Parte 1: La epifanía del olfato
Aquella mañana de domingo en Madrid no tenía nada de especial, al menos no en teoría. El sol de mayo entraba por los ventanales del salón con esa insistencia un poco impertinente que te recuerda que, o bajas la persiana, o te vas a comer el reflejo en la tele durante todo el partido. Javi estaba tirado en el sofá, con esa laxitud propia de quien ha decidido que su único logro del día será digerir un pincho de tortilla excesivamente aceitoso. Tenía el mando a distancia en una mano y una vaga sensación de culpabilidad en la otra por no haber ido al gimnasio en tres meses.
Marta, por el contrario, era un torbellino de eficiencia dominical. Ella no entendía los domingos como un espacio para el barbecho mental, sino como una oportunidad de oro para organizar la semana, poner tres lavadoras y, de paso, reorganizar el armario de los tupperwares, esa dimensión desconocida donde las tapas y los recipientes mantienen una guerra de guerrillas para no coincidir jamás.
Fue en uno de esos tránsitos de Marta entre el dormitorio y la cocina cuando ocurrió. Pasó por detrás del sofá, rozando apenas el respaldo con su albornoz azul, y dejó tras de sí una estela. No era una estela cualquiera. No era el olor a detergente de marca blanca que solían comprar, ni ese aroma a café recién hecho que Javi tanto apreciaba. Era algo distinto. Algo… sofisticado. Algo que olía a dinero, a vestíbulo de hotel de cinco estrellas, a una mezcla entre madera húmeda, especias exóticas y un toque de soberbia destilada.
Javi arrugó la nariz. Al principio pensó que quizá los vecinos de arriba, esos que siempre estaban de reformas, habían vertido algún barniz caro. Pero no. El aroma venía de ella. De su cuello. De su piel. Era una fragancia que se quedaba suspendida en el aire como una acusación silenciosa.
—Marta —dijo él, sin apartar la vista de la televisión, donde un comentarista deportivo analizaba un fuera de juego con la intensidad de un cirujano cardiovascular.
—Dime, Javi, que voy a mil —respondió ella desde la cocina, con el ruido de los platos de fondo.
—Acércate un momento.
—¿Para qué? Si es para ver la repetición del gol, ya te digo yo que ha sido chiripa.
—No es el gol. Es… otra cosa. Ven.
Marta apareció en el marco de la puerta. Tenía el pelo recogido en un moño improvisado con un lápiz —un truco que a Javi siempre le había parecido una mezcla entre ingeniería civil y magia negra— y sostenía un bote de desengrasante. Estaba guapa, incluso en su faceta de “comando de limpieza”.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, apoyando una mano en la cadera.
Javi se incorporó, dejando el mando sobre la mesa de centro con una solemnidad innecesaria. Se acercó a ella con pasos lentos, como un sumiller aproximándose a una barrica de roble centenario. Cuando estuvo a escasos centímetros, cerró los ojos e inhaló profundamente.
—Javi, ¿qué haces? Pareces un Golden Retriever buscando droga en la aduana —dijo Marta, soltando una pequeña carcajada, aunque Javi notó un ligerísimo matiz de incomodidad en su tono. Solo un uno por ciento. Pero él era un experto en los matices de Marta.
—Hueles… raro —sentenció él, abriendo los ojos.
—¿Raro? ¿A qué te refieres con raro? He estado limpiando el horno, igual huelo a grasa quemada y desesperación existencial.
—No, no es el horno. Es perfume. Pero no es tu perfume. No es ese de flores que te pones siempre, el que compramos en el Duty Free porque venía con un neceser de regalo. Esto es otra liga. Esto huele a… a sándalo del Himalaya. A bergamota madurada al sol de Calabria. A algo que cuesta tres cifras y que empieza por una letra impronunciable.

Marta se quedó callada un segundo. Fue un segundo breve, casi imperceptible, pero para Javi, que en ese momento tenía los sentidos hiperdespiertos por el misterio olfativo, fue como un siglo de silencio sepulcral. Ella se encogió de hombros con una naturalidad que a él le pareció ligeramente ensayada.
—Ah, eso. Es nuevo —dijo ella, retomando su camino hacia el pasillo.
La frase quedó flotando en el pasillo, chocando contra las fotos enmarcadas de sus últimas vacaciones en Benidorm. “Es nuevo”. Dos palabras. Un sujeto y un adjetivo. Una explicación que, lejos de cerrar el caso, abrió una brecha de sospechas en la mente de Javi. Él se quedó allí de pie, en medio del salón, sintiéndose de repente como un detective de serie negra de bajo presupuesto.
