Se llamaba Mike Brito, scout [música] de los Dodgers de Los Ángeles, buscando talento sin pulir en el norte de México. Ese día vio a Fernando lanzar. Vio la curva que quebraba en un ángulo imposible para un chico [música] de 14 años. vio el Screwball, un lanzamiento [música] que los pitchers profesionales tardaban años en aprender, que requería una [música] rotación del brazo hacia adentro que pocos cuerpos podían hacer de manera natural.
Fernando lo hacía de manera instintiva. Brito esperó al final del juego. ¿Quién te enseñó ese Screw Ball? Fernando lo miró sin entender bien la pregunta. Nadie, solo me sale así. Esa misma [música] noche, Mike Brito llamó a los Ángeles. Encontré algo en Sonora, un niño de Nabojoa. No habla inglés, no tiene entrenamiento formal, pero lanza como los dioses. Vengan a verlo.
Los Dodgers tardaron dos años más en firmarlo. Lo siguieron, lo observaron, lo evaluaron. En 1979, [música] cuando Fernando tenía 19 años, le extendieron un contrato. 120,000. Para una familia que había vivido de 75 [música] centavos al día, $10,000 era una fortuna incomprensible. Su madre, Hermenegilda, lloró cuando Fernando hizo sus maletas.
No eran lágrimas de alegría pura, eran lágrimas mezcladas de orgullo y de miedo. No sabía si iba a volver, dijo Fernando años después [música] en una entrevista. Pensé que si fracasaba en Estados [música] Unidos, mi familia no me lo iba a poder perdonar. Ni yo me lo iba a poder perdonar. La noche anterior su padre entró al cuarto donde Fernando [música] empacaba.
le puso la mano en el hombro y le dijo una sola cosa. Lanza [música] fuerte. Eso fue todo. Eso fue suficiente. Pero hay algo [música] que nadie te ha contado todavía sobre ese ritual que todo México vio millones [música] de veces. Antes de cada lanzamiento importante, Fernando miraba al cielo. Los fanáticos pensaban que rezaba.
Los periodistas decían que visualizaba el lanzamiento. Fernando cuando le preguntaban siempre respondía lo mismo. Estoy concentrándome. Era mentira. La verdad la reveló años después. [música] En una de esas raras conversaciones donde el muro bajaba un poco. Fernando miraba al cielo buscando a su padre. Abelino había muerto en 1979.
El mismo año que Fernando firmó con los Dodgers, Fernando procesó [música] esa muerte como la procesan la mayoría de las personas que no pueden [música] permitirse parar. No hubo velorio al que pudiera asistir a tiempo. No hubo semanas de duelo. Hubo una llamada de México, lágrimas en un cuarto de hotel en Los Ángeles y luego el entrenamiento de la mañana siguiente.
Le prometí que llegaría a Grandes Ligas, confesó Fernando. Cada vez que salía al montículo lo buscaba. miraba hacia arriba para decirle, “Aquí estoy. Te cumplí la promesa.” El hombre que [música] llenó el Dodger Stadium, más veces que ningún otro piter de su época, buscaba a su padre muerto cada vez que lanzaba.
Ese hombre cargaba un dolor que nadie en los estadios [música] podía ver. Pero eso no es lo más grave de esta historia. Lo más grave es lo que pasó después cuando ese hombre que había dado todo recibió algo que nunca esperaba a cambio. Pero antes necesitas ver la gloria, porque sin la gloria la traición no duele como tiene que doler.
Para entender lo que le hicieron a Fernando Valenzuela, [música] hay que entender lo que Fernando Valenzuela significó. No como estadística, como fenómeno. La Fernandoía no era béisbol, era algo que ningún analista deportivo había predicho, que ninguna organización había planeado, que brotó desde abajo, desde los barrios de Isel, desde las taquerías que cerraban temprano [música] los días que Fernando lanzaba, desde las radios en español que duplicaron su audiencia en seis semanas, por primera vez en la historia de los
Estados Unidos. Un mexicano era el atleta más famoso del país, no un estadounidense de origen mexicano que hablaba inglés perfectamente y había crecido en California. Un mexicano nacido en México, criado en un pueblo de Sonora sin electricidad permanente, que apenas podía sostener una conversación en inglés que nunca había ocultado de dónde venía.
