Para S, aquel joven príncipe austríaco, debió de parecer la encarnación perfecta de todo aquello que los libros de su infancia habían prometido. El cortejo fue breve, la atracción entre ambos era genuina. O al menos eso es lo que todos los que los conocieron entonces aseguraron durante años. Se casaron en 1953 en una ceremonia que reunió a lo más selecto de la sociedad europea y norteamericana y que las revistas de la época cubrieron con la devoción que hoy se reserva para las bodas reales.
S llevaba un vestido de una sencillez estudiada que hacía resaltar su belleza natural. Y Alfred lucía esa expresión satisfecha de quien sabe que ha ganado algo valioso. La pareja se instaló entre Europa y los Estados Unidos, alternando residencias con la facilidad de quienes nunca han tenido que preocuparse por el precio de un billete de avión.
De esa unión nacieron dos hijos. Alexander Bonuersberg llegó al mundo en 1955 y su hermana Annie Lori, a quien todos llamarían Ala, nació poco después. Durante un tiempo, la familia parecía el retrato perfecto de la prosperidad privilegiada. S era una madre dedicada, cariñosa, que volcaba en sus hijos esa calidez que había caracterizado su personalidad desde la infancia.
Sin embargo, por debajo de esa superficie impecable, el matrimonio comenzó a mostrar fisuras que ni el dinero ni el apellido podían reparar. Alfred era un hombre de su tiempo y de su clase, acostumbrado a una independencia que el vínculo matrimonial fue recortando con el paso de los años. Y Sani, a pesar de su aparente docilidad, tenía una personalidad y una voluntad que no estaban dispuestas a plegarse indefinidamente.
El divorcio llegó en 1961 tras casi una década de matrimonio. No fue un divorcio escandaloso ni particularmente amargo en sus formas externas, pero dejó en sanca que quienes la conocían podían percibir bajo su sonrisa habitual. Había creído en el amor con la fe absoluta de quien nunca ha sido decepcionado.
Y la realidad había resultado ser más complicada que cualquier promesa susurrada en un salón bienes. Aún así, SN de las personas que se quedaban inmóviles frente a la adversidad. Era joven, era libre, era extraordinariamente rica y el mundo seguía siendo un lugar lleno de posibilidades. Lo que no sabía entonces, lo que nadie a su alrededor podía imaginar, era que el siguiente hombre que entrase en su vida cambiaría todo, absolutamente todo, y no precisamente para bien.
Klaus Cecil Borberg nació el 11 de agosto de 1926 en Dinamarca. Hijo de Sven Borberg, un dramaturgo y crítico teatral de cierta notoriedad en los círculos culturales escandinavos. Desde muy joven, Klaus mostró una inteligencia aguda y una ambición que parecía demasiado grande para el entorno en que había crecido.
Estudió derecho en Cambridge, donde se graduó con distinción y donde también comenzó a pulir ese barniz de sofisticación cosmopolita que con los años se convertiría en su sello personal. Era un hombre que sabía exactamente cómo presentarse ante el mundo, elegante, sin ostentación. Culto sin pedantería, encantador sin resultar empalagoso.
Después de Cambridge, Klaus trabajó durante varios años en el despacho del abogado más célebre de Europa en aquella época, el mismísimo Paul Getti, el magnate del petróleo. Aquella experiencia lo sumergió en el universo de los grandes patrimonios, los negocios internacionales y las fortunas que se medían en cifras que la mayoría de los mortales no puede concebir.
Klaus aprendió a moverse con soltura en ese mundo, a entender sus códigos no escritos, a distinguir la riqueza verdadera de la mera ostentación y a proyectar en todo momento la imagen de alguien que pertenece de manera natural a los niveles más altos de la jerarquía social. cambió su apellido paterno, Borberg, por el materno von Bullow, que sonaba infinitamente más aristocrático y abría puertas que el primero jamás habría podido abrir.
Con ese nuevo nombre y esa identidad cuidadosamente construida, Klaus Von Bullow comenzó a frecuentar los mismos círculos que Sny Craford. La alta sociedad de Nueva York y Newport en los años 60 era un mundo pequeño y perfectamente delimitado, donde todos se conocían y donde los encuentros entre personas de cierto nivel eran casi inevitables.

Cuando Klaus y Sani se conocieron, en algún punto de esa década de transformaciones profundas que resultó ser la de 1960, la atracción fue inmediata y mutua. Él tenía exactamente lo que ella admiraba en un hombre. Inteligencia brillante, cultura vasta, presencia física imponente y una seguridad en sí mismo que rozaba la arrogancia, pero que en él resultaba paradójicamente seductora.
Para quienes los observaban desde fuera, hacían una pareja formidable. S aportaba la fortuna, la calidez y el apellido americano que abría las puertas del dinero nuevo. Klaus aportaba el glamur europeo, el ingenio verbal y esa capacidad para brillar en sociedad que convierte cualquier cena en un evento memorable.
Se casaron en 1966 en una ceremonia íntima, pero impecablemente organizada y se instalaron en un estilo de vida que combinaba lo mejor de ambos mundos. Tenían una mansión en Newport, Rode Island, conocida como Clarenton Kurt, una residencia de dimensiones verdaderamente señoriales que en épocas anteriores había pertenecido a otras familias de la élite norteamericana.
También tenían un apartamento de lujo en la Quinta avenida de Nueva York y una villa en Europa para los veranos. Vivían en todos los sentidos a una escala que la mayoría de la humanidad no puede ni imaginar. En 1967 nació Cosima Bon Bullow, la hija que San y Klaus tuvieron juntos y que completó una familia que desde fuera parecía absolutamente perfecta, pero la perfección, como saben muy bien quienes han vivido lo suficiente, suele ser la máscara más convincente que adopta la infelicidad dentro de Claron Court, detrás de los
muros de piedra y los jardines perfectamente cuidados. Había tensiones que los invitados a las cenas nunca llegaban a ver. Klaus era un hombre de apetitos complejos y de una frialdad emocional que contrastaba con la necesidad de afecto genuino que S siempre había tenido. Ella bebía más de lo que debería, algo que quienes la rodeaban notaban, pero nadie se atrevía a mencionar abiertamente.
Él tenía amistades y compromisos que ella no siempre comprendía ni aprobaba. El matrimonio era funcional, presentable, socialmente impecable, pero el amor, si alguna vez había sido lo que ambos creyeron, se había ido transformando en algo mucho más difícil de nombrar. La salud de San Von Bullow había sido una preocupación discreta, pero constante durante varios años antes de que todo se derrumbara de manera irreversible.
Quienes la conocían de cerca describían una mujer que a veces parecía extrañamente cansada, que se quejaba de malestares vagos, que en ciertos momentos mostraba una lentitud de movimientos y una confusión de pensamiento que no concordaba con su edad ni con su historial médico. Los médicos que la atendían consideraban sus síntomas en el contexto de una mujer adinerada con tendencia al consumo excesivo de alcohol y de ciertos medicamentos que en aquella época se recetaban con una generosidad que hoy resultaría alarmante.
Nadie, en ningún momento de esos años previos, consideró que pudiera existir una mano humana detrás de su deterioro gradual. La primera crisis grave ocurrió en la Navidad de 1979. La familia se había reunido en Claron Court para las festividades y Sani cayó en un estado de semiinconsciencia que aterró a todos los presentes.