—¿Cómo que nuevo? —insistió, siguiéndola hasta el baño—. No sabía que te hubieras comprado un perfume. Ayer estuvimos en el centro comercial y solo entramos al Decathlon a por unos calcetines y a la sección de quesos del supermercado. No te vi comprar nada de Chanel.
Marta estaba ahora frente al espejo, ajustándose el moño. Lo miró a través del reflejo con una expresión de santa paciencia.
—Pues me lo compré el otro día, Javi. Por internet. O me lo dieron de muestra, no sé. ¿A qué viene tanto interrogatorio? ¿Te gusta o no te gusta?
—No es que me guste o no me guste… —balbuceó él—. Es que es muy intenso. Muy… personal.
—Es un perfume, Javi. No es una declaración de principios. Ahora, si me dejas, tengo que terminar con la cocina antes de que el arroz se convierta en cemento armado.
Marta salió del baño dejándolo allí, rodeado de azulejos y del eco de su propia duda. Javi miró la repisa del espejo. Allí estaban sus cosas: su colonia de diario, la crema hidratante que usaba una vez cada muerte de obispo y el bote de laca de ella. Pero ni rastro de un frasco nuevo. Ni una caja, ni un envase elegante, ni siquiera un frasquito de muestra de esos que te dan en las revistas.
Se sentó en el borde de la bañera. “Es nuevo”, se repitió. Había algo en la forma en que ella lo había dicho, con esa rapidez de quien quiere quitarse un bicho de la solapa, que no le cuadraba. Javi no era un hombre celoso, o al menos no lo era de forma patológica. Confiaba en Marta. Llevaban siete años juntos, habían sobrevivido a mudanzas, a cenas con sus respectivos suegros y a aquel viaje a Londres donde llovió todos los días y se perdieron en el metro cuatro veces. Pero el perfume… el perfume era una variable nueva en la ecuación de su rutina.
Salió del baño y fue a la cocina. Marta estaba removiendo una olla con una energía sospechosa.
—Oye, Marta… —empezó a decir.
—Javi, por favor, el tema del perfume está agotado. Me gusta, es nuevo, fin de la historia. ¿Por qué no vas bajando la basura? Que el cubo está que parece un experimento biológico.
—Solo quería decir una cosa —insistió él, cruzándose de brazos y apoyándose en la nevera—. Yo no te lo regalé.
Marta detuvo el movimiento de la cuchara de madera. El burbujeo del guiso parecía ser el único sonido en toda la casa. Ella no se dio la vuelta. Se quedó mirando fijamente el vapor que subía de la olla, como si estuviera leyendo el futuro en las burbujas del caldo. Javi mantuvo la mirada en su nuca, esperando una respuesta, una risa, una explicación lógica tipo “me lo regaló mi madre” o “era un pack de promoción con el champú”.
Pero Marta no dijo nada. Simplemente volvió a mover la cuchara, esta vez más despacio, con un ritmo cadencioso y casi hipnótico. El silencio se prolongó durante diez, quince, veinte segundos. Era un silencio denso, cargado, de esos que en las películas de terror preceden al susto, pero que en la vida real suelen preceder a una discusión monumental o a una revelación que lo cambia todo.
—… —fue toda la respuesta de Marta.
Un silencio absoluto. Un vacío de palabras que Javi interpretó de mil maneras distintas en menos de un minuto. Ella no negó que no fuera un regalo suyo. No dio detalles. No ofreció la procedencia. Simplemente dejó que la frase de Javi —”Yo no te lo regalé”— quedara colgando en el aire de la cocina, mezclándose con el olor a sofrito y aquel sándalo misterioso que empezaba a marearlo.
—¿Y bien? —preguntó Javi, sintiendo que la temperatura de la cocina subía tres grados de golpe.
—¿Y bien qué? —respondió ella finalmente, dándose la vuelta. Su expresión era ilegible. No estaba enfadada, pero tampoco parecía divertida—. El arroz ya casi está. Pon la mesa, anda.
Javi obedeció mecánicamente. Cogió los manteles individuales, los cubiertos y los vasos. Mientras colocaba cada cosa en su sitio con una precisión milimétrica que normalmente no poseía, su cerebro trabajaba a toda máquina. Los detalles revelan secretos, pensó. Y aquel detalle, aquel aroma que no pertenecía a su inventario doméstico, acababa de encender una bombilla roja en su cabeza que no tenía intención de apagarse.
