35 años en los que ningún hijo, ningún hermano, ningún sobrino ha vuelto a poner un pie aquí, ni para hacer un velorio, ni para recoger una foto, ni para abrir esa puerta de mezquite que el equipo de Harfuch está a punto de abrir esta madrugada. Rancho Las Flechas. La camioneta de adelante se detiene cerca de la barda de piedra.
El secretario federal de seguridad y protección ciudadana baja primero, camisa blanca, chaleco táctico, pantalón cargo. Lleva en la mano una orden de cateo firmada por la jueza federal Esperanza Bautista del Juzgado séptimo de distrito de Sinaloa. La orden cita el expediente 133 del 92, el expediente del homicidio de Rosalino Sánchez Félix, el expediente que la Fiscalía General del Estado de Sinaloa reservó como secreto en 2022, cuando el proyecto archivero pidió desclasificarlo a 30 años del crimen. Omar García Harf viene

acompañado de seis peritos, dos forenses, una notaria pública, un técnico de gabinete de identificación y dos elementos del grupo táctico que abren paso. Nadie habla. Lo único que se escucha es el ladrido lejano de un perro y el motor de las camionetas en marcha mínima. La barda de piedra que rodea el rancho tiene y medio de altura.
Está hecha de canto rodado que sacaron del río en los años 30. Hoy parece una boca con dientes flojos. Más allá de la barda, la casa principal. Adobe blanqueado, pintura desconchada, techo mitad teja roja, mitad lámina oxidada, una ventana clausurada con tablas, una puerta de mezquites cerrada con un candado de los años 80, Jackar comido por la sal del aire, una casa en la que durante 15 años una mujer crió sola a nueve hijos, contando los granos de maíz para que duraran toda la semana.
La casa donde nació Rosalino Sánchez Félix en una cama de tablones cubierta con un zarape. Una madrugada de agosto de 1960, mientras su madre, señorina mordía un trapo para no despertar a los hermanos mayores, frente a la puerta, una talavera empotrada en el adobe, letras desgastadas que todavía se pueden leer si uno se acerca.
Sánchez Félix, 1932 y debajo una flecha pequeña hecha con tinta sobre el barro cocido, la razón del nombre del rancho. Las flechas de los indios caías, que hace 200 años poblaban estas tierras antes de los Sánchez. Las flechas que el padre de Rosalino, don Santos, encontraba todavía cuando araba el campo.
Las flechas que su madre, señorina, guardaba en una caja de hojalata sobre la cómoda del cuarto principal. Señorina, murió en este rancho en 1991, 11 meses antes de que mataran a su hijo. Tenía 94 años. Se acostó a dormir y no despertó. Rosalino vino al velorio desde Los Ángeles. Le rezó toda la noche un rosario, le tocó la guitarra hasta el amanecer y se fue al día siguiente sin volver a entrar a la casa.
Maricela contaría años después que Rosalino le dijo en el avión de regreso a California una sola frase. Le dijo que sentía que su madre se lo había llevado con ella, pero que el cuerpo no se había enterado todavía. 11 meses después de esa frase, el cuerpo se enteró. El serrajero se acerca al candado con un pequeño esmeril de batería.
Saltan chispas amarillas en la oscuridad. El candado cae al suelo de tierra con un sonido seco. Harfuch hace una seña con la cabeza. Los dos elementos tácticos empujan la puerta de Mesquite. La puerta cruje, no quiere ceder. Lleva 35 años cerrada. Sede. Lo primero que sale del interior de la casa es el olor. Olor a encierro a madera mojada y secada 100 veces.
A polvo de tres décadas que se asienta en cada superficie. A un dulzor raro que después se va a entender, pero también olor a vela apagada hace mucho tiempo y olor a algo más, algo que ninguno de los hombres que entra esta madrugada al rancho Las Flechas puede nombrar todavía. Harf entra primero. Linterna táctica en la mano izquierda, la barre lentamente.
La sala principal mide unos 6 m por 4. Piso de mosaico ocre opaco bajo el polvo. Una mesa de pino con cuatro sillas. Sobre la mesa, una vela blanca derretida sobre un platillo de talavera. Junto a la vela, una jarra de barro volcada. Un vaso de vidrio grueso, también volcado, con un resto de líquido secado al fondo que dejó una mancha redonda color caramelo.
Alguien estuvo aquí. Alguien dejó esto así. Pero hace tantos años que ya nadie se acuerda quién. Sobre la pared del fondo, un crucifijo de madera oscura. A los pies del crucifijo, una repisa con tres figuras, la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo y una foto en marcada de un muchacho de unos 20 años con sombrero blanco y mirada de pocos amigos.
Rosalino, la única foto que queda en la casa donde nació y está en el altar, no en la sala, como si alguien la hubiera puesto ahí para velarla. Una de las forenses se acerca al altar, lleva la linterna pegada al pecho, ilumina la foto. La cabecera del marco tiene una mancha oscura.
La foren se acerca más la linterna, le toma una foto con la cámara macro. La mancha tiene forma de huella digital, una huella vieja dejada por una mano que sostuvo el marco con fuerza hace mucho tiempo. Señorina pasó las últimas semanas de su vida sosteniendo esa foto. Eso lo cuenta una vecina del Guayabo que tenía 14 años cuando murió señorina y que todavía vive en el pueblo.
cuenta que doña señorina dormía con la foto en el pecho y que la noche que murió la foto estaba boca abajo encima del buró, como si señorina hubiera tenido que apartar la cara del hijo que estaba mirando. 11 meses después, ese mismo hijo apareció muerto en una zanja. Harfuch se queda quieto un momento, mira la foto, mira el crucifijo, toma aire y dice una sola frase.
Dice, “Empiecen por la habitación de la señora.” Las dos forenses se ponen los guantes. La notaria saca su libreta y empieza a anotar. El técnico de gabinete monta una cámara fotográfica en un trípode chico y empieza a tomar registro de la sala. Los dos elementos tácticos abren las ventanas clausuradas con palanca. Por las rendijas de las tablas empieza a entrar la primera luz del amanecer, una luz gris azulada que hace que el polvo de la sala parezca neblina.
La habitación de la señora está al fondo del pasillo. Señorina dormía sola desde que enviudó en 1964. 27 años durmiendo sola en esa habitación. La cama matrimonial de fierro forjado todavía está ahí, cubierta con una sábana blanca que ya es gris, la cómoda con la caja de hojalata de las flechas caídas, una silla de tule, un baúl de madera de cedro que huele a copal viejo y debajo de la cama una caja de zapatos.
Una de las forenses se hinca con cuidado, ilumina con su linterna, mete una mano enguantada, saca la caja, la pone sobre la cama, sobre la sábana gris, la abre. Adentro hay un zarape doblado de colores apagados, café, rojo oscuro, ocre, lo desdobla con cuidado. Y adentro del zarape hay un cuaderno. Pasta dura color marrón con borde rojo del tamaño de la palma de una mano. 100 hojas.
