No porque fuera quien era, sino porque era una presencia que se notaba aunque ya no pudiera casi nada. Había algo en cómo ocupaba el espacio, incluso postrada, incluso con aquel cuerpo que la enfermedad había ido reduciendo semana a semana. Una dignidad que no se aprende, que o se tiene o no se tiene, ella la tenía.
La primera mañana que entré en su habitación me miró desde la cama con unos ojos que todavía tenían toda la intensidad que yo había visto en sus actuaciones por televisión. Me miró de arriba a abajo despacio y me dijo con aquella voz que ya era casi un susurro. ¿Usted sabe quién soy yo? Le dije que sí, me dijo. Bien.
Entonces sabe que no me gusta que me traten como si ya estuviera muerta. Le dije que para eso estaba yo, para que no lo estuviera todavía. Algo en su cara cambió, una sombra de sonrisa y me dijo, “Me gusta usted.” Y empezamos. Los primeros días fueron de adaptación. Aprender sus rutinas, sus manías, lo que le molestaba y lo que le daba alivio.

Era exigente, sí, pero con una exigencia que una entiende cuando viene de alguien que ha pasado la vida entera controlando cada detalle de su trabajo, que le pusieran las almohadas de una manera concreta, que la ventana estuviera abierta por la mañana, aunque hiciera fresco, que nadie hablara en voz demasiado alta dentro de la habitación, cosas pequeñas que para ella eran importantes.
Y cuando algo es importante para quien cuidas, es importante para ti. La casa era otra cosa. Eso sí que me impactó. Había mucha gente, entraban y salían familiares, amigos, gente del mundo del espectáculo que venía a despedirse aunque nadie lo llamara así. El ambiente tenía esa tensión particular que tiene una casa cuando la gente que está dentro sabe lo que se viene y nadie quiere decirlo en voz alta.
Y en medio de todo eso, ella quieta en su cama, con los ojos abiertos muchas horas, mirando el techo o mirando por la ventana o mirando a quien estuviera en la habitación con esa intensidad suya que no había perdido ni un gramo. A veces me preguntaba qué estaba pensando. Tardé poco en entenderlo, porque Rocío Jurado en aquellos últimos días pensaba en voz alta, no con todo el mundo, con muy pocos.
Pero cuando decidía hablar, hablaba de verdad. sin rodeos, sin las capas que uno pone cuando todavía tiene tiempo por delante y puede aplazar las conversaciones importantes. Ella sabía que no podía aplazar nada y eso hacía que cada cosa que decía tuviera un peso distinto. La primera conversación larga que tuvimos fue una noche que no podía dormir.
Habían pasado ya casi dos semanas desde que llegué. Eran las 3 de la mañana, la casa estaba en silencio y ella llevaba un rato mirando el techo con los ojos muy abiertos. Le pregunté si le dolía algo. Me dijo que no. Le pregunté si quería que la incorporara un poco. Me dijo que sí. La le di agua y cuando iba a volver a mi silla me dijo, “Siéntese aquí.
” Señaló la silla que había junto a la cama, la silla de las visitas. Me senté y me dijo, “¿Usted tiene hijos?” Le dije que sí, dos, una chica y un chico. Me preguntó si eran buenos hijos. Le dije que sí en general, que como todos con sus cosas. Ella asintió muy despacio y se quedó callada un momento.
Luego me dijo mirando el techo, “Los hijos son lo más grande que tiene una y lo más complicado. No dije nada. Esperé, me dijo, una les da todo. Todo lo que tiene y lo que no tiene. Y luego la vida los lleva por sus caminos. Y ya no son solo tuyos. Tienen sus miedos, sus errores, sus decisiones y una los mira y a veces no lo reconoce y eso duele, “Aunque los quieras más que a nada.
” lo dijo sin dramatismo, con esa calma de quien ha tenido tiempo de pensar en algo hasta que ya no le quema, solo pesa. Yo no pregunté a qué hijo se refería, no era mi lugar, pero lo que me dijo a continuación sí me lo llevo. Me dijo, lo peor no es el dolor de estar enferma, Carmen. Lo peor es irse sabiendo que hay cosas que no vas a poder arreglar, conversaciones que no van a pasar, que se quedan ahí a medias. hizo una pausa.