Parte 2: La investigación de campo
El almuerzo fue una exhibición de equilibrismo dialéctico. Javi intentaba lanzar preguntas con apariencia de inocencia, mientras Marta las esquivaba con la destreza de un ninja experimentado. Cada vez que él mencionaba algo vagamente relacionado con cosmética, tiendas o “regalos inesperados”, ella cambiaba de tema hacia la subida de la luz, el estado de las plantas del balcón o lo mucho que necesitaba un corte de pelo.
—¿Has visto qué caro está todo en la perfumería del barrio? —lanzó Javi, pinchando un trozo de pollo.
—Ni idea, hace mucho que no entro —respondió ella, sin pestañear—. Por cierto, me ha escrito tu hermana. Dice que si vamos el próximo sábado a su casa a ver al niño.
—Sí, claro, iremos… Pero digo yo, que a veces a uno le dan por regalar cosas que no vienen a cuento, ¿no? En el trabajo, por ejemplo. Algún cliente agradecido… o un compañero que se va de la empresa…
Marta lo miró fijamente, con el tenedor a medio camino de la boca.
—Javi, ¿me estás preguntando si algún compañero de la oficina me regala perfumes de alta gama?
—No, no, para nada. Es una reflexión general sobre la economía del regalo en el siglo XXI. Curiosidad sociológica, ya sabes.
—Pues deja la sociología para la sobremesa y cómete el pollo, que se está quedando frío.
Después de comer, y aprovechando que Marta se había quedado profundamente dormida en el sofá —la “siesta del guerrero doméstico”, la llamaban—, Javi decidió que era hora de pasar a la acción. Se sentía un poco sucio, como un espía de tercera división, pero la duda le corroía las entrañas más que el picante de la comida.
Se dirigió al dormitorio de puntillas, evitando los puntos del parqué que sabía que crujían. Una vez allí, se plantó frente al tocador de Marta. Era un territorio sagrado, un caos organizado de botes, pinceles, sombras de ojos y cremas hidratantes que él normalmente evitaba por miedo a desequilibrar algún orden cósmico invisible.
Empezó a inspeccionar los frascos. Estaba el de siempre, el de las flores dulces. Estaba una colonia de baño tamaño familiar. Había un spray corporal de coco que olía a chiringuito de playa. Pero no había nada que correspondiera al aroma de la mañana.
“¿Dónde lo ha escondido?”, pensó. Porque a esas alturas, Javi ya estaba convencido de que era un escondite. Si fuera una compra normal, estaría allí, a la vista, junto al desodorante. Pero no.
Abrió el cajón de los pañuelos. Nada. Miró detrás de los libros de la mesilla de noche. Solo encontró una multa de aparcamiento de hace dos años y un punto de libro con la cara de un gato. Desesperado, se dirigió al armario. Empezó a palpar entre los abrigos, metiendo la mano en los bolsillos de las chaquetas que Marta no usaba desde el invierno anterior.
De repente, su mano rozó algo frío y metálico en el fondo de un bolso de fiesta que ella apenas sacaba del armario. Con el corazón latiéndole con fuerza, lo sacó.
Era un frasco pequeño, de cristal oscuro, casi negro, con un tapón de plata labrada. No tenía etiqueta frontal, solo una pequeña inscripción en la base, grabada con letras doradas: “L’Énigme du Soir”. No le sonaba de nada, pero el diseño gritaba “exclusividad” y “esto cuesta lo que tu coche”.
Lo destapó con cuidado. El aroma lo golpeó de nuevo. Era ese. El sándalo, la bergamota, el misterio. Javi sintió un escalofrío. ¿Por qué guardaría Marta un perfume tan caro en un bolso de fiesta dentro de un armario si, según ella, era solo algo “nuevo” y sin importancia?
En ese momento, oyó un ruido en el salón. Marta se estaba moviendo. Rápidamente, volvió a meter el frasco en el bolso, lo dejó todo como estaba y salió del dormitorio con la agilidad de un gato que acaba de robar una sardina. Se sentó en la silla del estudio y fingió estar muy concentrado mirando una hoja de cálculo en el ordenador.
—¿Javi? —la voz de Marta sonaba ronca por el sueño—. ¿Qué haces ahí encerrado?
—Nada, echando un ojo a unas facturas. ¿Has descansado?
Marta apareció en la puerta, frotándose los ojos. El moño se había deshecho un poco, dándole un aire salvaje que en otro momento a Javi le habría resultado encantador, pero que ahora le parecía sospechoso.
—Sí, me he quedado frita. Oye, me voy a duchar, que hemos quedado con Paco y Elena para tomar algo, ¿te acuerdas?
—Ah, sí. Paco y Elena. Estupendo.