Eso marcó una diferencia enorme. Las familias mexicanas que vivían en las sombras de los ángeles, que trabajaban sin papeles, que acachaban la cabeza cuando los miraba la policía, que enseñaban a sus hijos a no llamar demasiado la atención, de repente tenían un héroe que no se escondía. Un héroe que salía al Dodger Stadium frente a 50,000 personas y lanzaba como si el mundo entero le perteneciera, un héroe que era de ellos completamente.
Cuando Fernando lanzaba, mi papá cerraba la taquería a las 7 de la tarde, aunque todavía hubiera clientes, contó un fanático. Años después ponía el televisor en la barra y todos nos sentábamos. Los cocineros, los meseros, los clientes que se quedaban. Nadie protestaba. Mi papá lloraba cada vez que Fernando ganaba, [música] decía, “Eso es México.
Eso somos nosotros.” No era exageración, era la verdad más honesta que alguien podía decir en ese momento. Las radios en español transmitían los juegos. Jaime Harin, el narrador se volvió tan famoso como el piter mismo. Una generación entera de mexicanos en Estados Unidos encontró en ese béisbol en español [música] algo que nunca habían tenido antes.
Representación. Las tiendas del Dodger Stadium vendían camisetas con el número 34 más rápido de lo que podían reabastecer el inventario. Hollywood se rindió. Jack Nicholson iba a los juegos. Frank Sinatra pedía boletos. En junio de 1981, Fernando apareció en la portada de Sports Illustrated. La primera vez en la historia de esa publicación que un mexicano aparecía en ella.
Fernando ni siquiera sabía que era Sports Illustrated. Le mostraron la portada. Sonríó. Está bonita. Esa respuesta circuló por todos los medios en español de América Latina como símbolo de algo que todos entendían pero nadie sabía nombrar. La portada de la revista [música] deportiva más importante del mundo.
Y el hombre dijo, “Está bonita.” Y siguió con su vida. Pero hay algo que nadie en esos estadios llenos [música] podía ver. Fernando estaba completamente solo. Su familia estaba en México. Su madre no podía viajar fácilmente. Sus hermanos trabajaban en los campos. Fernando vivía en un apartamento pequeño en Los Ángeles, sin hablar inglés, sin nadie que lo guiara en una ciudad que era completamente extraña.
En el campo me sentía en casa, confesó Fernando. Adentro de las líneas sabía exactamente qué hacer. Afuera de las líneas estaba perdido todo el tiempo. Una vez fue al supermercado solo a comprar leche. No sabía cómo pedirla. Señaló a la cajera. Pagó lo que le cobraron sin saber si era correcto y salió caminando rápido.
El hombre más famoso de Los Ángeles no podía comprar [música] leche solo. Los Dodgers no le dieron clases de inglés, no le asignaron un tutor [música] de idioma, no le asignaron nadie que lo ayudara a navegar la ciudad. Solo le dijeron a través del intérprete que se concentrara en lanzar, que el equipo se encargaría del resto.
El equipo se encargaría del resto. Más adelante vamos a entender qué significaba esa promesa. Pero grábate ese sobre amarillo, el que nadie abrió durante 33 años. Lo vamos a necesitar. Esta es la segunda cosa que te prometí al inicio y esta es la que más le dolió a Fernando y la que más le dolió a México. 1981, El año de la gloria, ya lo sabes, el Sa Young, el novato del año, la serie mundial, los estadios llenos, La Fernandomanía.
Pero hay algo de ese año que nadie cuenta. Los Dodgers ganaban 20,000 boletos extra cada vez que Fernando lanzaba. 20,000 boletos. Los días que él no abrió había 10,000 asientos vacíos. Los días que él lanzó el estadio se llenó. Para los fanáticos, Fernando era un héroe, un símbolo, un hombre de carne y hueso que representaba algo más grande que el béisbol.
Para los Dodgers, [música] Fernando siempre había sido desde el principio un activo comercial y los activos comerciales tienen fecha de vencimiento. En 1982, los Dodgers firmaron a Fernando por un millón de dólares anuales, el jugador mexicano mejor pagado en la historia de las Grandes Ligas en ese momento.
Pero lo que hicieron con ese dinero fue lo que nunca se dice. Empezaron [música] a destruirlo, no con malicia obvia, con números en una hoja de cálculo. Cada 4 días Fernando lanzaba, no cada cinco como se acostumbraba para proteger el brazo. Cada cuatro, sin límite de picheos en muchos juegos, sin los descansos preventivos que los doctores recomendaban.