Una se va y deja hilos sueltos y ya no puede hacer nada con ellos. Me quedé callada porque hay momentos en que lo único que se puede hacer es estar y no moverse. Pero lo que pasó al día siguiente no me lo esperaba. Vino a verla alguien de la familia, no voy a decir quién. Entró en la habitación, estuvo un rato y cuando salió la cara que traía, no era la cara de alguien que acaba de despedirse de alguien querido, era otra cosa, una mezcla de cosas que una lleva años viendo en los pasillos de las casas
donde hay enfermos terminales y donde la familia tiene asuntos pendientes. Ella lo notó también. Cuando quedamos solas me miró y me dijo, “¿Ha visto usted esa cara?” Le dije que sí. me dijo, “Esa cara la conozco. Es la cara de alguien que quiere algo y no sabe cómo pedirlo.” Y luego dijo algo que me heló.
Me dijo, “Cuando una se muere, Carmen, la gente empieza a pensar en lo que queda, no en lo que se va.” Lo dijo sin amargura, con una lucidez que dolía más que el llanto. Pasaron los días, ella fue perdiendo fuerza de manera visible, dormía más, hablaba menos. Pero había momentos, generalmente por la tarde, cuando la luz de Chipiona entraba por la ventana de esa manera tan particular que tiene la luz del sur, que se despertaba y estaba más lúcida que nunca.
Y en uno de esos momentos me contó algo que no he repetido hasta hoy. Me contó que una persona en su vida, alguien muy cercano, a quien había intentado proteger durante años de cosas que esa persona no debería haber tenido que cargar, que había tomado decisiones pensando en esa protección. Decisiones que desde fuera podían parecer otra cosa, que podían malinterpretarse, que con el tiempo probablemente se malinterpretarían.
y me dijo, “Uno protege a los suyos como puede, Carmen, con las herramientas que tiene. Y a veces esas herramientas no son perfectas, pero el amor detrás de ellas sí lo es.” Le pregunté si quería que se lo dijera a alguien, si quería que yo transmitiera algo. Me miró un momento y me dijo, “No, algunas cosas hay que dejarlas reposar.
El tiempo las pone en su sitio o no las pone, pero ya no depende de mí. Eso me lo llevo desde entonces.” esa frase entera, porque hay una resignación en ella que no es rendirse, es soltar. Y soltar cuando has luchado toda la vida es algo muy difícil de entender si no lo has visto de cerca. Hubo una tarde, creo que cuatro o cinco días antes del final, que estábamos las dos solas y ella me pidió que le pusiera música.
tenía un pequeño aparato en la mesilla y así le pregunté qué quería escuchar. Me dijo, “Algo mío.” Le puse una canción, no voy a decir cuál, pero era una de las suyas, de las grandes, de las que llenaban estadios. Y la escuchamos juntas en silencio, ella con los ojos cerrados y yo en mi silla, con la luz de la tarde entrando por la ventana.
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Y cuando terminó sin abrir los ojos, me dijo, “Eso sí que era yo.” Tres palabras. Con todo lo que caben dentro de tres palabras cuando las dice alguien que sabe que ya no va a poder demostrar más quién es. No supe qué decir. Le cogí la mano y ella la apretó. Los últimos días fueron duros. Como siempre son duros los últimos días. El cuerpo va cediendo de formas que no tienen ninguna dignidad visible, pero que yo he aprendido a ver de otra manera.