Paco era el mejor amigo de Javi, y Elena era la mejor amiga de Marta. Eran la pareja perfecta para una tarde de cañas, pero Javi sabía que Paco tenía la lengua muy larga y un sentido de la discreción nulo. Si alguien podía ayudarle a desentrañar el misterio sin que Marta se diera cuenta, era él. O quizá Paco sabía algo. Paco siempre se enteraba de todo, especialmente de lo que no le incumbía.
Mientras Marta se duchaba, Javi aprovechó para mandarle un mensaje rápido a Paco.
“Tío, necesito hablar contigo a solas luego. Tema urgente. Código Rojo Olfativo.”
Paco tardó tres segundos en responder.
“¿Código Rojo Olfativo? ¿Te han vuelto a oler los pies en el gimnasio o es que Marta ha comprado otro ambientador de esos que huelen a hospital?”
“Peor. Se trata de un perfume. Uno que yo no le he regalado. Y huele a sospecha.”
“Jajaja, qué dramático eres, Javi. Nos vemos en el bar de siempre en media hora. No traigas la lupa de Sherlock, que te conozco.”
Javi guardó el móvil. Se sentía un poco más tranquilo, pero la imagen del frasco oscuro y el tapón de plata seguía grabada en su retina. ¿Quién regala un perfume llamado “El Enigma de la Noche”? Porque “Soir” era noche en francés, eso lo sabía hasta él. Y los perfumes con nombres nocturnos no se regalan para ir a comprar el pan. Se regalan para… bueno, para otras cosas.
Marta salió del baño envuelta en una nube de ese mismo aroma. Ahora era más intenso, más presente. Se había arreglado más de lo habitual para una simple tarde de cañas. Se había puesto un vestido que Javi siempre decía que le sentaba de maravilla y se había pintado los labios de un rojo intenso.
—¿Qué tal estoy? —preguntó ella, dando una vuelta sobre sí misma.
—Estás… impresionante —dijo Javi, sintiendo una mezcla de orgullo y ansiedad—. Demasiado impresionante para ir al ‘Pepe’s Bar’, ¿no crees?
—Ay, Javi, que es domingo. Hay que alegrarse un poco la cara, que mañana es lunes y volvemos a la gris realidad. ¿Nos vamos?
Caminaron hacia el bar en un silencio extraño. Javi iba un paso por detrás, intentando analizar la postura de Marta, el balanceo de sus brazos, cualquier indicio. Ella, en cambio, parecía estar de un humor excelente, tarareando una canción que ponían mucho en la radio y saludando con la mano a un vecino.
Cuando llegaron al bar, Paco y Elena ya estaban allí, sentados en una mesa alta de la terraza. Paco estaba gesticulando con una mano mientras con la otra sostenía una caña bien tirada. Elena reía. Al verlos llegar, Paco se levantó con los brazos abiertos.
—¡Hombre, la pareja del año! —exclamó Paco, dándole un abrazo a Javi y dos besos a Marta—. Pero bueno, Marta, ¿qué te has hecho? Si parece que vas a la alfombra roja de los Goya. ¡Qué elegancia, qué porte!
Y entonces, Paco hizo lo que Javi más temía. Se acercó a saludar a Marta y, al darle los besos, se detuvo un segundo de más en el aire.
—¡Ostras! —soltó Paco, arrugando la nariz de forma exagerada—. Pero qué bien hueles, ¿no? Eso no es lo que te pones siempre. Eso huele a… espera, déjame que piense… ¡A sándalo! Tío, Javi, te has rascado el bolsillo, ¿eh? Menudo regalazo le has hecho a la jefa.
Javi sintió que todos los ojos de la terraza se clavaban en él. Marta se quedó rígida. Elena miró a Marta con una chispa de curiosidad en los ojos. Javi carraspeó, buscando las palabras adecuadas.
—Pues… la verdad es que… —empezó Javi, mirando de reojo a Marta.
Ella no dijo nada. Simplemente mantuvo una sonrisa gélida, una de esas sonrisas que Marta usaba cuando estaba a punto de estallar pero prefería mantener las formas en público.
—Es que no es un regalo de Javi —soltó Elena de repente, con una naturalidad que dejó a Javi sin aliento—. ¿A que no, Marta?
El silencio que siguió a esa frase fue tan pesado que Javi juraría haber oído cómo se desinflaba una bolsa de patatas fritas en la mesa de al lado. Paco abrió los ojos como platos, mirando alternativamente a Elena y a Javi. Marta suspiró, cerró los ojos un instante y luego miró a su amiga con una expresión que Javi no supo descifrar.
—No —dijo Marta finalmente, con voz firme—. No es un regalo de Javi.