Los médicos que acudieron determinaron que había sufrido una hipoglucemia severa, es decir, una caída peligrosa en los niveles de azúcar en sangre. El diagnóstico fue tratado como un episodio aislado, probablemente relacionado con el consumo de alcohol y una alimentación irregular durante las fiestas. S recuperó en unos días y la familia respiró con alivio.
Fue un susto, solo un susto, nada que debiera cambiar el curso de ninguna vida. Pero un año después, en la Navidad de 1980, la historia se repitió y esta vez no habría recuperación. Esta vez el abismo al que Sani se asomó no tendría fondo ni salida. El 21 de diciembre de ese año, Klaus Von Bullow llamó a los servicios de emergencia desde Clarenton Court para informar que su esposa había caído inconsciente.
Los paramédicos que llegaron encontraron a S en un estado crítico con una temperatura corporal peligrosamente baja y unos niveles de azúcar en sangre que médicamente no tenían explicación sencilla. fue trasladada de urgencia al hospital donde los médicos lucharon durante horas por estabilizarla. Lo lograron en el sentido más limitado de esa palabra.
Su corazón siguió latiendo, sus pulmones siguieron funcionando, pero su cerebro, privado de oxígeno durante demasiado tiempo, había sufrido un daño que los especialistas calificaron desde el primer momento como irreversible. Sny von Bullow entró en coma el 21 de diciembre de 1980. Tenía 48 años. Era una de las mujeres más ricas de los Estados Unidos y nunca volvería a abrir los ojos.
Nunca volvería a pronunciar una sola palabra. Nunca volvería a reconocer a sus hijos ni a sentir el sol en su rostro. Permanecería en ese estado durante 28 años, mantenida con vida por máquinas en una clínica de Manhattan, convertida en el símbolo involuntario de una historia que el mundo no podía dejar de seguir.
Mientras los médicos atendían a S. En el hospital, sus hijos mayores Alexander y Ala, hijos de su primer matrimonio con Alfred Bonersberg, observaban la situación con una angustia que muy pronto comenzaría a teñirse de algo más oscuro que el simple dolor. Tenían preguntas, tenían dudas y tenían un padrastro que, en su opinión no estaba reaccionando de la manera en que un hombre verdaderamente enamorado de su esposa debería reaccionar ante una catástrofe semejante.
La sospecha, esa serpiente que se desliza por los rincones de la mente cuando algo no encaja, comenzó a moverse. Alexander Bon Aersberg tenía 25 años cuando su madre cayó en coma y era un joven lo suficientemente inteligente y resuelto como para no quedarse simplemente esperando que los médicos explicasen lo inexplicable.
Junto a su hermana Ala, comenzó a observar retrospectivamente los eventos de los meses anteriores con una atención que el dolor y la sospecha hacen más aguda. Recordaron la primera crisis de la Navidad anterior. Recordaron los malestares inexplicables de San durante ese año. recordaron actitudes de Klaus, que en su momento habían parecido simples excentricidades de carácter, pero que ahora, vistos desde este nuevo ángulo de penumbra, adquirían una dimensión diferente.
Contrataron a un investigador privado. Su nombre era Alexander Bon Aersper, conocido por todos como Alex, y actuó con la discreción y la determinación de alguien que sabe que lo que está buscando podría destruir a una familia entera, pero que también podría ser la única manera de hacer justicia a su madre. El investigador accedió a la residencia de Newport y revisó los objetos personales de Klaus Bon Bullow.
Lo que encontró guardado en un bolso negro de cuero que pertenecía al marido, cambió el rumbo de toda la historia. Dentro del bolso había medicamentos, había jeringas y había un residuo en una de esas jeringas que los análisis posteriores identificarían como insulina. La insulina, para quienes no están familiarizados con su papel en la medicina, es la hormona que regula los niveles de azúcar en la sangre.
Administrada a una persona sana en dosis suficientemente elevadas, puede provocar una hipoglucemia severa, es decir, exactamente el tipo de crisis que Sani había sufrido en las dos Navidades consecutivas. Y lo más perturbador es que la insulina, a diferencia de la mayoría de los venenos, es casi imposible de detectar en una autopsia, porque el cuerpo humano la produce de manera natural y los niveles postmórtem no permiten distinguir con facilidad entre la insulina endógena y la administrada artificialmente.
era, en palabras de algunos de los toxicólogos que luego testificarían en el juicio, casi el veneno perfecto. Con esta evidencia en la mano, Alexander y Ala se pusieron en contacto con las autoridades. La investigación policial que siguió fue exhaustiva y delicada porque las personas involucradas tenían el dinero y las conexiones necesarias para complicar cualquier proceso judicial.
En junio de 1981, Klaus Bonbullow fue formalmente arrestado y acusado de dos cargos de intento de asesinato contra su esposa, correspondientes a las dos crisis navideñas. La noticia sacudió a la alta sociedad norteamericana como un terremoto, no porque el crimen fuera imposible en ese estrato social, sino porque nunca antes había quedado expuesto de manera tan crudamente pública.
El arresto de Klaus Bonbullow fue portada en los principales periódicos del país al día siguiente. Las revistas de sociedad que durante años habían fotografiado a la pareja en galas benéficas y cenas de gala, ahora publicaban esas mismas imágenes bajo titulares que resultaban perturbadores en retrospectiva. El mundo miraba a aquel hombre elegante, de ademanes pausados y expresión inescrutable, y se preguntaba si detrás de esa fachada impecable se ocultaba un asesino o si todo no era más que una terrible tragedia familiar mal interpretada por unos hijos que buscaban
culpables para un dolor que no tenía culpable. El primer juicio contra Klaus Vulow comenzó en enero de 1982 en Providence, Rod Island. Era un espectáculo judicial sin precedentes en la historia del Estado y quizás en la historia reciente del país. El tribunal atrajo a periodistas de todo el mundo, a curiosos que llegaban desde estados lejanos solo para estar presentes en la sala, a abogados que seguían el caso desde sus despachos.
con la atención profesional que se dedica a los procedimientos que redefinen la jurisprudencia. La pregunta que todos se hacían era simple en su formulación y abismal en sus implicaciones. ¿Podía un hombre de la clase y el refinamiento de Klaus Von Buow ser capaz de inyectar insulina a su esposa para matarla? La fiscalía presentó su caso con meticulosidad.
Los fiscales construyeron una narrativa que combinaba la evidencia física, es decir, la jeringa con residuos de insulina encontrada en el bolso negro, con una serie de testimonios que dibujaban un retrato de Klaus como un hombre atrapado en un matrimonio que lo limitaba económicamente y que le impedía vivir la vida que realmente deseaba.
Se mencionó el nombre de Alexandra Aes, una actriz y presentadora de televisión con quien Klaus mantenía una relación íntima paralela a su matrimonio. La existencia de esa relación proporcionaba a la fiscalía el elemento que cualquier caso de crimen conyugal necesita. Un motivo. Klaus quería dinero, quería libertad, quería otra mujer y Sani, viva y consciente, era el único obstáculo entre él y todo eso.
La defensa, liderada por el abogado Harold Price intentó desmantelar la narrativa fiscal atacando la manera en que la evidencia había sido obtenida. Los hijos de SN habían contratado a un investigador privado y habían accedido a las pertenencias de Klaus sin una orden judicial. Los análisis de la jeringa habían sido realizados por laboratorios privados antes de que la policía interviniese formalmente.
Había problemas de cadena de custodia que cualquier abogado competente podía explotar ante un jurado. Pero el jurado, compuesto por ciudadanos comunes que seguían el caso con la misma fascinación que el resto del país, no estaba mirando solo la evidencia técnica, estaba mirando a un hombre que parecía extraordinariamente calmado, extraordinariamente frío para alguien cuya esposa yacía en coma en un hospital de Manhattan.