Mi brazo estaba destrozado desde 1983″, confesó Fernando años [música] después. Los pitchers no se quejaban. Quejarse era debilidad. Me inyectaban cortisona antes de muchos juegos, una en el [música] hombro, otra en el codo. Los doctores decían que era normal. Yo les creía. Los doctores advertían a los directivos [música] en privado, están arruinando su brazo.
La respuesta era siempre la misma. Cuando Fernando lanza, vendemos 20,000 boletos extra. Que lance 1986. Fernando [música] ganó 21 victorias, su mejor temporada después de 1981, con el brazo que los doctores [música] sabían que estaba dañado, con las inyecciones de cortisona que ya eran rutina, con el dolor que era su compañero [música] constante.
Los Dodgers le dieron un contrato nuevo, 3 años, 5,illones y medio de dólares. Pensé que ese contrato significaba que me valoraban”, dijo Fernando. Pensé que después de todo lo que había hecho, que había puesto mi brazo y mi [música] salud, que me iban a cuidar, pensé que era el reconocimiento. Se [música] equivocó.
El contrato era un seguro para los Dodgers, no para Fernando. Era [música] garantizar que si Fernando se recuperaba y volvía a su nivel de 1981, no pudiera irse a otro equipo. [música] Era una inversión de negocios, no un acto de gratitud. Y entonces llegó el año que lo cambió todo. Para entender ese año, hay que ver primero lo que Fernando fue en su cima.
Porque sin ver la cima, la caída no tiene el peso que merece. La gloria. Hay que hablar [música] del 9 de abril de 1981. Dodger Stadium, Los Ángeles. 45000 personas. Primer juego de la temporada. Tommy La sorda. El manager, tenía un problema. Su pitcher titular, Jerry Reus, se había lesionado horas antes del partido. La sorda llamó a Fernando.
Fernando, tú abres hoy. Fernando tenía 20 años. Nunca había abierto un juego en grandes ligas. Su experiencia en el máximo nivel era de 10 innings al final de la temporada anterior. No hablaba inglés, no podía leer los periódicos que lo criticaban, no podía leer los que lo elogiaban. Y sin embargo, Tommy la sorda confiaba en él con una certeza que no necesitaba explicación.
Primer inning, tres ponches. [música] Segundo inning, tres más. El estadio empezó a moverse, algo estaba pasando. Tercero, cuarto, quinto, sexto, séptimo, octavo, [música] noveno. Fernando lanzó los nueve innings sin que nadie lo sacara. Juego [música] completo, blanqueada. Cinco hits permitidos, cero carreras. Los Dodgers [música] ganaron 2 a0.
En el túnel después del juego, los periodistas lo rodearon. Cámaras, micrófonos, luces, preguntas [música] en inglés que Fernando apenas seguía. Jaime Jarín, el narrador de radio más famoso del [música] béisbol en español, traducía todo. ¿Cómo te sientes, Fernando? Fernando los miró tranquilo, sin arrogancia, [música] sin la euforia que los periodistas americanos esperaban.
Bien, solo hice mi trabajo. Esas cinco palabras salieron por todas las radios en español de Los [música] Ángeles esa misma noche. Solo hice mi trabajo en español de la boca de [música] un mexicano que había llenado el Dodger Stadium su primer día como abridor. Eso fue lo que enamoró a los Ángeles.
No el ponche número 12, no el juego completo. Eso. [música] Segundo juego, otra blanqueada. Tercer juego, otra blanqueada. Cuatro juegos, cero carreras permitidas. Para mayo, los medios necesitaban un nombre para lo que estaba pasando. Lo llamaron Fernando Manía. Y la temporada siguió. 13 victorias y siete derrotas al [música] final, 180 ponches.
Líder de la Liga Nacional, efectividad de 2,48. El S [música] Young, el novato del año, los dos, el mismo año. Y en octubre de 1981, los Dodgers [música] llegaron a la serie mundial contra los Yankees de Nueva York. El tercer juego fue de Fernando, nueve innings, cuatro carreras permitidas, [música] pero los Dodgers ganaron 5 a cu y los Dodgers [música] ganaron la serie mundial.