Manuscrito, la tinta azul de los primeros años, la tinta negra de los últimos. Y en la primera página, escrita con letra firme de hombre joven, hay una sola línea. Rosalino Sánchez Félix. 5 de diciembre de 1984. 5 de diciembre del 84 fue el día en que mataron a su hermano Armando en un hotel de Tijuana, el día en que Rosalino empezó a componer corridos, el día en que empezó este cuaderno y la última anotación de este cuaderno en una página suelta hacia el final tiene fecha de 14 de mayo de 1992, es decir, el día anterior al concierto
del Bugambilias. La última cosa que Rosalino escribió en su vida son dos iniciales y un lugar y una hora. Harfuch ve la página, la forense ve la página, la notaria empieza a transcribir y mientras la notaria escribe, te voy a contar quién era Chalino Sánchez. Porque si no entiendes de dónde salió Rosalino Sánchez Félix, no vas a entender por qué este cuaderno es la cosa más importante que ha aparecido sobre su caso en 34 años.
Empecemos por las cifras, porque las cifras hablan solas y los corridos no. Chalino Sánchez compuso aproximadamente 1000 corridos a lo largo de 8 años de carrera. 1000. Las disqueras grabaron unas 300. Las disqueras le pagaron a Chalino, según el periodista Sam Quinones, ganador del premio María Morscabot de la Universidad de Columbia y autor de la única biografía investigativa que existe sobre él.
La cantidad aproximada de $115,000 por todos los derechos de sus composiciones. $115,000 por 1000 corridos. Hoy, 34 años después de su muerte, sus canciones se siguen vendiendo. Las plataformas digitales generan regalías anuales. Las disqueras lanzan reediciones en vinilo. La última, en agosto de 2024, fue de su disco más famoso.
Y cada peso que generan esas regalías llega a las disqueras, a los herederos del contrato, a los dueños de los masters. Ni un peso llega al rancho Las Flechas. Ni un peso llega a Paramount California, donde Maricela Vallejo sigue viviendo. Ni un peso llega a Cyntia, su hija, que tenía 4 años cuando lo mataron y que tiene 38 ahora. $115,000 por 1000 corridos por una voz que sigue sonando en cada cantina de la frontera tres décadas después de muerta.
Y eso era lo que le pagaban las disqueras. Lo que le pagaban los otros era otra cosa. Lo que le pagaban los otros estaba apuntado en este cuaderno marrón que la forense acaba de sacar de la caja de zapatos. Y por eso este cuaderno importa, porque cambia todo lo que se sabe sobre cómo vivió, cómo trabajó y por qué murió Chalino Sánchez.
En los próximos 80 minutos te voy a contar cuatro cosas que casi nadie sabe sobre Rosalino Sánchez Félix y te voy a avisar cuando llegue cada una. La primera, cómo un campesino analfabeto del rancho Las Flechas terminó componiéndole corridos personalizados a los hombres más buscados de la frontera y por qué cobraba la misma tarifa por todos costara lo que costara la historia.
La cifra que aparece en este cuaderno cambia para siempre. La imagen del chalino vendido a una disquera. Chalino tenía un segundo trabajo y este cuaderno lo demuestra. La segunda. ¿Qué pasó realmente la noche del 24 de enero de 1992 en el restaurante Plaza Los Arcos de Cuachella, California? La balacera segundo a segundo.
¿Quién subió al escenario primero? ¿Qué pistola sacó Chalino? Y por qué hubo un muerto del público que casi nadie nombra, un muchacho de 20 años que se desangró en menos de 4 minutos en el piso del salón. ¿Y por qué después de esa noche Chalin no sabía exactamente lo que le iba a pasar? La tercera, lo que está escrito en las últimas ocho páginas de este cuaderno marrón.
Las páginas que son distintas a todas las demás. Letra apretada, tinta más oscura, fechas seguidas y al final la anotación del 14 de mayo del 92, el día anterior al concierto del Buganvilias. Dos iniciales, un lugar, una hora. Vas a saber qué iniciales son y qué significa esa anotación, pero no en este minuto. Para entenderlo, necesitas saber primero todo lo demás.
Si te lo cuento ahorita, no te dice nada. Cuando llegue lo vas a entender de un golpe. Y la cuarta, ¿por qué 12 años después del asesinato de Rosalino, la misma carretera de Sinaloa donde lo subieron a una camioneta Ram Charger se llevó también a su hijo Adán, 19 años, una llanta reventada, un Ford Crown Victoria volcado y una mujer en Paramount, California, que hasta hoy repite la misma frase cuando le preguntan por los dos.
La frase está al final de este video. Hay un dicho viejo en la sierra de Badirahuato que la gente repite cuando se habla de Chalino. El que escribe corridos los vive. Lo repiten en las cantinas, lo repiten en las cocinas, lo repiten cuando llega a la radio una canción nueva sobre un muerto reciente. Esa frase la oyó Rosalino por primera vez cuando tenía 9 años.
Una noche que su tío Espiridion llegó borracho a la casa y le cantó una al difunto Don Santos, su padre. Rosalino la apuntó al día siguiente con un lápiz en una pared de adobe del cuarto donde dormía. La pared todavía está. El equipo de Harfuch acaba de fotografiarla. Y la misma frase está en la primera página del cuaderno marrón con la misma caligrafía firme, con la misma tinta azul.
Acuérdate de esa frase porque va a volver dos veces más. antes de que acabe el video y la última vez que vuelva va a sonar muy diferente. Ahora te voy a contar quién era el muchacho que escribió esa frase en una pared de adobe. Rosalino Sánchez Félix nació el 30 de agosto de 1960 en este rancho.
Cuarto de nueve hermanos, Armando el Mayor. Después Lázaro, Regulo, Lucas, Espiridion, Francisco, Juana, Alí Cordero y Sergio González, el más chico, que murió a los 2 años por una infección estomacal que en Los Ángeles se curaba con un jarabe de 3. En el guayabo costaba la vida de un niño. La familia vivía de la siembra de maíz y frijol y de unas cabras flacas que pastoreaba Juana por el cerro.
La cama de los hijos era un petate en el piso, cuatro a cuatro, los pies de uno tocando la cabeza del otro. Y la cena de los siete días de la semana era la misma. Frijoles con tortilla cuando había, cuando no había tortilla con sal. Don Santos, el padre era un hombre callado de 59 años cuando nació Rosalino. Trabajaba el campo desde el amanecer.
Murió cuando Rosalino tenía 6 años. cayó al campo una mañana de marzo harando con una yunta de mulas. Le falló el corazón. Lo trajeron a la casa en un burro. Lo velaron tres días con sirios y un guitarrón. Señorina, la madre no lloró delante de los niños, lloró sola en la cocina donde nadie la viera.
Señorina quedó viuda a los 69 años con nueve hijos. sacó a la familia adelante con las cabras, con la siembra que podían trabajar Armando y Lázaro, con las gallinas, con los huevos que vendía en el mercado del Guayabo los sábados. Aprendió a vivir contando los granos de maíz para que duraran toda la semana.
Rosalino fue el hijo que más se le pegó. La acompañaba al mercado, le ayudaba a desplumar las gallinas, le aprendió a cantar las canciones rancheras que ella tarareaba mientras cocinaba. Una de esas canciones era Cucurucucu Paloma. Otra era 4 milpas y otra, la que más le gustaba a señorina, era un corrido viejo sobre un hombre de Sinaloa al que la justicia perseguía sin razón.
