Un adolescente que jamás terminó la escuela secundaria derrotó a la mayor potencia intelectual del planeta. Acumuló más victorias consecutivas que ningún otro jugador en la historia de los torneos de candidatos. Su sacrificio de dama a los 13 años sigue estudiándose medio siglo después en las academias de todo el mundo.
Una figura solitaria frente a un tablero con la mirada fija y los puños cerrados. ¿Puede un solo hombre vencer a toda una maquinaria estatal? ¿Y qué sucede cuando lo consigue? Bienvenidos a Historias de ídolos. Soy Adrián Montero y hoy os traigo la historia de Bobby Fisher. Para comprender al hombre que puso de rodillas a un imperio, hay que regresar mucho antes de la gloria.
Hay que volver a un apartamento diminuto en Brooklyn, donde un niño jugaba solo. Un niño de 6 años pregunta a su madre por qué el universo no tiene bordes. Quiere saber qué hay más allá de las estrellas y si el infinito puede contenerse dentro de algo más grande que él mismo. Su madre, que habla siete idiomas y ha estudiado medicina en la Unión Soviética, intenta responderle con paciencia.
Minutos después le pide que resuelva una multiplicación sencilla. ¿Cuánto es 2x 2? El niño se queda en silencio, no sabe la respuesta o quizá no le interesa. Su mente funciona de un modo que nadie a su alrededor comprende todavía. Puede intuir la forma del cosmos, pero las reglas de la aritmética escolar le resultan ajenas, como si pertenecieran a un idioma que no merece la pena aprender.
Aquel niño se llamaba Robert James Fiser y había nacido el 9 de marzo de 1943 en Chicago. Su madre, Regina Wender, era una mujer de inteligencia extraordinaria y voluntad tenaz. De origen judío suizo, había cruzado Europa huyendo del antisemitismo creciente antes de la Segunda Guerra Mundial. Estudió en seis universidades distintas, incluida la Facultad de Medicina de Moscú durante los años del estalinismo.
Cuando nació Bobby, Regina vivía sola con su hija mayor Joan, tras haberse separado de Hans Gerard Fisher, el biofísico alemán que figuraba como padre en el certificado de nacimiento del niño. El dinero nunca fue suficiente. Regina encadenaba empleos y versos para sostener a sus dos hijos y en algún momento llegó a considerar dar a Bobby en adopción.
Según relató después una trabajadora social de Chicago, Regina descartó la idea entre lágrimas, incapaz de separarse de su hijo. La infancia de Bobby transcurrió entre mudanzas constantes. Cada nuevo empleo de Regina significaba un nuevo barrio, una nueva escuela, un nuevo grupo de rostros desconocidos que pronto quedarían atrás.
Para el niño, esta sucesión de lugares sin raíces eliminó la noción misma de hogar. No se molestaba en hacer amigos porque sabía con la clarividencia práctica de los niños que han aprendido a protegerse que cualquier vínculo sería temporal. Su universo social se reducía a su madre, casi siempre ausente por el trabajo, y a su hermana Joan, 6 años mayor.
Los juegos de mesa eran su refugio. Bobby devoraba laberintos impresos en pequeños cuadernillos, resolviéndolos a una velocidad que asombraba a su hermana. Cuando no lograba completar uno al primer intento, arrojaba el lápiz y rompía a llorar. La frustración ante el fracaso era inmediata y violenta, como si cada error fuese una afrenta personal.
Después probó juegos de dados, pero los abandonó enseguida. No toleraba que el azar decidiese la partida. Necesitaba un terreno donde la victoria dependiera exclusivamente de su propia capacidad. En 1949, cuando Bobby tenía 6 años, Joan encontró un juego de ajedrez en la tienda de golosinas. situada sobre el apartamento que la familia ocupaba en Brooklyn.
Lo compró por unos pocos centavos y lo llevó a casa para entretener a su inquieto hermano menor. Joan dió las instrucciones en voz alta y ambos jugaron su primera partida. Bobby perdió, pero algo se encendió en él que no se apagaría jamás. Aprendió los movimientos con una rapidez que desconcertó a su hermana.
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En cuestión de semanas, Joan ya no podía ganarle. Regina tampoco. El tablero se convirtió en el centro de la vida del niño. Cuando no tenía contrincante, Bobby colocaba las piezas y jugaba contra sí mismo. Se levantaba de la silla, rodeaba la mesa y se sentaba en el lado opuesto intentando olvidar lo que acababa de pensar para adoptar la perspectiva de un rival auténtico.
Cada partida contra sí mismo tenía un ganador y de ese modo Bobby no perdía nunca del todo. Regina observaba aquella obsesión con preocupación creciente. Su hijo pasaba horas sin móvil frente al tablero, sin comer, sin hablar, sin atender a nada que no fuesen las 64 casillas. Decidió consultar a un psiquiatra. Tras una larga conversación con el niño, el especialista le dijo a Regina que no se alarmase.
Bobby era un chico normal con una pasión profunda por su afición. No hacía daño a nadie, ni se hacía daño a sí mismo. Debía relajarse. Aquella valoración tranquilizadora contenía, sin embargo, una ceguera que el tiempo se encargaría de desmentir. A los 9 años, Bobby disputó su primer torneo organizado. A los 11 frecuentaba los clubes de ajedrez de Nueva York con la naturalidad de un veterano.

