Cuando el cuerpo de Alberto Olmedo impactó contra el suelo tras caer desde el balcón del edificio Maral 39, en las primeras horas del 5 de marzo de 1988, algo se quebró definitivamente dentro de Javier Portales. Testigos de aquella trágica madrugada en Mar del Plata recuerdan que los ojos de Portales se apagaron al instante, como si la mitad de su propia existencia se hubiera esfumado con su compañero. Se terminaba abruptamente una era de casi cuatro décadas de gloria televisiva, un binomio legendario que inyectó alegría a millones de hogares argentinos gracias a una complicidad mágica donde Portales, encarnando a la eterna y rigurosa contrafigura, le daba el pie perfecto a las brillantes e impredecibles improvisaciones del “Negro”. La desaparición de su alma gemela artística sumió al gran comediante en una espiral de oscuridad irreversible, caracterizada por una severa crisis depresiva, un progresivo deterioro físico y disputas amorosas desgarradoras que anticiparon un desenlace sombrío, lejos de los focos y las carcajadas del público que alguna vez lo idolatró.
Detrás del seudónimo que marcó la época de oro del espectáculo se encontraba Miguel Ángel Álvarez, un joven oriundo de Córdoba que llegó al mundo en abril de 1937 y que desembarcó en Buenos Aires cobijando libretos y una profunda introversión. Ese nombre real se borró de la historia la tarde en que un lírico de Santa Fe, aficionado al esoterismo de los números y el lenguaje, lo abordó en una mesa de la avenida Corrientes para persuadirlo de adoptar un apellido que remitiera a los accesos y los umbrales, bautizándolo definitivamente como “Javier Portales”. Aquel vaticinio sellado sobre una servilleta de bar en una velada bohemia en Río Cuarto operó inicialmente como un talismán perfecto. El intérprete exhibió una versatilidad descomunal en el ámbito del teatro alternativo, dándole vida a las célebres tragedias de Shakespeare y asumiendo el reto de las vanguardistas piezas de Peter Shaffer. Sin embargo, el rumbo de su vida dio un vuelco drás
tico cuando su instinto natural para conectar con las masas lo aproximó en una filmación a Alberto Olmedo, encendiendo un magnetismo humorístico que reconfiguraría su destino profesional por completo con ciclos históricos como “No toca botón”.

Su realidad afectiva, no obstante, siempre fue una tormenta silenciosa. A finales de 1969, arrastrando la frustración de un divorcio previo y con la enorme responsabilidad de criar a su hijo de apenas 7 años, el destino lo cruzó con Delia, una mujer que se convirtió en su tabla de salvación emocional y asumió con devoción el rol de madre para el pequeño. Por un cuarto de siglo, edificaron un refugio familiar que parecía blindado contra los escándalos del espectáculo. Sin embargo, a mediados de la década de 1990, la armonía se hizo añicos en el set de grabación, donde un Portales envejecido y frágil quedó cautivado por Marina Gacitúa, una libretista veinticinco años menor que él. Aquella complicidad profesional entre bastidores mutó velozmente en un idilio oculto. El humorista sintió revivir sus mejores años junto a ella, sosteniendo la aventura mediante citas discretas y cartas de amor camufladas. El castillo de naipes cayó cuando Delia desenterró el engaño, desatando un cataclismo doméstico definitivo. Decidida a cobrarse la deslealtad, su legítima esposa llevó el conflicto a los tribunales mediante un feroz litigio de separación que despojó al actor de gran parte de su patrimonio, imponiéndole además la obligación perpetua de cederle el 17% de todas sus ganancias venideras, un yugo financiero que sepultó su paz mental.
Esta nueva relación no solo causó su ruina económica, sino que destruyó el vínculo con su único heredero, Javier Ángel, quien repudió de inmediato a la joven escritora al percibir en ella un burdo oportunismo. Aquella desconfianza abrió una brecha insalvable entre padre e hijo, sepultando su relación en un historial de reclamos telefónicos y peleas feroces. El destino terminaría validando las sospechas del muchacho justo cuando en 1997, mientras el comediante fingía alegría sobre las tablas para hacer frente a sus deudas, una implacable degradación de su salud empezó a consumir sus últimas fuerzas. El padecimiento en su espalda se transformó en un tormento diario mientras sus extremidades inferiores perdían progresivamente movilidad. Este desmoronamiento se remontaba a un lustro atrás, cuando un ridículo tropiezo hacia atrás en el patio de su casa de campo activó una gravísima hernia discal, sepultando la energía del mítico humorista bajo un yugo de inmovilidad e impotencia. Dispuesto a todo por recobrar su autonomía, tras someterse a múltiples intervenciones quirúrgicas vertebrales que fracasaron rotundamente, el artista optó por una medida extrema: viajar a La Habana con la esperanza de que la prestigiosa medicina reconstructiva cubana obrara un prodigio. Pese a que los extenuantes ejercicios terapéuticos en la isla aplacaron sutilmente el martirio, su entereza emocional regresó completamente destruida.