Parte 3: El asedio de las cañas
La mesa del bar se convirtió de repente en el escenario de una partida de póker donde nadie quería enseñar sus cartas, pero todos sabían que alguien estaba marcando la baraja. Javi se sentó con la pesadez de quien lleva un saco de cemento al hombro. Pidió una doble de cerveza, casi con la esperanza de que el alcohol le proporcionara alguna claridad mental o, al menos, un poco de anestesia emocional.
Paco, fiel a su estilo de “elefante en una cacharrería”, intentó suavizar el ambiente, aunque solo consiguió echar más gasolina al fuego.
—Bueno, bueno… —dijo Paco, dándole un sorbo largo a su caña—. Que no sea un regalo de Javi no significa que sea un secreto de estado, ¿no? A ver si ahora va a resultar que Marta tiene un admirador secreto millonario que le envía fragancias francesas por mensajería urgente. ¡Qué nivel, Maribel!
—No digas tonterías, Paco —cortó Elena, dándole un codazo—. No hace falta ser millonario para tener buen gusto. A veces las cosas llegan de la manera más inesperada.
Javi miró a Elena. Elena era la confidente de Marta desde el instituto. Eran como uña y carne. Si Marta tenía un secreto, Elena lo guardaba bajo siete llaves, o lo que era peor, lo administraba a cuentagotas para divertirse con el desconcierto de los demás. La forma en que Elena había dicho aquello, “de la manera más inesperada”, sonó en los oídos de Javi como una campana de alarma.
—¿Inesperada como qué? —preguntó Javi, intentando que su voz no sonara a interrogatorio de la Gestapo, aunque falló estrepitosamente—. ¿Como un sorteo de Instagram? ¿Como un regalo de despedida de un exjefe? ¿Como un “me lo encontré tirado en la calle en un frasco de plata”?
Marta le dirigió una mirada de advertencia.
—Javi, por favor. Estamos aquí para tomar algo y desconectar. No sabía que mi higiene personal fuera a ser el tema de debate de toda la tarde. Si tanto te molesta el perfume, la próxima vez me pongo Nenuco y todos contentos.
—No me molesta, Marta —replicó Javi, bajando el tono—. Me intriga. Es diferente. Y me intriga que Elena parezca saber más sobre el origen de ese perfume que yo, que soy el que duerme contigo todas las noches.
—¡Haya paz! —intervino Paco, levantando las manos—. Que aquí hemos venido a disfrutar del sol y de las aceitunas. Por cierto, ¿habéis visto lo que ha hecho el Atleti esta mañana? ¡Vaya robo!
El tema del fútbol sirvió como un parche temporal. Paco empezó una disertación sobre el VAR y las conspiraciones arbitrales que duró al menos quince minutos. Durante ese tiempo, Javi fingió escuchar, asintiendo de vez en cuando, pero su mirada se perdía en el horizonte, o mejor dicho, en el escote de Marta, donde el aroma parecía emanar con más fuerza cada vez que ella se reía de alguna ocurrencia de Paco.
Marta estaba extrañamente animada. Demasiado animada. Hablaba con Elena en susurros de vez en cuando, y las dos compartían miradas cómplices que a Javi le hacían sentir como un extraño en su propia mesa. Se sentía excluido de un chiste privado, uno que olía condenadamente bien.
—Voy al baño —dijo Marta de repente, levantándose de la silla.
—Yo te acompaño —añadió Elena al instante.
Javi y Paco se quedaron solos. Paco esperó a que las chicas estuvieran lo suficientemente lejos para inclinarse sobre la mesa.
—Tío, Javi, estás fatal —susurró Paco—. Tienes una cara de “mi mujer me está ocultando algo” que se ve desde el espacio. Relájate, hombre. Que es solo un perfume. Igual se lo ha comprado a medias con Elena en un outlet de esos raros que hay por el centro y le da vergüenza decir lo que ha costado.
—No es el precio, Paco —dijo Javi, frotándose las sienes—. Es que me ha mentido. Me dijo que era “nuevo” y que “no sabía de dónde venía”, y luego Elena suelta eso de que es “inesperado”. Y además, lo tiene escondido en un bolso viejo dentro del armario. ¿Quién esconde un perfume si no tiene nada que ocultar?
Paco se rascó la barbilla, pensativo.
—Vale, lo del escondite sí que es un poco de película de espías. Pero piénsalo… ¿Y si es un regalo de su madre y no quiere decirte que le ha gustado porque tú siempre dices que su madre tiene el gusto en los pies?
