La luz del domingo en Madrid tiene una cualidad particular: es una luz que juzga. Entra por el ventanal del salón con una impertinencia casi personal, revelando cada mota de polvo sobre la televisión y resaltando las ojeras de Marcos, que intentaba, sin mucho éxito, que su cafetera italiana no escupiera vapor como una locomotora del siglo XIX. El aroma a café quemado empezaba a llenar la cocina, mezclándose con ese olor a “mañana de resaca emocional” que suele acompañar a las parejas que llevan tres años compartiendo un piso de sesenta metros cuadrados y demasiadas facturas del Gas Natural.
Elena estaba sentada a la mesa, todavía con el pijama de dibujos que Marcos le había regalado por puro compromiso el último Nadal, ese que ella decía que le encantaba pero que, en realidad, usaba solo cuando no tenía nada limpio. Tenía el pelo hecho un nudo estratégico en lo alto de la cabeza y la mirada clavada en la pantalla de su iPhone. Y ahí fue cuando ocurrió.
Ese silbido. Ese sonido de notificación de WhatsApp que, en el silencio sepulcral de un domingo a las diez de la mañana, suena como un disparo de advertencia en una película del Oeste. Marcos, que estaba de espaldas peleándose con la tostadora que solo tenía dos modos (pan crudo o carbón de barbacoa), se tensó. No fue un movimiento brusco, sino una rigidez sutil, como la de un gato que oye el abrirse de una lata de atún a tres manzanas de distancia.
Elena no solo leyó el mensaje. Elena sonrió.
No fue una sonrisa de cortesía, de esas que pones cuando tu tía te manda un meme de un piolín dándote los buenos días. Fue una sonrisa de “me acaban de decir algo que me ha hecho cosquillas en el cerebro”. Una sonrisa con los labios apretados pero los ojos brillantes, de esas que Marcos no veía desde que ganaron el concurso de trivial en el bar de abajo hacía ya catorce meses.
—¿Quién es? —preguntó Marcos, intentando que su voz sonara casual, como quien pregunta por el tiempo o por si queda leche desnatada. Pero su voz traicionó un ligero gallo, una vibración de inseguridad que flotó en el aire entre el humo de la tostada.
Elena ni siquiera levantó la vista. Sus dedos volaban sobre el teclado táctil con una agilidad que Marcos envidió. Él, para escribir un “luego voy”, tardaba tres minutos y borraba cuatro veces. Ella estaba redactando El Quijote en versión digital.
—Nadie, un amigo —respondió ella, con una ligereza que a Marcos le dolió más que un balonazo en el estómago.
—”Un amigo” —repitió Marcos, dejando caer la espátula sobre la encimera—. Ya. Porque los amigos escriben los domingos a las diez de la mañana para contarte chistes que te hacen poner cara de adolescente en su primera cita.
Elena levantó por fin la vista. Sus ojos, verdes y ligeramente somnolientos, se encontraron con los de él. Había una chispa de diversión, pero también un muro de contención.
—Marcos, de verdad. No empieces. Es solo un amigo de la facultad que me ha pasado un vídeo de un tío que intenta saltar una valla y se queda enganchado de los pantalones. Es gracioso, ya está.
—¿De la facultad? ¿De cuál? ¿De la que terminaste hace seis años o de una facultad nueva que te has inventado para justificar que te rías sola con el móvil? —Marcos se acercó a la mesa, todavía con el delantal puesto, sintiéndose ridículo pero incapaz de frenar el impulso de “inspección técnica de pareja”.
—De la de periodismo, pesado. Se llama Javi. Ya te he hablado de él.
Marcos hizo memoria. Javi. Javi. Había muchos Javis en el mundo. El carnicero se llamaba Javi. El que le cambió el aceite al coche era Javi. Incluso su primo de Cuenca era Javi. Pero “este” Javi no le sonaba de nada. O quizá sí, quizá era ese nombre que Elena soltaba de vez en cuando en medio de una anécdota grupal, como quien deja caer una moneda en una fuente para ver si suena.
—Es solo un amigo —insistió ella, bloqueando el móvil y dejándolo boca abajo sobre el hule de la mesa. Ese gesto, el de dejar el móvil boca abajo, fue para Marcos como si le pusieran un candado de seguridad a una caja fuerte llena de secretos de Estado.
