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FRANCISCO FRANCO: sus últimas palabras fueron una confesión que nadie esperaba escuchar

Era en todos los sentidos un testigo privilegiado, pero nada de lo que había visto en dos décadas lo había preparado para lo que estaba a punto de presenciar. Franco llevaba semanas en un estado crítico, su cuerpo, destrozado por más de 15 enfermedades simultáneas, incluyendo una peritonitis severa y una insuficiencia renal que los médicos ya no podían controlar, estaba al límite absoluto.

Los equipos médicos que lo atendían habían hecho lo imposible para mantenerlo con vida, sometiendo a un anciano de 82 años a intervenciones quirúrgicas brutales que muchos de sus propios médicos consideraban éticamente cuestionables. Había quienes decían en voz baja que no se estaba tratando a un paciente, se estaba preservando un símbolo.

Pero aquella madrugada algo cambió. Según el testimonio del propio Dr. Jill, recogido en 47 páginas manuscritas que su familia guardó en secreto durante más de cuatro décadas, Franco tuvo un periodo de lucidez inesperada. Los sedantes habían perdido efecto temporalmente. Los monitores mostraban una actividad que nadie esperaba a esas horas.

Y Franco abrió los ojos. Dil describió su mirada como la de alguien que acaba de despertar de un sueño muy largo y se encuentra en un lugar que no reconoce del todo. No había confusión en sus ojos, había algo peor que la confusión. Había conciencia. Fue entonces cuando Franco comenzó a hablar. Al principio, en susurros apenas audibles, Hill se acercó.

Los otros médicos presentes se miraron entre sí, sin saber muy bien qué hacer. Los sacerdotes que habían estado rezando en un rincón de la habitación detuvieron sus oraciones. El silencio en aquella habitación se volvió absoluto. Del tipo de silencio que solo existe cuando algo importante está a punto de ocurrir. Franco pronunció varios nombres, nombres que Gill reconoció de inmediato, aunque prefirió no transcribirlos todos en sus notas.

nombres de personas que llevaban décadas muertas, personas que Franco había conocido, con quienes había trabajado, a quienes había traicionado o algo peor. Luego hubo una pausa larga, muy larga, durante la cual los monitores cardíacos fueron lo único que rompió el silencio. Y entonces llegó la cifra, 150,000.

Solo eso, sin contexto inmediato, sin explicación, pero pronunciado con una claridad que contradecía por completo el estado físico de aquel hombre y con una expresión en el rostro que el Dr. Jill en sus páginas manuscritas se esforzó mucho por describir con precisión. No era dolor, no era miedo a la muerte, era, escribió Gil, la expresión de alguien que finalmente deja de cargar con algo que ha estado cargando demasiado tiempo.

Luego vino la pregunta, una sola pregunta formulada en voz baja, pero con una urgencia que Gil no olvidaría jamás. Lo sabe él. Nadie en la habitación supo responder. Nadie sabía con certeza a quién se refería Franco y Franco no volvió a hablar con esa claridad en las horas que siguieron. Murió esa misma madrugada oficialmente en paz.

Oficialmente habiendo recibido todos los sacramentos. Oficialmente rodeado del amor de su familia y de la gratitud de una nación. Pero en la mente del Dr. Vicente Hill, mientras salía de aquella habitación al amanecer frío de noviembre, resonaban cuatro palabras que cambiarían su vida para siempre. 150,000. Lo sabe él.

Durante 44 años, las páginas del Dr. Vicente Gill permanecieron dentro de una caja de metal gris guardada en el fondo de un armario en el piso familiar de la calle Serrano de Madrid. No era un escondite sofisticado, no había ningún sistema de seguridad, solo el miedo. Y el miedo en España había demostrado ser el cerrojo más efectivo que existía.

Jill murió en 1999 sin haber publicado una sola línea de lo que había escrito aquella madrugada de noviembre. Sus hijos sabían que la caja existía. Sabían vagamente que contenía algo relacionado con Franco. Pero el propio Hill les había advertido con una seriedad que no dejaba lugar a interpretaciones, que esos papeles no debían salir a la luz mientras hubiera personas vivas que pudieran verse afectadas.

¿A quién protegía Gill exactamente? Esa es una pregunta que sus descendientes se han hecho muchas veces y la respuesta más honesta es que probablemente no protegía a una sola persona, sino a toda una red, una red de colaboradores, de cómplices, de hombres y mujeres que habían construido sus carreras, sus fortunas y sus familias sobre la estructura del régimen.

Personas que en 1975 habían pasado a la democracia sin soltar nada, sin rendir cuentas de nada. En España, la transición fue un pacto de silencio tan elaborado como el propio franquismo. Los historiadores lo han documentado con precisión quirúrgica. La decisión política de no abrir los archivos, de no juzgar los crímenes del régimen, de mirar hacia adelante y nunca hacia atrás fue tan deliberada como cualquier decreto que Franco había firmado en vida.

Y los beneficiarios de ese silencio seguían siendo poderosos en los años 80. en los 90, en los 2000. Jill lo sabía y sus notas, si hubieran salido a la luz en el momento equivocado, habrían nombrado a personas que todavía tenían mucho que perder. Pero en 2019, la hija menor del doctor Elena Gil Montero, tomó una decisión. Tenía 63 años.

Había pasado toda su vida profesional como archivera en la Biblioteca Nacional y llevaba una década viendo cóm la ley de memoria histórica abría lentamente puertas que habían permanecido cerradas durante generaciones. Las fosas comunes estaban siendo excavadas, los nombres estaban siendo recuperados y Elena sintió que el peso de aquella caja de metal se había vuelto insoportable.

contactó a un historiador, un nombre que en los círculos académicos de Madrid se pronunciaba con una mezcla de respeto y cierta incomodidad, porque era conocido por no detenerse ante ningún archivo ni ante ninguna presión. El profesor Andrés Trapiello Vidal, catedrático de historia contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid, especialista en la represión franquista de posguerra, autor de tres libros que habían generado tanto admiración como enemigos.

Elena Gill le entregó la caja en una cafetería del barrio de Salamanca un martes por la tarde de febrero. Le pidió solo una cosa, que lo que encontrara fuera tratado con rigor, no con sensacionalismo, que los muertos merecían exactitud, no espectáculo. Trapiello abrió la caja esa misma noche en su despacho y lo que encontró lo mantuvo despierto hasta el amanecer.

El profesor Andrés Trapiello Vidal llevaba 20 años estudiando la represión franquista. Había leído miles de documentos. Había entrevistado a supervivientes, a familiares, a exiliados que habían vuelto a España después de décadas fuera. Conocía los números, conocía los métodos. Creía que ya nada podía sorprenderle.

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