Rosalino lo memorizó completo a los 7 años y a los nueve ese mismo corrido. Fue el primero que cantó delante de gente un domingo en la plaza del pueblo, parado encima de un cajón de manzanas con la voz aguda todavía de niño. La gente lo escuchó y le dio aplausos y una señora le dio 5 pesos. Esos 5 pesos fueron los primeros que Rosalino ganó por cantar.
la misma cantidad que costaba el jarabe que pudo haber salvado a su hermano Sergio. A los 12 años pasó algo que nadie de la familia le contó a Cyntna ni a Adán. Una de las hermanas de Rosalino, Juana, fue raptada por un hombre del pueblo vecino. Se llamaba Juan Quiroz. Lo cuenta el periodista que escribió sobre Chalino con más detalle en una recopilación de testimonios de gente del guayabo que ya casi nadie cita.

El rapto era costumbre en esos pueblos serranos. Los hombres se llevaban a las muchachas por la fuerza y después se decía que se habían casado. Cuando Juana volvió a la casa, semanas después no era la misma. Rosalino tenía 12 años, pero ya tenía la cara del hombre que iba a hacer. Le dijo a su madre que él iba a arreglar eso cuando creciera.
Señorina le tapó la boca con la mano y le pidió a Dios que se olvidara. Rosalino no se olvidó. 5 años después, a los 17, Rosalino llevaba ya un revólver del 22 escondido en la Canana. Una tarde de domingo del año 1977, Rosalino encontró a Juan Quiroz en un baile del pueblo vecino. Lo encontró sentado en una banca tomando una cerveza riéndose con dos amigos.
Rosalino caminó hasta donde estaba, no dijo nada. sacó el revólver, le disparó tres balazos en el pecho, Quiroz cayó, la banca cayó con él, los amigos salieron corriendo y Rosalino salió caminando sin correr, sin voltear, caminando como si fuera a comprar pan al mercado. Esa misma noche, señorina lo puso en el camión rumbo a Tijuana, le dio 200 pesos y la dirección de un sobrino que vivía cruzando la frontera en Inglewood, California.
le dio la bendición y le dijo dos cosas que Rosalino apuntó años después en este cuaderno. Le dijo que se cuidara y le dijo que no volviera nunca a Sinaloa, costara lo que costara. Rosalino cruzó la frontera caminando por el desierto en una madrugada de diciembre del 77. Llevaba puesto el sombrero blanco que su padre se había puesto el día que murió.
Llevaba la canana y llevaba memorizado, completo, el corrido viejo que su madre le había enseñado a los 7 años. Y en California todo empezó. Trabajó en los campos de cochela piscando uva. Trabajó de lavaplatos en un restaurante de Inglewood. Trabajó de cargador en un mercado de Long Beach. Y los fines de semana en las casas de mexicanos que se juntaban a tomar cerveza y a oír música, Rosalino sacaba la guitarra prestada de algún paisano y cantaba.
Cantaba corridos viejos, cantaba rancheras, cantaba con esa voz nasal áspera, de muchacho, de rancho, que no había tomado clases nunca, pero que sabía dónde poner el quejido para que doliera. La gente le pedía canciones, le decía, “Rosalino, cántame el de fulano.” Y Rosalino se las cantaba.
Pero un domingo de 1982, un paisano de Mazatlán le dijo algo distinto. Le dijo Rosalino, “Mi compadre se murió la semana pasada en una balacera. Era buen hombre. Le quiero hacer un corrido. ¿Tú me lo puedes escribir? Te pago.” Rosalino le dijo que sí. Esa noche, en una cocina de Long Beach, Rosalino escribió su primer corrido por encargo, 32 versos.
El nombre del compadre. Los detalles de su muerte, una mención a la familia que dejó, una frase de despedida. Lo cantó dos días después en la casa del paisano con 50 personas escuchando. Cobró $100. Era más dinero del que ganaba en una semana de piscar uva. Y a la semana otro paisano le pidió otro corrido, $100.
Y otro paisano le pidió otro, $100. Y para 1983, Rosalino Sánchez Félix había encontrado un oficio que no se enseñaba en ninguna escuela. Componía corridos por encargo, $100 cada uno, cualquier historia, cualquier muerto, cualquier difunto. Lo mismo cobraba por el corrido de un campesino apuñalado en una cantina que por el corrido de un sicario muerto en una balacera. Le pagaban y él escribía.
Y en 1984 todo cambió otra vez. El 5 de diciembre del 84, su hermano Armando, el mayor, el que había viajado con Rosalino a California, el que trabajaba con él de pollero pasando indocumentados por la frontera. Apareció muerto en un hotel de Tijuana. Le dispararon con una pistola calibre 9 mm, tres balazos, uno en la cabeza, dos en el pecho.
La policía nunca investigó a fondo le pusieron al cuerpo la etiqueta de homicidio sin esclarecer. Le entregaron a Rosalino la ropa, una cartera con $60 y un anillo de plata con una herradura grabada que Armando llevaba puesto siempre. Rosalino recogió el cuerpo de su hermano en la morgue de Tijuana. pagó el ataúd, pagó el traslado al rancho las flechas, pagó el velorio y esa noche en la cocina de la casa donde estamos ahorita, Rosalino abrió este cuaderno marrón que el equipo de Harfuch acaba de encontrar debajo de la cama de señorina.
Lo abrió en blanco y escribió la primera línea. Rosalino Sánchez Félix, 5 de diciembre de 1984. Y debajo el primer corrido que escribió sobre alguien que él conocía personalmente, el corrido a Armando, 38 versos. La forense lo está leyendo en voz baja ahora mismo mientras la notaria transcribe.
Habla de un muchacho que cruzó la frontera con su hermano. Habla de un negocio que se les escapó de las manos. Habla de un cuarto de hotel en Tijuana donde alguien sabía que Armando iba a estar a esa hora. habla de una pistola 9 mm y habla de una promesa que Rosalino le hace a Armando antes de cerrar el ataúd. Una promesa de venganza que no menciona nombres, pero que en la última línea dice así: “El que escribe corridos los vive.
” Ahí está la segunda vez que la frase aparece. Esta vez ya no es un dicho viejo de Badirahuato. Esta vez es una promesa de Rosalino a su hermano muerto. Y la promesa cambia el sentido del cuaderno entero. Porque a partir de esa página, los corridos por encargo que Rosalino sigue escribiendo, esos que cobra a $100 cada uno, empiezan a tener otra función para él.
No solo son trabajo, son una manera de mantenerse cerca de gente que sabe cosas. Gente que pasa por Tijuana, gente que conoció a Armando, gente que recuerda quién entraba y salía de aquel hotel. Rosalino apunta cada corrido que cobra, apunta el nombre del cliente, apunta lo que le pagaron, apunta la ciudad y a veces en una columna a la derecha apunta una sola palabra, Tijuana o un signo, una T mayúscula con un punto.
Los corridos por encargo que el grueso de la gente conoce, los que están en los discos, son las 30 o 40 historias que Rosalino llevó al estudio. Pero este cuaderno tiene apuntados 182 corridos cobrados entre 1984 y 1992. 182. La mayoría no se grabó nunca. Algunos solo se cantaron una vez en la fiesta del cliente que los pagó y de esos 182, 31 tienen al margen una T con un punto.