—Ya —dijo él, volviendo a la tostadora—. Porque hoy en día la gente tiene “amigos” para todo. Tienes el amigo que te ayuda con la mudanza, el amigo que te recomienda series coreanas y el amigo que te hace reír un domingo por la mañana mientras tu novio se pelea con una tostadora de los años ochenta.
—¿Entonces por qué sonríes así? —soltó de pronto, girándose de nuevo hacia ella con la tostada quemada en la mano, como si fuera una prueba judicial incriminatoria.
Elena suspiró. Fue un suspiro largo, de esos que agotan el oxígeno de la habitación. Se echó hacia atrás en la silla, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Sonrío porque es gracioso, Marcos. Simple y llanamente. Es una persona que tiene chispa, que sabe contar las cosas. No es un drama nacional. No es una infidelidad por Bluetooth. Es una puta sonrisa. ¿Ahora resulta que tengo que pedir permiso a la comunidad de vecinos para que me haga gracia un vídeo?
Marcos se quedó mirándola. La tensión en la cocina era tan espesa que se podía cortar con el cuchillo de la mantequilla. Él sabía que estaba entrando en terreno pantanoso. Sabía que la inseguridad es el peor perfume que un hombre puede usar, pero no podía evitarlo. Había algo en esa sonrisa que le resultaba ajeno, algo que no le pertenecía a él, y eso le quemaba más que el café hirviendo que se acababa de servir.
—Yo también lo era —dijo él en voz baja, casi para sí mismo.
—¿Qué has dicho? —preguntó Elena, aunque lo había oído perfectamente.
—Que yo también era gracioso. ¿Te acuerdas? Al principio. Nos pasábamos horas riéndonos de cualquier tontería. Me decías que era la persona más divertida que habías conocido. Que mis imitaciones del camarero del “Asturiano” eran lo mejor de tu semana.
Elena suavizó un poco la expresión, pero la barrera seguía ahí.
—Marcos, sigues siendo gracioso. Pero han pasado tres años. Ahora hablamos de la hipoteca, de por qué el gato vomita bolas de pelo y de si nos toca ir a comer a casa de tus padres el próximo puente. La risa… evoluciona. No puedes pretender que estemos todo el día de cañas y chistes como si tuviéramos veinte años.
—¿Y Javi sí puede? —disparó él.
—Javi es un amigo —repitió ella, recalcando cada sílaba como si estuviera hablando con alguien que no domina el idioma—. Con un amigo no discutes por quién ha dejado los calcetines sucios en el pasillo. Con un amigo solo te ríes. Por eso es más fácil.
Marcos masticó un trozo de tostada quemada. Sabía a ceniza y a derrota. Se sentó frente a ella, dejando el café a un lado. La luz del sol seguía juzgándoles, iluminando el polvo, los platos sin lavar y ese abismo invisible que se abre a veces en la mesa del desayuno cuando uno de los dos sonríe por algo que el otro no entiende.
—”Solo amigo” —murmuró Marcos, mirando el móvil de Elena que seguía boca abajo, como un espía durmiente esperando una señal—. A veces esa es la frase preferida de los guionistas de terror.
—No seas peliculero, de verdad —dijo ella, levantándose para ir a la ducha—. Desayuna y deja de darle vueltas. Que te pones en plan detective de serie de tarde y no te pega nada.
Ella salió de la cocina con ese paso ligero, casi saltarín, que Marcos no recordaba haber visto en los últimos meses. Él se quedó allí, solo con su café amargo y el eco del fiu-fiu resonando en sus oídos. Sabía que esto no se iba a quedar así. Porque en el diccionario de la inseguridad masculina, “solo un amigo” es el prólogo de una novela que nunca termina bien.
Parte 2: El arte de la guerra (de guerrillas) digital
Veinte minutos después, Marcos seguía en la cocina, pero su actitud había cambiado. Había pasado de la melancolía a la acción táctica. Con el sonido de la ducha de fondo —ese murmullo de agua que le garantizaba al menos diez minutos de privacidad—, se encontró a sí mismo frente al gran oráculo de la verdad del siglo XXI: Instagram.
Si Elena decía que Javi era un “amigo de la facultad”, entonces Javi debía de existir en el ecosistema digital. Marcos empezó la búsqueda. Primero, el perfil de Elena. Listado de “Seguidos”. No era una tarea fácil; Elena seguía a ochocientas personas, la mitad de las cuales eran cuentas de decoración de interiores escandinavos, psicólogos que daban consejos sobre “soltar” y tiendas de plantas que ella luego dejaba morir por deshidratación.