A su retorno a la capital argentina, instalándose en la vivienda de Caballito junto a Marina Gacitúa y la hija menor de edad de esta, el comediante ya era una sombra. El tramo final de su caída libre quedó sellado de forma trágica el 21 de febrero de 1998, jornada en la que este artista, esclavo de una metodología que agendaba con precisión quirúrgica cada detalle de su día a día, estampó su párrafo final antes de clausurar su libreta de apuntes definitivamente. Fue un gesto que delataba que había bajado los brazos. Desde ese instante, la mítica contrafigura del “Negro” se entregó al abandono, víctima de una inmovilidad corporal que lo alejó de los escenarios y de un bajón anímico aplastante que pulverizó su relación de pareja. Sobrevino entonces un penoso aislamiento por voluntad propia dentro de su hogar, un encierro que cobraría tintes macabros según las posteriores acusaciones de su hijo Javier Ángel. El heredero afirmó que Marina, escudándose en la supuesta falta de metros cuadrados y pretendidos beneficios sanitarios, desalojó al célebre actor de la alcoba principal para recluirlo en un sombrío y diminuto cuarto de empleada, precipitando el deprimente final de un ídolo prisionero en su propio entorno.
Detrás de la supuesta justificación sanitaria se ocultaba una maniobra sumamente maquiavélica. Su hijo denunciaría con contundencia que el auténtico motivo para arrinconar al humorista en aquel rincón de la casa era anular cualquier tipo de vigilancia sobre la rutina doméstica, dándole vía libre a Marina para manejarse con total impunidad en la nocturnidad de Buenos Aires mientras su pareja yacía postrada. Con el artista incomunicado en la zona de servicio y su salud mental resquebrajada por el cautiverio, la libretista consumó su mayor engaño al lograr que un notario certificara un poder legal ilimitado a su nombre sobre todos los bienes del cómico. Entre el ciclo teatral de 1994 y la llegada del año 2000, el trabajo de la contrafigura había generado la inmensa suma de 1.2 millones de dólares, una fortuna que, no obstante, se difuminó de los depósitos bancarios de forma exprés mediante giros indescifrables. Tras el desvalijamiento financiero llegó la deserción total. Luego de encadenar varios ingresos críticos en el área de cuidados intensivos, Marina armó sus valijas y cruzó el Atlántico rumbo a España, presuntamente acompañada por una nueva pareja del viejo continente. De la noche a la mañana, la gran estrella de la televisión argentina se vio sumergida en un desierto de desamparo, privado de la obra social básica y atado a una silla de ruedas en la más profunda de las soledades. El tramo final de su destino fue sentenciado por las dos mujeres de su madurez: Delia, guiada por un rencor justiciero en los tribunales, y Marina, quien tras expoliar cada billete de sus cuentas lo abandonó a su suerte en la más miserable pobreza.

El colapso de sus finanzas provocó una respuesta jurídica inmediata por parte de los representantes legales del humorista, quienes, conmocionados por el estado de vulnerabilidad en el que lo hallaron, demandaron formalmente a Marina Gacitúa bajo la grave acusación penal de abandono de persona, activando una búsqueda transatlántica para localizarla. A la par que la justicia desentrañaba el vaciamiento de los fondos, Delia avanzó en el fuero de familia para reclamar los pagos atrasados de la separación, obteniendo un fallo que le transfirió la propiedad absoluta tanto del departamento de Caballito como de otra vivienda que el actor poseía a modo de capitalización. Esta embestida legal lo despojó de todo patrimonio justo antes de su colapso orgánico final. Desahuciado y en estado crítico, el comediante fue trasladado de urgencia a una humilde habitación del Hospital Ramos Mejía. En ese entorno dominado por la frialdad de la sanidad pública, un reportero burló los controles para ganarse su última declaración en persona, topándose con un ser sumamente debilitado que, con extrema dificultad, confesaba que sus días se habían vuelto un suplicio insufrible, reconociendo en un susurro que en sus peores momentos escudriñaba el techo buscando alguna razón oculta para seguir respirando.
Los gélidos expedientes del Hospital Ramos Mejía asentaron su fallecimiento la tarde del 14 de octubre de 2003, cuando contaba con apenas 66 años, atribuyéndolo a un paro multiorgánico provocado por complicaciones de una diabetes progresiva que ya le impedía andar. No obstante, entre los miembros de la comunidad artística de Buenos Aires existía la plena convicción de que la auténtica causa de su muerte no constaba en las actas de defunción, sino en la pena infinita de un ser al que sus compañeras sentimentales no solo desvalijaron materialmente, sino al que le arrancaron por completo el deseo de subsistir. La tradicional esquina porteña de la avenida Corrientes y Uruguay conserva en la actualidad un homenaje perpetuado en metal: la escultura de bronce de dos comediantes instalados en un banco, evocando por siempre las divertidas y eternas conversaciones de “Álvarez y Borges”. Esa postal de la ciudad ante la cual los transeúntes frenan su marcha se erige hoy de forma irónica como el único recordatorio urbano que conmemora el genio incalculable de Javier Portales. Bajo esa gélida estructura yace el recuerdo de un creador monumental que, gracias a su virtuosismo y empatía, conquistó el afecto de todo un país, aunque su lamentable final lo condenara al ostracismo, desprovisto de sus antiguos triunfos y transformado en el fantasma de una era esplendorosa que la sociedad, en parte, optó por relegar a la amnesia colectiva. El monumento permanece inalterable frente al transcurrir de los años, alzándose como el remanente definitivo de un prodigio que lo entregó todo en el escenario para recibir en su último suspiro el más completo e injusto desamparo. El destino de Javier Portales evidencia que, con frecuencia, el humor más resplandeciente camufla una densa y callada penumbra.