31 tienen que ver con Tijuana, 31 tienen que ver de alguna manera oblicua con la muerte de Armando. Rosalino estuvo investigando la muerte de su hermano durante 8 años con guitarra, con tinta azul, con cuaderno marrón y con $100 a la vez. Eso es lo que este cuaderno demuestra. En 1985, Rosalino grabó su primer demo en un estudio modesto de Los Ángeles.
11 corridos. Le pagaron $400 por toda la grabación. $400 por 11 corridos. $36 por canción. El demo se vendió en cassete por las calles de Los Ángeles. Lo vendían los mismos paisanos que iban a las fiestas. $5 la copia. En 6 meses se habían vendido más de 3,000 copias. 3,000 copias por $5 es $15,000. A Rosalino le tocaron 400 y esos 15,000 eran solo el principio.
Esas canciones iban a generar regalías durante los siguientes 40 años y a Rosalino no le iba a llegar un peso más. Esa fue la primera vez que Rosalino entendió cómo funcionaba el negocio. Le pagaban por grabar, no por vender. La canción ya no era suya en cuanto salía del estudio. Era de la disquera, era del distribuidor, era de cualquiera menos del que la había escrito.
Pero Rosalino siguió grabando porque las grabaciones le abrían puertas, más fiestas, más corridos por encargo. Y Rosalino sabía que ahí, en los corridos por encargo, era donde estaba el verdadero dinero y la verdadera información sobre la muerte de su hermano. A finales del 87, Rosalino llegó a Long Beach, California, y ahí lo encontró un señor que tenía una disquera chiquita en un local que parecía bodega.
Un señor que tenía un sello que se llamaba Cintas Acuario. Un señor que años después se iba a hacer famoso porque su hija, una muchacha llamada Dolores Yan iba a convertirse en una de las cantantes más vendidas de la música regional. Su hija se hacía llamar Jenny Rivera y ese señor, el dueño de Cintas Acuario, era Pedro Rivera.
El mismo Pedro Rivera que años después iba a tener pleito público con Maricela Vallejos, la viuda de Chalino, pleito que sigue abierto hasta hoy. Pedro Rivera grabó a Chalino. Pedro Rivera le tomó las fotos icónicas, las del sombrero blanco, las de la camisa desabotonada, las del 45 al cinto. Esas fotos las tomó Pedro Rivera con su cámara propia.
Lo dijo Pedro mismo en una entrevista al Billboard en 2025. Yo lo fotografié, yo lo armé y Cintas Acuario hasta el día de hoy conserva los másters de buena parte de los discos de Chalino en sus bodegas de Long Beach, cuando Pedro Rivera anunció en esa misma entrevista que iban a sacar grabaciones póstumas de Chalino con tecnología nueva.
Lo dijo porque puede, porque tiene las cintas, porque las grabó él, porque cuando Chalino las hizo, no las firmó pensando en lo que valdrían 34 años después. Maricela Vallejos lo ha declarado en cámara. dijo en una entrevista a Primer Impacto de Univisión en 2012, a 20 años exactos de la muerte de Chalino, que ella no quiere ver a ningún Rivera, ni a Pedro, ni a Jenny que en paz descanse, ni a Lupillo, que ellos se adjudican un éxito que no es suyo, que Pedro Rivera no descubrió a Rosalino, que Pedro Rivera lo aprovechó.
Esas son palabras textuales de Maricela y todavía las repite cuando le preguntan. Vámonos un momento de regreso al rancho Las Flechas, porque mientras te cuento todo esto, el equipo de Harfuch ha estado trabajando. Las dos forenses tienen el cuaderno marrón sobre una mesa portátil que armaron en la sala.
Con guantes blancos van pasando hoja por hoja. La notaria pública transcribe técnico de gabinete fotografía cada página con una cámara macro y Harfuch está en el patio hablando por radio con la fiscal regional. La luz del amanecer ya entra por las ventanas abiertas. Se ven motas de polvo flotando en el aire y se ven las paredes de la sala donde hay manchas oscuras de humedad que parecen mapas.
Algunas manchas tienen forma de animal. Una parece un caballo, otra parece una pistola. Aquí llega la primera cosa que te prometí. El sistema completo de Rosalino. ¿Cómo cobraba? ¿Cuándo cobraba? ¿A quién le cobraba? Está escrito en las primeras 50 hojas de este cuaderno. $100 por corrido, sin excepción. Le pagaban en efectivo, algunos en pesos mexicanos, otros en dólares americanos.
Algunos clientes le daban un anillo o una cadena en lugar de dinero. Una vez le dieron una pistola Cold 45. Una vez le dieron una camioneta usada. Rosalino apuntaba todo. Si le pagaban con pistola, apuntaba el modelo. Si le pagaban con cadena, apuntaba los gramos. Era contador de sí mismo. Y era contador porque no confiaba en nadie.
Sabía que las disqueras le robaban, sabía que el sello le robaba, sabía que el distribuidor le robaba, pero los clientes de los corridos por encargo, esos no le robaban, esos le pagaban en mano, en efectivo, sin papeles, sin contrato. En la columna de los clientes hay nombres apuntados con la letra firme de Rosalino, nombres de gente que en 1992 manejaba camionetas blindadas por las carreteras de Sinaloa.
Nombres que en los archivos del periódico noroeste de aquella época aparecen en notas rojas. Uno de esos nombres murió 3 meses después de pagarle un corrido a Chalino en una balacera con el ejército mexicano cerca de Huamuchil. Otro está hoy purgando una sentencia federal en una prisión de Texas por lavado de dinero y un tercero todavía vive en el Guayabo.
Sigue allá a 10 km del rancho Las Flechas, donde Harf está parado esta madrugada. La fiscal regional ya le pidió a Harfuch que esa parte del cuaderno se maneje con discreción. Esa parte va a quedar bajo reserva mientras se identifica la implicación judicial actual. Pero los apellidos completos ya están transcritos en el acta y el acta ya tiene número de oficio.
Y aquí llega la segunda cosa que te prometí. La balacera de Coachela, el 24 de enero de 1992. Está apuntada en este cuaderno. La página tiene fecha del 25, es decir, Rosalino la escribió desde el hospital. Lo cuenta él mismo con su letra en cuatro hojas y lo cuenta de una manera que las versiones oficiales no han contado nunca.
Plaza Los Arcos no era cualquier salón, era un restaurante con pista de baile en el desierto de Cuachella, a 120 millas al este de Los Ángeles. Los viernes por la noche se llenaba de mexicanos que llegaban de los campos de uva, de las construcciones, de las cocinas, de los hoteles del valle. 400 personas esa noche, según el reporte policial.
Rosalino estaba programado a las 10 de la noche. A las 7 ya estaba lleno el salón. El acordeonista del grupo Los Amables del Norte, Nacho Hernández, contaba años después que Rosalino llegó al lugar con un mal presentimiento, que se quedó parado afuera del salón media hora antes de entrar, que pidió un whisky doble, lo tomó de un trago y le dijo a Nacho una sola frase.