Hay algo en ese proceso cuando uno lo ha acompañado muchas veces que deja de parecer solo deterioro y empieza a parecerse a algo más parecido a un tránsito, a un paso de un estado a otro. Ella pasó ese tránsito con una calma que me sorprendió. No hubo gritos, no hubo miedo visible, hubo momentos de incomodidad física que yo intenté aliviar lo mejor que supe, pero en su cara, en lo poco que quedaba de expresión en aquellos últimos días, había algo que se parecía a la paz o por lo menos a la aceptación, que a veces es lo más parecido a la paz que
se puede conseguir. La noche antes del final me quedé con ella hasta tarde, no porque hubiera indicios claros, sino porque lo sentía. Uno desarrolla eso con los años, una especie de conocimiento del cuerpo ajeno que no se explica del todo, pero que rara vez falla. Estaba muy quieta.
Respiraba con dificultad, pero de manera regular. Y en un momento, sin que yo hubiera dicho nada, abrió los ojos, me miró y me apretó la mano con esa fuerza que ya te conté, esa fuerza que no esperaba, y me dijo algo, algo que llevo dentro desde entonces y que tardé mucho tiempo en entender del todo. Me dijo, “Cuide a los suyos, Carmen.
Cuídelos, aunque no se lo pidan, aunque no lo vean, aunque no lo ha Cuídelos igual.” Lo dijo mirándome a los ojos y luego cerró los ojos y ya no volvió a abrirlos. La mañana siguiente amaneció con mucho sol. Eso me acuerdo, que entré a la habitación a primera hora y la luz entraba de una manera que parecía mentira, de esa manera tan limpia que tiene la luz en Chipiona cuando el cielo está despejado del todo y la cama estaba ya vacía y ordenada, y el cuarto tenía ese silencio distinto que tienen las habitaciones cuando ya no hay nadie que
respirar dentro de ellas. Me quedé un momento en la puerta con las manos en los bolsillos del delantal, sin saber muy bien qué hacer con el cuerpo cuando el trabajo ha terminado de esa manera. Luego me fui, recogí mis cosas, me despedí del personal que había en la casa y salí a la calle con el sol dándome de frente y la cabeza llena de todo lo que había pasado en aquellas semanas.
El camino de vuelta a Huelva lo hice casi en silencio. Mi marido conducía y yo miraba por la ventana sin ver nada de lo que pasaba fuera, pensando en ella, en esa fuerza inesperada en la mano, en aquella voz que ya era casi nada diciéndome algo que tardé tiempo en saber dónde colocar. Cuide a los suyos, Carmen. Cuídelos aunque no se lo pidan, aunque no lo vean, aunque no lo entiendan, cuídelos igual.
Esa frase durante semanas la tuve dando vueltas. Me despertaba por la noche pensando en ella. La escuchaba mientras hacía las cosas de la casa. Me acompañaba de una manera que no había tenido ninguna otra frase de ningún otro paciente en 42 años de trabajo. Y no porque fuera ella, o no solo por eso, sino porque había algo en aquellas palabras que iba más allá de lo que parecía a primera vista.
Cuídelos, aunque no lo entiendan. Esa parte, esa parte era la que no me dejaba, porque una que ha cuidado a mucha gente en sus últimos días sabe que las personas en ese momento no hablan al azar. Cada palabra que se gasta es una palabra elegida. El cuerpo ya no tiene energía para lo que no importa. Solo queda lo que importa de verdad.
Y ella había elegido esas palabras. Para mí, que era casi una extraña que llevaba tres semanas a su lado. Tardé meses en entender por qué. Creo que me las dijo precisamente porque era una extraña, porque no había historia entre nosotras, no había deudas, no había rencores, no había nada de lo que inevitablemente se acumula entre las personas que se quieren mucho y llevan mucho tiempo juntas.
Yo era alguien limpio, alguien que la había cuidado sin pedirle nada a cambio y sin tener nada que ganar con lo que ella dijera. Y a veces uno necesita decirle algo importante a alguien así, a alguien que no va a usarlo, que no va a tergiversarlo, que simplemente lo va a guardar. Eso hice. Lo guardé durante años.
Lo guardé mientras la vida siguió y los años pasaron. Y el mundo siguió hablando de ella y de los suyos, de maneras que a mí me ponían un nudo en el estómago, porque yo sabía cosas que el mundo no sabía, o por lo menos sentía cosas que el mundo no podía sentirse desde fuera, porque hay una diferencia enorme entre conocer a alguien por lo que cuenta y conocer a alguien por cómo aprieta la mano cuando ya no le queda nada más.