El veredicto llegó en marzo de 1982. Culpable. El jurado declaró a Klaus Von Bullow culpable de los dos cargos de intento de asesinato y el juez lo condenó a 30 años de prisión. En la sala algunos lloraron, otros aplaudieron en silencio. Klaus recibió la sentencia con la misma expresión inescrutable que había mantenido durante todo el proceso.
Los hijos de San, Alexander y Ala, salieron del tribunal con los rostros marcados por una mezcla de alivio y de ese agotamiento profundo que deja la búsqueda larga de justicia. Pero la historia, lejos de terminar, apenas acababa de entrar en su capítulo más complejo. Klaus von Bullow apeló la condena de inmediato y para esa apelación contrató a un abogado cuyo nombre era en sí mismo una garantía de espectáculo y controversia.
Alan Derschovicz, el brillante y polemista profesor de derecho de Harvard, era exactamente el tipo de defensor que un caso de este calibre requería. Darovic revisó cada aspecto del proceso, identificó errores procesales sustanciales y construyó un argumento de apelación que los tribunales superiores no pudieron ignorar.
La condena fue anulada. Habría un segundo juicio y el segundo juicio iba a ser, si cabía, todavía más explosivo que el primero. Alan Derjovic no era solo un abogado, era una fuerza de la naturaleza jurídica, un hombre que había convertido la defensa de los acusados más impopulares del país en una filosofía personal, en una declaración de principios sobre cómo funciona o debería funcionar el sistema de justicia en una sociedad libre.
Su aceptación del caso Von Bullow fue en sí misma noticia porque Derovicz era consciente del riesgo reputacional que suponía defender a un hombre al que la opinión pública había juzgado y condenado antes incluso de que comenzase el primer juicio. Pero también veía en el caso que le resultaba intelectualmente imposible de ignorar, una serie de irregularidades procesales que, independientemente de la culpabilidad o inocencia del acusado, comprometían los principios fundamentales del debido proceso.
El argumento central de Derhovic era que la evidencia principal contra Klaus, la jeringa con residuos de insulina, había sido obtenida de manera ilegítima por investigadores privados contratados por los hijjastros y que, por tanto, no debería haber sido admitida en el primer juicio.
Los tribunales de apelación de Rh Island le dieron la razón en puntos suficientemente importantes como para ordenar la celebración de un nuevo juicio. Era una victoria procesal, pero no necesariamente una victoria de fondo. El caso tendría que volver a presentarse ante un nuevo jurado con nuevas reglas sobre qué evidencias podían utilizarse y Klaus tendría que enfrentarse una segunda vez a la posibilidad de terminar sus días en una celda.
El segundo juicio comenzó en 1985 y fue, si cabía imaginar algo así, todavía más seguido por los medios de comunicación que el primero. Para entonces, el caso Von Bullow había trascendido la crónica de sucesos para convertirse en un fenómeno cultural. Se habían escrito libros, se habían producido documentales.
Los programas de televisión dedicaban horas de debate a analizar cada detalle del caso. El público americano estaba dividido de manera casi perfecta entre quienes creían que Klaus era culpable y quienes pensaban que era víctima de una conspiración orquestada por unos hijastros codiciosos que no querían compartir la herencia de su madre con el marido.
La defensa en el segundo juicio adoptó una estrategia diferente. Dersovic y su equipo atacaron frontalmente la teoría de la insulina. Presentaron testigos expertos que cuestionaron la metodología de los análisis toxicológicos, que señalaron que el tipo de insulina supuestamente detectada en la jeringa correspondía a una formulación que no se comercializaba en los Estados Unidos en la época de los hechos y que argumentaron que los síntomas de SN eran perfectamente compatibles con un coma hipoglucémico natural causado por su
propio consumo de alcohol y de ciertos medicamentos. También presentaron a testigos que describían a San como una mujer que conscientemente evitaba comer y que mezclaba el alcohol con fármacos de una manera que sus propios médicos le habían advertido que era peligrosa. El veredicto del segundo juicio llegó en junio de 1985.
No culpable. El jurado absolvió a Klaus von Bullow de todos los cargos. Esta vez en la sala del tribunal las reacciones fueron invertidas. Los que antes habían llorado de alivio, ahora expresaban incredulidad. Los defensores de Klaus respiraban con un alivio que llevaba años contenido. Y el propio Klaus von Bullow, por primera y quizás única vez durante todo el proceso, dejó escapar algo que en él era rarísimo, una emoción visible.
un temblor en la expresión habitualmente pétrea, aunque nadie en la sala podría haber dicho con certeza si era el alivio del inocente o el alivio del culpable que acaba de escapar de la justicia. La absolución de Klaus Bonbulow resolvió ninguna pregunta, al contrario, multiplicó las dudas y convirtió el caso en algo todavía más perturbador de lo que había sido antes.
En los sistemas judiciales de tradición anglosajona, un veredicto de no culpable no significa que el acusado sea inocente. Significa con precisión técnica que la fiscalía no pudo probar su culpabilidad más allá de toda duda razonable ante ese jurado específico en ese momento específico, con esa evidencia específica. Son dos cosas muy diferentes, aunque el lenguaje cotidiano tienda a confundirlas.
Y en el caso de Klaus Bonbulow, esa distinción era enormemente significativa, porque la duda razonable era exactamente el terreno en que el caso se había movido desde el principio. Los hijos de San, Alexander y Ala, no aceptaron la absolución como el punto final de la historia. Para ellos, su madre seguía en coma en aquella clínica de Manhattan, conectada a máquinas que le recordaban al mundo que su corazón todavía latía, pero que su mente había dejado de estar presente.
La tutela legal de SN había pasado por diversas manos durante el proceso judicial y uno de los aspectos más tensos de toda la saga era precisamente quién tenía el derecho legal de tomar decisiones sobre su cuidado, sobre su patrimonio y eventualmente sobre el momento en que se decidiera retirar el soporte vital.
Klaus como marido tenía derechos legales sobre esas decisiones. Los hijos como herederos y como personas que consideraban a Klaus responsable de la situación de su madre estaban en posición diametralmente opuesta. El conflicto legal entre Klaus y los hijos de Sani sobre el control del patrimonio y la tutela se extendió durante varios años más, añadiendo capas de complejidad jurídica y emocional a una historia que ya tenía demasiadas.
Finalmente, en 1986 alcanzó un acuerdo extrajudicial. Klaus Bonbulow renunció a todos sus derechos sobre el patrimonio de SN y a la tutela de su persona, a cambio de que los hijos y la familia retirasen todas las acciones civiles pendientes contra él. También acordó no publicar ni colaborar en ningún libro o producción audiovisual que tratase el caso, aunque esa cláusula resultaría difícil de hacer cumplir en la práctica.
Liberado de las demandas y de la necesidad de seguir justificándose ante la familia de su esposa, Klaus Bonbulow inició una nueva vida. Se trasladó a Londres, donde la distancia del escándalo americano le permitía moverse con mayor libertad. Frecuentaba los círculos culturales y literarios de la capital británica.
Asistía a las primeras de teatro. aparecía en cenas de sociedad con la misma elegancia de siempre y con el mismo aplomo desconcertante. Hablaba del caso cuando se lo preguntaban con una ecuanimidad que sus interlocutores encontraban bien fascinante o bien aterradora según su propia lectura de la situación. Isani seguía en su cama de hospital en Manhattan, ajena a todo, suspendida en un silencio que ninguna sentencia judicial podía romper ni explicar.
