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Katharine Hepburn: la mas poderosa de Hollywood, pero él no la eligió

Antes de continuar, quiero preguntarte algo. ¿Cuántas veces has visto a una mujer brillante, capaz de todo, quedarse en un lugar que no le daba lo que merecía? ¿Cuántas veces te has preguntado por qué? ¿Cuántas veces has sido tú esa mujer? Sin poder explicarlo del todo, Ctherine Hepn lo fue y para entender cómo hay que entrar en su historia desde el principio.

Desde Hartford Conneticut, desde una niña que se llamó Jimmy, desde el día que encontró algo que no tendría que haber encontrado con 14 años. Si estas historias también te hablan a ti, suscríbete al canal. Aquí seguimos contándolas. Hardford Conneticut. 12 de mayo de 1907. La casa de los Hebburn no era una casa común, era una casa donde se hablaba en serio, donde las ideas circulaban con la misma naturalidad con que circula el aire por una ventana abierta en verano.

El padre Thomas Norbal Hebburn era médico, urólogo especializado en enfermedades de transmisión sexual, lo que en 1907 equivalía a ser alguien que nombraba en voz alta lo que la sociedad mantenía en silencio obligatorio. Sífilis, Conorrea, cuerpos que enfermaban por ignorancia. Thomas Hburn lo nombraba todo, lo explicaba, lo trataba.

La madre Kit Houton era otra clase de fuerza, sufragista activa. Organizaba mítines en una época en que las mujeres todavía no podían votar. Subía a los estrados y decía lo que pensaba con una claridad que incomodaba a mucha gente. En esa casa con esos padres, Katherine Houton Heppern aprendió algo que pocas niñas de esa época recibían, que podía ser exactamente quien quisiera ser, no quien se esperaba que fuera.

Quien ella eligiera, se le permitía opinar en la mesa, se le exigía pensar antes de hablar. Se le enseñaba que las convenciones sociales existían para cuestionarlas, no para obedecerlas sin más. Un verano, siendo niña, se cortó el pelo al rape, se puso ropa de chico, les dijo a todos, vecinos incluidos, que se llamaba Jimmy, no como un juego de una tarde, como una declaración que sostuvo semanas.

Nadie en la familia se escandalizó. Su madre sonrió. Su padre siguió leyendo el periódico. Eso era Hartford. Esa era la familia Hebburn. Eran seis hermanos. Tom, el mayor, era el favorito de todos. sin habérselo propuesto. Guapo, inteligente, fácil en el mundo. Catarin lo adoraba de esa manera específica en que adoras a un hermano mayor que te lleva de la mano a los sitios donde todavía no llegas sola.

En 1921, Catarin tenía 14 años. Era Semana Santa. La familia había ido a visitar a unos amigos en Nueva York. Catarine y Tom estaban en la casa de huéspedes. Una mañana, Catarin fue a despertar a su hermano. La puerta estaba cerrada. Llamó. Nadie respondió. Empujó. Tom estaba muerto colgando del techo. Tenía 16 años.

La familia insistió siempre en que fue un accidente, que practicaba un truco, que se le fue de las manos. Tal vez nadie puede saberlo con certeza después de tanto tiempo, pero lo que sí se sabe es lo que esa imagen le hizo a una niña de 14 años. Entras a despertar al hermano que más quieres y te lo encuentras así. Eso no se va jamás.

Puedes aprender a respirar a su lado, puedes construir una vida enorme encima, pero nunca desaparece del todo. Y Katarin Hebburn eligió convertirlo en motor. A partir de ese día, empezó a celebrar el cumpleaños de Tom como si fuera el suyo. El 8 de noviembre, día en que Tom había nacido, se convirtió en la fecha que ella daba cuando le preguntaban cuándo había nacido.

Durante años, el mundo creyó que Ctherine Hebburn había nacido en noviembre. Era su manera silenciosa de no dejarlo ir del todo y también fue su primera lección sobre algo que marcaría toda su vida. El dolor no se exhibe, se transforma, no se convierte en argumento para pedir lástima, se absorbe, se procesa y se convierte en algo que empuja hacia adelante.

Ese mecanismo lo usó siempre. Lo usó con Hollywood cuando la atacaron. Lo usó con el amor cuando llegó. Lo usó hasta el final. Estudió en Brenm College. Era buena nadadora. Jugaba al golf. Le encantaba el tenis. Tenía una energía física que no parecía agotarse nunca, como si el cuerpo fuera también una manera de escapar de lo que la cabeza no podía parar de procesar.

Y en Brenmur empezó a actuar en serio. No era perfecta desde el principio. Era demasiado intensa. Los directores universitarios no siempre sabían cómo manejarla, pero nadie que la viera podía ignorarla. Había algo en ella que reclamaba la atención sin pedirla. que ocupaba el espacio sin pedirle permiso al espacio.

En 1928, con 21 años se casó con Lutlow Ogden Smith, un hombre rico, discreto, que la quería con una devoción tranquila. Se divorciaron 6 años después, no por traición, no por drama, sino porque Catarine había entendido algo. No quería ser la esposa de nadie, quería ser ella misma. Y en muchos matrimonios de esa época, esas dos cosas no podían coexistir.

Le dijo que no al matrimonio antes de que el matrimonio pudiera limitarla. Lo que vino después fue Howard Huges. Howard Huges era en los años 30 el hombre más fascinante y más peligroso de América. Aviador, industrial, director de cine, multimillonario con una energía que rozaba la manía y una inteligencia que rozaba el genio.

Era guapo de una manera que la cámara adoraba. tenía el tipo de ambición que no deja sitio para nada más y estaba completamente enamorado de Ctherine Heppern. Se conocieron en 1936 a través de amigos comunes. La relación duró casi 2 años. Hus quería casarse con ella. Los tabloides cubrían sus apariciones públicas con el entusiasmo que reservan para las grandes historias de amor.

En algún momento, el mundo casi dio por sentado que iban a casarse. Ctherine dijo que no. No porque no le importara, sino porque entendía que casarse con Howard Huges equivalía a desaparecer dentro de Howard Huges, que la magnitud de ese hombre, su energía, su necesidad de controlarlo todo, no dejaba espacio para que existiera nadie más a su lado con plena identidad propia.

Y ella había visto lo que le pasaba a las mujeres que desaparecían dentro de los hombres que las amaban. No iba a hacer eso. Prefería estar sola. Hus, que era también un hombre de gestos grandes cuando quería hacerlo, compró los derechos de Philadelphia Story para ella. Ese fue su gesto final de amor, no casarse contigo, pero darte la herramienta que necesitas para salvarte sola.

Hay algo en ese gesto que dice mucho sobre los dos, algo que volvería a hacer, pero de una manera muy distinta, con un hombre muy distinto y con consecuencias que tardaría 27 años en contar. Broadway la vio llegar a finales de los años 20, despacio, con papeles pequeños que la enseñaron a esperar, con fracasos que la templaron. En 1932, Hollywood llamó.

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