—Mi suegra no sabe ni pronunciar “bergamota”, Paco. Mi suegra le regala calcetines de lana y figuras de porcelana horribles. Esto es otra cosa. Esto es… sofisticado. Demasiado sofisticado para nuestra vida de sofá, mantita y series de Netflix.
—Mira, hagamos una cosa —propuso Paco con un brillo travieso en los ojos—. Cuando vuelvan, yo voy a intentar tirarles de la lengua a mi manera. Tú quédate en segundo plano. Si alguien puede sacarles la verdad sin que se den cuenta, es este servidor, el rey del “cuñadismo” aplicado.
Javi no estaba muy convencido del plan, pero no tenía otra opción. Cuando Marta y Elena regresaron, Paco ya había cambiado el chip.
—Oye, Elena —dijo Paco con tono casual—, ¿sabes que el otro día vi un reportaje sobre esos perfumes que hacen ahora personalizados? Te miden la piel, te preguntan tus gustos y te hacen una fragancia solo para ti. Dicen que son carísimos, pero que te cambian la vida. ¿No será eso lo que lleva Marta, verdad? Porque huele a que le han hecho un traje a medida.
Elena soltó una carcajada.
—Pues casi, Paco. Casi. Pero no es exactamente eso. Digamos que es algo mucho más… exclusivo. Y no, no se lo ha hecho ningún alquimista moderno.
Marta le lanzó una mirada fulminante a Elena, pero esta pareció no darse por aludida. Elena estaba disfrutando del juego. Le gustaba ver a Javi retorcerse de curiosidad.
—¿Y se puede saber qué es? —insistió Javi, incapaz de mantenerse al margen—. Porque si es tan exclusivo, igual yo también quiero uno. O igual quiero saber quién tiene tan buen gusto para regalárselo a mi mujer.
Marta suspiró, dejó su vaso sobre la mesa y miró a Javi fijamente. Su expresión ya no era divertida. Estaba cansada.
—Javi, ¿de verdad quieres saberlo aquí, delante de todo el mundo? —preguntó ella con una voz que heló la sangre de Javi.
—Si no hay nada malo en ello, ¿por qué no? —respondió él, tratando de mantener la compostura.
—No es que haya nada malo —dijo Marta, bajando la voz—. Es que es… privado. Y pensé que te daría igual. Pero veo que te está consumiendo por dentro.
—¡A mí no me consume nada! Solo me gustaría que en esta relación no hubiera secretos olfativos, eso es todo.
Elena intervino, con un tono un poco más serio.
—Javi, no te pongas así. Marta solo quería darte una sorpresa, pero las cosas se han complicado un poco por tu obsesión detectivesca.
—¿Una sorpresa? —repitió Javi—. ¿Qué clase de sorpresa se guarda en un bolso de fiesta y se usa a escondidas un domingo por la mañana?
Paco miraba de unos a otros como si estuviera viendo la final de Wimbledon.
—Bueno —dijo Marta, poniéndose de pie—. Si tanto interés tienes, vámonos a casa. Elena, Paco, perdonadnos, pero creo que Javi necesita una sesión de “explicaciones detalladas” antes de que le dé un parraque.
El camino de vuelta fue, si cabe, más tenso que el de ida. No mediaron palabra. Javi iba rumiando mil teorías, desde la más absurda hasta la más dolorosa. ¿Y si Marta estaba teniendo una aventura con un perfumista francés? ¿Y si trabajaba en secreto como probadora de fragancias de lujo para pagar las deudas que él no sabía que tenían? ¿Y si…?
Al llegar al portal, Javi sentía que le temblaban las piernas. Entraron en el ascensor. El espacio cerrado hizo que el perfume de Marta fuera casi asfixiante. Ella lo miraba con una mezcla de tristeza y fastidio.
—Entra —dijo ella al abrir la puerta del piso.
Javi entró y se fue directo al salón. Se sentó en el sofá, el mismo lugar donde todo había empezado esa mañana. Marta se quedó de pie frente a él. Fue al dormitorio y regresó con el frasco oscuro de tapón de plata. Lo dejó sobre la mesa de centro, justo al lado del mando de la tele.
—Aquí tienes tu misterio, Javi —dijo ella—. “L’Énigme du Soir”.
—¿Y bien? —preguntó Javi, mirando el frasco como si fuera una granada a punto de explotar—. ¿Quién te lo ha dado?
Marta se sentó a su lado, pero manteniendo una distancia prudencial.
—Nadie me lo ha dado, Javi. Lo he comprado yo.
—Pero si dijiste que no… y además, ¡esto cuesta un riñón! He visto frascos parecidos en internet y no bajan de los doscientos euros.