Alan Derschovicz, por su parte, escribió un libro sobre el caso titulado en inglés de una manera que podría traducirse aproximadamente como La revancha, en el que describía su experiencia como defensor de Klaus y sus argumentos sobre los errores del proceso. El libro fue adaptado al cine en 1990 bajo el título presunto inocente.
No, el título correcto fue Reversión de la fortuna. con Jeremy Irons en el papel de Klaus Bonbulow y Glenn Close interpretando a San. Jeremy Irons ganó el Óscar al mejor actor por esa interpretación en 1991, lo que añadió una dimensión de extrañeza cultural adicional a una historia que ya resultaba extraordinaria. El marido acusado de envenenar a su esposa, interpretado por uno de los actores más admirados de su generación, ganando el premio más codiciado del mundo del espectáculo.
La película Reversión de la fortuna, basada en el libro de Derhovic y dirigida por Barbett Schredder, llegó a las salas de cine cuando Sanny llevaba ya 10 años en coma y el juicio había concluido hacia cinco. Fue un momento culturalmente extraño porque ponía de nuevo en el centro de la atención pública una historia que muchos habrían preferido que se diluyese con el tiempo y lo hacía con la potencia de amplificación que tiene el cine cuando está bien hecho.
Jeremy Irons construyó un Klaus von Bullow que era simultáneamente fascinante y perturbador. Un hombre cuya ambigüedad moral el actor nunca intentó resolver. dejando al espectador en la incomodidad de no saber exactamente qué pensar. Glenn Close en el papel de SN tuvo el desafío todavía más difícil de interpretar a una mujer que aparecía en pantalla principalmente como una figura inconsciente reconstruida a través de flashbacks y de la narración en primera persona de su propio personaje desde el coma.
Lo que la película hizo, quizás sin pretenderlo, fue convertir el caso von Bullow en algo que trascendía el mero escándalo de Crónica Negra. Lo elevó al nivel de la tragedia clásica con todos sus elementos constitutivos. Un personaje que posee todo lo que el mundo puede ofrecer y que, sin embargo, es destruido.
Una figura ambigua que puede ser leída como villano o como chivo expiatorio según el punto de vista de quien observe, y un sistema de justicia que con toda su maquinaria no consigue ofrecer una respuesta definitiva a las preguntas más fundamentales. El público que salía de los cines en 1990 no sabía mucho más sobre la verdad del caso de lo que sabía antes de entrar, pero pensaba más profundamente sobre ella.
Mientras tanto, en el piso 22 de una clínica privada de Manhattan, Sny Bonbulow continuaba su existencia suspendida. El personal médico que la cuidaba describía a una mujer que físicamente se mantenía sorprendentemente estable dadas las circunstancias, su corazón era fuerte, sus órganos vitales respondían, pero su cerebro no mostraba ninguna actividad que permitiese albergar la menor esperanza de recuperación.
Los médicos utilizaban el término estado vegetativo persistente, que en el vocabulario médico de aquella época era la manera de decir, con la distancia técnica que requiere la profesión, que la persona que alguna vez habitó ese cuerpo había dejado de existir, de una manera que ninguna máquina ni ningún medicamento podría revertir.
Sus hijos, Alexander y Ala, la visitaban con regularidad. mantenían el control de su patrimonio y de las decisiones sobre su cuidado, tal como habían acordado tras el arreglo extrajudicial con Klaus. Era una responsabilidad que llevaban con una mezcla de amor genuino y de esa fatiga particular que produce cuidar durante años a alguien que no puede reconocerte.
Kosima, la hija que Sani había tenido con Klaus, se encontraba en una posición más compleja, suspendida entre la lealtad a su padre y el afecto hacia su madre, entre una verdad oficial que los tribunales habían dejado sin definir y la necesidad humana de creer en algo definitivo. La historia de Sanny Bonbulow había dejado de ser solo la historia de un crimen supuesto o un accidente trágico.
se había convertido en la historia de una ausencia. Una ausencia que duraba años, que generaba disputas legales, que inspiraba películas y libros, que dividía a familias y que mantenía viva una pregunta sin respuesta. ¿Qué le había pasado realmente a la mujer que todos llamaban S? ¿Quién o qué la había apagado? Para entender la dimensión de lo que significa pasar 28 años en coma, hay que hacer un esfuerzo de imaginación que resulta casi físicamente doloroso.
Cuando Sanny Bon Bullow perdió la conciencia en diciembre de 1980, Ronald Rean acababa de ser elegido presidente de los Estados Unidos. Los teléfonos móviles no existían para el público general. Internet era un experimento académico del que la mayoría de la humanidad ni había oído hablar. La música que sonaba en las radios era completamente diferente.
El mundo era, en todos los sentidos que importan, un lugar radicalmente distinto del que existiría cuando ella muriese. Y Sani no vivió ninguno de esos cambios. los atravesó sin verlos, sin sentirlos, sin poder reaccionar a ellos, conectada a sus máquinas en el silencio perfecto del coma irreversible. Su patrimonio, que al inicio de los años 80 se estimaba en unos 75 millones de dólar, siguió siendo administrado durante todos esos años.
Las inversiones continuaron, los intereses se acumularon, los abogados siguieron cobrando sus honorarios. Las disputas sobre ciertos activos se arrastraron a través de los tribunales con esa lentitud que es característica de los litigios entre personas muy ricas, donde ninguna de las partes tiene prisa, porque ninguna de las partes necesita el dinero de manera urgente.
Era una fortuna en movimiento alrededor de un centro que no se movía, que no podía moverse, que no volvería a moverse jamás. Los avances de la medicina durante esas dos décadas y media hicieron que los médicos revisasen periódicamente la situación de Sani con las herramientas diagnósticas más modernas. Cada nueva generación de escáneres cerebrales, cada nuevo protocolo de evaluación del estado vegetativo se aplicó al caso con la esperanza o quizás con la mera obligación profesional de verificar que el diagnóstico original
seguía siendo correcto y siempre lo era. El daño cerebral era tan extenso y tan profundo que ninguna tecnología disponible en ninguno de esos años ofrecía la menor esperanza de que algo pudiese cambiar. S era, en todos los sentidos neurológicos una persona que había dejado de existir como sujeto consciente, aunque su cuerpo siguiese cumpliendo con precisión las funciones biológicas básicas.
Alexander Bonersberg murió en un accidente de tráfico en 1999, sin haber podido ver ninguna resolución definitiva en el caso que había marcado su vida adulta. Su muerte añadió otra capa de tristeza a una historia que no necesitaba más. Ala, su hermana, continuó siendo la figura principal en el cuidado y la representación de los intereses de Sani, manteniendo una presencia constante en la clínica de Manhattan y en las decisiones que afectaban a su madre.
Klaus Bon Bullow desde su vida londinense observaba los aconteceres con esa distancia calculada que siempre había caracterizado su relación con el escándalo público. En los años 90 y en los primeros años del nuevo siglo, el caso Bon Buulow era evocado periódicamente en los medios, cuando otros casos de crimen conyugal de alto perfil aparecían en los titulares.
Cada nuevo escándalo judicial que involucraba a personas ricas y matrimonios en crisis traía de vuelta el nombre de S, como si su historia fuese el patrón original del que todos los demás eran variaciones. Era una manera de mantenerla presente en la memoria colectiva, aunque fuese de la manera más impersonal posible, como referencia, como precedente, como símbolo de algo que la gente todavía no sabía exactamente cómo nombrar.