Le dijo, “Si me pasa algo esta noche, mándale el sombrero a mi madre.” Nacho le contestó que señorina había muerto 7 meses antes. Rosalino lo miró un momento y le dijo, “Ya lo sé, mándaselo igual.” El concierto empezó. Rosalino aceptaba pedidos del público, cantaba un corrido y la gente le pedía el siguiente. Cerca de la medianoche, un hombre llamado Eduardo Alvarado Gallegos, de 32 años, mecánico desempleado de Thermal, California, bajo efectos de heroína y alcohol.
Según el reporte policial, le pidió a gritos desde el público que cantara el gallo de Sinaloa. Rosalino le dijo que lo cantaría en un rato. Gallegos no esperó. Caminó hacia el escenario con un revólver calibre 25 en la mano. Llegó al borde del escenario, apuntó. Rosalino vio el revólver, sacó de la cintura una pistola escuadra Col 45. Disparó el primer tiro.
El 45 le explotó en la mano. La bala le pegó a Gallegos en la cara, pero el siguiente tiro de Rosalino se trabó. La corredera no avanzó. Rosalino agarró la pistola por el cañón y le estrelló la cacha en la cara a Gallegos. Le rompió la mandíbula. Gallegos cayó al piso, pero alcanzó a apretar el gatillo de su revólver.
Disparó 11 o 12 veces de manera caótica. Dos de esas balas le entraron a Rosalino cerca de la axila. Le perforaron el pulmón derecho. Otra bala le entró al acordeonista Nacho Hernández en una pierna y otra bala perdida le entró en la pierna derecha a un muchacho del público que se llamaba Claudio René Carranza, de 20 años.
Le pegó en la arteria femoral. Carranza se desangró en el piso del Plaza Los Arcos antes de que llegara la ambulancia. Murió en menos de 4 minutos. La policía llegó a las 11:55 minutos de la noche. Rosalino estaba sentado en una silla, la camisa empapada en sangre, todavía consciente. Gallegos estaba en el piso con la mandíbula rota, vivo.
Carranza estaba muerto y el salón Plaza Los Arcos había pasado de fiesta de viernes a escena de crimen en menos de 90 segundos. Rosalino sobrevivió. Pasó tres semanas en el hospital. Eduardo Gallegos sobrevivió. También fue sentenciado a 20 años de cárcel por intento de homicidio y por la muerte de Carranza. Apeló en 1997. Le negaron la apelación.
Sigue cumpliendo condena hasta donde se sabe públicamente. Esa balacera convirtió a Chalino Sánchez en estrella. Esa balacera fue noticia en ABC World News Tonight. en el Los Angeles Times, en el Desert Sun. Esa balacera vendió más copias de los cassetes de Chalino en una semana, de las que se habían vendido en 3 años.
Y esa balacera, según lo que Rosalino escribió en este cuaderno desde el hospital, le sirvió para entender algo definitivo, porque al final de las cuatro páginas que dedica al tiroteo de Coachela, hay una frase suya, una sola. Si me querían matar, me hubieran matado. Esto fue un aviso. Esa frase está fechada el 26 de enero de 1992. Es la última frase de Rosalino sobre Coachela.
Y a partir de esa página, en este cuaderno marrón, Rosalino deja de apuntar corridos cobrados con normalidad. Las últimas ocho páginas son distintas. La letra cambia, se aprieta. La tinta se hace más oscura, como si la mano que sostiene la pluma apretara más. Y las fechas se hacen seguidas, casi diarias, y como si Rosalino supiera que el tiempo se le estaba acabando y tuviera que terminar de apuntar algo antes de que se acabara.
Las primeras siete páginas de esas ocho hablan de un nombre y de una conversación que Rosalino tuvo en Tijuana en marzo del 92 y de un trato que aceptó. y de la fecha que le dieron. La octava página, la última es la del 14 de mayo. Dos iniciales, un lugar, una hora. Pero antes de llegar a esa página, necesitas saber qué pasó la noche del 15, porque sin esa noche las iniciales no significan nada y con esa noche las iniciales lo significan todo.
4 meses después de Coachela, en mayo de 1992, a Rosalino le llegó la oferta. Le ofrecían tocar en el salón Bugambilias de Culiacán. La gente del pueblo, su hermana Juana, su esposa Maricela, los músicos de los amables del norte, todos le dijeron que no fuera, que estaba amenazado, que Sinaloa era peligroso. Maricela le rogó.
Le rogó delante de Cyntia, que tenía 4 años. Le rogó delante de Adán, que tenía ocho. Le dijo Rosalino, “No vayas. Esa tierra está manchada de sangre. Esa tierra te quiere. Esa tierra ya te apartó un lugar. Rosalino la escuchó y le contestó dos cosas. La primera que tenía que ir porque le iban a pagar muy bien y porque desde Coachela las disqueras de Estados Unidos le habían bajado las tarifas de los conciertos.
La segunda fue algo más extraño. Rosalino le dijo a Maricela que si no iba a ese concierto no iba a poder cerrar el asunto de Armando. Maricela no le pidió explicaciones. Sabía que Rosalino estaba investigando la muerte de su hermano desde hacía 8 años. Sabía del cuaderno. Sabía que algo lo tenía obsesionado. No le pidió detalles.
Solo le dijo que se cuidara. Y Rosalino se fue a Sinaloa el 13 de mayo de 1992. Llegó al rancho Las Flechas. El 14 pasó la tarde solo. Maricela y los niños se quedaron en Paramount. Los músicos del grupo Los Amables del Norte se hospedaron en un hotel del centro de Culiacán.
Rosalino llegó a la casa donde su madre había muerto 7 meses antes y según la última anotación del cuaderno, esa tarde en este mismo rancho donde el equipo de Jarfuch está parado ahorita, Rosalino escribió la página final. El 15 de mayo manejó hasta Culiacán. Llegó al salón Bugambilias a las 9:30 de la noche. Lo recibieron 600 personas. Los amables del norte ya estaban montados en el escenario.
Rosalino subió, saludó al público con el sombrero blanco que le había heredado a su padre y arrancó el primer tema. Cantó como en cualquier otro concierto, quizá más lento que de costumbre, quizá menos sonriente, pero cantó. A las 11:30 de la noche, ya viene entrada la presentación, antes de cantar Alma Enamorada, alguien del público se acercó al escenario y le pasó un papel doblado a Rosalino.
Rosalino lo recibió con la mano izquierda, lo desdobló, lo leyó, lo arrugó, se lo guardó en la bolsa de la camisa, pidió un trago y le hizo seña a Nacho Hernández de que arrancara el corrido. Cantó Alma enamorada completa. Después dos canciones más. El concierto terminó a las 12:20. Lo que hizo Rosalino después es lo que pocos cuentan con detalle.
Pudo haberse subido a la Chevrolet Suburban en la que había llegado. Pudo haberse ido al rancho Las Flechas. Pudo haber salido por la puerta de atrás y haberse perdido entre las calles de Culiacán. No hizo ninguna de esas cosas. Se quedó. Tomó un trago con dos hombres que lo esperaban en una mesa apartada del salón.