Absorbía conocimiento a una velocidad voraz. Entraba en una sala, recorría las mesas con la mirada buscando cualquier libro o revista de ajedrez, se sentaba en un rincón y los devoraba uno tras otro, memorizando variantes, aperturas y finales. Años después, él mismo diría que había leído 1000 libros de ajedrez y que había extraído lo mejor de cada uno de ellos.
Mientras otros niños de su edad se ocupaban de los estudios, los deportes y las primeras amistades, Bobby construía en su mente una catedral dedicada a un solo arte. Durante una visita a unos familiares, descubrió un libro de partidas comentadas por un gran maestro y la revelación fue instantánea. La cantidad de aperturas posibles, cada una de las cuales conducía un universo distinto de combinaciones, le pareció inagotable.
Desde aquel momento, un tablero y un libro de teoría eran todo lo que Bobby necesitaba para sentirse completo. Su compañero más fiel era el mismo, pero hubo un día que marcó un punto de inflexión. Regina llevó a Bobby a una exhibición pública en la que el maestro de ajedrez, Max Baby, jugaba siete partidas simultáneas.
Bobby fue uno de sus oponentes. Regina, acostumbrada a un hijo incapaz de estarse quieto, contempló atónita como el niño entraba en un estado de concentración absoluta, ajeno a todo cuanto le rodeaba. Baby, curtido miles de partidas, aplastó al pequeño sin dedicar más de 2 segundos a cada movimiento. Cuando comprendió que había perdido, Bobby se echó a llorar.
Para él aquella derrota fue una humillación, pero también una sacudida que avivó su determinación. La euforia de vencer a otros jugadores regresó con más fuerza que antes. Había encontrado lo único en lo que era bueno y a través de ello podía impresionar, obtener reconocimiento, ser alguien. Lo que Bobby no sabía es que entre el público se hallaba un hombre que había observado la partida con atención extrema.
Se llamaba Carmín Enigro y era el presidente del club de ajedrez de Brooklyn. Nigro no miró el resultado, miró los movimientos y lo que vio le dejó perplejo. El niño había ejecutado jugadas que no correspondían a su nivel. No se trataba de errores evitables ni de torpezas de principiantes. Eran movimientos que delataban una comprensión posicional insólita, una capacidad para evaluar la estructura del tablero desde un ángulo que los jugadores adultos del club rara vez alcanzaban.
Negro entendió que aquel niño que lloraba de rabia tras perder no había jugado mal. Había jugado de un modo que revelaba una profundidad de visión impropia de su edad, como si intuyese relaciones entre las piezas que otros necesitaban años de estudio para percibir. Inmediatamente después de la partida, Nigro se acercó a Regina y le ofreció una plaza gratuita en su club.
Ningún niño había pisado jamás aquel local lleno de humo de cigarro y jugadores curtidos. Bobby iba a ser el primero. Aquella invitación abriría una puerta que ya no se cerraría, pero abriría también otra, menos visible y más peligrosa. La de un mundo en el que un niño sin padre, sin amigos y sin más lenguaje que el de las 64 casillas empezaría a creer que la única forma de existir era ganar.
El 17 de octubre de 1956 en el Club Marshall de Nueva York, un adolescente de 13 años colocó su dama en una casilla que provocó murmullos entre los espectadores. Su rival, Donald Bayern, uno de los jugadores más respetados del país, contempló el tablero con incredulidad. El muchacho acababa de ofrecerle su pieza más poderosa.
En ajedrez, entregar la dama equivale casi siempre a rendirse. Quien la pierde, pierde la partida. Pero aquel chico flacucho con el pelo revuelto y la mirada fija en las casillas no estaba rindiéndose. Estaba tendiendo una trampa de una profundidad que los maestros presentes necesitaron horas para desentrañar por completo.
Barn capturó la dama y en los movimientos siguientes descubrió que había caído en una red invisible. El adolescente desató una combinación de piezas menores que asfixió al rey contrario sin posibilidad de defensa. La partida terminó con la rendición de Barn en el movimiento 41. Sans Kimch, una de las autoridades más reputadas del análisis ajedrecístico de la época, calificó aquella partida como la partida del siglo.
El título no era una hipérbole pasajera. Medio siglo después, la partida sigue estudiándose en academias de todo el mundo como ejemplo de imaginación combinativa y audacia posicional. Pero lo que verdaderamente asombraba no era la jugada en sí, sino la edad de quien la había concebido. A los 13 años, Bobby Fiser pensaba en el tablero de un modo que desafiaba la explicación convencional.
Para entonces, Bobby llevaba ya varios años como miembro del club de ajedrez de Brooklyn bajo la tutela de Carmen Enigro. Nigro se había convertido en mucho más que un instructor. Sabía que el niño crecía sin padre, que su madre trabajaba sin descanso y que su mundo social se reducía a las piezas de madera que llevaba a todas partes.
Intentó ejercer de mentor en el sentido más amplio de la palabra, enseñándole no solo aperturas y finales, sino modales, paciencia y respeto por el adversario. le explicaba que la ajedrez era un diálogo entre dos inteligencias y que la grandeza de un jugador no se medía solo por sus victorias, sino por la elegancia con que las obtenía y la dignidad con que encajaba las derrotas.