El debate jurídico y médico sobre el caso no desapareció con los años. Al contrario, en ciertos círculos académicos, el caso Fon Bullow se convirtió en material de estudio para cursos de derecho penal, ética médica y filosofía forense. Las cuestiones que planteaba eran demasiado fundamentales para ignorarlas.
¿Cómo se evalúa la evidencia científica ante un jurado de ciudadanos comunes que no tienen formación técnica para valorarla? ¿Cuál es el papel de los investigadores privados en la recolección de pruebas y qué límites legales deben respetar? ¿Puede el sistema de justicia establecer la verdad en casos donde la única persona que conoce esa verdad está en coma y no puede testificar? Estas preguntas no tenían respuestas simples entonces y siguen sin tenerlas hoy.
La cuestión de la insulina como arma seguía siendo el núcleo del debate científico. Durante los años posteriores al juicio, varios investigadores publicaron estudios sobre la detectabilidad de la insulina exógena en muestras biológicas, impulsados en parte precisamente por las controversias que el caso Fon Bullow había generado sobre la fiabilidad de los análisis toxicológicos disponibles en aquella época.
La toxicología forense es una ciencia que avanza con una lentitud que contrasta con las urgencias del sistema judicial. Y el caso Fon Bullow demostró de manera dramática las consecuencias de esa asimetría. Los análisis que habían servido de base para la primera condena de Klaus eran, según los estándares científicos que se desarrollaron posteriormente, de una fiabilidad cuestionable.
Lo que nunca fue completamente explicado de manera satisfactoria, ni por la fiscalía ni por la defensa, era la naturaleza exacta del coma de San. Los médicos que la trataban durante los años de su ingreso describían un cuadro clínico que era consistente con una hipoglucemia severa, pero que también era consistente con otras causas posibles.
El consumo crónico de alcohol combinado con ciertos medicamentos puede producir daños neurológicos que se manifiestan de manera similares. El estado de nutrición de SNI en los meses previos al coma había sido deficiente, según varios testimonios, y había factores genéticos y metabólicos individuales que hacían que su caso no pudiese ser interpretado con la claridad que ambas partes del juicio necesitaban.
Klaus Bonbulow nunca dio una explicación definitiva sobre lo que había ocurrido. En las numerosas entrevistas que concedió a lo largo de los años siguientes al proceso, su posición era siempre la misma. Él era inocente, había sido absuelto por un jurado y no tenía nada más que añadir sobre los hechos en disputa.
Era una posición legalmente sólida y humanamente insatisfactoria. Las personas que seguían el caso, los periodistas que lo entrevistaban, los autores que escribían sobre él, todos salían de esos encuentros con la misma sensación incómoda de que algo importante no había sido dicho, de que la verdad completa se encontraba detrás de esa expresión cuidadosamente controlada y nunca saldría de ahí.
Para los hijos de San, especialmente para Ala, después de la muerte de su hermano Alexander, la historia nunca fue un debate académico ni un caso de estudio jurídico. Era la historia de su madre, de una mujer real, que había reído y amado y criado a sus hijos y soñado con un futuro que una noche de diciembre se había cerrado para siempre.
La distancia que los años y los procesos judiciales habían puesto entre ellos y los hechos originales no había enfriado el dolor fundamental, solo lo había hecho más complejo, más difícil de nombrar, más resistente a cualquier forma de resolución que el mundo pudiese ofrecer. Uno de los aspectos más sombríos y menos discutidos del caso von Bullow era lo que reveló sobre la manera en que la alta sociedad norteamericana funcionaba desde dentro.
Los amigos y conocidos de San y Klaus, que fueron llamados a testificar durante los juicios, ofrecieron un panorama que no era precisamente el retrato idílico que las revistas de sociedad habían estado publicando durante años. Detrás de las sonrisas en las fotografías de galas benéficas y cenas de gala, había un entramado de lealtades condicionadas, de secretos guardados por conveniencia, de problemas que se ignoraban, porque reconocerlos habría resultado socialmente incómodo.
Varios testimonios describieron a San como una mujer que bebía en exceso y que en numerosas ocasiones había mostrado síntomas que sus amigos y conocidos habían optado por no comentar públicamente, porque hacerlo habría significado exponerla a una forma de escrutinio que en su círculo social se consideraba inapropiado.
Era una regla no escrita, pero universalmente comprendida. En ciertos ambientes, los problemas personales se manejan con discreción, se cubren con la elegancia que el dinero y la clase social permiten y nunca se airean ante extraños. Esa misma discreción que había protegido la imagen pública de SN durante años también había contribuido a que nadie interviniese cuando quizás todavía había tiempo para hacerlo.
Klaus, por su parte, se beneficiaba de un tipo diferente de protección social. Era un hombre brillante y encantador en público, y en los ambientes que frecuentaba, esas cualidades tenían un peso específico que superaba a las sospechas más o menos articuladas que algunos de sus conocidos podían haber tenido sobre su carácter privado.
Los que intuían que algo no funcionaba bien en el matrimonio vontow simplemente lo catalogaban como una de esas uniones complicadas que existían en todas partes y no era asunto de nadie más. El resultado de esa colectiva mirada hacia otro lado era que S había estado sola en sus problemas de una manera que su posición social hacía todavía más trágica.
La relación de Klaus con Alexandra Isles, la actriz televisiva que había sido mencionada durante el primer juicio como evidencia de un motivo, resultó ser más significativa de lo que la defensa había querido admitir. testificó durante el proceso y sus declaraciones, aunque cuidadosamente limitadas en su alcance, pintaban un cuadro de un hombre que hablaba de su matrimonio con una frialdad llamativa y que había expresado en diversas ocasiones su frustración con la vida que llevaba junto a San.
No eran palabras que probaban la culpabilidad de nadie, pero eran palabras que resultaba difícil escuchar sin que la imaginación completase los espacios en blanco, de maneras que ningún abogado podía controlar completamente. El escándalo von Bullow fue, en cierto sentido, el fin de una era. Los años 80 en los Estados Unidos fueron la última década en que la alta sociedad del noreste del país pudo mantener la ilusión de una separación entre su mundo y el mundo de la crónica pública.
Después de SN, después de los juicios televisados y los libros y la película de Hollywood, ese muro de discreción había sido derrumbado de manera irreparable. Los ricos y los poderosos ya no podían contar con que sus dramas privados se resolverían en privado. El caso había demostrado que cuando el dinero y el crimen se mezclaban en la misma historia, ninguna cantidad de relaciones públicas ni de abogados costosos podía mantener la historia fuera de los ojos del mundo.
A medida que los años 90 avanzaban y el nuevo siglo se aproximaba, la figura de Klaus von Bullow en el panorama cultural comenzó a adquirir una dimensión que habría resultado completamente inverosímil pocos años antes. Con la distancia temporal y la absolución judicial, algunos sectores de los medios y de la cultura popular comenzaron a tratarlo casi como una celebridad de un tipo peculiar.
un personaje cuya historia era lo suficientemente oscura y lo suficientemente ambigua como para resultar fascinante en un mundo que cada vez tenía menos tolerancia para la monotonía moral. Sus apariciones públicas en Londres eran seguidas por los corresponsales de los tabloides americanos. Sus comentarios sobre el caso, siempre medidos y siempre calculadamente enigmáticos, eran reproducidos en revistas que sabían que el nombre Fon Bullow todavía vendía ejemplares.
