena de hombres que habían apostado sus vidas, las vidas de sus familias, el futuro de sus hijos a la victoria de la República. Y el ministro de Defensa, el hombre al que habían confiado las armas y los recursos y las decisiones estratégicas, diciéndoles que la guerra no se podía ganar.
El silencio que siguió a esa frase duró, según Castro Delgado, casi un minuto completo. Luego alguien carraspeó. Luego otro dijo algo sobre los mapas del frente y la reunión continuó como si nada hubiera pasado, con esa capacidad sobrehumana que tienen los seres humanos para ignorar lo que no pueden procesar.
Pero algo murió en esa sala aquella tarde. Algo que no tiene nombre preciso en ningún idioma, pero que los soldados reconocen instintivamente cuando lo pierden. La convicción de que vale la pena seguir luchando. Y la pregunta que Castro Delgado dejaba implícita en sus memorias, la pregunta que no se atrevía a formular directamente, pero que flotaba sobre cada página como humo, era esta.
Si el ministro de Defensa creía que la guerra estaba perdida, ¿era aquella reunión de octubre de 1937 la primera vez que lo decía? ¿O llevaba meses tomando decisiones desde esa certeza privada? Cada retraso en los suministros, cada traslado forzoso, cada informe archivado sin respuesta, ¿era incompetencia o de alguien que simplemente ya no creía que valiera la pena ganar? Hay una segunda fuente que corrobora el testimonio de Castro Delgado desde un ángulo completamente diferente.
es el diario personal del diplomático republicano Julio Álvarez del Ballo, conservado en la Universidad de Columbia en Nueva York en una caja de archivos que durante décadas estuvo catalogada simplemente como correspondencia miscelánea 1937 a 1939 y que un investigador descubrió casi por accidente en 2008. En una entrada fechada el 23 de octubre de 1937, Álvarez del Ballo escribió, “He hablado con P esta mañana.
Está convencido de la derrota. No lo dice en público, pero lo transpira todo. Me preocupa no lo que dice, sino lo que no hace. Un hombre que no cree en la victoria no puede dirigir una guerra. La inicial P no deja dudas sobre a quién se refería. un testimonio directo, un diario personal, dos fuentes independientes, dos hombres que no se coordinaron, que escribieron en contextos completamente distintos, que llegaron a la misma conclusión sobre el mismo hombre en el mismo periodo.
sabía que iban a perder y siguió firmando despachos, siguió presidiendo reuniones, siguió apareciendo en las fotografías con su traje oscuro y su mirada intensa. Siguió siendo el ministro hasta que no pudo más. El 6 de febrero de 1939, por la carretera que une Figueres con la frontera francesa de Epertus, cruzaron a pie hacia el exilio cientos de miles de republicanos españoles, soldados.
civiles, ancianos, niños. Era una de las mayores diásporas humanas de la historia europea del siglo XX, una columna de dolor y derrota que se extendía kilómetros y kilómetros bajo un cielo de febrero gris y frío. Indaleesio no cruzó esa frontera a pie. ya llevaba meses fuera de España. Había abandonado el gobierno en abril de 1938 y había iniciado su exilio con bastante más comodidad que los hombres cuyas armas había y cuyas carreras había destruido.
Llegó a México en 1939, a una ciudad que ya albergaba una nutrida colonia de exiliados republicanos y comenzó allí la segunda etapa de su vida, la etapa en que construyó su legado. Y hay que reconocerle algo a Era un escritor excepcional. Sus memorias son apasionantes, sus discursos en el exilio son elocuentes.
Su capacidad para construir un relato coherente, emocionalmente convincente y políticamente útil era genuinamente admirable. El problema es que ese relato era, en sus partes fundamentales, una mentira. La arquitectura de la mentira tenía tres pilares. El primer pilar era la responsabilidad comunista.
En el relato de la derrota de la República se debía principalmente a la infiltración comunista en el ejército y el gobierno, a las imposiciones del Kremlin a través de los asesores soviéticos y a la traición de Juan Negrín, a quien acusaba de ser un instrumento de Moscú. Este relato tenía suficientes elementos de verdad para resultar convincente.
La influencia soviética en la República fue real, fue profunda y fue en muchos aspectos dañina. Pero utilizó esa verdad parcial como pantalla para ocultar sus propias responsabilidades. Cada vez que alguien señalaba sus decisiones como ministro, respondía desviando la conversación hacia los comunistas. era un prestidigitador político de primer orden.