Bobby absorbió la parte técnica con una avidez sin límites. Nigro le enseñó tácticas de apertura, fundamentos de posicionamiento y patrones de final, y el niño los incorporó a su juego con una velocidad que dejaba sin aliento a los veteranos del club. Pero las lecciones que no tenían que ver con el tablero encontraron un terreno menos fértil.
Bobby era el miembro más joven del local, rodeado de adultos que fumaban cigarros y discutían de política mientras movían las piezas. no se dejó intimidar por ellos, al contrario, muy pronto empezó a tratarlos con un desdén que resultaba insoportable viniendo de un niño. Cuando un rival adulto cometía un error, Bobby resoplaba con desprecio o soltaba un comentario hiriente.
Sus estallidos emocionales eran frecuentes y violentos. Si perdía una partida, golpeaba la mesa. Si consideraba que su rival había jugado con excesiva lentitud, lo insultaba. La consecuencia fue previsible. Muchos miembros del club dejaron de jugar con él, no solo por sus modales, sino por una razón más incómoda.
Temían la vergüenza de perder contra un niño. Aquella combinación de talento sobrecogedor y comportamiento insufrible creó un vacío alrededor de Bobby que Nigro fue incapaz de llenar. El mentor intentaba corregir cada exabrupto, cada falta de respeto, pero el muchacho recibía las reprimendas con indiferencia o con irritación. Bobby no entendía por qué debía ser amable con personas cuyo nivel de juego le parecía mediocre.
Y esa incomprensión revelaba algo más profundo que la simple arrogancia infantil. Bobby carecía de las herramientas emocionales básicas para relacionarse con los demás fuera del tablero. El ajedrez era el único idioma en el que sabía expresarse y quien no lo hablase con fluidez no merecía su atención. La soledad se fue consolidando como el estado natural de su existencia.
No tenía amigos de su edad. No participaba en actividades escolares, no mostraba interés por los deportes, las películas ni ninguno de los pasatiempos que ocupaban a los adolescentes de su generación. Su vida se había convertido en ajedrez y el ajedrez se había convertido en su vida. Con el paso de los meses, dejó de necesitar un tablero físico para analizar combinaciones complejas.
Su mente podía sostener posiciones enteras, calcular variantes a 10 o 15 movimientos de profundidad y evaluar estructuras de peones sin mover una sola pieza. Aquella capacidad mental era prodigiosa, pero tenía un coste. Cuanto más se adentraba Bobby en el universo abstracto de las casillas, más se alejaba del mundo tangible de las personas.
En 1957, con 14 años recién cumplidos, Bobby Fisher se proclamó campeón de Estados Unidos. era el más joven en conseguirlo en la historia del país. Los periódicos publicaron su fotografía con titulares que hablaban de un adolescente cuya estrategia había derrotado a todos los aspirantes. Un año después, a los 15, obtuvo el título de gran maestro internacional, convirtiéndose también en el más joven del mundo en alcanzar esa distinción.
El ajedrez estadounidense tenía un prodigio y el prodigio tenía una certeza que se había formado en su interior desde los ocho o 9 años cuando decidió que sería campeón del mundo. Nada de lo que pudiera ocurrir fuera del tablero alteraría esa determinación. Fue entonces cuando Bobby abandonó la escuela.
Cursaba el décimo grado en el Instituto Erasmus Hall de Brooklyn cuando tomó la decisión de dejarlo. No lo hizo por rebeldía ni por pereza, sino por una lógica interna que a él le parecía irrefutable. Cada hora dedicada a las clases era una hora robada al ajedrez. Cada examen, cada tarea, cada conversación en los pasillos constituían distracciones que retrasaban su progreso hacia la meta.
Su coeficiente intelectual fue estimado en 181, un nivel que lo situaba en el rango más alto de la genialidad, pero aquella inteligencia descomunal operaba en una sola dirección. Bobby podía reconstruir de memoria partidas jugadas décadas antes, pero se sentía perdido en cualquier conversación que no girase en torno al ajedrez.
El abandono escolar acentuó una fractura que ya era visible. De pronto, Bobby se movía en círculos de personas adultas, cultas, sofisticadas, con formación universitaria y experiencia de mundo. Él era un adolescente sin estudios, sin modales refinados, sin más bagaje cultural que el contenido de 1000 libros de ajedrez.
Sentía esa desventaja en cada escena, en cada acto social, en cada conversación que se desviaba del tablero. Y esa sensación de inferioridad, lejos de motivarle a compensar sus carencias, alimentó una desconfianza creciente hacia quienes le rodeaban. empezó a percibir que las personas se le acercaban no por interés genuino, sino para beneficiarse de su talento.
Desde una edad muy temprana, Bobby captó que otros ataban su propia fortuna a la suya y esa percepción, en alguien ya predispuesto a la suspicacia, sembró las semillas de una paranoia que tardaría años en florecer, pero que nunca dejaría de crecer. Su madre, Regina observaba aquella evolución con angustia.
intentó promover la carrera de su hijo buscando apariciones en televisión y negociando con organizadores de torneos para obtener fondos que permitieran a Bobby competir en el extranjero. Pero sus esfuerzos chocaban con la voluntad de un adolescente que no toleraba la menor injerencia. Bobby se avergonzaba cuando Regina aparecía en las oficinas de la federación pidiendo dinero.
