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El CEO Millonario me vio en el supermercado y susurró “Finge ser mi novia… o perderás tu trabajo”

Su voz salió baja, casi quebrada. “¿Finge que me besas?” Elena parpadeó confundida. “¿Qué? Por favor, finge que me besas”, repitió él sin dar tiempo a más preguntas. Antes de que pudiera responder, él tomó suavemente su muñeca y la guió a acercarse como si toda su vida dependiera de ese gesto. Elena se quedó sin aire un instante.

No entendía nada, pero la urgencia en su voz la obligó a actuar. se acercó lo suficiente para que pareciera un beso desde lejos, aunque en realidad sus labios no llegaron a tocarse. Fue un gesto improvisado, torpe, rápido, pero suficiente. “Sigue así, no mires atrás”, susurró Adrián. Ella obedeció sin comprender.

Tenía el corazón acelerado y una mezcla de nervios y confusión recorriéndole el cuerpo. Solo después de unos segundos se atrevió a susurrar, “¿Qué está pasando? Mi exesposa está aquí”, respondió él todavía actuando. “No quiero que se acerque.” Entonces todo hizo sentido. Elena, sin quererlo, estaba ayudando a su jefe a librarse de un encuentro incómodo.

 Decidió seguirle el juego hasta que todo terminara. Caminó a su lado como si fueran pareja y trató de no perder la compostura. Mientras avanzaban, una mujer y un hombre los miraron desde otro pasillo. La mujer parecía satisfecha, como si su presencia fuera suficiente para incomodar a Adrián. El hombre observó con curiosidad y luego ambos siguieron su camino.

 Solo entonces Adrián soltó un suspiro largo, casi tembloroso. “Gracias”, murmuró él. “¿Seguro que está bien?”, preguntó Elena aún desconcertada. Sí, ahora sí, respondió él, aunque su mirada decía otra cosa. Salieron del supermercado juntos. El silencio fue tan incómodo como extraño. Elena no sabía si debía preguntar algo más, pero sentía que él seguía alterado.

Cuando llegaron al estacionamiento, él se detuvo un momento, respiró profundo y se apoyó ligeramente contra un carro cercano. “No pensé verla aquí”, dijo Adrián. No estoy listo para enfrentarla. Entiendo, contestó Elena sin saber si debía decir algo más. Por un instante compartieron una mirada extraña, como si ambos sintieran algo que no sabían nombrar.

 Adrián rompió el momento levantando la vista hacia el cielo. “Olvida que esto ocurrió”, dijo suavemente. “Te veo mañana en la oficina.” Elena solo asintió. Lo vio alejarse hasta que subió a su carro. Ella aún seguía sin entender por qué él le pidió algo tan absurdo como fingir un beso, pero había algo en su voz que no podía sacudirse, un miedo que no era normal ver en alguien tan poderoso como él.

 Cuando llegó a casa, no pudo evitar pensar en lo que pasó. Se repetía la escena una y otra vez en su mente. El temblor en la voz de Adrián, la forma en que la tomó de la muñeca, lo cerca que estuvieron. No era normal. Nada en ese encuentro había sido normal. Esa noche durmió mal. Tenía demasiadas preguntas, una incomodidad que no sabía explicar y una sensación extraña en el pecho que no quería reconocer.

Al día siguiente, cuando entró a la oficina, pensó que Adrián la llamaría para hablar del incidente, pero él pasó caminando frente a su escritorio como si nada hubiera ocurrido. Ni una mirada, ni un gesto, nada. Ella intentó concentrarse en su trabajo, pero algo estaba pasando. No era solo el incidente del supermercado.

Desde temprano, varios empleados cuchicheban entre sí, como si hubiera un rumor circulando. Además, los jefes de departamento lucían tensos, revisando documentos con más prisa de la habitual. Durante el almuerzo, uno de los empleados comentó, “Dicen que llegará una auditoría interna esta semana. Algo gordo se está moviendo.

Auditoría, preguntó otro. Eso solo pasa cuando hay problemas serios. Elena sintió un nudo en el estómago. Todo estaba pasando al mismo tiempo y no entendía por qué. ¿Tendría algo que ver con la actitud de Adrián, con la exesposa, con algo más profundo? Quizá era coincidencia, pero había demasiadas señales de que algo en Borales Kensoden estaba a punto de explotar.

 Por la tarde recibió un correo inesperado. Pasa a mi oficina. A B. El corazón le dio un salto. Caminó hacia la oficina del CO sintiendo como la tensión crecía con cada paso. Cuando entró, él estaba mirando por la ventana como si necesitara la vista de la ciudad para ordenar sus ideas. “Cierra la puerta, por favor”, dijo. Elena obedeció.

Él tardó en hablar. Ayer lo del supermercado. No sé cómo agradecerte. No se preocupe, solo fue un momento incómodo, respondió ella. Bueno, hizo una pausa larga. Necesito pedirte algo más. Elena lo miró sin poder imaginar que podía pedirle ahora. La próxima semana es el gala anual de Borealis. ¿Quieren que vaya acompañado? Es por imagen, ya sabes, cercanía, humanidad, esas cosas.

 Ella entrecerró los ojos confundida. ¿Y qué tiene que ver eso conmigo? Adrián se dio la vuelta y la miró directo. Quiero que vengas conmigo. Quiero que seas mi pareja falsa. Solo por esa noche. Elena abrió la boca sorprendida. ¿Quiere que actúe de nuevo? Sí, respondió él. Funcionaste mejor que cualquier plan que teníamos. Hubo un silencio extraño. Él continuó.

Y será solo una noche, cena, fotos, sonrisas, nada más. ¿Y si digo que no? Preguntó Elena. Adrián la miró con una mezcla de cansancio y desesperación. No lo harás. Ella no supo que responder. Piénsalo, agregó él. No tardaré en necesitar tu respuesta. La reunión terminó así, sin más explicaciones. Cuando Elena salió de la oficina, sentía que estaba entrando en una historia que no pidió vivir, pero que ya la estaba arrastrando.

Elena salió de la oficina del CEO con la cabeza hecha un lío. No entendía por qué él la había elegido a ella para algo tan delicado como acompañarlo al gala. Podría haber escogido a cualquier otra persona de la empresa, alguien con más experiencia social, alguien que no fuera ella, pero no la había elegido a ella y eso le generaba una mezcla de temor y curiosidad difícil de explicar.

Apenas volvió a su escritorio, su compañera de área la miró con una ceja levantada. “¿Por qué te llamó el jefe?”, preguntó con tono suspicaz. Nada importante respondió Elena intentando sonar convincente. Ajá, claro murmuró la compañera como si no creyera una palabra. Elena suspiró y se concentró otra vez en su computadora.

O al menos lo intentó. Su mente seguía volviendo al supermercado a la forma en que Adrián tembló cuando le pidió que fingiera aquel beso y a lo extraño que se había comportado desde entonces. Mientras trabajaba, notó que otro departamento estaba en un ambiente tenso. Los jefes parecían discutir sobre proyectos retrasados y reportes duplicados.

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