Posted in

HARFUCH CATEA el Rancho LAS FLECHAS de CHALINO… Y Revela los 8 Años que Cazó al Asesino

 35 años en los que ningún hijo, ningún hermano, ningún sobrino ha vuelto a poner un pie aquí, ni para hacer un velorio,  ni para recoger una foto, ni para abrir esa puerta de mezquite que el equipo de Harfuch está a punto de abrir esta madrugada. Rancho Las Flechas. La camioneta de adelante se detiene cerca de la barda de piedra.

 El secretario federal de seguridad y protección ciudadana baja primero, camisa blanca, chaleco táctico, pantalón cargo. Lleva en la mano una orden de cateo firmada por la jueza federal Esperanza Bautista del Juzgado séptimo de distrito de Sinaloa. La orden cita el expediente 133 del 92, el expediente del homicidio de Rosalino Sánchez Félix, el expediente que la Fiscalía General del Estado de Sinaloa reservó como secreto en 2022, cuando el proyecto archivero pidió desclasificarlo a 30 años del crimen. Omar García Harf viene

acompañado de seis peritos, dos forenses, una notaria pública, un técnico de gabinete de identificación y dos elementos del grupo táctico que abren paso. Nadie habla. Lo único que se escucha es el ladrido lejano de un perro y el motor de las camionetas en marcha mínima. La barda de piedra que rodea el rancho tiene y medio de altura.

 Está hecha de canto rodado que sacaron del río en los años 30. Hoy parece una boca con dientes flojos. Más allá de la barda, la casa principal. Adobe blanqueado, pintura desconchada, techo mitad teja roja, mitad lámina oxidada,  una ventana clausurada con tablas, una puerta de mezquites cerrada con un candado de los años 80, Jackar comido por la sal del aire, una casa en la que durante 15 años una mujer crió sola a nueve hijos, contando los granos de maíz para que duraran toda la semana.

La casa donde nació Rosalino Sánchez Félix en una cama de tablones cubierta con un zarape. Una madrugada de agosto de 1960, mientras su madre, señorina mordía un trapo para no despertar a los hermanos mayores, frente a la puerta, una talavera empotrada en el adobe, letras desgastadas que todavía se pueden leer si uno se acerca.

 Sánchez Félix, 1932 y debajo una flecha pequeña hecha con tinta sobre el barro cocido, la razón del nombre del rancho. Las flechas de los  indios caías, que hace 200 años poblaban estas tierras antes de los Sánchez. Las flechas que el padre de Rosalino, don Santos, encontraba todavía cuando araba el campo.

 Las flechas que su madre, señorina, guardaba en una caja de hojalata sobre la cómoda del cuarto principal. Señorina, murió en este rancho en 1991, 11 meses antes de que mataran a su hijo. Tenía 94 años. Se acostó a dormir y no despertó. Rosalino vino al velorio desde Los Ángeles. Le rezó toda la noche un rosario, le tocó la guitarra hasta el amanecer y se fue al día siguiente sin volver a entrar a la casa.

 Maricela contaría años después que Rosalino le dijo en el avión de regreso a California una sola frase. Le dijo que sentía que su madre se lo había llevado con ella, pero que el cuerpo no se había enterado todavía. 11 meses después de esa frase, el cuerpo se enteró. El serrajero se acerca al candado con un pequeño esmeril de batería.

 Saltan chispas amarillas en la oscuridad. El candado cae al suelo de tierra con un sonido seco. Harfuch hace una seña con la cabeza. Los dos elementos tácticos empujan la puerta de Mesquite. La puerta cruje, no quiere ceder. Lleva 35 años cerrada. Sede. Lo primero que sale del interior de la casa es el olor. Olor a encierro a madera mojada y secada 100 veces.

 A polvo de tres décadas que se asienta en cada superficie. A un dulzor raro que después se va a entender, pero también olor a vela apagada hace mucho tiempo y olor a algo más, algo que ninguno de los hombres que entra esta madrugada al rancho Las Flechas puede nombrar todavía. Harf entra primero. Linterna táctica en la mano izquierda, la barre lentamente.

 La sala principal mide unos 6 m por 4. Piso de mosaico ocre opaco bajo el polvo. Una mesa de pino con cuatro sillas. Sobre la mesa, una vela blanca derretida sobre un platillo de talavera. Junto a la vela, una jarra de barro volcada. Un vaso de vidrio grueso, también volcado, con un resto de líquido secado al fondo que dejó una mancha redonda color caramelo.

 Alguien  estuvo aquí. Alguien dejó esto así. Pero hace tantos años que ya nadie se acuerda quién. Sobre la pared del fondo, un crucifijo de madera oscura. A los pies del crucifijo, una repisa con tres figuras, la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo y una foto en marcada de un muchacho de unos 20 años con sombrero blanco y mirada de pocos amigos.

Rosalino, la única foto que queda en la casa donde nació y está en el altar, no en la sala, como si alguien la hubiera puesto ahí para velarla. Una de las forenses se acerca al altar, lleva la linterna pegada al pecho, ilumina la foto. La cabecera del marco tiene una mancha oscura.

 La foren se acerca más la linterna, le toma una foto con la cámara macro. La mancha tiene forma de huella digital, una huella vieja dejada por una mano que sostuvo el marco con fuerza hace mucho tiempo. Señorina pasó las últimas semanas de su vida sosteniendo esa foto. Eso lo cuenta una vecina del Guayabo que tenía 14 años cuando murió señorina y que todavía vive en el pueblo.

  cuenta que doña señorina dormía con la foto en el pecho y que la noche que murió la foto estaba boca abajo encima del buró, como si señorina hubiera tenido que apartar la cara del hijo que estaba mirando. 11 meses después, ese mismo hijo apareció muerto en una zanja. Harfuch se queda quieto un momento, mira la foto, mira el crucifijo, toma aire y dice una sola frase.

 Dice, “Empiecen por la habitación de la señora.” Las dos forenses se ponen los guantes. La notaria saca su libreta y empieza a anotar. El técnico de gabinete monta una cámara fotográfica en un trípode chico y empieza a tomar registro de la sala. Los dos elementos tácticos abren las ventanas clausuradas con palanca. Por las rendijas de las tablas empieza a entrar la primera luz del amanecer, una luz gris azulada que hace que el polvo de la sala parezca neblina.

 La habitación de la señora está al fondo del pasillo. Señorina dormía sola desde que enviudó en 1964. 27 años durmiendo sola en esa habitación. La cama matrimonial de fierro forjado todavía está ahí, cubierta con una sábana blanca que ya es gris, la cómoda con la caja de hojalata de las flechas caídas, una silla de tule, un baúl de madera de cedro que huele a copal viejo y debajo de la cama una caja de zapatos.

 Una de las forenses se hinca con cuidado, ilumina con su linterna, mete una mano enguantada, saca la caja, la pone sobre la cama, sobre la sábana gris, la abre. Adentro hay un zarape doblado de colores apagados, café, rojo oscuro, ocre, lo desdobla con cuidado. Y adentro del zarape hay un cuaderno. Pasta dura color marrón con borde rojo del tamaño de la palma de una mano. 100 hojas.

Read More