Pero ahí estaba. Javi. Javier B. Un avatar de un tío con barba perfectamente recortada, gafas de pasta de las que cuestan lo que un alquiler en Vallecas y una sonrisa de “soy tan majo que hasta los perros me saludan por la calle”.
—A ver quién eres tú, Javier B. —susurró Marcos, sintiéndose como un agente del CNI en una misión de bajo presupuesto.
El perfil era público. Error de novato, Javi. O quizá un exceso de confianza de quien no tiene nada que ocultar. Marcos empezó a hacer scroll. Fotos de viajes a Berlín (por supuesto, fotos analógicas), platos de comida que parecían arte conceptual y, sobre todo, fotos de él riendo. Siempre riendo. En una foto estaba en una terraza de La Latina con un grupo de gente, y ahí estaba Elena.
No era una foto comprometedora. Estaban en extremos opuestos de la mesa. Pero Elena le miraba a él. No era una mirada de deseo carnal, era algo peor: era una mirada de admiración humorística. Tenía la boca abierta por una carcajada y la mano apoyada en la mesa como si necesitara sujetarse para no caerse de la risa.
Marcos sintió un pinchazo en el bazo. Él recordaba ese día. Elena le había dicho que iba a un “reencuentro rápido” con gente de la carrera y que llegaría a cenar. Llegó tarde, con olor a cerveza y una energía desbordante, contando una anécdota de un tal Javi que había acabado discutiendo con un mimo en la Plaza Mayor. En aquel momento, Marcos se había reído también. Ahora, viendo la foto, la anécdota se le antojaba un ataque preventivo.
La ducha se detuvo. Marcos cerró Instagram tan rápido que casi se le cae el móvil dentro de la taza de café. Se levantó de un salto y empezó a fregar la sartén con un entusiasmo sospechoso.
Elena entró en la cocina envuelta en una toalla, secándose el pelo con otra. Parecía renovada, como si el agua se hubiera llevado cualquier rastro de la tensión anterior. Pero Marcos no estaba renovado. Él estaba en fase de “análisis de inteligencia”.
—¿Todavía con la sartén? —preguntó ella, echándose un poco de sérum en las puntas del pelo—. Te vas a quedar sin teflón.
—Es que la grasa de ayer estaba muy pegada. Como los recuerdos de la facultad, ya sabes —soltó él, intentando sonar sarcástico pero resultando solo amargado.
Elena se detuvo, con el bote de sérum en la mano. Lo miró a través del espejo del pasillo, que reflejaba la cocina.
—Marcos, ¿me vas a dar la chapa todo el domingo con esto? Porque si es así, me voy a casa de mi hermana a ver Netflix. No tengo cuerpo para un interrogatorio de la Gestapo después de una semana de mierda en la oficina.
—No es un interrogatorio, Elena. Es que me ha dado por pensar. Ese Javi… es el de la foto de La Latina, ¿no? El de las gafas de pasta y la barba de “soy diseñador pero en realidad solo uso Canva”.
Elena se giró, con los ojos entrecerrados.
—¿Has estado mirando mi Instagram?
—No he estado mirando “tu” Instagram. Estaba en la sección de “Explorar” y, ¡pum!, ha aparecido una foto tuya. El algoritmo, ya sabes. Es muy listo. Sabe que me gusta ver a mi novia riéndose con desconocidos que parecen sacados de un catálogo de Malasaña.
—No son desconocidos. Son mis amigos —dijo ella, elevando el tono—. Y Javi es, probablemente, la persona más inofensiva del planeta Tierra. Es gay, Marcos. Bueno, es bi, pero ahora está saliendo con un chico que mide dos metros y juega al waterpolo. ¿Eso te tranquiliza o vas a buscar ahora el perfil del jugador de waterpolo para ver si tiene más pectorales que tú?
Marcos se quedó mudo un segundo. El argumento del “amigo gay o bi” era un clásico, un escudo de vibranium contra cualquier ataque de celos. Pero Marcos, en su neurosis, no se dejó amedrentar.