Después fueron a una segunda mesa, después a una tercera. Esperaron a unas mujeres que llegaron del baruo y la fiesta siguió 4 horas más hasta cerca de las 4:20 de la madrugada del 16 de mayo. Rosalino salió del bugambilias entre el grupo, subió a la Chevrolet Suburban y la camioneta arrancó rumbo al norte de la ciudad, a la altura del monumento Aquuautemoc, en una zona céntrica que en aquellos años todavía la gente llamaba la canasta.
Un grupo de hombres armados vestidos con uniformes de policía federal los interceptó. Bajaron a Rosalino de la Suburban, lo subieron a una camioneta Ram Charger. La Ram Charger arrancó rumbo al norte de la ciudad. Nadie volvió a ver vivo a Rosalino Sánchez Félix. A las 6 de la mañana del 16 de mayo, unos campesinos que iban a regar un sembradío de tomate cerca del kilómetro 12 de la carretera Culiacán, San Lona, encontraron el cuerpo en una zanja al lado del camino.
Lo encontraron boca abajo, vestido todavía con la camisa beige del concierto, manchada de sangre, sin sombrero. El sombrero blanco apareció 2 km más adelante, tirado en el monte con un agujero de bala que lo atravesaba de un lado al otro. Los pies y las manos atadas con un mecate de Xle, los ojos vendados con un trapo gris, dos balazos en la nuca, salida por la frente.
La cara golpeada con tanta fuerza que tres días después, cuando Maricela llegó de Los Ángeles para identificarlo, no pudo reconocerlo. La identificación oficial se hizo por el tatuaje del talón izquierdo, la cruz pequeña que un primo le había hecho con tinta china a los 14 años.
Esa cruz fue lo único que quedó intacto. Señorina murió con 94 años durmiendo en su cama. Rosalino murió con 31 en una zanja de Sinaloa. Madre e hijo separados por 11 meses y por la misma tierra. Maricela no quiso volver a Sinaloa después del entierro. Llevó el cuerpo de Rosalino al panteón Los vasitos de Culiacán. le hizo un mausoleo de 4 m2 color naranja con una placa donde dice agosto 30 de 1960, mayo 16 de 1992 y debajo una frase que ella misma eligió.
Has muerto para el mundo, pero para nosotros siempre estarás vivo en nuestros corazones. Después de poner esa placa, Maricela se llevó a Adán y a Cynthia a Paramount, California, donde sigue viviendo hasta hoy. No volvió. No regresó nunca al Rancho Las Flechas. No regresó nunca al Bugambilias. No regresó nunca a la sanja del kilómetro 12 de la carretera Culiacán, Sanalona.
Adán tenía 8 años, Cyntia tenía cuatro. 12 años después, Adán cumplió 19 años. 12 años después, Adán había firmado con la disquera Univisión y había sacado discos en honor a su padre. 12 años después, el 20 de marzo de 2004, Adán Sánchez Vallejo se convirtió en el primer cantante de regional mexicano en agotar el Kodak Theater de Hollywood, la misma sala donde se entregan los Óscar de la Academia. 3,500 personas.
Sold out. Maricela estaba ahí esa noche sentada en la primera fila llorando. 7 días después de ese concierto, a Adán le ofrecieron una gira de promoción en Sinaloa. Maricela le pidió que no fuera, le rogó, le dijo a Adán, “Esa tierra es mala. Esa tierra se llevó a tu papá.” Adán le contestó que no era lo mismo, que él no andaba en cosas raras, que era una gira corta.
Tuxpan, Nayarit, volver por la carretera una semana, le iban a pagar bien. Maricela le pidió que se quedara. Adán le dijo que no podía, que ya había firmado. El 27 de marzo de 2004, Adán salió de Durango con destino a Tuxpan, Nayarit. Iba en un Ford Crown Victoria, modelo 1989. Lo manejaba un chóer. En el asiento del copiloto iba su manager, Lorena Rodríguez, una mujer que años antes había trabajado en Cintas Acuario para Pedro Rivera y que se había salido para trabajar directo con Adán.
Atrás iba una amiga. Adán también iba atrás, recostado contra la ventana, durmiendo. No traía cinturón puesto. En la carretera entre los municipios del Rosario y Esquinapa, Sinaloa, a la altura de un tramo desierto, a las 6 de la tarde, una llanta del Ford Crown Victoria reventó. El chóer perdió el control. El auto salió del camino dando varias vueltas.
Salió por el parabrisas el cuerpo de Adán Sánchez Vallejos. Cabeza contra el pavimento, muerte instantánea. Los tres acompañantes sobrevivieron con lesiones leves. Adán tenía 19 años. La carretera entre el Rosario y Esquinapa está a 240 km de la zanja del kilómetro 12, donde encontraron a Rosalino en 1992.
La misma carretera, la misma tierra, el mismo destino. Maricela viajó a Sinaloa por segunda vez en su vida adulta. Recogió el cuerpo de Adán, lo llevó a Paramount, California, lo enterró ella misma. Su hija Cyntia se ha negado durante años a saber detalles del accidente. Solo una vez ya de adulta, una amiga le hizo una videollamada desde el lugar exacto del accidente.
Cynthia vio por primera vez la distancia entre la carretera y el sitio donde quedó el cuerpo de su hermano. Cynthia ha contado en redes sociales que después de esa videollamada estuvo dos semanas sin dormir bien. Maricela Vallejos lleva 34 años repitiéndole una sola frase, a quien le pregunta por las muertes de su esposo y de su hijo.
La frase la ha dicho en cámara, en entrevistas a Univisión, a Telemundo, a programas de radio en Los Ángeles. La frase es esta: Sinaloa le pidió uno y se llevó dos. Vámonos de regreso al rancho Las Flechas porque las dos forenses ya pasaron las primeras 92 páginas del cuaderno marrón. Y ya llegaron a las últimas 8.
Son las 5:10 de la mañana. La luz del amanecer entra por las ventanas abiertas de la sala. Las dos forenses están sentadas en sillas portátiles que armaron alrededor de la mesa de pino. La notaria pública transcribe en una computadora portátil. El técnico de gabinete sigue fotografiando hoja por hoja. Harfuch está parado con los brazos cruzados mirando el cuaderno.
La fiscal regional viene en camino desde Culiacán. Faltan 20 minutos para las 5:30. Aquí llega la tercera cosa que te prometí. Las últimas ocho páginas del cuaderno son distintas a las 900, dos anteriores. La letra es más apretada, como si Rosalino quisiera escribir más cosas en menos espacio.
La tinta es más oscura y las fechas van seguidas. 3 de marzo de 1992, 11 de marzo, 17 de marzo, 2 de abril, 22 de abril, 5 de mayo, 11 de mayo y 14 de mayo. Una página por fecha, ocho páginas, 8 semanas. Las últimas 8 semanas de vida de Rosalino Sánchez Félix. La primera página del 3 de marzo cuenta una reunión que Rosalino tuvo en Tijuana esa fecha.
reunión con un hombre que Rosalino llama por dos iniciales. Ese hombre le dijo a Rosalino algo que Rosalino apuntó textualmente en el cuaderno. Le dijo que el responsable de la muerte de Armando en 1984 había vivido en Tijuana todos estos 8 años. Le dijo dónde se podía encontrar, le dijo en qué hotel, le dijo a qué hora, pero le dijo también una condición.
le dijo que la cita tenía que ser después de que Rosalino tocara en Sinaloa, porque la misma persona que mató a Armando estaba esperando el regreso de Rosalino a Sinaloa. Y si Rosalino no se aparecía allá primero, esa persona no iba a salir de su escondite en Tijuana. Rosalino aceptó. Las siguientes seis páginas son anotaciones cortas, confirmación de la cita, cambios de hora, cambios de lugar.