Sentía que su madre lo trataba como un producto que debía venderse y eso le humillaba. La relación entre ambos empezó a tensarse. Regina lo quería con toda la fuerza de una madre que había criado sola a sus hijos en condiciones de pobreza extrema. Pero Bobby interpretaba ese amor como una forma de control. Del hombre cuyo nombre figuraba en su certificado de nacimiento, Bobby no sabía prácticamente nada.
Hans Gerard Fisher había abandonado la familia cuando el niño tenía 2 años. Cada vez que alguien mencionaba a su padre, Bobby se cerraba. Decía que no lo conocía. que se había ido siendo él muy pequeño. En al menos una ocasión lloró cuando el tema surgió en una conversación. Un periodista deportivo llamado Dick Shap, que cubría regularmente las competiciones de ajedrez, percibió aquel vacío y trató de llenarlo.
Llevaba a Bobia eventos deportivos, lo sacaba del circuito cerrado de la ajedrez e intentaba mostrarle un mundo más amplio. Pero el interés del muchacho, por cualquier cosa ajena a las 64 casillas era fugaz y superficial. Si durante una cena la conversación derivaba hacia otro tema, Bobby sacaba su tablero de bolsillo y se ponía a analizar posiciones.
Ahora bien, la explicación de su genialidad no residía únicamente la obsesión. Bobby Fiser no era simplemente un joven que estudiaba más horas que nadie. Lo que Carmine Nigro había vislumbrado en aquella partida contra Baby, lo que Hans Kimok reconoció en la partida del siglo, era algo que trascendía la dedicación.
Bobby poseía una capacidad innata para percibir el tablero como un espacio tridimensional de relaciones dinámicas. Donde otros veían piezas y casillas, él veía tensiones, líneas de fuerza, potenciales ocultos que se activarían cinco, 10 o 15 movimientos más adelante. No calculaba mejor que los demás, veía más y veía de otro modo, como si el tablero le hablase en un lenguaje que solo él podía descifrar.
Esa visión era la que le había permitido a los 13 años sacrificar la dama contra Bayern con la certeza de que la combinación resultante sería imparable. No fue un golpe de suerte ni un farol desesperado. Fue la manifestación de una inteligencia que había encontrado su medio natural y se había fundido con él hasta volverse inseparable.
A los 15 años, Bobby Fisher era campeón nacional, gran maestro internacional y una celebridad incipiente. Había leído más libros de teoría ajedrecística que la mayoría de los profesionales. Sabía absorbido lo mejor de cada uno de ellos y lo había integrado en un estilo de juego propio, agresivo, directo y despiadado.
Pero también era un adolescente sin diploma, sin amigos, sin padre y con una relación cada vez más difícil con su madre. El ajedrez le había dado todo lo que tenía y le había quitado todo lo que no sabía que necesitaba. En un salón de torneos de Moscú, a mediados de los años 60, un joven estadounidense observó algo que no estaba en ningún libro de ajedrez.
Entre las rondas, los jugadores soviéticos se reunían en pequeños grupos, hablaban en voz baja y se dispersaban antes de que alguien pudiera escuchar lo que decían. Durante las propias partidas, Bobby advirtió que ciertos enfrentamientos entre compatriotas soviéticos terminaban en tablas sospechosamente rápidas, con apenas un puñado de movimientos y sin lucha real.
Los jugadores con menos puntos no intentaban ganar, sino que pactaban empates que los eliminaban a ellos mismos, pero impedían que los rivales extranjeros alcanzasen al líder soviético. Era un sistema de sacrificios coordinados, una estrategia colectiva disfrazada de competición individual. Bobby no necesitó que nadie se lo explicase.
Lo vio con la misma claridad con que veía una combinación ganadora en el tablero. Para comprender el alcance de lo que Fisher estaba denunciando, hay que entender lo que el ajedrez significaba para la Unión Soviética. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el régimen comunista había convertido este juego en una herramienta de propaganda estatal.
La excelencia ajedreística demostraba, según la lógica oficial, la superioridad intelectual del sistema socialista sobre el capitalismo decadente de Occidente. El Estado financiaba clubes en cada ciudad, identificaba talentos desde la infancia y los integraba en un programa de formación que no tenía equivalente en ningún otro país del mundo.
Los mejores jugadores recibían salarios dignos, acceso a vivienda, facilidades para viajar y un equipo de entrenadores y analistas a su disposición. El resultado era una hegemonía aplastante. Desde 1948 todos los campeones del mundo habían sido soviéticos. La corona no era solo un título deportivo, era un símbolo del estado y perderla habría constituido una humillación política inaceptable.
Frente a aquella maquinaria, Bobby Fisher estaba solo. No tenía entrenadores pagados por el gobierno, ni analistas que le preparasen variantes, ni un salario que le permitiese dedicarse exclusivamente a la competición. Representaba a un país donde era ajedrez carecía de prestigio institucional, donde ningún jugador profesional ganaba lo suficiente para vivir con holges y de la buena voluntad de unos pocos aficionados con recursos.