—Que sea bi no quita que sea gracioso —replicó él, señalando el punto clave de su inseguridad—. El problema no es que te lo quieras follar, Elena. El problema es que te hace más gracia que yo. Y en una relación, cuando el “otro” es más divertido que el oficial, es cuando empiezan a aparecer las grietas. La risa es la antesala de la cama, o de la complicidad absoluta, que es casi lo mismo.
Elena se soltó la toalla del pelo con un movimiento brusco.
—Eres agotador. De verdad. Estás comparando peras con manzanas. Javi es gracioso de una forma… no sé, ligera. No tiene responsabilidades conmigo. No tiene que pagar la mitad de la luz conmigo ni aguantar que yo me ponga de mala leche cuando me viene la regla. Claro que es fácil reírse con él. Tú eres mi vida, Marcos. Tú eres el que está aquí. ¿Por qué te sientes tan amenazado por un tío que solo me manda vídeos de caídas?
—Porque yo también era ese tío —insistió Marcos, acercándose a ella—. ¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? En aquel festival de música que llovía a mares. Nos refugiamos en una carpa que olía a pies y yo me puse a imitar a los cantantes de indie que desafinaban. Te estuviste riendo tres horas seguidas. Me dijiste que nunca te habías sentido tan conectada con alguien. ¿Dónde está ese Marcos? ¿Se lo ha comido el tipo que mira el extracto del banco y pregunta por qué hemos gastado tanto en el súper?
Elena lo miró con una mezcla de ternura y desesperación. Dio un paso hacia él y le puso una mano en la mejilla, todavía húmeda por el vapor de la ducha.
—Ese Marcos está aquí, tonto. Solo que está cansado. Y un poco paranoico. La vida no es un festival de música constante. Hay momentos de silencio, momentos de rutina y momentos en los que necesito que alguien me mande un vídeo de un tío enganchado en una valla para desconectar del mundo. Eso no me quita nada de lo que tengo contigo.
—A menos que el “solo amigo” se convierta en el prólogo de otra cosa —insistió Marcos, bajando la guardia pero manteniendo el escepticismo.
—¿Qué otra cosa? —preguntó ella, retirando la mano.
—No lo sé. El prólogo de “ya no nos reímos”, el prólogo de “me gusta más estar con él que contigo”, el prólogo de “Marcos, tenemos que hablar”.
Elena suspiró de nuevo, recogió sus cosas y se fue al dormitorio para vestirse.
—El único prólogo que veo aquí es el de una discusión de cinco horas que no va a llevar a ninguna parte. Me voy a vestir. Tú haz lo que quieras con la sartén y con tu imaginación de guionista frustrado.
Marcos se quedó solo en la cocina. El silencio volvió a reinar, roto solo por el goteo del grifo que necesitaba una junta nueva. Miró su reflejo en el acero de la campana extractora. Parecía un hombre cansado, sí. Un hombre que había olvidado cómo contar un buen chiste porque estaba demasiado ocupado intentando que la tostada no se quemara.
Pero entonces, algo hizo clic. Si el problema era la risa, él recuperaría su trono. No iba a dejar que un tal Javier B. con gafas de pasta le robara el monopolio del humor en esa casa. Iba a ser el Marcos más gracioso que Elena hubiera visto jamás. Aunque le costara la cordura.
Parte 3: La ofensiva del humor (o cómo hacer el ridículo con estilo)
La operación “Humor de Ataque” comenzó a las once y cuarto de la mañana. Marcos decidió que no podía quedarse atrás. Si Elena quería risas, le daría un espectáculo digno del Club de la Comedia, versión doméstica y desesperada.
Elena salió del dormitorio vestida para ir a dar un paseo, o quizá para ir a ver a ese Javi (Marcos no se atrevió a preguntarlo). Llevaba unos vaqueros y una camiseta blanca, sencilla pero perfecta. Marcos, por su parte, se había cambiado de ropa. Se había puesto una camiseta vieja que tenía un dibujo de un gato con gafas de sol que decía “Deal with it”. Pensó que era un buen comienzo: sutil, pero con un mensaje de “soy un tío guay y relajado”.
—Oye, Elena —dijo él, apoyado en el marco de la puerta de una forma que pretendía ser seductora pero que parecía más bien que sufría de escoliosis—. ¿Sabes qué le dice un jaguar a otro jaguar?
Elena se estaba poniendo los pendientes frente al espejo del pasillo. Se detuvo un segundo, lo miró de reojo y suspiró.