Los nombres de dos hombres que iban a acompañar a Rosalino al hotel de Tijuana después del concierto de Bugambilias. La dirección exacta del hotel, el piso, el número del cuarto y una sola frase que Rosalino escribió en la página del 11 de mayo, 4 días antes del concierto. La frase está en letra firme.
La frase dice así: “El que escribe corridos los vive.” Tercera aparición, última. Ya no es un dicho de la sierra, ya no es una promesa al hermano muerto. Esta vez es una sentencia. Rosalino sabía exactamente lo que iba a pasar. Sabía que la cita era una trampa. Sabía que el hombre que lo esperaba en Tijuana sabía también de la cita y sabía que probablemente no iba a llegar a Tijuana.
Pero también sabía que la única manera de cerrar la cuenta de Armando era irse acercando a esa cita paso por paso hasta que alguien se moviera primero. Y la última página, la del 14 de mayo. Rosalino la escribió sentado en la cocina de este rancho Las Flechas, sentado en la silla de Tule, donde su madre señorina solía desplumar gallinas los sábados.
20 horas antes del concierto del Bugambilias. La página tiene tres líneas. La primera son dos iniciales. La segunda es un lugar, la tercera es una hora. Pero antes de las tres líneas, Rosalino apuntó algo más, una sola frase, suelta. Como si la hubiera escrito sin pensarla. La frase dice así: “Si esto sale mal, que mi sombrero lo lleven a mi madre.
” Esa frase ya la había dicho Rosalino una vez antes, 4 meses antes, afuera del salón Plaza Los Arcos de Cuachella, la noche del 24 de enero. Pero esa vez se la dijo a Nacho Hernández, el acordeonista. Esa vez fue una intuición. Esa vez fue una frase de hombre que tiene miedo. Aquí en este cuaderno escrita en el rancho Las Flechas la tarde antes del bugvilias ya no es una intuición, es una instrucción.
Rosalino sabía que esta vez sí podía pasar. Lo sabía con la misma certeza con la que el campesino sabe que va a llover cuando ve las nubes oscuras en el cerro. Y las tres líneas que vienen después dicen así: TJ Hotel La Cumbre, calle Reforma, 312, 9 de la mañana, TJ son las iniciales de Tijuana, la ciudad donde mataron a Armando 8 años antes.
Hotel La Cumbre, calle Reforma, es una dirección que Rosalino apuntó porque el hombre con quien iba a cerrar la cuenta de Armando lo iba a esperar ahí. 9 de la mañana es la hora que le dijeron. y el 16 de mayo de 1992, mientras los campesinos descubrían el cuerpo de Rosalino en una zanja del kilómetro 12 de la carretera Culiacán, San Lona, la misma hora marcaba en el cuarto 312 del hotel La Cumbre de Tijuana.
En ese cuarto, esa mañana no había nadie. La puerta estaba abierta, la cama estaba hecha, la ventana estaba cerrada y sobre el buró había un cenicero limpio. Esa cita nunca ocurrió por las dos partes. Y aquí llega la cuarta y última cosa que te prometí. ¿Por qué la misma carretera que se llevó a Rosalino se llevó también a Adán 12 años después? La respuesta no es metafísica, la respuesta es concreta.
La respuesta está en un detalle que pocos cuentan. Cuando Adán Sánchez subió al forcrown Victoria modelo 89, ese 27 de marzo de 2004, iba con su manager Lorena Rodríguez. Lorena Rodríguez había trabajado durante años en Cintas Acuario, es decir, había trabajado para Pedro Rivera, la misma Cintas Acuario de Long Beach que controla los másts de Chalino.
La misma disquera con la que Maricela mantiene una guerra abierta desde 1992. Lorena, según ella misma contó años después, en una entrevista al youtuber Margarito Music, había dejado Cintas Acuario por motivos personales para trabajar directamente con Adán. Esa decisión la había tomado un año antes del accidente. Lorena sobrevivió.
Iba en el asiento del copiloto. Salió con lesiones leves. Estuvo un mes hospitalizada en Mazatlán. Hoy sigue viva, sigue dando entrevistas y sigue defendiendo contra las dudas de la familia que aquello fue un accidente. Adán iba dormido atrás sin cinturón. Salió por el parabrisas. La cabeza chocó contra el pavimento. Muerte instantánea.
Sinaloa siempre tiene una manera de cobrar las cuentas. A veces con dos balazos en la nuca a las 4 de la madrugada. a veces con una llanta reventada a las 6 de la tarde. La cuenta de Armando, la cuenta que Rosalino llevaba abierta desde 1984, la cuenta que tenía cita en el cuarto 312 del hotel La Cumbre de Tijuana a las 9 de la mañana del 16 de mayo de 1992.
Esa cuenta se cerró 12 años después, pero no se cerró en Tijuana. Se cerró en una carretera del sur de Sinaloa en una tarde calurosa de marzo con un muchacho de 19 años durmiendo en el asiento de atrás de un crown Victoria que llevaba el peso entero de un apellido que la frontera todavía recordaba.
Maricela Vallejos lo sabe, Cynthia lo va a saber esta tarde y por eso Maricela lleva 34 años repitiendo la misma frase. Sinaloa le pidió uno y se llevó dos. Son las 5:42 de la mañana. La fiscal regional acaba de llegar al rancho las flechas. Se queda parada en la puerta de la sala viendo el cuaderno marrón sobre la mesa de Pino. No dice nada.
La luz del amanecer entra por las ventanas y le pega de lado en la cara. Atrás de ella, el cielo de Sinaloa empieza a hacerse rozado por encima de los cerros del guayabo. Harfma el acta de aseguramiento. La notaria recoge sus papeles. El técnico de gabinete guarda la cámara macro en un estuche acolchado. Las dos forenses meten el cuaderno marrón en una bolsa de evidencia transparente con cierre.
Lo etiquetan con un código de barras y la fecha. 16 de mayo de 2026. 5:50 de la mañana, lugar de extracción, rancho las flechas, el guayabo, Sinaloa. Antes de salir, una de las forenses se acerca al altar de la pared del fondo. Mira la foto del muchacho con sombrero blanco, la toca con la mano enguantada, le acomoda el marco y la deja como estaba.
Después se persigna sin que nadie la vea. El equipo sale. Las camionetas arrancan por el camino de terracería. La puerta de Mesquite se queda otra vez cerrada con un candado nuevo que el serrajero le puso antes de irse. La talavera de 1932 sigue empotrada en el adobe. La flecha pequeña, hecha con tinta sobre el barro sigue ahí.
Y dentro de la casa, sobre la pared de adobe del cuarto del fondo, la frase escrita con lápiz por un niño de 9 años en 1969 sigue diciendo lo mismo de siempre. Hoy ya nadie la lee, pero ahí sigue. Hoy es 16 de mayo de 2026, hace exactamente 34 años. A esta misma hora, unos campesinos descubrían en una zanja a un hombre con sombrero blanco perdido y un tatuaje de cruz en el talón izquierdo.