En Estados Unidos el ajedrez era un pasatiempo de minorías, no un asunto de estado. Bobby lo sabía y esa desigualdad estructural alimentaba una indignación que iba mucho más allá de lo deportivo. Además de las tablas pactadas, los soviéticos empleaban técnicas de intimidación psicológica. Miraban fijamente a sus rivales durante minutos enteros, hacían comentarios despectivos en voz alta o se levantaban de la mesa con gestos ostensibles de aburrimiento.
Bobby, que pese a su fachada agresiva, era emocionalmente frágil, caía en aquellas trampas con frecuencia. En más de una ocasión se le vio con los ojos embrojecidos después de ser objeto de burlas. No comprendía que aquellas provocaciones formaban parte de una estrategia deliberada. Las vivía como ataques personales y cada una de ellas dejaba una marca que se acumulaba con las anteriores.
Años después, en una entrevista, Fiser no ocultó su rencor. Dijo que los rusos habían hecho trampas en el ajedrez, que habían intentado por todos los medios evitar que él tuviese la oportunidad de disputar un campeonato del mundo y que habían difamado su nombre. Añadió que le tenían miedo desde hacía años.
Sus denuncias públicas sobre las prácticas soviéticas cayeron en un terreno fértil. A principios de los años 60, la Guerra Fría dominaba la política mundial. Estados Unidos y la Unión Soviética competían por la supremacía en todos los ámbitos imaginables. La carrera espacial, la tecnología nuclear, la influencia diplomática en el tercer mundo y de un modo menos visible, pero igualmente intenso, el deporte y la cultura.
El ajedrez encajaba a la perfección en aquella lógica de confrontación simbólica. Si el dominio soviético del tablero representaba la superioridad intelectual del comunismo, una victoria estadounidense tendría el valor de un golpe propagandístico de primer orden. Fiser, sin pretenderlo del todo, se había convertido en una pieza de un tablero mucho mayor que el de 64 casillas.
Las agencias de inteligencia de ambos países tomaron nota. El FBI llevaba tiempo vigilando a la familia Fisher. Según documentos desclasificados, años después, la madre de Bobby, Regina, había sido objeto de seguimiento por sus supuestas simpatías comunistas derivadas de su estancia en la Unión Soviética durante los años 30.
El expediente se amplió a su hijo cuando este comenzó a viajar al extranjero para competir en torneos internacionales. La agencia no comprendía que alguien pudiera desplazarse a países políticamente sensibles con el único propósito de jugar a la ajedrez. Por el lado soviético, el KGB seguía con atención la trayectoria de aquel joven estadounidense que amenazaba con romper la hegemonía.
Se construyó un laboratorio secreto donde un equipo de científicos se dedicaba exclusivamente a estudiar el juego de Fisher, su proceso de toma de decisiones y su perfil psicológico. Los informes confirmaron lo que los grandes maestros soviéticos ya intuían. Fiser era una amenaza real. En 1965, Bobby recibió una invitación para participar en el torneo Memorial Capa Blanca que se celebraba en La Habana.
tenía 22 años y se encontraba en un momento de ascenso imparable, pero las relaciones entre Estados Unidos y Cuba estaban en su punto más bajo desde la crisis de los misiles de 1962. El Departamento de Estado prohibía a los ciudadanos estadounidenses viajar a la isla caribeña y solo los periodistas acreditados podían entrar en el país.
El viaje parecía imposible. Sin embargo, con la intervención de Fidel Castro y de Ernesto Guevara, dos de las figuras más influyentes de la revolución cubana, se ideó una solución insólita. Fisher jugó desde una pequeña sala en Nueva York, conectado con La Habana mediante un teletipo que transmitía cada movimiento a través del océano.
Fue una imagen propia de la ciencia ficción de la época, un jugador solo en una habitación enfrentado a rivales que se encontraban a miles de kilómetros en un país enemigo de su propio gobierno. Fidel Castro calificó la participación de Fisher como una gran victoria propagandística para Cuba. Bobby terminó segundo y los soviéticos comprendieron definitivamente que aquel joven no era una amenaza pasajera.
A partir de aquel torneo, Fiser radicalizó su discurso contra la maquinaria soviética. Sus acusaciones dejaron de ser comentarios puntuales para convertirse en una cruzada personal. denunció el sistema de tablas pactadas en artículos de prensa, en entrevistas y en cualquier foro que le brindase un micrófono.
Lo hizo con una vehemencia que incomodaba tanto a los organizadores de torneos como a su propia federación. Muchos consideraban que exageraba, que sus quejas eran fruto de la frustración o de un carácter difícil, pero los análisis estadísticos realizados décadas después confirmarían que las sospechas de Fisher tenían fundamento.
El porcentaje de tablas entre jugadores soviéticos en los torneos de candidatos era significativamente superior al que cabría esperar en condiciones normales de competición. Y sin embargo, la pregunta persistía si el sistema estaba diseñado para que un individuo aislado no pudiera derrotar a una estructura estatal, si las reglas del juego se habían distorsionado para proteger la hegemonía soviética, si Bobby no tenía recursos, ni equipo, ni respaldo institucional comparable, entonces su insistencia en seguir
compitiendo parecía un acto de obstinación irracional. Cualquier análisis frío de la situación habría aconsejado buscar un acomodo, aceptar un papel secundario, conformarse con ser el mejor jugador de un país donde el ajedrez no importaba demasiado. Pero Bobby Fisher no pensaba en términos de análisis fríos cuando se trataba de lo que percibía como injusticia.