Yo la conocí de esa segunda manera y eso no se olvida. Me jubilé 3 años después. Mis últimos trabajos fueron más tranquilos, cuidados en casa de personas mayores, sin la urgencia ni la intensidad de los paliativos. Agradecí cambio de ritmo, pero nunca dejé de pensar que los años de paliativos habían sido los más importantes de mi carrera, los que más me habían enseñado, no de medicina, de personas.
Una aprende más sobre la vida, acompañando a la gente en la muerte que en cualquier otra situación que yo conozca, porque en ese momento desaparece todo lo accesorio, todo lo que la gente construye alrededor para protegerse o para parecer o para sobrevivir en el mundo y queda lo que hay debajo. Y lo que hay debajo en la mayoría de las personas es mucho más sencillo y mucho más grande de lo que uno esperaría. Con ella fue así también.
Debajo de todo lo que el mundo veía, debajo de la voz y el escenario y la leyenda y la vida que había vivido, había una mujer que quería a los suyos y tenía miedo de irse dejando cosas rotas, como cualquier mujer, como cualquier madre, como cualquier persona que ha amado de verdad y sabe que el amor no siempre es suficiente para arreglarlo todo.
Eso es lo que vi yo lo que me llevé. Hay una cosa más que quiero contar, una cosa pequeña que quizás no signifique nada para quien la escucha desde fuera, pero que a mí me importa. El día que me fui de aquella casa, cuando ya tenía el maletín en la mano y estaba en la puerta despidiéndome, uno de los familiares que estaba allí me dio un sobre.
Me dijo que lo había dejado ella para mí, que había pedido que me lo entregaran cuando me marchara. Me lo guardé en el bolso sin abrirlo. Lo abrí en el coche ya de camino. Dentro había una nota escrita a mano con una letra que se notaba que había costado trabajo, temblorosa, pequeña, con los renglones algo torcidos de quien escribe con poca fuerza, pero con mucha intención.
Decía, “Gracias por quedarse cuando no tenía nada que ofrecerle. Eso, solo eso. Doblé el papel, lo metí en el sobre y no pude decir nada durante un buen rato porque esa frase me rompió de una manera que el apretón de mano no había roto. El apretón lo sentí en el cuerpo. La frase me la sentí en otro sitio, en ese sitio donde una guarda las cosas que le confirman que el trabajo que ha hecho en la vida valía la pena.
Guardo esa nota todavía en un cajón de mi mesilla. A veces la saco y la leo. No porque necesite recordar lo que dice, sino porque hay cosas que hacen bien tenerlas cerca en papel con la letra torcida y todo. Cuídelos, aunque no lo entiendan. Pienso en esa frase cada vez que hay ruido alrededor de su nombre y de su familia.
Cada vez que los periódicos sacan algo y la gente opina desde fuera con la seguridad, que da no haber estado nunca cerca. Pienso en lo que me dijo sobre los hilos sueltos, sobre las conversaciones que no van a pasar, sobre proteger a los suyos con las herramientas que una tiene, aunque no sean perfectas. Y pienso que hay mucho que el mundo no va a saber nunca, no porque haya secretos oscuros, sino porque hay cosas que pertenecen a las habitaciones donde ocurrieron, a las manos que se apretaron ahí dentro, a los silencios que nadie grabó. Esas cosas no
salen en las revistas y quizás es mejor así. Ella se fue un martes de junio con el sol entrando por la ventana. Se fue con la mano apretada y los ojos cerrados y esa calma que había ido construyendo en los últimos días como quien ordena una casa antes de marcharse de viaje. Y yo me quedé con su frase y la he cuidado como ella me pidió que cuidara a los mi hijos.
Gracias por escucharme hasta el final. Y si esta historia te ha tocado de alguna manera, cuéntamelo abajo. Cuéntame desde dónde me escuchas, porque hay historias que merecen llegar lejos y esta es una de ellas. Yeah.