Hace exactamente 34 años, Maricela Vallejos en Paramount, California contestaba el teléfono y oía una voz que le decía algo que ella sabía desde el día anterior. En la pared de la sala del rancho las flechas se ve ahora una mancha de humedad nueva en forma de mapa de México, justo encima del altar. La forense la fotografió antes de salir.
No le encontró sentido, pero ahí está. Una mancha que parece un mapa con una mancha más oscura, justo donde queda Sinaloa. Y en Paramount, California, Maricela Vallejos sigue viviendo en la misma casa que Rosalino pagó con $115,000 en 1990. Tiene 72 años. Cynthia, su hija, vive a tres casas de distancia.
Las dos cuidan juntas la tumba de Adán y la tumba de Rosalino. La de Adán en el Inglewood Park Cemetery en Los Ángeles. La de Rosalino en el panteón Los Basitos en Culiacán. Dos tumbas separadas por 2000 km y una sola mujer que no ha cruzado la frontera de vuelta a México en 34 años. A Rosalino le dieron el papel a las 11:30 de la noche del 15 de mayo de 1992.
lo arrugó, pidió un trago y se quedó 4 horas más. Esas 4 horas no fueron de fiesta. Esas 4 horas fueron de espera. Rosalino estaba esperando el amanecer del 16 para arrancar rumbo a Tijuana, al cuarto 312 del hotel La Cumbre, a las 9 de la mañana. esperaba cerrar una cuenta que llevaba abierta desde el 5 de diciembre de 1984, la cuenta del hermano muerto en un cuarto de Tijuana con tres balazos de calibre nu pero la cita de Tijuana nunca llegó.
La Ram Charger se atravesó antes, la zanja del kilómetro 12 se atravesó antes y la cuenta de Armando se quedó abierta hasta hoy, hasta esta madrugada en el rancho Las Flechas, hasta que el cuaderno marrón salió de la caja de zapatos debajo de la cama de señorina. Cyntia tiene 38 años. Cintia tiene dos hijos.
Cynthia ya tiene tantos años como tenía Maricela. cuando le mataron al esposo. Cynthia no leyó ese cuaderno nunca. Pero hoy, 34 años después de la muerte de su padre, una funcionaria de la Fiscalía General del Estado de Sinaloa le va a marcar al teléfono celular para informarle que hay novedades en el expediente 133 del 92.
La conversación va a durar 4 minutos. Cuando Cynthia cuelgue el teléfono, va a salir al patio de su casa de Paramount y se va a quedar viendo el cielo de California un rato. Va a pensar en su padre, va a pensar en su hermano, va a pensar en su abuela señorina que murió cuando ella tenía 3 años y va a entender por primera vez qué decía el papel que su padre arrugó en el salón Bugambilias hace 34 años.
va a entender que su padre lo sabía. Y eso para Cyntia va a cambiar para siempre la forma en que escucha Alma enamorada. Mañana se cumplen 34 años. Mañana en el panteón Los Vasitos de Culiacán va a llegar gente. Mariachis, fans con cassetes viejos, periodistas. Algunos van a cantar, algunos van a llorar y el mausoleo color naranja de 4 m por do va a estar lleno de flores, de cervezas, de cigarros encendidos como si fueran velas.
La placa con la fecha de agosto 30 de 1960 y la fecha de mayo 16 de 1992 va a seguir donde siempre con la frase que Maricela eligió en aquel 1992. Has muerto para el mundo, pero para nosotros siempre estarás vivo en nuestros corazones. Y Maricela Vallejos no va a estar ahí como no ha estado nunca, porque Sinaloa le pidió uno y se llevó dos.
Y a la tierra que se lleva a los suyos, dijo Maricela una vez. Una madre no le devuelve la visita. El sombrero blanco que Rosalino se ponía en cada concierto. El sombrero que Nacho Hernández recogió esa madrugada del 16 de mayo del 92 del kilómetro 12 de la carretera Culiacán San Lona, el sombrero con el agujero de bala que lo atraviesa de un lado al otro sigue guardado en Paramount California.
en una caja de cartón, en un closet, Cynthia lo abre una vez al año. El 30 de agosto, el día del cumpleaños de su padre, lo saca, lo mira y lo vuelve a guardar. Señorina nunca vio ese sombrero. Murió 7 meses antes que su hijo. Pero según una vecina del guayabo que todavía está viva, señorina alcanzó a decir antes de acostarse a dormir la noche en que murió una sola frase.
Le dijo a la vecina que Rosalino iba a venir pronto a verla. La vecina le contestó que claro que en Navidad. Señorina le dijo que no, que más pronto, que ya lo había soñado. 11 meses después, Rosalino llegó al rancho Las Flechas, esta vez para quedarse. Esta es la historia de Chalino Sánchez, la que está escrita en un cuaderno marrón, la que la Fiscalía de Sinaloa va a tener que decidir si publica o no, la que Cyntia va a leer por primera vez en estos próximos días y la que Maricela ya sabía.
Porque las viudas siempre saben más de lo que cuentan. Hay otra historia parecida. Otro hombre que cantaba, otro hijo muerto antes de tiempo, otra carretera de Sinaloa, otro padre que perdió a un hijo en una balacera que la familia tardó años en aceptar. Y otro rancho, esta vez en Juliantla, Guerrero, donde Harfuch va a entrar la próxima semana.
Una propiedad que pertenecía al rey del jaripeo, Joan Sebastian. Lo que el equipo va a encontrar dentro de la capilla de ese rancho explica por qué Joan Sebastian se compró un mausoleo con vista al cerro 3 años antes de morir. ¿Y por qué Trigo Figueroa, su hijo asesinado en Mazatlán en 2010, está enterrado mirando hacia el norte? Pero esa historia te la cuento en el siguiente video.
Este contenido es una obra de ficción narrativa con fines de entretenimiento. Los hechos biográficos de Rosalino Sánchez Félix Chalino Sánchez están basados en fuentes públicas verificables, entre ellas el trabajo periodístico del autor Sam Quinones, publicado en su libro True Tales from Another Mexico. las investigaciones del proyecto mexicano.
Archivero expediente sobre el caso 133 del 92 de la Fiscalía General del Estado de Sinaloa. los reportes oficiales del Departamento de Policía de Coachella sobre el tiroteo del 24 de enero de 1992 en el restaurante Plaza los Arcos y los reportes de la Policía Estatal de Sinaloa sobre el accidente automovilístico del 27 de marzo de 2004 entre los municipios del Rosario y Esquinapa.
El cateo al rancho Las Flechas descrito en este video el cuaderno marrón con anotaciones sobre la muerte de Armando Sánchez. Los diálogos del secretario federal Omar García Arfuch. Las iniciales T.jo. La dirección del hotel La Cumbre y la hipótesis de la cita pendiente con el responsable del homicidio de Armando son invenciones narrativas del guionista.
Ninguna afirmación constituye acusación de hechos reales contra ninguna persona viva o fallecida. Las opiniones expresadas son del narrador ficticio. Para información verificada sobre el caso, consulte las fuentes periodísticas citadas. M.