Su resentimiento contra los soviéticos no era una postura estratégica ni un cálculo de conveniencia. Era una llama que ardía con la misma intensidad que su pasión por el ajedrez y que se alimentaba de la misma fuente. Una necesidad absoluta de que el mundo funcionase según reglas justas y transparentes y una incapacidad igualmente absoluta para aceptar que no fuese así.
Aquella ira se convirtió en el combustible que lo impulsaba a seguir adelante cuando la lógica indicaba que debía retirarse. Era más poderosa que el miedo al fracaso, más persistente que la soledad, más resistente que cualquier derrota. Pero también era una fuerza que no admitía matices ni válvulas de escape.
La misma indignación que le daba fuerzas para enfrentarse a un imperio empezaba a devorarle por dentro, porque Bobby no distinguía entre la injusticia real y la amenaza imaginaria, entre el agravio legítimo y la sospecha infundada. La frontera entre la lucidez y la paranoia se estaba difuminando y él no tenía a nadie a su lado con la autoridad suficiente para señalárselo.
En 1967, Bobby Fisher lideraba el torneo interonal de Sus en Tunes. Había jugado algunas de las mejores partidas de su vida. Los expertos coincidían en que nadie podía arrebatarle la clasificación para el ciclo de candidatos al campeonato del mundo. Y entonces, sin previo aviso, se levantó de la mesa, recogió sus cosas y abandonó el torneo.
No había perdido una partida decisiva, no había sufrido una lesión, simplemente se negó a seguir jugando porque los organizadores no habían atendido una serie de exigencias sobre los horarios y las condiciones de juego. Bobby fue descalificado por incomparecencia. El hombre que más cerca había estado de desafiar la hegemonía soviética se eliminó a sí mismo.
Cuando los responsables del torneo comprendieron que su marcha era definitiva, Bobby envió un mensaje a la embajada estadounidense solicitando que un helicóptero espacioso lo trasladase al aeropuerto. En la sala de juego, los dignatarios, los árbitros y los periodistas esperaban a un jugador que ya no iba a volver. Solo faltaba una persona, solo sobraba una silla vacía.
Aquel episodio no fue un arrebato aislado, fue la manifestación más espectacular de un patrón que se había ido consolidando a lo largo de una década. Desde que Fisher se convirtió en campeón de Estados Unidos a los 14 años, cada nuevo éxito venía acompañado de exigencias más ambiciosas y de conflictos más agudos con los organizadores de torneos.
Bobby exigía que las piezas tuvieran un tamaño determinado, que los tableros fuesen de un material concreto, que la iluminación fuese suave y uniforme, de tipo fluorescente, no la luz de araña que, según él, impedía la concentración durante 5 horas de juego, que el público se mantuviese a una distancia mínima de las mesas, que el premio metálico se duplicase.
Cada una de estas peticiones tenía aisladamente cierta lógica. Las condiciones de los torneos de ajedrez en aquella época eran a menudo precarias y Fisher no se equivocaba al señalar que un deporte mental de alta exigencia merecía un entorno profesional. El problema residía en la forma. Bobby no negociaba, imponía y cuando no se satisfacían todas y cada una de sus demandas, no buscaba un compromiso intermedio, sino que se retiraba.
Entre 1957 y 1967, Fisher ganó ocho campeonatos nacionales consecutivos. Ningún jugador estadounidense estaba remotamente cerca de su nivel. Aquellos triunfos, lejos de aportarle serenidad, inflaron un ego que ya era considerable. Bobby había empezado a habitar un territorio psicológico en el que sus éxitos confirmaban su excepcionalidad y cualquier obstáculo externo se interpretaba como una agresión deliberada.
Los organizadores que no atendían sus peticiones no eran personas con limitaciones presupuestarias, eran enemigos. Los rivales que jugaban con lentitud no eran estrategas cautelosos, eran provocadores. El mundo se dividía con nitidez creciente entre quienes reconocían su genio y quienes conspiraban para frenarlo.
En medio de aquella espiral apareció una voz que ofrecía respuestas a preguntas que Bobby ni siquiera sabía que se estaba formulando. Herbert Armstrong era el fundador de la Iglesia Universal de Dios, una secta fundamentalista cristiana con sede en Pasadena, California. Armstrong y su hijo Garner Ted poseían la audiencia radiofónica y televisiva religiosa más amplia de Estados Unidos durante los años 60.
Eran oradores carismáticos de tono apocalíptico y cadencia hipnótica. anunciaban que las grandes ciudades del mundo serían arrasadas, que se avecinaba una época de terror sin precedentes y que solo quienes siguiesen la verdadera doctrina sobrevivirían al cataclismo. La secta observaba el sábado como día sagrado una práctica inusual dentro del cristianismo que le acercaba a ciertas tradiciones judías y predicaba una visión del mundo en la que las fuerzas del bien y del mal operaban de forma visible y constante.
