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La Frase Más Brutal De La Música Latina… Y La Historia Real Que La Inspiró

 Pero la costumbre no se siente de la misma manera. La costumbre se nota en lo que falta, en los silencios que antes no existían, en las conversaciones que se han vuelto rutinarias, en el momento en que te das cuenta de que llevas semanas sin contarle algo importante, porque ya ni te acuerdas de qué se siente cuando te escuchaba de verdad.

En el momento en que te preguntas si lo que tienes es amor o simplemente la imposibilidad de imaginar otra cosa. Eso es lo que Juan Gabriel vio en ese viaje a Toluca y eso es lo que Rocío Durcal cantó. Y por eso esta canción lleva más de 40 años llegando a las personas que la escuchan, porque todos en algún momento han estado ahí, en ese lugar en que la costumbre y el amor se parecen demasiado como para distinguirlos.

En ese momento en que te preguntas si lo que sientes es amor o simplemente el miedo a perder lo que tienes. Juan Gabriel lo puso en música en una tarde de 1984. Pero antes de contarte cómo, antes de contarte la historia de las dos personas que la inspiraron, lo que pasó en ese viaje a Toluca y por qué esta canción terminó siendo declarada patrimonio de la cultura popular y musical de México.

Necesitas entender en qué momento estaban Rocío Durcal y Juan Gabriel cuando esa canción nació, porque el contexto  lo cambia todo. Rocío Durcal llegó a México por primera vez en 1977 con 33 años, con 14 películas a sus espaldas, con el título no oficial de novia de toda España y con la sensación que ella misma reconocería años  después de que necesitaba reinventarse.

El cine que la había hecho famosa en los años 60 ya no era el cine que el público quería. La España que salía del franquismo pedía otras historias y Rocío, la de las películas inocentes, la chica buena, la jovencita que nunca hacía nada malo, necesitaba encontrar quién  era ahora que el mundo había cambiado.

 México fue la respuesta y Juan Gabriel fue la llave. En una comida organizada por su discográfica, este joven compositor mexicano se acercó a Rocío y le ofreció sus canciones. Canciones de ranchera. Rocío dijo que no. No sabía nada de rancheras. No era su mundo, no era su género. Y entonces Junior, Antonio Morales, su marido,  el hombre que había renunciado a su propia carrera para quedarse en casa con sus hijos mientras ella trabajaba.

la convenció de que lo intentara. Rocío grabó 10 canciones de Juan Gabriel sin publicidad, sin expectativas. La discográfica no esperaba nada. Más de medio millón de copias vendidas. Número uno en México, la española más mexicana. Y así empezó una colaboración que durante casi una década produjo algunos de los momentos más extraordinarios de toda la música en español.

 Juan Gabriel escribía, Rocío cantaba y lo que salía de esa combinación era algo que ninguno de los dos podría haber creado. Solo la voz de Rocío con su acento español, con esa potencia dramática que tenía, con esa manera de vivir las letras desde dentro, le daba a las canciones de Juan Gabriel una dimensión que incluso el propio Juan Gabriel reconocía.

Ella no interpretaba sus canciones, las habitaba, se metía dentro de ellas y las vivía con una autenticidad que hacía que el oyente sintiera que estaba escuchando algo real, algo que había pasado de verdad, algo que esa mujer había vivido en su propia piel, aunque no hubiera sido así, aunque las hubiera cantado la primera vez sin haberlas vivido nunca, Esa era la grandeza de Rocío como intérprete, la capacidad de hacer suyo lo ajeno, de convertir la experiencia de otros en algo que sonaba completamente propio. Y Juan Gabriel lo sabía y

escribía para ella con esa conciencia.  No canciones genéricas que cualquier cantante podría haber grabado. Canciones específicamente pensadas para esa voz, para esa manera de estar en el escenario, para esa capacidad de rocío de convertir cualquier letra en algo personal e íntimo, aunque la letra no fuera sobre su vida.

Y Juan Gabriel, que  llevaba toda su vida observando a las personas con la intensidad de alguien que necesita entender el mundo para poder escribir sobre él. Tenía un talento especial para ver lo que los demás no querían ver. No era solo compositor, era observador. De la misma manera que había observado a su madre durante décadas, intentando entender por qué no podía quererlo, observaba a las personas de su entorno  con esa atención profunda del que sabe que en las historias de los demás siempre hay algo que sirve para

entender algo más grande, para entender algo sobre lo que es ser humano.  Y en 1984, en ese viaje a Toluca, observó a una pareja de su equipo y vio algo que lo puso a escribir, el que en México se llamó Amor Eterno y que en España se llamó Jardín de Rosas, el que vendería más de 10 millones de copias en todo el mundo, el que es hoy  el disco de rancheras más vendido en la historia, el que colocó a Rocío Durcal en el top 10 de Los discos más vendidos de México, la única extranjera en esa lista junto a

Juan Gabriel, José José, Vicente Fernández y Luis  Miguel. un disco que tenía canciones que se convertirían en himnos Amor eterno,  déjame vivir. Y una canción que era diferente a todo lo demás, que no hablaba de amor, que hablaba de algo más complicado, que hablaba de la costumbre. Y la historia de cómo nació esa canción empieza en un viaje, un viaje a Toluca.

Juan Gabriel viajaba constantemente. Sus giras lo llevaban  por toda América Latina y en esos viajes siempre llevaba consigo aparte de su equipo, los músicos, los técnicos, los colaboradores que hacían posible que todo funcionara noche tras noche en cada ciudad. Entre ese equipo había una pareja.

 Llevaban años juntos, muchos años. Y en ese viaje a Toluca, Juan Gabriel los observó, no con la intención de escribir una canción, no con el ojo del compositor que busca material para su próxima letra. Simplemente los observó de la manera en que observas a las personas que te importan cuando algo en ellas no está bien. Y lo que vio lo inquietó.

 No había peleas, no había gritos, no había ninguno de esos momentos dramáticos que hacen que una relación en crisis sea fácil de identificar desde fuera. Había algo peor. Había silencio. Ese silencio específico que existe entre dos personas que ya no tienen nada nuevo que decirse, no el silencio cómodo de dos personas que están bien juntas y no necesitan hablar.

 El otro, el que se instala cuando las conversaciones que teníais se han agotado, cuando ya conoces todas las respuestas de la otra persona antes de que las diga. Cuando ya no hay sorpresas, cuando la vida que construisteis juntos funciona como una máquina bien engrasada, todo en su sitio, todo puntual, todo previsible, pero la máquina ya no tiene dentro lo que la puso en marcha.

Juan Gabriel los miraba y veía a dos personas que habían llegado a ese punto sin darse cuenta exactamente de cuándo había pasado, porque eso es lo más difícil de la costumbre, que no llega de golpe. No hay un día en que te levantas y dices, “Hoy el amor se fue.” No hay un momento concreto que puedas señalar y decir, “Aquí fue cuando todo cambió.

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