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El Toque de Medianoche en Zaragoza

Capítulo 1: El Eco del Cierzo y la Hora Maldita

El Cierzo no soplaba en Zaragoza aquella noche; gritaba. Era un aullido seco, un lamento helado que descendía del Moncayo y azotaba las calles vacías del Casco Antiguo como si buscase arrancar los adoquines de su letargo milenario. Carmen estaba sentada en el borde de su cama, abrazando sus rodillas, con los ojos inyectados en sangre y fijos en la pantalla digital del reloj sobre su mesilla de noche. Los números rojos parpadeaban con una frialdad clínica, marcando una cuenta regresiva hacia el infierno.

3:30 a.m.

Faltaban tres minutos. Su corazón latía con la violencia de un pájaro atrapado contra un ventanal. El sudor frío le empapaba la nuca a pesar de la calefacción, y sus manos temblaban de manera incontrolable. No era la primera vez. Era la decimotercera noche consecutiva. Trece madrugadas de un terror tan puro y visceral que le había arrebatado la cordura capa por capa, dejándola reducida a un animal acorralado en su propio piso de la calle Alfonso I.

3:31 a.m.

Había llamado a la Policía Nacional la tercera noche. Dos agentes, cansados y con aliento a café barato, habían revisado el rellano, las escaleras, y hasta el tejado. “Ni rastro, señora. Algún gracioso, o quizás el viento en las tuberías viejas de estos edificios”, le habían dicho con esa condescendencia reservada para las mujeres solteras que viven solas y parecen al borde de un ataque de nervios. Pero el viento no tiene nudillos. Las tuberías no tienen intención. Y ninguna broma macabra se ejecuta con una precisión matemática que desafía la misma física del tiempo. En la séptima noche, Carmen instaló una cámara de seguridad oculta en la mirilla de su puerta. A la mañana siguiente, al revisar la grabación, solo encontró estática. Un ruido blanco ensordecedor que comenzaba exactamente a las 3:32 y terminaba a las 3:34, corrompiendo el archivo de video como un cáncer digital.

3:32 a.m.

El aire en la habitación de repente se volvió denso, pesado, como si la presión atmosférica hubiese caído en picado. Un olor sutil pero inconfundible comenzó a filtrarse por debajo de la puerta del dormitorio; no era el aroma a humedad habitual del viejo edificio, sino algo metálico, acre. Olía a ozono, a cobre quemado y a cenizas frías. Olía a ruina.

Carmen contuvo la respiración. Sus músculos se tensaron hasta doler. El silencio en el apartamento se volvió absoluto, engullendo incluso el aullido del Cierzo exterior. Era un silencio artificial, un vacío acústico que anticipaba la ruptura de la realidad.

3:33 a.m.

TOC. TOC. TOC.

El sonido fue ensordecedor. No era un simple golpeteo sobre la madera barnizada; era un impacto sordo, violento y desesperado que hizo vibrar los cimientos mismos de la pared. Tres golpes precisos, separados por un microsegundo de silencio, cargados de una urgencia que helaba la sangre. Era el sonido de alguien que huía de la muerte misma y buscaba refugio.

Un grito ahogado escapó de la garganta de Carmen. Sus instintos le gritaban que se escondiera bajo las sábanas, que rezara a la Virgen del Pilar, que cerrara los ojos y esperara a que amaneciera. Pero el terror tiene un límite antes de convertirse en una furia irracional, en una necesidad suicida de enfrentar al monstruo. Esta noche no iba a quedarse temblando. Esta noche, iba a abrir.

Se puso en pie de un salto, empuñando un pesado candelabro de bronce que había preparado sobre la cómoda. Caminó descalza por el pasillo de madera, sus pasos amortiguados pero su respiración jadeante traicionando su presencia. La puerta principal, una imponente estructura de roble macizo, se alzaba al final del corredor como un monolito oscuro.

TOC. TOC. TOC.

La segunda ronda de golpes casi arranca la puerta de sus bisagras. Carmen llegó frente a ella. Miró por la mirilla. Nada. Solo la oscuridad del rellano, parpadeando bajo la luz mortecina del sensor de movimiento que, inexplicablemente, no se había encendido.

—¿Quién es? —preguntó, su voz rasgada y frágil, rompiendo el silencio como cristal roto.

No hubo respuesta. Solo un sonido húmedo, un jadeo ahogado al otro lado de la madera. Alguien, o algo, estaba apoyando su frente contra la puerta, respirando con dificultad.

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