Bobby dormía durante el día y pasaba las noches en vela. estudiando ajedrez y escuchando la radio. En algún momento de aquellos años de soledad nocturna sintonizó el programa de Armstrong y la voz del predicador se abrió paso hasta un lugar que la ajedrez no alcanzaba. Fiser había crecido sin religión. Su madre, de origen judío, no practicaba ningún culto.
Su educación había sido laica y fragmentaria, pero el vacío espiritual estaba ahí, oculto bajo capas de obsesión ajedrecística. Y Armstrong supo llenarlo con una narrativa poderosa. El mundo tenía sentido, el mal tenía nombre, el bien tenía un camino y ese camino era uno solo. Bob investigó múltiples religiones antes de decantarse.
Estudió muchas doctrinas según sus propias palabras y concluyó que la iglesia de Armstrong era la más cercana a la verdad. La adhesión fue profunda. Bobby comenzó a observar el sábado con rigor, lo cual añadió una complicación adicional a los ya tortuosos calendarios de torneos. Se negaba a jugar los viernes por la tarde y los sábados, obligando a los organizadores a reestructurar las rondas para acomodar sus creencias.
Pero la influencia de la secta iba más allá de las cuestiones prácticas. Lo que Armstrong ofrecía era una estructura mental que encajaba la perfección con la personalidad de Fisher. un universo donde existía una verdad absoluta, donde las fuerzas oscuras conspiraban para ocultar esa verdad y donde el individuo que la poseía tenía el deber de defenderla sin concesiones.
Esa visión del mundo no era nueva para Bobby. Llevaba años percibiendo conspiraciones soviéticas contra él. Años sintiendo que los organizadores de torneos le ponían trabas deliberadas. Años convencido de que su talento era saboteado por fuerzas externas. La doctrina de Armstrong le proporcionó un marco teológico para lo que hasta entonces había sido una intuición difusa.
Si el mundo estaba gobernado por una lucha cósmica entre bien y el mal, entonces sus sospechas no eran paranoia, eran lucidez. Si la verdad era una sola y no admitía matices, entonces su negativa a transigir no era terquedad, era integridad. Armstrong no creó la rigidez mental de Fisher, pero le dio una justificación que la hizo inatacable.
y ahí residía la paradoja que el episodio de Sus puso de manifiesto. Bobby Fisher no era simplemente un hombre difícil con demandas excesivas. Era alguien que había construido un sistema de pensamiento en el que la transacción, el compromiso y la flexibilidad eran sinónimos de traición. Lo era en el ajedrez, donde cualquier concesión posicional le resultaba dolorosa.
Lo era en la vida, donde cualquier petición no satisfecha se transformaba en una afrenta. Y lo era en lo espiritual. donde la doctrina que había abrazado confirmaba que ceder significaba rendirse ante el mal. Cuando Fisher abandonó el torneo de Sus, no estaba calculando consecuencias. No pensó en que aquella decisión le costaría años de retraso en su camino hacia el campeonato del mundo.
No midió el daño que infligía a su propia carrera, ni la frustración que causaba a quienes habían invertido esfuerzo y dinero en organizar el evento. Para él, la situación era simple, con la misma simplicidad despiadada con que veía una posición en el tablero. Le habían negado lo que consideraba justo.
Si él no podía imponer las condiciones, se iba y lo hacía con la convicción serena de quien sabe que está del lado correcto. Porque en el universo mental de Bobby Fisher no existía las zonas grises, ni en el ajedrez, ni en la vida, ni en la fe. El helicóptero que pidió a la embajada nunca llegó.
Bobby Fisher abandonó Tunes por medios convencionales, sin fanfarria y sin disculpas. dejaba atrás un torneo que tenía ganado y un futuro inmediato que habría podido ser brillante, pero no dejaba atrás la convicción de que el mundo le debía algo. Esa certeza seguía intacta, reforzada por cada conflicto, blindada por una fe que no distinguía entre la exigencia legítima y la obstinación destructiva.
Bobby Fisher seguía siendo el mejor jugador del mundo y seguía siendo también el más solo. 24 horas antes de que comenzase el acontecimiento deportivo más esperado del año 1972, el aspirante al título mundial de ajedrez se encontraba en su habitación de hotel en Nueva York, a más de 4,000 km del lugar donde debía presentarse.
No había hecho las maletas, no había confirmado su vuelo, no había firmado el contrato. En Reavik, la capital de Islandia, centenares de periodistas, diplomáticos y aficionados de todo el mundo aguardaban su llegada. El campeón defensor Boris Spasky llevaba días preparándose en el hotel Saga. El presidente de Islandia había garantizado su presencia en la ceremonia de apertura. Todo estaba dispuesto.
Solo faltaba Bobby Fiser y nadie sabía si vendría. El camino hasta aquel momento había sido una sucesión de victorias que el mundo de la ajedrez no había presenciado jamás. En 1971, Fiser inició el ciclo de clasificación para el campeonato del mundo con una contundencia que dejó sin habla a los expertos. En la primera ronda de candidatos se enfrentó al soviético Mark Taimanov, un gran maestro brillante con décadas de experiencia al más alto nivel.