Fernando Valenzuela, 20 años, tenía un anillo de campeón de la serie mundial. Piénsalo, 20 años. Anillo [música] Sang. Novato del año. Serie mundial. Portada de Sports [música] Illustrated. MVP del juego de estrellas. El primero en ganar Sa Young y novato del año en el mismo año y el hombre más solitario de Los Ángeles. En 1982 firmó el millón de dólares y empezaron a destruirle el [música] brazo y en 1986 ganó 21 victorias con ese brazo destruido, con cortisona, con dolor, llorando en [música] la ducha para que nadie lo viera.
Ya no podía peinarme”, dijo Fernando en una entrevista en 2001. “Levantar el brazo por encima del hombro me dolía tanto que a veces me [música] iba a la ducha para llorar sin que nadie me viera, porque no podía mostrar eso. No podía dejar que el equipo supiera que estaba así.” Un hombre llorando en la ducha de un estadio de [música] béisbol porque le dolía tanto el brazo que no podía peinarse.
Ese era Fernando Valenzuela en 1984. El mismo Fernando que los fanáticos veían salir al montículo con esa calma que parecía sobrenatural. Y entonces llegó 1991 y con él llegó la mañana más oscura de su vida. Esta es la tercera cosa que te prometí [música] al inicio. 28 de marzo de 1991, Vero Beach, Florida, el complejo de entrenamiento de primavera de los Dodgers.
[música] Fernando se preparaba para su undécima temporada con el equipo 10:00 de la mañana. El administrador del equipo se acercó durante el entrenamiento. Te esperan en la oficina, Fernando. Fernando asintió. No pensó nada especial. Había reuniones de este tipo de vez en cuando, asuntos del contrato, [música] ajustes de calendario, conversaciones rutinarias de principio de temporada.
Cruzó el campo, entró al edificio administrativo, subió las escaleras, tocó la puerta. Adentro estaban Fred Claire, el gerente general y dos ejecutivos más de la organización. Nadie estaba de pie para saludarlo. Nadie extendió la mano, nadie sonró. Fernando entendió en ese momento, antes de que dijeran una sola palabra, [música] que algo grave estaba pasando.
Fred Claire habló primero. Fernando, hemos tomado una decisión. Te vamos a dar tu liberación incondicional. Fernando no entendía exactamente lo que significaba esa frase. Su inglés había mejorado en 11 años, pero todavía había tecnicismos que se le escapaban. ¿Qué significa eso? Significa que ya no formas parte del equipo.
Quedas libre para firmar con quien quieras. Silencio. Fernando los miró uno a uno. El hombre que había lanzado para llenar ese estadio. El hombre que había ignorado el dolor durante años porque ellos se lo pidieron. El hombre que había ganado dos series mundiales con ese uniforme. El hombre cuyo número 34 ya tenía lista una generación entera de camisetas.
¿Por qué? Porque creemos que en este momento no puedes ayudarnos a alcanzar nuestros objetivos. Fernando había lanzado bien en los juegos de primavera. Su récord de pretemporada era positivo. Esto no era una decisión basada en su rendimiento. Después de todo lo que hice por este equipo, ¿así me tratan? Fred Clire no movió un músculo de la cara.
Es un negocio, Fernando. No es personal. Es un negocio. No es personal. Esas seis palabras. Si hay una frase en la historia del béisbol que resume la frialdad con que los deportes profesionales tratan a sus jugadores cuando ya no los necesitan. [música] Es esa frase dicha en esa oficina. A ese hombre Fernando se levantó sin decir nada más.
Bajó las escaleras, cruzó el corredor, empujó la puerta del vestidor. Sus compañeros lo miraron en silencio. Nadie sabía bien que había pasado, pero la cara de Fernando lo decía todo. Porel, Herchiser se le acercó. Lo siento, hermano. Fernando no respondió. Abrió su casillero, empezó a doblar su ropa, a meter sus cosas en una bolsa.
El gesto más solitario del mundo en un [música] cuarto lleno de gente. Y hay algo más que nadie contó ese día. Los Dodgers habían filtrado la noticia a los medios antes de decírsela a Fernando. Mientras Fernando estaba adentro de esa oficina escuchando [música] las palabras de Fred Claire, los periodistas ya sabían lo que iba a pasar.
Los Dodgers se habían asegurado de que la historia saliera con su versión antes de que Fernando pudiera hablar. Cuando Fernando salió del complejo de entrenamiento, 50 periodistas lo esperaban. Cámaras, micrófonos, preguntas en inglés y en español. Fernando se detuvo, los miró. Por primera vez en 11 años la máscara se cayó.