El segundo pilar era su propio sacrificio. En el relato de él era la víctima, el hombre honesto rodeado de traidores, el socialista puro al que los estalinistas habían destruido políticamente porque representaba una amenaza para sus planes. Había algo de verdad también en esto. Los comunistas sí trabajaron activamente para sacarlo del ministerio y sus métodos no fueron precisamente limpios.
Pero transformó esa persecución real en una absolución total, como si haber sido perseguido por los comunistas lo eximiera automáticamente de todas las preguntas sobre lo que hizo o dejó de hacer mientras tuvo el poder. El tercer pilar era el más sofisticado y el más perverso. Era la teoría de la inevitabilidad.
En el relato de la República siempre iba a perder. Las potencias democráticas occidentales la abandonaron. La no intervención fue una farsa que solo perjudicó a la República. La superioridad militar de Franco con el apoyo de Hitler y Mussolini era insuperable. Por tanto, nadie perdió la guerra. La guerra fue perdida por las circunstancias.
Esta teoría presentada con la solidez argumentativa de alguien que manejaba los datos con inteligencia tenía el efecto de disolver cualquier responsabilidad individual en un océano de fatalismo histórico. Era brillante, era efectivo y era deshonesto en su núcleo más profundo. Porque la teoría de la inevitabilidad ignora algo fundamental, que las guerras se pierden por márgenes, que la diferencia entre perder en 1939 y haber resistido hasta 1941, cuando la Segunda Guerra Mundial cambió el equilibrio de fuerzas en Europa, podría haber sido precisamente esa
artillería que esperaba en los depósitos de Sagunto, esa munición que no llegó a Teruel, esos oficiales que fueron destituidos cuando más se necesit su experiencia. La inevitabilidad es la cuartada perfecta del que no quiere responder por sus acciones. Si el resultado estaba determinado desde el principio, nadie es responsable.
Y si nadie es responsable, nadie tiene que responder. Pero en México City, en las tertulias del exilio republicano, había hombres que habían estado allí, hombres que habían visto los camiones parados, hombres que habían leído los memorandos que nunca recibieron respuesta. hombres que conocían los nombres de los fusilados y esos hombres en su mayoría guardaban silencio.
¿Por qué? Porque era todavía una figura de autoridad en la comunidad del exilio. Porque enfrentarse a él tenía costes sociales y políticos que muchos no estaban dispuestos a pagar, porque la comunidad exiliada necesitaba sus mitos para sobrevivir emocionalmente y era uno de esos mitos. Y porque, seamos honestos, también había en ellos algo de complicidad.
Todos habían formado parte de una república que había cometido sus propios errores, sus propias violencias, sus propias traiciones internas. La autocrítica colectiva era un lujo que el exilio no podía permitirse. Así que el silencio se mantuvo año tras año, discurso tras discurso, libro tras libro. murió el 12 de febrero de 1962 en Ciudad de México. Tenía 78 años.
Murió rodeado de compañeros que lo respetaban en un exilio que nunca pudo superar del todo, pero al que se había adaptado con la resiliencia del superviviente. Murió sin haber sido juzgado por nada, sin haber respondido públicamente a ninguna de las preguntas que los archivos décadas después formularían con una claridad implacable.
En su funeral, alguien dijo que había sido el más fiel servidor de la República Española. Nadie en aquella sala protestó. Los muertos de Teruel no estaban en aquella sala. Los expedientes del archivo de Ávila no estaban en aquella sala. El memorando del funcionario Jiménez Caballero no estaba en aquella sala. Pero existían.

esperaban, como esperan siempre los documentos, con la paciencia infinita de las cosas que no tienen prisa porque saben que el tiempo trabaja para ellos. Y aquí estamos nosotros, 80 años después, leyéndolos. Hay un momento en el trabajo de cualquier historiador que no tiene nombre oficial, pero que todos los que se dedican a este oficio reconocen cuando llega.
Es el momento en que dejas de leer documentos sobre el pasado y empiezas a sentir que el pasado te está leyendo a ti, que las páginas amarillentas y las firmas desbaídas y los sellos de tinta roja te están mirando desde el otro lado y esperando que hagas algo con lo que contienen. Ese momento llegó para la historiadora Marta Vizcarrondo en 1993, cuando pasó semanas enteras en el Archivo Histórico Nacional revisando la correspondencia interna del Ministerio de Defensa Nacional.
Vizcarrondo era una de las mejores especialistas en historia del socialismo español. Había dedicado su carrera académica a entender el PES, sus figuras, sus contradicciones, sus grandezas y sus miserias. y era inevitablemente una figura central de esa historia. Lo que encontró en esos archivos la obligó a reescribir partes enteras de su trabajo anterior.
