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"Te pareces a mi papá fallecido" — dijo la hija de millonario al ver a un in

"Te pareces a mi papá fallecido" — dijo la hija de millonario al ver a un in

Vamos, Valeria, apúrate”, apresuró Camila jalando su mano. Pero algo había detenido la atención de la niña de 8 años cerca de un puesto de frutas, un hombre con barba y ropa desgastada. “Papá.” Camila se detuvo de golpe. “¿Qué dijiste? Él se parece a mi papá”, respondió Valeria, soltando ya la mano de su madrastra. Camila frunció el ceño.

“No digas tonterías. Tu papá murió. Ese de ahí es solo un vagabundo sucio. Míralo bien. No tiene nada que ver con Esteban. Pero Valeria ya avanzaba hacia él. El corazón le latía con fuerza. Señor, ¿usted se parece a mi papá? ¿Cómo se llama?, preguntó con la voz temblorosa. El hombre parecía esforzarse por recordar. Me llamo Mateo. Respondió.

Camila. Rió con desdén. ¿Ves? Mateo nada que ver con tu papá. Vámonos ya. Pero tiene la misma cicatriz en la ceja”, insistió Valeria. Camila se inclinó hacia ella, el tono filoso. Esa gente vive de inventar historias para sacar dinero. Seguro dice eso para impresionarte. Está sucio. Huele mal. Tu papá jamás andaría así.

Mateo quedó inmóvil, confundido. Por un momento, llevó la mano a la frente y cerró los ojos, como si algo lejano quisiera salir. “Yo conozco”, murmuró, pero la frase se perdió. “Basta.” Camila sujetó el brazo de Valeria con fuerza. “No le hables más.” La niña intentó mirar hacia atrás mientras la arrastraban, el corazón acelerado.

Mateo siguió allí quieto, con la mirada fija en ella. Un destello casi imperceptible cruzó su rostro como si la palabra hija le hubiera pasado por la mente sin permiso. Camila apretó el paso. No vas a repetir estas tonterías con nadie, ¿entendiste? Dijo sin bajar el tono. Tu papá está muerto y nada va a cambiar eso. Valeria no contestó.

Todavía sentía esa mirada sobre ella, una mirada que desmentía cada palabra de su madrastra. Valeria pasó el resto del paseo en silencio. Camila, convencida de que había ganado, mantenía el paso firme, ignorando los intentos de la niña por mirar hacia atrás. Al llegar al coche, abrió la puerta de un tirón. “Súbete ya”, ordenó con un tono seco que no dejaba espacio para hablar.

El camino de regreso fue tenso. Valeria miraba por la ventana, las manos entrelazadas en el regazo. Cada luz de la calle traía de vuelta el recuerdo de aquel hombre, Mateo, más nítido. Camila rompió el silencio una sola vez. Ni se te ocurra repetir esa historia. Gente así vive de engañar. Su mirada en el retrovisor fue rápida, pero filosa. En casa el ambiente no mejoró.

Apenas entraron, Camila se quitó los zapatos y fue directo a su cuarto, dejando un recado cortante. “Lávate las manos y ponte a jugar. Nada de teléfono.” Valeria se quedó en el pasillo sin moverse. El corazón insistía en recordar cada detalle del rostro de Mateo. La cicatriz, la manera de acomodarse el cabello.

No era imaginación, no [carraspeo] podía ser. Intentó hablar cuando Camila regresó a la sala. Pero la respuesta fue como un muro. Ya te dije que lo olvides, dijo la madrastra tomando el celular. Tu papá murió, Valeria. No hay milagros. Valeria respiró hondo, pero la duda seguía creciendo.

Más tarde, cuando la casa quedó en silencio, tomó el teléfono a escondidas. El número de su abuela Teresa estaba memorizado. El corazón le latía tan fuerte que parecía retumbar en el cuarto. Hola. La voz ronca de Teresa, todavía adormilada, respondió al otro lado. Abuelita, soy Valeria, susurró la niña temiendo que Camila escuchara.

Hoy vi a un hombre, se parece a papá. Del otro lado, silencio. Teresa se incorporó de golpe en la cama. completamente despierta. ¿Cómo, mi amor? ¿Dónde fue eso? Valeria contó todo. El centro de la ciudad, la cicatriz, el nombre Mateo, la reacción fría de Camila. Cada palabra hacía que la respiración de Teresa se volviera más corta.

Abuelita, sé que suena loco, pero era igual. Teresa se llevó la mano a la frente recordando la noche del accidente. Esteban había salido a una reunión de negocios. Horas después la noticia. El auto hallado volcado, pero sin cuerpo. La policía dijo que el río cercano pudo habérelo llevado. Camila, en ese momento lloró en silencio e insistió en un entierro simbólico.

¿Estás segura de que no era solo alguien parecido?, preguntó Teresa, la voz temblorosa, segurísima. Hasta me miró como si me conociera. Teresa cerró los ojos. Esa sensación de que algo no estaba bien volvió con fuerza. Recordó también la última vez que vio a su hijo. Él mencionó una discusión fuerte con Camila, pero se cayó cuando ella quiso saber más.

Abuelita, Camila dice que él es solo un vagabundo. Valeria vaciló, pero se puso muy nerviosa. Teresa respiró hondo. Escúchame, querida. Hiciste bien en llamarme. No le digas a Camila que hablamos. Mañana voy a ver esto yo misma. ¿De verdad vendrás? Preguntó la niña aliviada. Te lo prometo. La voz de Teresa sonó firme. Y quiero que sepas que pase lo que pase, siempre puedes contarme todo.

Valeria sonrió en la oscuridad. Gracias, abuelita, colgaron. El silencio del cuarto volvió, pero ahora la niña sentía un hilo de esperanza. Abrazó la almohada imaginando el rostro de Mateo y el de su papá. En la otra punta de la ciudad, Teresa seguía sentada con el teléfono en la mano.

Los recuerdos de aquella noche del accidente se mezclaban. La llamada repentina, la prisa de Camila por resolver el entierro, la falta de rastros del auto. Todo sonaba extraño. Esteban, ¿qué te pasó? Murmuró para sí misma. Teresa despertó antes de que saliera el sol. La llamada de Valeria seguía resonando en su cabeza como una campana que no dejaba de sonar.

Apenas tomó café, abrió el baúl de madera del cuarto de visitas. Allí guardaba todo lo que quedaba de Esteban, álbumes de fotos, recortes de periódico y notas que había reunido desde el supuesto accidente. Esparció todo sobre la mesa de la sala. El aire olía a papel viejo. En cada fotografía, la sonrisa de su hijo parecía pedir respuestas.

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