¿Cómo te sientes, Fernando? Me siento traicionado, una sola palabra, en español, con la calma de alguien que ya no tiene nada que esconder. Los titulares de esa tarde en todos los periódicos [música] de Los Ángeles usaron esa palabra traicionado. Los fanáticos mexicanos reaccionaron con una furia [música] que los Dodgers no habían anticipado.
Quemaron camisetas del equipo en las calles de Isel boicotearon el estadio. Las ventas de boletos cayeron 30% ese año. 30%. Eso era lo que valía Fernando Valenzuela para la taquilla y los Dodgers lo habían soltado para ahorrar 2, medio de dólares al año. Fernando firmó con los Angelinos de California una semana [música] después, el otro equipo de béisbol de Los Ángeles.
Su primer juego de regreso contra los Dodgers fue en el Dodger Stadium. El estadio llenó a capacidad. 48,000 personas, al menos 40,000 con camisetas viejas del número 34. No camisetas de los angelinos, camisetas [música] de los Dodgers con el número de Fernando, las que habían guardado durante años. Cuando Fernando salió a calentar, el estadio explotó.
Ovación de pie que duró 5 minutos. Los jugadores de los Dodgers miraban desde su dugout sin decir nada. Fernando lanzó siete innings. Los angelinos ganaron 3 a 1. Fernando había derrotado al equipo [música] que lo había traicionado. Después del juego, los reporteros esperaban el drama. Esperaban que Fernando dijera todo lo que tenía en el pecho.
[música] ¿Qué significa esto para ti, Fernando? Fernando los miró [música] tranquilo con esa calma que ahora ya no era serenidad. Era algo que se construye cuando uno aprende a guardarlo todo adentro. Solo hice mi trabajo, las mismas palabras de 1981, las mismas palabras exactas, pero ahora sonaban diferentes. Ahora sonaban vacías como un muro.

Y esta es la cuarta, la que te dije que era la más importante. Octubre de 2024, Fernando Valenzuela murió. 63 años. Cirrosis alcohólica descompensada, shock séptico, el cuerpo cobrando una factura que se había acumulado durante décadas. Murió en Los Ángeles, la ciudad que lo había amado. Mientras [música] sus Dodgers se preparaban para abrir la Serie Mundial contra los Yankees de Nueva York, la misma serie mundial que había ganado con ellos en 1981.
Su número 34 [música] estaba en el uniforme de cada jugador, en un parche como luto. La noche que Los Ángeles celebraba en el estadio, Fernando llevaba tres semanas muerto. Y lo que nadie sabía ese mes de octubre de 2024 era lo que había en el cajón de abajo de su escritorio. Un sobre amarillo sellado con la dirección de las oficinas de los Dodgers escrita a mano y una [música] fecha, 15 de abril de 1991.
Dos semanas y tres días después de la mañana en que Fred Claire le dijo, “Es un negocio, Fernando, no es personal.” Su familia lo encontró [música] cuando limpió la oficina. Adentro tres páginas, pluma azul, letra apretada, firme. La carta empezaba así. A los ejecutivos de los Dodgers de Los Ángeles, ustedes me quitaron todo.
No el uniforme, no el trabajo, me quitaron mi identidad. Llegué a este país sin hablar el idioma, sin conocer a nadie, sin saber siquiera cómo comprar leche en un supermercado y ustedes me prometieron a través de intérpretes, a través de contratos, a través de 11 años de uniforme, [música] que si trabajaba duro, si lanzaba bien, si daba todo lo que tenía, tendría un hogar en este equipo.
[música] Trabajé más duro que nadie. Lancé con dolor cuando los doctores decían que parara. Lancé cuando el brazo me ardía tanto que lloraba solo en la ducha para que nadie me viera. lancé porque ustedes me lo pedían y porque yo amaba este béisbol con una honestidad que [música] creo que ustedes nunca entendieron ni quisieron entender.
Y cuando mi brazo ya no les sirvió para llenar el estadio y vender camisetas, [música] me llamaron a una oficina. Me miraron a los ojos sin parpadear y me dijeron que era un negocio. Las dos páginas siguientes eran más de lo mismo. Dolor, rabia, la descripción de cómo se sintió al salir de esa oficina, de cómo caminó al vestidor tratando de que nadie viera que estaba a punto de romperse.