—No lo sé, Marcos. ¿Qué le dice?
—¡How are you! —soltó Marcos, haciendo un gesto con las manos como si estuviera presentando un premio en los Oscar.
Hubo un silencio. Un silencio de esos en los que se oye pasar una mosca a tres habitaciones de distancia. Elena parpadeó dos veces.
—¿Ese es el chiste? ¿En serio? Marcos, ese chiste lo contaban en mi colegio en tercero de EGB. Y ya entonces era malo.
—Es un clásico, Elena. El humor vintage está de moda. Como los vinilos y las cámaras analógicas de tu amigo Javi. ¿No te hace gracia lo retro? —Marcos intentó mantener la sonrisa, aunque sentía que los músculos de la cara empezaban a sufrir espasmos.
—Me hace gracia que intentes competir con un vídeo de caídas usando humor de los años ochenta. Pero es una gracia… triste, Marcos. Como ver a un mimo intentando hacer un truco de magia que sale mal.
—Ah, ¿quieres algo más moderno? Vale. Tengo uno de Tinder —dijo él, siguiéndola hacia el salón—. Resulta que un tío queda con una chica y ella le pregunta: “¿Y tú a qué te dedicas?”. Y él dice: “Soy inversor”. Y ella: “Ah, ¿en bolsa?”. Y él: “No, es que hace mucho frío y voy siempre inversor”. ¡In-versor! ¿Lo pillas? ¡In-v-ersor!
Elena se sentó en el sofá para ponerse las zapatillas. Se quedó mirando sus cordones como si fueran la cosa más interesante del mundo.
—Marcos, por favor. Para. Estás haciendo que me duelan los oídos. No eres tú. Estás forzando la máquina y parece que te va a dar un parraque.
—¡No estoy forzando nada! —protestó él, sentándose a su lado de un salto, lo que hizo que el mando de la tele saliera volando—. Solo intento recuperar el ambiente. El “buen rollo”. Ese que dices que solo tienes con Javi porque él es “tan gracioso”.
—Yo nunca dije que solo tuviera buen rollo con él. Dije que él me hace reír porque no vive conmigo. Es una diferencia fundamental. Tú me haces… sentir segura. Me haces sentir en casa. Pero a veces, en casa, uno quiere reírse de una gilipollez sin que su pareja se lo tome como un ataque personal a su hombría.
—Es que no es mi hombría. Es mi lugar en esta casa. Siento que he pasado de ser el protagonista de tu comedia romántica a ser el extra que sale al fondo doblando calcetines. Y de repente aparece ese Javi, con su barba y sus “fiu-fius”, y se lleva los mejores planos.
Elena terminó de atarse las zapatillas y se levantó. Se acercó a la ventana y miró hacia la calle. Madrid hervía ahí fuera, con sus terrazas llenas y su ruido constante.
—¿Sabes por qué Javi es gracioso, Marcos? —preguntó ella, de espaldas a él.
—Porque tiene mucho tiempo libre y un iPhone Pro?
—No. Porque no tiene miedo de hacer el ridículo. Tú, en cambio, estás tan obsesionado con parecer “el novio perfecto” o “el hombre de la casa” que has perdido la capacidad de ser natural. Te has vuelto previsible. Sé exactamente lo que vas a decir cuando vemos una película, sé exactamente cómo vas a protestar cuando vamos al Ikea y sé exactamente qué cara vas a poner cuando te entra un ataque de celos. Javi es una sorpresa. Un domingo por la mañana no sé qué me va a mandar. Pero de ti, sé hasta el tono de tus suspiros.
Esas palabras golpearon a Marcos con la fuerza de un camión de la basura a las cuatro de la mañana. ¿Previsible? ¿Él? ¿El tío que una vez se disfrazó de T-Rex para darle una sorpresa en su cumpleaños? Bueno, sí, eso fue hace dos años. Últimamente, sus mayores aventuras consistían en decidir si compraba el papel higiénico de dos capas o el de tres.
—Previsible —repitió Marcos, sintiendo el peso de la rutina sobre sus hombros—. Vaya. Gracias. Supongo que ser previsible es el primer paso para ser mueble. Pronto me pondrás una funda encima y me usarás para dejar las llaves.