Era una situación profundamente perturbadora para las personas que amaban a San. Ver al hombre al que sus hijos responsabilizaban del coma de su madre, convertido en una especie de figura de referencia en ciertos círculos culturales, era una forma de victimización secundaria que el sistema judicial, por muy bien que funcionase en sus propios términos, no tenía ningún mecanismo para prevenir remediar.
La absolución había liberado a Klaus de las consecuencias legales de lo que se le imputaba, pero no podía dictar la manera en que el mundo lo recordaría, ni la manera en que él mismo se presentaría ante ese mundo. En sus raras entrevistas más extendidas, Klaus Von Bullow solía exhibir un tipo de humor negro sobre su propia situación que algunos encontraban genuinamente ingenioso y otros encontraban profundamente inapropiado.
era capaz de hacer comentarios sobre su proceso judicial con la distancia de un académico que analiza un caso ajeno, como si los hechos en cuestión no lo involucrasen personalmente, o como si esa involucración no tuviese ningún peso emocional para él. Era exactamente el tipo de actitud que había generado suspicacias durante los juicios y que seguía generándolas después.
un hombre cuya esposa yacía en coma, posiblemente por su causa, que hablaba de todo ello con el tono de quien comenta una novela que leyó hace tiempo. La adaptación cinematográfica seguía siendo emitida en televisión con cierta regularidad y cada vez que aparecía en pantalla generaba una nueva oleada de interés en el caso.
Las generaciones más jóvenes que la descubrían en los años 90 o en los primeros años del nuevo siglo llegaban a ella sin el contexto emocional de quienes habían seguido el caso en tiempo real y en muchos casos la procesaban como una historia de suspense sin resolver. Un misterio elegante con una víctima glamurosa y un presunto culpable carismático.
Era una manera de leerla que resultaba completamente comprensible desde fuera, pero que para Al von Howersper y para todos los que habían conocido a S como una persona real en lugar de como un personaje de película, resultaba difícil de aceptar sin un dolor que el tiempo no había conseguido atenuar. El cuidado de Sania en la clínica de Manhattan representaba un costo económico mensual considerable que el patrimonio administrado por sus hijos asumía sin dificultad.
Las instrucciones de los médicos eran claras y los hijos la seguían con una fidelidad que era en sí misma una forma de amor, aunque fuese un amor ejercido en condiciones que nadie habría elegido. La decisión de mantener el soporte vital nunca fue cuestionada públicamente durante esos años. Ala, en particular había dejado claro en múltiples ocasiones que mientras hubiese la menor posibilidad de que su madre experimentase algún tipo de conciencia, por mínima que fuese, no habría ninguna conversación sobre retirar los sistemas de soporte. Y los médicos, con la
honestidad que la situación requería, nunca les dieron ninguna razón para pensar que esa posibilidad existía. En diciembre de 2008, 28 años después de aquella noche de invierno en Newport, el corazón de Martha Sharp Crawford, conocida para el mundo como SN von Buulow, se detuvo definitivamente. Murió el 6 de diciembre de 2008 en la clínica Linden Hill de Manhattan, donde había pasado la mayor parte de su existencia, suspendida entre la vida y la muerte.
tenía 76 años. La causa oficial de la muerte fue una neumonía por aspiración, una complicación frecuente en pacientes que llevan muchos años en estado vegetativo y cuyos mecanismos de protección de las vías respiratorias han perdido efectividad con el tiempo. La noticia de su muerte generó una ola de cobertura mediática que fue en sí misma un indicador del lugar que Sani ocupaba en la memoria colectiva americana.
Los principales periódicos del país le dedicaron necrógicas extensas que repasaban no solo los hechos del caso, sino también su vida anterior a él, esa vida de privilegio y elegancia que había quedado completamente sepultada bajo el peso del escándalo y los procesos judiciales. El New York Times publicó una pieza que intentaba devolver a San su humanidad completa, recordando a la mujer generosa y cariñosa que sus amigos de juventud describían, a la madre atenta que sus hijos evocaban, a la persona que había existido antes de convertirse en símbolo
de algo. Ala vonersberg hizo una declaración pública breve y medida el día de la muerte de su madre. expresó el alivio que sentía de que el sufrimiento de Sani hubiese terminado y agradeció a los médicos y enfermeras que la habían cuidado durante décadas con una profesionalidad y una humanidad que iban más allá de lo que sus obligaciones laborales estrictamente requerían.
No mencionó a Klaus Bonbulow. No hizo ninguna referencia al caso judicial ni a ninguna de las preguntas que seguían sin respuesta. Era una declaración de una dignidad serena que contrastaba con la larguísima y dolorosa historia que la precedía. Klaus Bonbullow desde Londres emitió a través de sus representantes una declaración también breve en la que expresaba condolencias y pedía respeto por la privacidad de la familia en ese momento. Nada más.
Nada que añadiese ningún dato, ninguna emoción, ninguna revisión de los hechos. Era como siempre perfectamente controlado, era como siempre perfectamente ambiguo. El mundo siguió sin saber lo que había ocurrido realmente en aquella mansión de Newport en las Navidades de 1980 y la muerte de San aportó ninguna revelación que pudiese cambiar eso.
Osima von Buulow, la hija que Klaus y S habían tenido juntos, guardó silencio casi total durante todos esos años y siguió guardándolo después de la muerte de su madre. Su posición era la más difícil de comprender desde fuera. Hija de la víctima y del único acusado, suspendida entre dos verdades incompatibles, entre el amor a una madre que no pudo conocer conscientemente, y el vínculo con un padre.
cuya responsabilidad en la situación nunca fue establecida de manera definitiva. Era una carga que ningún sistema judicial podía aliviar completamente y que Kosima llevó con una discreción que era al mismo tiempo admirable y desgarradora. El mundo la había convertido en personaje secundario de una historia que era también profundamente suya y ella había elegido no reclamar ese protagonismo ni utilizarlo para ningún propósito público.
El funeral de San Von Buow fue una ceremonia privada celebrada lejos de las cámaras y los periodistas que habían seguido cada episodio de su historia durante casi tres décadas. Sus restos fueron enterrados en un cementerio de Nueva York junto a otros miembros de su familia. No hubo declaraciones, no hubo multitudes, hubo solo el tipo de silencio que rodea a las personas que han sufrido demasiado en público y que merecen al menos ese último gesto de intimidad.
Para quienes la amaban, era el cierre de una herida que nunca había llegado a cicatrizar del todo. Para el mundo exterior era el final formal de una historia que seguiría siendo contada y recontada durante mucho tiempo. Uno de los elementos más perturbadores de la historia de Sny Bon Bullow y que raramente se examina con la profundidad que merece es lo que su caso reveló sobre la invisibilidad de la violencia en los ambientes de privilegio extremo.
No, la violencia física obvia, la que deja marcas visibles y genera llamadas inmediatas a la policía, sino esa otra violencia más silenciosa, más difícil de nombrar y de probar, que puede ejercerse durante años dentro de una relación sin que nadie a su alrededor sea capaz de verla o quiera reconocerla. Los testimonios de personas que frecuentaban el círculo social de los Bon Bullow antes del coma describían una dinámica de pareja que en retrospectiva resultaba reveladora.
