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“El Presidente que no dejaron ser” | Por qué el sistema destruyó a Hugo Sánchez

 No era solo fútbol, era algo más profundo, algo que tocaba una fibra que iba mucho [música] más allá del deporte. En un México donde la corrupción devoraba cada institución, donde los políticos prometían y nunca cumplían, [música] donde la gente sentía que absolutamente nadie los representaba de verdad. Hugo [música] Sánchez aparecía cada domingo en la televisión y hacía lo que ningún político hacía.

 Ganaba, cumplía, entregaba resultados. sin excusas, [música] sin mentiras, sin la retórica vacía que salía de los palacios de gobierno todos los días. [música] Y la gente lo notó. Vaya que lo notó. Las encuestas empezaron a mostrar algo [música] que alarmó a los analistas políticos mucho antes de que alarmara a los propios políticos.

 Cuando se le preguntaba a la gente en quién confiaba más como [música] líder del país, Hugo Sánchez aparecía por encima de todos los precandidatos presidenciales, [música] por encima de los gobernadores, por encima de los senadores, por encima de cualquier figura pública que tuviera aspiraciones de gobernar México en las elecciones de 2006.

 [música] Hugo no era candidato a nada, no había hecho ningún anuncio político, no tenía partido, no había dado un solo discurso que pudiera interpretarse como un paso hacia la arena política, pero su nombre estaba ahí [música] en las encuestas, en las conversaciones de las cantinas, en los titulares de los periódicos [música] que empezaban a hacer la pregunta que nadie se atrevía a formular abiertamente.

Hugo, para [música] presidente, la pregunta no era tan absurda como parecía a primera vista. México tenía una larga tradición de figuras públicas que saltaban del deporte [música] o del entretenimiento a la política y Hugo tenía absolutamente todos los ingredientes que un candidato necesita. Carisma desbordante, reconocimiento masivo en todo el territorio nacional, una historia de éxito que cualquier persona podía entender [música] sin explicaciones complicadas y algo que ningún político mexicano tenía en ese

momento. Credibilidad. [música] Hugo decía lo que pensaba. siempre filtro, sin asesores de imagen que le pulieran las frases, sin miedo a ofender a nadie. Y en un país harto de políticos que decían una cosa y hacían otra, esa [música] honestidad brutal era más valiosa que cualquier programa de gobierno o cualquier promesa de campaña.

En las calles de la Ciudad de México, los vendedores ambulantes empezaron a poner su foto junto a las de los santos y los héroes patrios. En las universidades los estudiantes hacían grafitis que decían [música] Hugo 2006. En los mercados las señoras decían entre risas y verdades, ese sí nos sacaría adelante.

 [música] Ese sí tiene los huevos para gobernar este país. Y en las oficinas de los tres grandes partidos políticos de México, los estrategas dejaron de reírse y empezaron a preocuparse de verdad, porque Hugo Sánchez no era solo un técnico de fútbol exitoso, era un fenómeno social, un hombre que sin quererlo, sin planearlo, sin siquiera pensarlo conscientemente, se había convertido en la alternativa que millones de mexicanos desesperados estaban buscando.

 [música] Y eso en el México del poder no era admirable. Era peligroso. Lo que pasó después en [música] las oficinas de esos partidos es algo que Hugo probablemente nunca supo con certeza, pero que cambió el rumbo de su vida para siempre. Las llamadas empezaron a llegar pocas semanas después del segundo campeonato con Pumas, no llamadas de felicitación, llamadas de otro tipo, de números que Hugo no reconocía, pero que al contestar [música] revelaban voces que conocía perfectamente.

 Voces de hombres poderosos, hombres que movían los hilos de la política mexicana [música] desde las sombras y que nunca aparecían en las fotografías oficiales. El primero fue un intermediario del PRI, no un político de primera línea, un operador, [música] uno de esos hombres invisibles que arreglan reuniones, negocian acuerdos y desaparecen antes de [música] que alguien pueda señalarlos.

 Le ofreció a Hugo una reunión informal [música] con uno de los líderes del partido, sin cámaras, sin testigos, solo una conversación entre amigos sobre el futuro de México. Hugo aceptó por curiosidad. La reunión fue en un restaurante privado de la Ciudad de México. El hombre [música] del PRI fue directo, sin rodeos, sin la diplomacia habitual de los políticos [música] que tardan media hora en decir lo que quieren. Hugo, México te necesita.

 No en una cancha, en Los Pinos. [música] Le ofreció la candidatura a diputado federal como primer paso. Un escaño seguro en una circunscripción donde Hugo ganaría con los ojos cerrados. Después vendría una gubernatura y después [música] quizás algo mucho más grande. El camino estaba atrasado, solo necesitaba decir que sí.

 Hugo escuchó con atención. Analizó la [música] propuesta con la misma frialdad con la que analizaba a los porteros rivales en sus cintas de VHS. Y al final de la cena dijo algo que el operador del PRI no esperaba escuchar en toda su carrera política. Si yo fuera presidente, la primera reforma que haría sería acabar con los parásitos como ustedes.

 El operador se quedó helado. Hugo se levantó, dejó dinero sobre la mesa para pagar su parte de la cena y se fue sin mirar atrás, sin despedirse, como salía de las reuniones que no le interesaban. Dos semanas después [música] llegó una llamada del PAN diferente estilo, más formal, más institucional.

 Le ofrecieron una reunión con gente cercana al presidente Vicente Fox. La propuesta era similar, pero con otro envoltorio. México necesitaba líderes frescos, [música] gente del pueblo, gente que supiera ganar. Hugo encajaba perfectamente en el perfil del Nuevo México que el PAN quería construir de cara a las elecciones de [música] dos.

Hugo fue a esa reunión también y cuando le preguntaron qué necesitaría para considerar seriamente la propuesta, respondió con una frase que se filtró a la prensa semanas después y que encendió todas las alarmas del sistema político mexicano. Yo no necesito que un partido me dé permiso para gobernar. Si yo quiero ser presidente, seré presidente [música] cono sin ustedes.

 La frase era puro Hugo, arrogante, directa, sin miedo [música] y absolutamente aterradora para cualquier estructura de poder que dependiera de controlar a sus candidatos como títeres. [música] Porque el problema no era que Hugo quisiera ser presidente, el problema era que no necesitaba a nadie para hacerlo. Su popularidad era orgánica, no dependía de un partido, ni de financiamiento ni de maquinaria electoral.

 dependía de 60 millones de mexicanos que habrían votado por él con la misma pasión con la que gritaban su nombre en los estadios. Y un candidato [música] que no le debe nada a nadie es el peor enemigo de un sistema que funciona con base en deudas y favores. El PRD también lo intentó. Emisarios que apelaron a su lado social [música] le hablaron de justicia y de igualdad.

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