No porque hubiera un documento que dijera de forma explícita, “Prieto ordenó bloquear el armamento” o mandó fusilar a este hombre. Los archivos raramente son así de directos. Los poderosos aprenden muy pronto a no poner las cosas más comprometedoras por escrito. Lo que encontró fue algo más sutil y en ciertos aspectos más condenatorio.
Un patrón, una coherencia terrible entre las decisiones, las fechas, los nombres y los resultados. Cada vez que un oficial cuestionaba la gestión del ministerio, ese oficial desaparecía del organigrama en un plazo de semanas. Cada vez que un informe señalaba fallos en la cadena de suministros, ese informe era archivado sin respuesta y su autor era trasladado.
Cada vez que el frente necesitaba material con urgencia y ese material estaba disponible en retaguardia, aparecía algún obstáculo burocrático que retrasaba su envío días o semanas. El tiempo suficiente para que la ventana táctica se cerrara. Un patrón no es una prueba en el sentido judicial del término, pero en historia, un patrón sostenido durante meses, con decenas de casos, sin excepciones significativas es algo más que una coincidencia.
Es la huella de una voluntad y la voluntad que dejó esa huella tenía un nombre. Hoy en 2024 la historiografía española sobre la guerra civil ha avanzado enormemente gracias a la apertura progresiva de archivos que durante décadas estuvieron cerrados o eran inaccesibles. Los trabajos de Ángel Viñas, de Helen Graham, de Michael Albert, de Julián Casanova han construido un cuadro mucho más complejo y honesto de lo que fue realmente la República en guerra.
Un cuadro en el que Pieto ocupa un lugar que ya no es el del mártir ni el del villano de Opereta, sino algo mucho más incómodo, el del hombre capaz que se rindió por dentro mientras seguía ejerciendo el poder por fuera y que utilizó ese poder no para ganar, sino para protegerse, para silenciar a los que lo cuestionaban y para construir con antelación la narrativa que lo absolvería ante la historia.
Hay una última pieza en este rompecabezas. una que durante mucho tiempo pareció irrelevante y que ahora resulta ser quizás la más reveladora de todas. En 1960, dos años antes de su muerte, concedió una larga entrevista a un periodista mexicano. La entrevista duró varias sesiones y abarcó toda su vida política.
Hacia el final de la última sesión, el periodista le hizo una pregunta aparentemente inocua. le preguntó si había algo de su gestión como ministro de defensa de lo que se arrepintiera. guardó silencio durante un momento que el periodista describió en sus notas como sorprendentemente largo para un hombre tan acostumbrado a hablar.
Luego respondió con una frase que el periodista anotó literalmente y que décadas después, cuando sus notas fueron donadas a una biblioteca universitaria mexicana, un investigador encontró casi por casualidad. La frase era esta: “Me arrepiento de las decisiones que tomé. Me arrepiento más de las que no tomé.
” El periodista, que no tenía el contexto archivístico que nosotros tenemos hoy, no siguió el hilo. Pasó a otra pregunta y no volvió a decir nada parecido en público nunca más. Pero esa frase existe. Está anotada a mano en un cuaderno de periodista que lleva el nombre del mes y el año en la portada. Y una vez que la lees, sabiendo lo que sabes, una vez que la lees con los nombres de Fernández Sánchez y de Jiménez Caballero y de los soldados de Teruel en la memoria, la frase deja de ser ambigua.
Las decisiones que tomé, las que no tomé. Las armas bloqueadas, los informes archivados, los oficiales destituidos, los camiones parados en Sagunto, mientras los hombres morían en la nieve. lo sabía. lo supo siempre y lo llevó consigo durante 23 años de exilio mexicano, enterrado bajo capas de retórica y acusaciones a los demás y teorías sobre la inevitabilidad de la derrota, lo llevó consigo hasta el final y al final, una sola vez, en una habitación con un periodista que no entendió lo que estaba escuchando, dejó
escapar algo parecido a la verdad. La historia de Indalecio no es la historia de un monstruo. Es algo más difícil de procesar que eso. Es la historia de un hombre brillante y valiente en tiempos de paz, que en tiempos de guerra no encontró dentro de sí mismo lo que se necesitaba para estar a la altura y que en lugar de reconocerlo, utilizó todo su talento y toda su inteligencia para asegurarse de que nadie más lo reconociera tampoco.
Miles de hombres pagaron ese precio con sus vidas. Los archivos al final cobraron la deuda. Muchas gracias por vernos. No olvides suscribirte al canal para no perderte ningún video.
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