Posted in

Doris Duke: La mujer más rica que murió sola

Una mujer se desliza detrás del volante de un enorme automóvil Dodch mientras su mejor amigo camina desprevenido hacia el portón de hierro. En segundos, el motor ruge, las llantas chirrían y un cuerpo es arrastrado por el pavimento hasta quedar aplastado. La heredera más rica del mundo acaba de matar a alguien.

Fue un accidente”, dijo ella, “Pero el dinero habla más fuerte que la verdad y en esta historia nadie confió en nadie. Hola a todos, bienvenidos. Antes de comenzar me gustaría pedirles que escriban en los comentarios qué harían ustedes si heredaran millones de dólares siendo apenas unos niños. ¿Confiarían en las personas que se acercan a ustedes o desconfiarían de todos? Sus respuestas me interesan mucho.

Esta es la historia de Doris Duke, la niña que heredó una fortuna incalculable y que pasó toda su vida preguntándose quién la quería por ella misma y quién la quería por su dinero. Nacida en 1912 en la ciudad de Nueva York, Doris era hija única de James Bukanan Duke, uno de los magnates del tabaco más poderosos de Estados Unidos.

Su padre había construido un imperio sobre las hojas secas que la gente fumaba, creando la American Tobaco Company en 1890, la mayor compañía tabacalera del país, hasta que el gobierno la obligó a disolverse en 1911. Pero el dinero ya estaba hecho, las fortunas ya estaban aseguradas y el pequeño James Bukanan Duke ya había garantizado que varias generaciones de su familia vivirían en la opulencia.

La infancia de Doris fue dorada, pero solitaria. Creció rodeada de sirvientes, mansiones y todo lo que el dinero podía comprar, pero sin hermanos, sin amigos verdaderos, sin nadie que la tratara como una niña normal. Su madre, Nana Leholt Inman, era una mujer fría y calculadora, comparada frecuentemente con Jetty Green, conocida como la bruja de Wall Street por su astucia en los negocios.

Nanaline no era el tipo de madre que abrazaba y consolaba. Era el tipo de madre que administraba activos y vigilaba inversiones. Y en ese mundo de frialdad emocional y abundancia material, Doris aprendió desde muy pequeña una lección que marcaría toda su existencia. El dinero atrae a las personas, pero no garantiza su lealtad.

Cuando Doris tenía apenas 12 años, su padre murió. Era el año 1925 y el patriarca de la familia Duke dejó un testamento que cambiaría la vida de la niña para siempre. James Bukanan Duke dividió su fortuna estimada entre 60 y 100 millones de dólares de la época, equivalentes a más de 1000 millones de dólares actuales entre su esposa y su hija.

La mayor parte de esa riqueza provenía de las acciones en la American Tobacco Company y de la Duke Power Company, la empresa de energía que también controlaba. Además, estableció dos fondos fiduciarios a nombre de Doris en 1917 y 1924, asegurando que ella recibiría ingresos de por vida. Doris Duke se convirtió de la noche a la mañana en una de las personas más ricas del mundo y tenía apenas 12 años.

La prensa no tardó en bautizarla con un apodo que la perseguiría el resto de su vida. La niña más rica del mundo. Los periódicos publicaban fotografías de ella saliendo de mansiones, asistiendo a eventos sociales, viajando en yates privados. Cada movimiento de Doris Duke era observado, analizado, comentado por millones de personas que nunca la conocerían, pero que creían tener derecho a opinar sobre su vida.

Para cuando cumplió 21 años en 1933, Doris heredó oficialmente la totalidad de su fortuna y se convirtió en una de las mujeres más acaudaladas de Estados Unidos. Pero la riqueza que otros envidiaban era para ella una maldición disfrazada de bendición. Desde muy joven, Doris desarrolló una paranoia que nunca la abandonaría.

La certeza de que todas las personas que se acercaban a ella lo hacían por interés económico y la historia le daría razones para creer eso una y otra vez. Su primer matrimonio fue el ejemplo perfecto. En 1935, a los 23 años, Dory se casó con James Henry Roberts Cromwell, un hombre 16 años mayor que ella, hijo de Eva Stotsbury, una de las mujeres más ricas de Philadelphia.

Cromwell era apuesto, educado, conexiones políticas impresionantes. Había trabajado como diplomático y tenía aspiraciones de convertirse en una figura importante en la política estadounidense. Parecía el candidato perfecto para una heredera de su estatura. Pero había un problema. James Crombwell necesitaba dinero.

El matrimonio comenzó con promesas de amor eterno y terminó en acusaciones de traición. financiera. Cronwell utilizó la fortuna de Doris para financiar sus ambiciones políticas, gastando cantidades obscenas en campañas y proyectos personales. Doris, que al principio estaba enamorada y dispuesta a apoyar a su esposo, comenzó a sospechar que él la veía más como una fuente de financiamiento que como una compañera.

Las discusiones eran constantes. Él le reprochaba que no era suficientemente generosa. Ella le reprochaba que no era suficientemente honesto. En 1943, después de 8 años de matrimonio, Doris pidió el divorcio. El acuerdo de separación fue brutal. Ella le dio un millón de dólares para que se marchara de su vida y nunca volviera a molestarla.

Cromwell aceptó el dinero y desapareció. Fue la primera de muchas traiciones que Doris experimentaría. Pero si el primer matrimonio fue una decepción, el segundo fue un desastre absoluto. En 1947, Doris conoció a Porfirio Rubirosa, un playboy dominicano famoso por su encanto, su vida de excesos y su habilidad para seducir a mujeres ricas.

Rubirosa era el tipo de hombre que encendía una habitación con su presencia, alto, moreno, con una sonrisa que prometía aventuras y peligro a partes iguales. Había estado casado con dos de las mujeres más ricas del mundo antes de conocer a Doris, la actriz Daniel Dager y la heredera Bárbara Hatton, prima lejana de Doris.

Rubirosa tenía fama de casafortunas, pero Doris, que había pasado años construyendo muros emocionales después de su primer matrimonio, se dejó llevar por la pasión. Se casaron en París ese mismo año en una ceremonia pequeña y discreta, pero la luna de miel duró menos que la tinta del certificado de matrimonio. Rubirosa no perdió tiempo en gastar el dinero de Doris.

Compraba autos deportivos, organizaba fiestas extravagantes, viajaba por el mundo con sus amigos mientras ella pagaba las cuentas. Doris, que había aprendido la lección con Cromwell, comenzó a vigilar cada centavo que salía de sus cuentas bancarias. Las peleas eran épicas. Rubirosa la acusaba de ser tacaña. Ella lo acusaba de ser un parásito.

Read More