S era descrita como una mujer que había ido reduciendo gradualmente su vida social, que salía menos, que veía a menos gente, que dependía cada vez más de la presencia y las decisiones de Klaus para cualquier asunto relevante. Era un patrón que los especialistas en dinámicas abusivas reconocerían de inmediato, aunque en aquella época y en aquel contexto nadie lo nombraba con esa terminología.
era simplemente una esposa muy dedicada a su marido o una mujer un poco insegura o alguien con un carácter introvertido que prefería la vida doméstica a los compromisos sociales. Las interpretaciones más cómodas siempre encontraban audiencia. Lo que ninguna interpretación cómoda podía explicar del todo era la trayectoria de salud de S durante los meses y años previos al coma definitivo.
Los médicos que la habían atendido en episodios anteriores declararon durante los juicios que sus síntomas habían sido tratados de manera sintomática, sin profundizar demasiado en sus causas posibles. parte porque la paciente era reticente a someterse a exploraciones más exhaustivas y en parte porque el contexto, una mujer rica con hábitos de consumo problemáticos, generaba una lectura automática que no invitaba a buscar más lejos.

Era un fallo del sistema médico que el caso iluminó con una claridad incómoda. Los síntomas de San habían sido suficientemente llamativos como para merecer una investigación más profunda. No la recibieron. El debate sobre si Sani podría haber sido protegida, sobre si había personas en su entorno que deberían haber actuado de manera diferente sobre si el sistema médico y el entorno social habían fallado colectivamente en su deber de cuidado hacia ella.
Fue una conversación que se tuvo en voz baja durante años, pero que nunca alcanzó la prominencia pública que quizás merecía. Era más fácil convertir la historia en un thriller judicial con un único antagonista potencial que enfrentar la incómoda posibilidad de que la responsabilidad estuviera distribuida de maneras más difusas y más difíciles de abordar.
La herencia de Sani, administrada durante sus años de coma y distribuida tras su muerte de acuerdo con las disposiciones testamentarias que había establecido antes de perder la conciencia, fue a parar principalmente a sus hijos y a diversas instituciones benéficas que ella había apoyado en vida.
No hubo grandes escándalos en torno a la distribución del patrimonio, quizás porque el arreglo extrajudicial alcanzado años antes con Klaus había resuelto los conflictos más evidentes. El dinero siguió su camino, como siempre hace el dinero, indiferente a las tragedias humanas que lo rodean. La historia de Sunny Bonbullow tiene entre sus muchas dimensiones una que rara vez se menciona en las reconstrucciones periodísticas del caso, pero que es quizás la más humanamente significativa.
Es la historia de una mujer que tuvo todo lo que el mundo convencional considera los ingredientes de la felicidad. La riqueza heredada desde la infancia, la belleza, el talento social, los hijos amados, las casas espléndidas, los viajes, la educación exquisita y que sin embargo murió en el sentido más profundo de esa palabra a los 48 años, en circunstancias que nadie logró explicar de manera satisfactoria.
No es una historia sobre el peligro del dinero ni sobre la corrupción inevitable de los privilegiados. Es una historia sobre la fragilidad de la existencia humana con independencia de la posición social, sobre la imposibilidad de protegerse completamente de los riesgos que vienen de dentro de la propia vida íntima y sobre los límites del amor cuando este se mezcla con la ambición, la dependencia y el poder desigual.
S había confiado, había amado, había construido una vida que en su superficie era exactamente lo que se supone que debe ser una vida bien vivida. Y algo en algún momento que los tribunales no pudieron determinar con precisión había salido terriblemente mal. Sus amigos de juventud, los que la conocieron antes de Alfredon Aersberg, antes de Klaus Von Bullow, antes de todos los procesos que vinieron después, describían a una chica genuinamente feliz, genuinamente generosa, con una capacidad para el afecto que era natural
y no performativa. La sani, que esos amigos recordaban no encajaba demasiado bien con la imagen de víctima pasiva que el caso judicial había construido de ella, ni tampoco con la de celebridad trágica que la película de Hollywood había perpetuado. era simplemente una persona con sus virtudes y sus fragilidades, con sus elecciones acertadas y sus elecciones que resultaron ser desastrosas, con su historia propia que el escándalo había sepultado bajo capas de narrativa ajena.
Alexander Von Auersberg, el hijo mayor que murió sin ver justicia para su madre, dedicó años de su vida adulta a mantener viva la memoria de S como persona, no solo como víctima o como símbolo. En entrevistas que concedió antes de su muerte, describía a una madre que se preocupaba genuinamente por sus hijos, que estaba presente en los momentos importantes de sus vidas, que hacía las cosas pequeñas del amor cotidiano con una constancia que ningún titular de periódico podría capturar.
Esa Sani era la que él quería que el mundo recordase y la que el mundo inevitablemente tendía a olvidar en beneficio de la narrativa más dramática. Ala Bonersberg, la hija que sobrevivió a su hermano y que cargó sola con la responsabilidad del cuidado de su madre durante la última década del coma, expresó en más de una ocasión que lo que más lamentaba de toda la historia no era la injusticia de los tribunales ni el dolor de los años de incertidumbre.
era simplemente no haber podido despedirse, no haber podido tener una conversación final, escuchar la voz de su madre una última vez, recibir o dar el tipo de cierre que la mayoría de las personas da por sentado que tendrán al final de sus relaciones más importantes. Sía ido una noche de diciembre sin avisar, sin darle a nadie la oportunidad de estar preparado.
Y esa partida abrupta era 28 años después, todavía la herida más profunda. Klaus Bonbullow vivió hasta una edad avanzada. murió en mayo de en Londres a los 92 años en la misma ciudad que había adoptado como refugio décadas antes. Su muerte generó un nuevo ciclo de artículos y análisis que repasaban el caso desde el principio, con la distancia de 40 años y con todas las herramientas interpretativas que el tiempo proporciona.
Algunos de esos textos fueron compasivos con él, otros no. La mayoría llegaron a la misma conclusión implícita o explícita que había acompañado a todo el caso desde el principio. Que la verdad completa sobre lo que ocurrió en Clarenton Court en las Navidades de 1980 se había ido con él a la tumba. En sus últimos años de vida, Klaus Von Bullow mantuvo su costumbre de aparecer ocasionalmente en eventos culturales lundinenses, siempre perfectamente vestido, siempre con la misma combinación de elegancia y frialdad que lo había caracterizado durante décadas.
Las personas que lo conocieron en esa última etapa describían a un anciano lúcido y perfectamente articulado, con una memoria extraordinaria para los detalles literarios e históricos, con una capacidad de conversación que seguía siendo genuinamente brillante y con esa misma impermeabilidad emocional sobre los hechos de su propia vida, que había sido durante 40 años la marca más desconcertante de su personalidad pública.
Nunca escribió unas memorias completas, nunca concedió una entrevista definitiva en la que ofreciese su versión íntegra y sin filtros de los hechos. Nunca dijo nada que pudiese interpretarse inequívocamente como una admisión de culpa, ni tampoco como una declaración de inocencia tan completa y convincente que cerrase definitivamente la duda.
Era un silencio que podía leerse como la prudencia de un hombre inocente que ha aprendido que el mundo no está interesado en su inocencia. o como la cautela de alguien que sabe exactamente qué pasó y ha decidido llevar ese conocimiento consigo para siempre. Cada lector, cada observador, cada persona que conoció el caso elegía su interpretación y ninguna interpretación podía ser refutada.
Alan Derschovic, el abogado que ganó la apelación y contribuyó decisivamente a la absolución de Klaus en el segundo juicio, continuó su carrera brillante en el derecho y la academia durante décadas, y en sus reflexiones posteriores sobre el caso, siempre insistió en que su trabajo había sido garantizar que el proceso fuese justo, no establecer si su cliente era inocente o culpable.
