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Por Esto Antonio Aguilar DESTRUYÓ La Canción Que Probaba Lo De Flor Silvestre Y Leo Dan.

 ¿Por qué escribiría Antonio Aguilar una canción sobre su propia esposa y otro hombre? ¿Qué vio? ¿Qué supo?  ¿Qué sospechó para sentarse a convertir ese dolor en música? ¿Y por qué si la canción existió nunca llegó a existir oficialmente? Eso es lo que vamos a intentar responder hoy. Esta historia no es solo música.

 Esta historia es sobre lo que pasa cuando el orgullo de un hombre choca con el silencio que exige la vida pública, sobre lo que se calla en los matrimonios de los grandes, sobre los pactos que se hacen detrás de los micrófonos y lejos de los reflectores. Sobre el peso invisible que carga un hombre cuando decide que hay ciertas verdades que no se dicen en voz alta, aunque duelan exactamente igual.

Bienvenido. Siéntate. Esto va a doler un poco. Para entender lo que pudo haber pasado, primero hay que entender en qué mundo vivían estas personas. Estamos hablando de los años 60 y 70 en México, un país todavía profundamente rural en su alma, aunque ya empezaba a urbanizarse a toda velocidad. un país donde el honor no era una palabra abstracta ni un tema de debate filosófico.

 Era algo que se medía, que se defendía con la misma naturalidad con que se defendía la tierra y que cuando se perdía se perdía para siempre y para todos. El honor en el México de esa época no era solo personal, era familiar, era comunitario. La deshonra de un hombre no era solo su deshonra, era la deshonra de su apellido, de sus hijos, de sus padres.

Era una mancha que se heredaba hacia arriba y hacia abajo en el árbol genealógico. Y la única manera de de limpiarse de esa mancha era con tiempo, con trabajo o con algo que en ciertos contextos era más rápido que que ambas cosas. El corrido en ese contexto no era un género musical más, era el periódico de los que no sabían leer.

 Era la memoria colectiva de un pueblo que no tenía acceso a la historia oficial. El corrido contaba lo que los noticieros no decían. Nombraba a los que el gobierno quería callar y denunciaba de manera velada, pero perfectamente comprensible para quien supiera escuchar lo que pasaba en la vida real de la gente real.

Los corridos más poderosos no eran los más bonitos, eran los más verdaderos. Y la verdad en la tradición corrideña tenía un precio. Había corridos que le costaron la vida a sus autores. Había corridos que se cantaban en voz baja en cantinas de provincia, lejos de oídos que pudieran traicionar.

 Había corridos que solo circulaban de boca en boca porque ponerlos en un disco significaba firmar tu propia sentencia. La diferencia entre un corrido que se grababa y uno que se quedaba en el aire muchas veces no era de calidad, era de peligro. Los corridos más incendiarios, los que nombraban nombres, los que describían situaciones que alguien muy concreto no quería que se describieran, esos corridos tenían una vida clandestina.

 Se pasaban como se pasan los secretos, de boca en boca, con cuidado, entre personas de confianza. ¿Qué tipo de corrido sería entonces uno que hablara, aunque fuera metafóricamente, de la infidelidad de una esposa famosa o de la traición de un colega del medio artístico? En ese mundo, un corrido así sería una declaración de guerra, sería un documento, una prueba, una acusación pública disfrazada de canción, algo que si caía en las manos equivocadas podía destruir carreras, romper familias, reconfigurar la geografía entera de las

relaciones en una industria que dependía para funcionar de ciertas ficciones compartidas. La ficción de que las parejas icónicas eran exactamente lo que parecían. La ficción de que el honor masculino era una realidad, no una construcción. La ficción de que el mundo del espectáculo era más limpio que los mundos que retrataba en sus canciones.

 Antonio Aguilar lo sabía perfectamente porque Antonio Aguilar no era un artista más, era el charro de México, el hombre que había construido su carrera entera sobre tres pilares que en ese México de los 60 y 70 eran sagrados. La familia, la tradición y el honor. Su imagen no era simplemente una imagen artística, era una promesa tácita al pueblo mexicano de que existía una forma de vida íntegra, digna, leal a sus raíces.

 Romper esa imagen o siquiera ponerla en duda habría sido catastrófico, no solo para él, para todos los que dependían de él, para su familia, para su carrera, para el enorme aparato humano y económico que giraba alrededor de la figura de Antonio Aguilar. Y sin embargo, si las versiones que circulan en ciertos círculos son ciertas, hubo un momento en que Antonio Aguilar se sentó a escribir precisamente eso, una canción que ponía en duda, que preguntaba sin preguntar.

 que acusaba sin nombrar. Una canción que nunca debió nacer. Para hablar de este corrido que nunca fue, hay que hablar de ellos. De los tres. Antonio Aguilar nació en Villanueva, Zacatecas, en 1919. Creció pobre, trabajó duro y construyó desde la nada que lo convirtió  en el símbolo viviente de la mexicanidad.

 actor, cantante, productor, charros, caballos, películas. La figura más completa del entretenimiento popular mexicano de su era no había otro como él. Y cuando alguien intentaba compararse, la comparación siempre resultaba a favor de Antonio. Pero hay algo que muchas veces se olvida cuando se habla de Antonio Aguilar como figura pública.

 Era un hombre de carne y hueso, con miedos, con inseguridades, con un orgullo que, como el de todos los hombres que han construido algo grande desde la nada, era también su talón de aquiles. Los hombres que se hacen a sí mismos desde la pobreza desarrollan una relación particular con la imagen que proyectan. Esa imagen es de alguna manera la prueba de que sí se puede.

 Es el argumento viviente contra todos los que dudaron. Y cuando esa imagen se ve amenazada, el miedo  que surge no es solo personal, es existencial. Flor Silvestre,  nacida Guillermina Jiménez Caro en San Gabriel, Jalisco en 1930. Cantante, actriz, mujer de una presencia escénica que pocas personas en la historia del espectáculo mexicano han podido igualar.

Cuando Flor Silvestre se paraba en un escenario, no era simplemente un artista interpretando una canción, era una fuerza de la naturaleza que hacía que la sala entera contuviera el aliento. Se casó con Antonio Aguilar en 1958, cuando ambos ya eran figuras establecidas del espectáculo mexicano. Juntos formaron una de las parejas más icónicas de la cultura popular latinoamericana.

Él el charro indomable, ella la flor valiente que no se doblaba. Su amor parecía de película porque  en buena medida era de película, pero también era real. Tenían hijos, tenían una vida, tenían ese tipo de complicidad profunda que solo se construye con décadas compartidas y con el conocimiento íntimo de los defectos y las virtudes del otro.

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