—No seas dramático. Ser previsible no es malo, Marcos. Es estabilidad. Es saber que vas a estar ahí. Pero no puedes enfadarte porque busque un poco de aire fresco en forma de risa tonta con otra persona. Es solo eso: aire. No es una sustitución.
—”Solo amigo” —dijo él de nuevo, volviendo a su mantra—. ¿Sabes qué pasa con el aire fresco, Elena? Que si abres mucho la ventana, se termina llevando todo lo que hay dentro. Incluso lo previsible.
Elena se giró y lo miró fijamente. Había una mezcla de cansancio y una chispa de algo más en sus ojos. Un desafío.
—¿Quieres dejar de ser previsible? —preguntó ella—. Vale. Vamos a hacer una cosa. Javi ha organizado un vermut en un sitio nuevo en Legazpi. Dice que tienen las mejores patatas bravas de la ciudad y que hay un camarero que es clavado a Nicolas Cage. Yo iba a ir sola para no aguantar tus caras, pero ven. Ven y conócelo. Deja de ser el novio que se queda en casa quejándose de la tostadora y sé el Marcos que me hacía reír. Pero de verdad. Sin chistes de jaguares.
Marcos sintió un nudo en la garganta. ¿Ir al territorio del enemigo? ¿Entrar en el radio de acción de las gafas de pasta y el humor de Malasaña? Era una propuesta arriesgada. Podía salir de allí como el héroe recuperado o como el patético novio que no pilla las bromas internas del grupo.
—¿De verdad quieres que vaya? —preguntó él.
—Sí. Pero con una condición. Prohibido hablar de hipotecas, prohibido hablar de la limpieza del baño y, sobre todo, prohibido mirar mal a Javi. Si te ríes, que sea de verdad. Si no, quédate aquí con tu gato del “Deal with it”.
Marcos se levantó. Se quitó el delantal, se atusó el pelo (que necesitaba un corte desesperadamente) y respiró hondo.
—Vale. Vamos. Pero si el camarero no se parece a Nicolas Cage, me reservo el derecho de contar el chiste del jaguar al menos una vez.
Elena soltó una carcajada espontánea. No era la sonrisa del móvil. Era una risa de verdad, de las de casa.
—Trato hecho. Vámonos, antes de que se me pase el efecto de la risa y me acuerde de que eres un pesado.
Parte 4: El vermut de la verdad y el epílogo inesperado
El bar se llamaba “La Musa de Legazpi” y era, tal como Marcos había imaginado, el epicentro del moderneo madrileño. Paredes de ladrillo visto, bombillas de filamento expuesto y una selección de vermuts artesanales que costaban más que un menú del día completo en un bar de polígono.
Javi estaba allí, sentado en una mesa alta. Era tal cual salía en las fotos, pero con un aura de confianza que a Marcos le dio una rabia inmediata. Al lado de Javi estaba su novio, el jugador de waterpolo (que efectivamente medía dos metros y tenía unos hombros que no cabían en la pantalla del móvil), lo cual alivió ligeramente la presión en el pecho de Marcos.
—¡Elena! ¡La alegría de la huerta! —gritó Javi, levantándose para darle dos besos sonoros. Luego miró a Marcos con una curiosidad genuina—. Y tú debes de ser el famoso Marcos. El hombre, el mito, la leyenda. El tipo que sobrevive a las tostadas de Elena.
Marcos estrechó la mano de Javi, notando que el tipo tenía un apretón firme pero amable. No había rastro de malicia.
—El mismo —dijo Marcos, intentando relajar los hombros—. Aunque hoy las tostadas me han ganado la partida por goleada.
—No te preocupes, aquí las bravas curan todas las heridas de guerra del desayuno —dijo Javi, señalando un plato humeante—. Marcos, este es mi chico, Álex. Álex, este es Marcos, el novio de Elena del que te conté que hace unas imitaciones brutales.
Marcos miró a Elena. Ella le guiñó un ojo. “¿Imitaciones brutales?”. ¿Así lo describía ella a sus amigos? ¿No era el “novio previsible” o el “tío del Gas Natural”?
La tarde transcurrió de una forma extrañamente fluida. Javi no era un competidor; era un catalizador. Contaba historias desastrosas sobre sus citas antes de conocer a Álex, hablaba de su trabajo en una agencia de publicidad con un sarcasmo que, Marcos tenía que admitirlo, era brillante, y efectivamente, el camarero era el doble de Nicolas Cage en “Con Air”.
