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Sonora, 2008: excursión escolar, un niño perdido y una búsqueda que terminó mal

Sonora, 2008: excursión escolar, un niño perdido y una búsqueda que terminó mal

En octubre de 2008, 42 niños subieron a un autobús escolar en Sonora. Solo 41 bajaron. Las autoridades dijeron que fue un accidente, que el niño se perdió en el monte, pero lo que encontraron en ese rancho cambió todo y lo que no encontraron no te lo vas a poder sacar de la cabeza. Hay lugares en México donde el calor no es solo temperatura, es presencia.

Es algo que se pega a la piel y no suelta. Sonora es uno de esos lugares. Un estado enorme, árido, con sierras que guardan secretos desde hace siglos y desiertos que se tragan lo que nadie debería perder. En el verano de 2008, en un municipio pequeño al norte del estado, una maestra llamada Griselda Torres preparaba con semanas de anticipación lo que ella consideraba la excursión más especial del año escolar.

42 niños de quinto grado, una semana de campo, un campamento en las faldas de la sierra. Nada debería haber salido mal. Todo salió. Y en el centro de todo estaba un niño de 10 años llamado Juan Saldivar. Juan era de esos niños que uno recuerda, aunque no sepa bien por qué. No era el más alto, tampoco el más inteligente del salón, aunque tenía una memoria impresionante para los nombres de los animales.

Coleccionaba imágenes de reptiles en un cuaderno que él mismo decoraba. Su madre, Irene, lo describía siempre igual. Era un niño serio para ser tan chico, pero se reía fuerte cuando algo le parecía gracioso. Esa risa no se me olvida. Irene Saldivar tenía 34 años cuando su hijo desapareció. Era enfermera en el Immes ese del municipio.

Trabajaba turnos dobles. Criaba a Juan prácticamente sola porque su esposo Aurelio, llevaba casi dos años fuera trabajando en construcción en Hermosillo y volviendo solo los fines de semana. Juan era el único hijo. Y el 4 de octubre de 2008 Irene lo vio subirse al autobús escolar a las 7 de la mañana con su mochila azul.

y los tenis que ella le había comprado apenas dos semanas antes. Eso fue lo último que vio de él. La escuela primaria Lázaro Cárdenas era una institución modesta con paredes amarillas descascaradas y una cancha de basquetbol sin aros funcionales. Estaba ubicada en Bacoachi, un municipio con poco más de 2000 habitantes, pegado a la Sierra Madre Occidental, a unas 3 horas de Hermosillo si la carretera estaba libre.

Griselda Torres era maestra de grupo desde hacía 12 años. 40 años, delgada, con el pelo recogido siempre en un chongo apretado. Era estricta, pero justa. Los padres la respetaban, los niños le tenían un miedo sano. Nadie habría cuestionado su criterio. La excursión había sido aprobada por la dirección escolar semanas antes.

Los padres firmaron los permisos. Se recaudó dinero en una quermés. Se contrató un autobús de una empresa local. Se avisó a las autoridades del parque donde iban a acampar. Todo estaba en orden sobre el papel. El destino era el área de protección de flora y fauna Ajos Bavispe, una zona natural en el extremo noreste de Sonora, cerca de la frontera con Chihuahua, un territorio de cañones, ríos escondidos encinos y pinos.

Hermosos, sí. pero también extenso, complicado, con zonas donde la señal del celular simplemente no existe. Eso Griselda lo sabía. Lo había visitado dos veces antes con grupos anteriores, siempre sin incidentes. El autobús salió a las 7:15, 42 niños entre 8 y 12 años, tres maestros y dos padres de familia que se habían ofrecido como acompañantes.

La ruta era de casi 2 horas y media. Los niños cantaban, comían frituras, se peleaban por el asiento de la ventana. Juan iba sentado junto a su mejor amigo, un niño llamado Tadeo Luke, gordito y con lentes gruesos. Los dos iban viendo un libro de dinosaurios que Tadeo había traído. Según Tadeo, Juan estaba de buen humor todo el camino.

No dijo nada raro, no parecía nervioso ni asustado. Llegaron al campamento base a las 9:45 de la mañana. A las 2:16 de la tarde, Juan Saldivar ya no estaba. Antes de continuar, necesito pedirte algo importante. Si este tipo de historias te llega, si sientes que merece tu atención, por favor suscríbete al canal y dale like a este vídeo.

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El campamento base era un claro en medio del bosque de encino con mesas de madera fijas, un par de fogones de piedra y letrinas al fondo. Las carpas ya estaban parcialmente montadas por el guarda del parque, un hombre de nombre Serafín Bojorques, que llevaba 8 años trabajando en esa zona y conocía cada cañada como la palma de su mano.

Serafín era callado, reservado, tenía 50 y pocos años, bigote entre cano, manos enormes de tanto trabajo con herramientas. Les dio a los maestros una charla de 15 minutos sobre las reglas del área protegida. No alejarse más de 200 m del campamento sin un adulto. No tocar la vida silvestre. No beber río sin purificar el agua primero.

Los niños escucharon con la mitad de la atención. Juan escuchó completo. Luego levantó la mano y preguntó si había víboras de cascabel en esa zona. Serafín lo miró fijo un momento antes de responder. Sí, pero ellas te escuchan antes de que tú las veas. Si caminas haciendo ruido, no te van a sorprender. Juan asintió serio.

Lo guardó en su memoria como guardaba todo. Las primeras horas del campamento transcurrieron sin ningún problema. Los niños jugaron en el claro, algunos exploraron el borde del bosque bajo supervisión. Comieron el almuerzo que cada quien llevaba en su lonchera. Griselda y los otros maestros, una mujer llamada Norma y un hombre joven llamado Fabián Ríos, dividieron a los niños en grupos para distintas actividades.

Juan estaba en el grupo de Fabián. Eran 10 niños. fueron a hacer un recorrido corto por una vereda señalizada que subía unos 100 m hacia un mirador natural desde donde se veía el cañón del río Babispe. Fabián era el maestro más nuevo. Llevaba apenas un año en la escuela. Tenía 26 años. Era de Hermosillo y este tipo de salidas al campo lo ponía incómodo, aunque no lo decía.

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