—Doscientos cincuenta, concretamente —corrigió ella.
Javi se llevó las manos a la cabeza.
—¿Doscientos cincuenta euros en un perfume? ¡Marta, que estamos ahorrando para reformar el baño! ¡Que dijiste que el presupuesto estaba ajustado! ¿Y te gastas eso en oler a sándalo?
—No es solo por el olor, Javi —dijo ella, y su voz tembló un poco—. Es por lo que significa.
Javi la miró, confuso.
—¿Qué significa? ¿Qué puede significar un bote de cristal oscuro aparte de una tarjeta de crédito tiritando?
Marta suspiró y se pasó una mano por la cara.
—Significa que me he vuelto loca, Javi. Que me he vuelto loca de aburrimiento, de rutina, de ser siempre la que ahorra, la que pone las lavadoras, la que organiza los tupperwares y la que se pone la misma colonia de flores baratas desde hace cinco años porque “es la que nos viene bien”. Significa que un día, volviendo del trabajo, pasé por esa tienda de la calle Serrano, vi el escaparate y sentí que si no hacía algo distinto, algo absurdo, algo… caro… me iba a marchitar.
Javi se quedó mudo. No era la respuesta que esperaba. No había amantes, no había espionaje industrial, no había traiciones épicas. Solo había una mujer cansada de la monotonía.
—Pero… ¿por qué esconderlo? —preguntó él en un susurro.
—Porque sabía que reaccionarías así. “¡Marta, el baño!”, “¡Marta, los ahorros!”, “¡Marta, qué derroche!”. Quería tener algo que fuera solo mío. Algo que no tuviéramos que discutir en una hoja de Excel. Algo que me hiciera sentir… especial. No solo “la mujer de Javi que limpia el horno los domingos”.
Javi sintió un nudo en la garganta. La miró y, por primera vez en todo el día, no vio el perfume. Vio a Marta. Vio el cansancio en sus ojos, pero también esa chispa de rebeldía que tanto le había gustado cuando se conocieron.
—Yo no te lo regalé —repitió Javi, pero esta vez con un tono distinto. No era un reproche. Era una constatación de su propia falta de atención.
—No —dijo ella—. Me lo regalé yo a mí misma. Porque me lo merecía. Y lo escondí porque no quería que me quitaras la ilusión con tus “peros” y tus presupuestos.
Javi extendió la mano y cogió el frasco. Lo pesó en su palma. Era sólido, real.
—Huele muy bien, Marta —dijo finalmente—. De verdad. Huele a ti… pero a una versión de ti que yo había olvidado que existía.
Ella sonrió débilmente.
—Es una versión cara, Javi. Muy cara.
—Bueno… —dijo él, intentando recuperar un poco de su humor habitual—, el baño puede esperar unos meses más. Total, los azulejos ya están pasados de moda, un poco más de tiempo no les va a hacer daño. Pero la próxima vez que te quieras sentir como una marquesa francesa, avísame. Igual yo también me compro una colonia que huela a éxito y a yate en Mónaco, aunque sea de muestra.
Marta soltó una carcajada auténtica, la primera del día. Se inclinó hacia él y le dio un beso en la mejilla.
—Gracias, Javi. Y perdón por el misterio. Elena me ayudó a comprarlo online para que no llegara el cargo a la cuenta conjunta, por eso ella lo sabía. Es una mala influencia, ya lo sabes.
—Vaya tela con Elena —refunfuñó Javi, aunque sin malicia—. Me ha tenido en un sinvivir toda la tarde.
Se quedaron un rato allí sentados, en el silencio del salón, mientras la luz del atardecer teñía las paredes de naranja. Javi se sentía aliviado, pero también un poco más sabio. Había aprendido que los secretos no siempre son oscuros, a veces son simplemente pequeños refugios contra la rutina. Y que, a veces, un perfume extraño no es más que el grito de socorro de una identidad que se niega a ser sepultada por los tupperwares.
Parte 4: El aroma de la tregua
La noche cayó sobre Madrid con esa suavidad engañosa que invita a abrir las ventanas y dejar que el ruido de la ciudad entre en el salón. Javi y Marta habían decidido que, tras el drama olfativo de la tarde, lo mejor era pedir unas pizzas y olvidarse de cocinar, de limpiar y, sobre todo, de los presupuestos.
Mientras esperaban al repartidor, Javi no podía dejar de mirar el frasco de “L’Énigme du Soir” que seguía sobre la mesa. Ahora que sabía la verdad, el aroma ya no le resultaba amenazante. Al contrario, le parecía una nota de color en su vida, un recordatorio de que Marta seguía siendo una caja de sorpresas, incluso después de siete años.