En un momento dado, después del segundo vermut, Marcos se encontró contando la historia de cómo intentó montar un mueble de Ikea y acabó con una estantería que parecía una torre de Pisa funcional. Lo contó con ritmo, exagerando sus propios errores, riéndose de su propia torpeza. Vio a Elena mirándolo con una sonrisa diferente. No era la sonrisa del móvil, era la sonrisa del festival de música. Una sonrisa de orgullo.
Al final de la tarde, mientras pagaban la cuenta (Javi insistió en invitar “por las molestias de aguantar a Nicolas Cage”), Marcos se quedó un momento a solas con Javi en la barra.
—Oye, Javi —dijo Marcos, moviendo el hielo de su vaso—. Perdona si he estado un poco… tenso al principio. Es que Elena se ríe mucho contigo. Y a veces uno se vuelve un poco idiota cuando ve que otro tiene la llave de la risa de su pareja.
Javi le puso una mano en el hombro y se ajustó las gafas de pasta.
—Marcos, tío. Escúchame bien. Yo soy el bufón. El que viene, suelta cuatro paridas, cuenta un drama divertido y se va a su casa. Eso es fácil. Lo difícil es lo que haces tú. Ser el que está ahí cuando la gracia se acaba. Elena te quiere porque contigo no necesita el “fiu-fiu” constante para sentirse bien. Pero de vez en cuando, a todos nos gusta que nos cuenten un chiste nuevo. No te rayes. “Solo amigo” a veces es el prólogo de una buena amistad entre nosotros, no el de vuestro final.
Marcos asintió, sintiéndose un poco más ligero.
El camino de vuelta a casa fue tranquilo. El sol de la tarde ya no juzgaba, sino que bañaba Madrid con un tono anaranjado y cálido. Caminaban de la mano, esquivando a los turistas y a los perros que corrían por el Matadero.
—¿Ves? No ha sido para tanto —dijo Elena, apretándole la mano.
—No. Tenías razón. Javi es… bueno, es gracioso. Y el de waterpolo es muy majo, aunque me ha dado un poco de complejo de enano.
Elena se rió y se apoyó en su hombro mientras caminaban.
—Eres tonto, Marcos. Te lo he dicho mil veces. Eres mi tonto previsible favorito.
Llegaron al portal. Marcos buscó las llaves en el bolsillo. Sacó el móvil por inercia y vio que tenía un mensaje. Era un enlace a un vídeo de YouTube que le acababa de mandar su propio hermano. Un gato intentando saltar a una mesa y cayendo de forma estrepitosa.
Marcos sonrió. Una sonrisa de esas con los labios apretados y los ojos brillantes.
—¿Quién es? —preguntó Elena, divertida, imitando el tono de Marcos de esa mañana.
—Nadie. Un amigo —respondió él, guardándose el móvil y abriendo la puerta.
Elena lo miró y, por un segundo, hubo un destello de esa “tensión cómica” que los mantenía vivos.
—¿Y por qué sonríes así? —insistió ella, acorralándolo contra el buzón con una sonrisa pícara.
—Porque es gracioso —dijo él, rodeándola con los brazos—. Y porque me he dado cuenta de una cosa.
—¿De qué?
—De que “solo amigo” a veces es prólogo. Pero el libro principal, el que tiene las hojas gastadas de tanto leerlo y las esquinas dobladas de tanto usarlo, es el nuestro. Y aunque a veces se vuelva un poco lento o el argumento sea previsible, no lo cambiaría por ninguna antología de chistes de Malasaña.
Elena lo besó. Fue un beso largo, con sabor a vermut y a domingo reconciliado.
—Venga, gracioso. Sube y hazme la cena. Pero sin quemar nada, que ya hemos tenido suficiente drama por hoy.
Marcos subió las escaleras riendo. Sabía que mañana volverían las facturas, los calcetines sucios y la rutina. Sabía que probablemente Javi le mandaría otro vídeo a Elena y que ella volvería a sonreírle a la pantalla. Pero ya no le importaba. Porque la risa es un prólogo, sí. Pero el resto de la historia, con sus nudos y sus desenlaces, se escribía entre esas cuatro paredes, un domingo a la vez.
Y mientras cerraba la puerta de casa, Marcos pensó que, después de todo, el chiste del jaguar no era tan malo. Solo necesitaba el público adecuado.
FIN.