Era una distinción filosóficamente impecable y prácticamente insatisfactoria. El trabajo de un abogado defensor en el sistema anglosajón no es encontrar la verdad, es asegurarse de que el Estado cumpla con su carga de la prueba. Dersovic había hecho exactamente eso y el resultado era que el mundo seguía sin saber la verdad. Lo que el caso Bonbulow dejó en la jurisprudencia norteamericana fue una serie de precedentes sobre la admisibilidad de la evidencia obtenida por investigadores privados sobre los estándares requeridos para los
testimonios de expertos en toxicología y sobre los límites de lo que puede establecerse judicialmente en casos donde la víctima no puede testificar. Son contribuciones reales al sistema legal, aunque vengan envueltas en una tragedia humana que ningún libro de texto consigue transmitir completamente. La historia de Sny Bonbullow plantea en su núcleo más duro una pregunta que no es solo jurídica ni solo médica.
Es una pregunta sobre el conocimiento y sus límites. ¿Es posible vivir junto a alguien durante años, compartir una cama? una mesa, una casa, los cumpleaños de los hijos y las noches de invierno y no saber quién es realmente esa persona. La respuesta, infelizmente es que sí. Es perfectamente posible porque las personas construyen versiones de sí mismas para los distintos contextos de su vida con una habilidad que a veces ellas mismas no reconocen completamente como tal.
Sanny Bonbulow creyó conocer a Klaus o al menos creyó conocerlo lo suficiente como para casarse con él, para tener una hija con él, para compartir con él los años más activos de su vida adulta. Si hubo señales de algo oscuro, señales que en retrospectiva resultan legibles, ella no las leyó de esa manera o no pudo leerlas así.
El amor, cuando es real tiene una tendencia a interpretar los datos ambiguos en la dirección más favorable. Y cuando no es completamente real, cuando es más bien una forma de compañía o de conveniencia mutua disfrazada de amor, tiene la misma tendencia, quizás con mayor intensidad, porque la alternativa es demasiado desestabilizadora para contemplarla.
Los niños que crecieron conociendo esta historia como un caso de libro de texto o como el argumento de una película oscarizada, no siempre comprenden por qué las personas que la vivieron no pudieron simplemente detectar lo que ahora, visto desde fuera y con toda la información disponible parece tan obvio. La respuesta es que nunca es obvio desde dentro.
Desde dentro hay explicaciones parciales para cada cosa extraña. Hay contextos que dan sentido provisional a comportamientos que solo resultan reveladores cuando se ven en su conjunto y cuando ese conjunto se ve desde el exterior y desde el futuro. Nadie vive su propia vida desde el exterior ni desde el futuro. Todos vivimos desde dentro, en tiempo real, con información incompleta.
Eso no exculpa a nadie de sus responsabilidades, pero sí sitúa la historia de S en un plano de comprensión más humano y más honesto que la narrativa del thriller de misterio, donde los signos de peligro siempre están claramente señalados y las víctimas que no los perciben parecen, desde la cómoda distancia del espectador inexplicablemente ingenuas.
S no era ingenua, era una persona que confiaba, como confía la mayoría de la gente, en que las personas a las que ama no quieren hacerle daño. Esa confianza fundamental, esa apuesta básica que hace posible cualquier vida en común, es a la vez la condición necesaria de toda relación humana genuina y en ciertos casos la vulnerabilidad que la hace posible de explotar.
El mundo recuerda a Sanibon Bullow principalmente como la mujer que estuvo 28 años en coma. Es una manera de recordarla que convierte toda su existencia en apéndice de su tragedia. Pero antes del coma hubo 48 años de vida. Una infancia luminosa en Virginia, una adolescencia elegante en los mejores colegios del noreste.
Una primera juventud europea y romántica, dos matrimonios, tres hijos a los que amó con una genuinidad que todos los que los conocieron confirman. amigos que la recuerdan con afecto real, no con el afecto ritualizado que la muerte social convierte en obligatorio. Una mujer que de no ser por aquella noche de diciembre habría envejecido y habría seguido siendo Sani, tan luminosa como siempre, hasta el final natural de sus días.
Hay casos que la historia cierra con la claridad de una sentencia inapelable, con la satisfacción narrativa de un final que responde todas las preguntas. El caso de San Bonbullow no es uno de ellos. Es, en cambio, el tipo de historia que permanece abierta, que se resiste a ser archivada, que regresa periódicamente a la memoria colectiva, precisamente porque su falta de resolución definitiva la hace más perturbadora que cualquier final convencional podría serlo.
La incertidumbre, cuando es genuina y no artificial, tiene un peso que las certezas nunca alcanzan. Lo que sí puede decirse con certeza más allá de cualquier debate sobre culpabilidades y responsabilidades, es que el sistema funcionó de la única manera que puede funcionar un sistema imperfecto en manos de seres humanos imperfectos.
Hubo una investigación, hubo dos juicios, hubo apelaciones, hubo revisiones de la evidencia, hubo expertos que testificaron y contradijeron a otros expertos. Hubo un jurado que condenó y otro jurado que absolvió y al final el sistema produjo el único resultado que podía producir, dada la naturaleza de las pruebas disponibles.
Una absolución que no equivalía a una declaración de inocencia y un silencio sobre los hechos reales que nadie fue capaz de romper. No es una conclusión satisfactoria, pero es una conclusión honesta. Claron Court, la mansión de Newport, donde ocurrió todo, fue vendida años después del escándalo y pasó por diversas manos.
Los nuevos propietarios la renovaron, la convirtieron en un lugar diferente, aunque su arquitectura imponente seguía siendo reconocible para quien la buscara. Newport es una ciudad acostumbrada a las historias de las familias que habitan o habitaron sus mansiones y tiene la capacidad de absorber incluso las más turbias con el tiempo suficiente.
La ciudad sigue siendo lo que siempre fue, elegante, histórica, indiferente con la indiferencia particular de los lugares que han visto demasiado para escandalizarse por algo específico. La niña de Virginia, que todo el mundo llamaba S porque iluminaba las habitaciones con su sola presencia, merece ser recordada así como esa niña, como esa mujer, como la persona que fue antes de convertirse en símbolo de algo.
merece que su nombre evoque junto a los años de coma y los juicios y la película de Hollywood, también aquella sonrisa que le valió el apodo, la calidez que los que la conocieron describían como genuina e imposible de fingir, el amor que dio a sus hijos con una constancia que ni el dinero ni el privilegio podían haber comprado ni reemplazado.
Esa es San Sny Bonbulow también. Quizás esa es en el fondo la parte más importante de la historia. El misterio de lo que ocurrió en aquella mansión de Rhode Island en las Navidades de 1980 no tiene respuesta confirmada. Klaus Bonbulow se llevó sus secretos, si los tenía, a una tumba londinense en 2019. Sny se lo llevó, si lo sabía, a otra tumba newyorquina en 2008.
Entre ambas tumbas y entre ambos silencios queda una historia que el mundo seguirá contando y recontando, buscando en cada nueva retailing el ángulo que finalmente ilumine lo que quedó en la oscuridad. Esa búsqueda, aunque esté destinada a no encontrar lo que busca, no es inútil, porque en el acto de buscar la verdad de S, el mundo le devuelve algo que le fue arrebatado demasiado pronto.
atención, el recuerdo, la certeza de que su historia importa, de que ella importó y de que ese tipo de importancia, al contrario que el dinero y el poder y el apellido aristocrático, no tiene fecha de caducidad. Yeah.