—Oye, Marta —dijo él, mientras buscaba una película en Netflix—. He estado pensando.
—Miedo me das cuando piensas a estas horas —respondió ella desde la cocina, donde estaba sacando las servilletas.
—No, en serio. Lo del perfume… me ha hecho darme cuenta de algo. Nos hemos vuelto un poco aburridos, ¿no crees?
Marta volvió al salón y se sentó a su lado.
—¿Aburridos? ¿Nosotros? ¡Pero si el mes pasado fuimos a Segovia a ver el acueducto! —dijo ella con sarcasmo.
—Ya, y nos peleamos porque yo quería comer cochinillo y tú decías que era demasiado pesado para el mediodía. A eso me refiero. Todo está tan medido, tan planeado… Que tú sintieras que tenías que esconder un perfume de doscientos pavos para sentirte viva es una señal, Marta. Una señal de que nos hace falta un poco más de “enigma” en nuestro “soir”.
Marta lo miró con ternura. Le puso una mano en el hombro y lo atrajo hacia ella.
—Javi, eres un romántico empedernido cuando quieres. O un manipulador profesional para que no me enfade por lo de los ahorros.
—Un poco de las dos cosas —admitió él con una sonrisa—. Pero hablo en serio. A partir de ahora, nada de esconder cosas. Si quieres comprarte un bolso que cueste como una hipoteca, dímelo. Me llevaré un susto, seguramente me hiperventilaré un poco, pero lo hablaremos. Y yo haré lo mismo.
—¿Ah, sí? ¿Y qué te vas a comprar tú? ¿Ese set de herramientas profesionales que no sabes usar pero que dices que es indispensable para el hogar?
—Oye, que nunca se sabe cuándo se va a romper una tubería maestra —protestó Javi—. Pero no, estaba pensando en algo más… sutil. Quizá me apunte a ese curso de cocina japonesa que tanto me gustaba. O me compre un buen vino de vez en cuando, de esos que no vienen en tetrabrik.
El timbre sonó. Era la pizza. Javi fue a abrir, pagó y regresó con las cajas humeantes. Cenaron en el sofá, con los pies sobre la mesa de centro, saltándose todas las normas de etiqueta doméstica que Marta solía imponer con mano de hierro.
—¿Sabes qué es lo más curioso? —dijo Javi entre bocado y bocado de una pizza cuatro quesos—. Que ahora que sé lo que es, el perfume huele aún mejor.
—Es el poder de la honestidad, Javi. O el efecto de la pizza, que lo mejora todo.
Pasaron el resto de la noche riendo, recordando anécdotas de cuando empezaron a salir, de cuando todo era nuevo y no había facturas de por medio. Javi se dio cuenta de que el perfume no era el secreto. El secreto era que se habían acomodado tanto en su papel de “pareja estable” que habían dejado de lado a las personas individuales que eran.
Al final de la noche, mientras se preparaban para ir a dormir, Marta se detuvo un momento frente al tocador. Cogió el frasco oscuro y, esta vez sin esconderse, se puso una gota minúscula detrás de las orejas.
—¿Para dormir también? —preguntó Javi, asomando la cabeza por la puerta del baño.
—Para dormir también —afirmó ella—. Porque me hace feliz. Y porque quiero que te acostumbres a que tu mujer huele a sándalo del Himalaya y no a suavizante de lavanda.
Javi sonrió y se acercó a ella. La abrazó por detrás, hundiendo su nariz en su cuello. Ya no buscaba pistas, ya no analizaba componentes químicos. Simplemente disfrutaba del momento.
—Los detalles revelan secretos —susurró Javi al oído de Marta.
—¿Ah, sí? ¿Y qué secreto te ha revelado este detalle? —preguntó ella, girándose en sus brazos.
—Que aunque me queje de los doscientos cincuenta euros, me encanta que seas tan impredecible. Y que, por cierto, mañana me toca a mí bajar la basura, pero lo haré con una elegancia que ya verás.
Marta soltó una última carcajada y apagó la luz del dormitorio. En la oscuridad, el aroma de “L’Énigme du Soir” seguía allí, flotando, marcando el inicio de una nueva etapa donde, quizá, la rutina ya no tendría tanto espacio para esconderse. Y Javi, por fin, pudo dormir tranquilo, sabiendo que el único misterio en su casa era cuánto tiempo tardaría él en comprarse algo igual de innecesario y maravilloso.
La vida seguía en aquel piso madrileño, pero ahora olía un poco menos a domingo y mucho más a algo que, aunque caro, no tenía precio.
FIN.