Pero el último párrafo era completamente [música] diferente. El último párrafo decía, “Los perdono, no porque se lo merezcan, no porque lo que hicieron esté bien, lo que hicieron no está bien y ningún tiempo [música] va a cambiar eso. Los perdono porque si no lo hago, ustedes van a vivir en mi cabeza durante el resto de mi vida.
” Y ya [música] me quitaron suficiente. Me quitaron 11 años de un deporte que amaba. Me quitaron la posibilidad de retirarme con dignidad. No les voy a dar mi paz también. Esta carta nunca la van a leer. Es para mí, para recordarme que puedo elegir ser libre. Fernando Valenzuela. 15 de abril de 1991. Fernando escribió esa carta, la metió en el sobre, la selló, escribió la dirección de los Dodgers y nunca [música] la envió.
la guardó en el cajón de abajo de su escritorio y la dejó ahí 33 [música] años toda una vida. No porque se le olvidara, no porque cambiara de opinión, [música] sino porque esa carta no era para ellos, siempre había sido para él. Y ahí está [música] la respuesta a la pregunta que abre este video. ¿Cómo pasó el mejor beisbolista de México a un hombre [música] muriendo con solo una botella? No de golpe, despacio.
Primero la traición [música] de 1991, luego los años cargando eso en silencio. Luego el alcohol como forma de apagar lo que no [música] podía apagar de otra manera. Los Dodgers le quitaron el béisbol. El béisbol era lo único [música] que sabía ser y cuando no pudo ser eso, tuvo que encontrar algo que llenara ese vacío.
No lo encontró en forma de trofeo ni de aplauso. Lo encontró en una botella, como lo encuentran [música] muchos hombres que cargaron demasiado durante demasiado tiempo y que [música] nunca tuvieron a nadie que les enseñara otra forma de soltar ese peso. Fernando Valenzuela no fue el villano de esta historia, fue el hombre al que le robaron la identidad en una oficina [música] en Florida una mañana de marzo y que pasó 33 años [música] intentando recuperarla de la única manera que sabía.
El número más famoso del béisbol en Los Ángeles, el 34. [música] El número de Fernando. Murió a los 63 años mientras sus Dodgers ganaban, con su número en el pecho de los jugadores que no [música] lo conocieron y con una carta sin enviar en el cajón de su escritorio, que decía todo lo que nunca pudo decir en voz alta.
Perdonar no es decirle a alguien que lo que hizo estuvo bien. Perdonar es decirte a ti mismo que ya no vas a cargar ese peso. Fernando lo [música] entendió. No en terapia, no en una revelación dramática, sino [música] sentado en su escritorio dos semanas después de que lo humillaron, escribiendo una carta que nadie más iba a leer.
Escribió [música] su rabia, escribió su dolor y al final, en el último párrafo, eligió algo que no era obligatorio. Eligió perdonar. No por ellos, por él. Los Dodgers lo traicionaron. Eso es un hecho histórico que no cambia. Pero Fernando decidió que esa traición no iba a ser la historia central de su vida.
Y ese sobre amarillo guardado en ese cajón durante [música] 33 años es la prueba más honesta de ese hombre. No la Fernando Manía, no el Song, no el anillo [música] de la serie mundial. Tres páginas escritas a mano que nadie [música] leyó mientras él vivía. porque no eran para nadie más que él. ¿Tú cómo recuerdas a Fernando Valenzuela? Con esa noche [música] del 9 de abril de 1981, cuando el Dodger Stadium entero aprendió su nombre, con el niño dehuaquila, que cortaba tomates por 15 centavos [música] al día, y que llegó a Los Ángeles sin
saber comprar leche, o con las lágrimas que nunca viste porque se las guardó en la ducha para que nadie las viera. Cuéntanos en los comentarios. Porque en México y en Los Ángeles hay millones de respuestas distintas y todas tienen razón. Si esta historia te [música] llegó, no te imaginas lo que le pasó a Julio César Chávez, otro mexicano que fue el mejor del mundo, que llenó ese mismo estadio con el mismo tipo de furia, [música] que cayó de una manera que México no quería ver, pero que a diferencia de Fernando, sí lo contó en voz alta. Está
aquí en el canal. Te la dejo arriba. M.