Fiser lo derrotó 6 a0, seis partidas, seis victorias, ni una sola tabla. Un resultado así contra un jugador de la élite mundial se consideraba estadísticamente imposible. Taimanov regresó a la Unión Soviética como un hombre marcado. Las autoridades soviéticas calificaron su derrota de vergüenza nacional, le recortaron el salario y le impusieron restricciones para viajar al extranjero.
Cuando terminó la última partida, Taimanov se levantó de la mesa y dijo que al menos siempre podría tocar el piano. Era un pianista consumado y en aquel instante su carrera ajedrecística había quedado destruida. En la segunda ronda, Fischer se enfrentó al danés Bent Larsen, considerado uno de los mejores jugadores no soviéticos del mundo.
El resultado fue idéntico, 6 a0. Los analistas buscaban precedentes y no los encontraban. Alguien comparó aquellas victorias con lo que era un campeón de boxeo con una mano atada a la espalda. Era algo que sencillamente no podía ocurrir y sin embargo estaba ocurriendo. En la tercera ronda contra el excampeón mundial Tigrán Petrocián, Fiser se dio dos partidas, pero ganó el enfrentamiento de forma convincente.
La serie combinada de resultados constituía el rendimiento más devastador que un solo jugador había producido en la historia de los torneos de candidatos. Bobby Fisher había ganado el derecho a desafiar al campeón del mundo. Boris Spasky tenía 35 años y era un producto perfecto de la maquinaria soviética. Desde su infancia había recibido el entrenamiento, la financiación y el apoyo logístico que el Estado reservaba para sus mejores jugadores.
Para preparar el enfrentamiento contra Fiser, las autoridades soviéticas reunieron un equipo de los mejores teóricos del país. Analizaron cada partida que Fisher había disputado, estudiaron sus preferencias de apertura, identificaron patrones en su toma de decisiones y elaboraron estrategias específicas para contrarrestar su estilo agresivo.
Spasky disponía de un ejército intelectual a sus espaldas. La preparación de Fisher fue radicalmente distinta. Se encerró solo en una habitación de hotel en Nueva York con sus libros, su tablero y su obsesión. El enfrentamiento estaba previsto para el verano de 1972 en Reikiavik. Islandia se había ganado el derecho a albergar el campeonato ofreciendo un premio en metálico récord de $15,000.
Pero Fisher no firmó el contrato, exigía más dinero. Los organizadores irlandeses elevaron la oferta. Fiser seguía sin aceptar. Las semanas pasaban y la incertidumbre crecía. Entonces intervino un millonario británico, un aficionado al ajedrez llamado Jim Slater, que duplicó el premio de su propio bolsillo y lanzó un desafío público a Fisher.
Le llamó cobarde. Le retó a demostrar que su talento estaba por encima de sus caprichos. Aquella provocación estuvo a punto de funcionar. Bobby se sintió interpelado, pero no dio al paso definitivo. Fue entonces cuando sonó el teléfono en su habitación de hotel. Al otro lado de la línea estaba Henry Kissinger, el consejero de seguridad nacional de Estados Unidos.
La conversación duró apenas 10 minutos, pero su contenido cambió el curso de la historia de la ajedrez. Kissinger apeló al patriotismo de Fisher. le dijo en esencia que la nación necesitaba que fuese a Islandia y derrotase a los rusos. No era una sugerencia. Era la voz del gobierno más poderoso del mundo, pidiendo a un jugador de ajedrez que cumpliese con su deber como ciudadano.
Años después, quienes conocieron los detalles de aquella conversación describieron la reacción de Fiser como la de un joven guerrero que acepta marchar a la batalla. No fueron el dinero ni la vanidad lo que inclinaron la balanza. fue la certeza de que su enfrentamiento con Spasky trascendía al tablero y se inscribía en una guerra más grande.
Detrás de aquella decisión latía una contradicción que solo Bobby Fisher podía encarnar. Un hombre que desconfiaba de todas las instituciones, que se rebelaba contra cualquier forma de autoridad, que llevaba años denunciando que nadie le ayudaba ni le valoraba, aceptó volar a Islandia porque se lo pidió un representante del gobierno al que despreciaba.
La explicación más sencilla era que Fiser, pese a toda su hostilidad hacia el mundo, seguía albergando un deseo profundo de ser reconocido como algo más que un jugador de ajedrez. Quería ser un héroe y el papel que Kissinger le ofrecía encajaba exactamente con la imagen que Bobby tenía de sí mismo desde la infancia, el individuo solitario que se enfrenta al gigante y lo derriba.
Pero había algo más que el patriotismo y la épica. A lo largo de toda su carrera, cada vez que Fisher estuvo al borde de alcanzar su objetivo máximo, se detuvo. En sus abandonó un torneo que lideraba, rechazó ofertas lucrativas que le habrían permitido vivir con desahogo. Pospuso una y otra vez el momento de enfrentarse al campeón del mundo.
Aquellas retiradas no eran solo fruto de sus exigencias materiales. Había en ellas un componente más oscuro, una vacilación que sugería que una parte de Bobby Fisher temía llegar a la cima tanto como la deseaba. Ganar el campeonato del mundo había sido el motor de su existencia desde los 8 años. Era la meta que justificaba todos los sacrificios.
La escuela abandonada, las amistades rotas, la soledad aceptada como precio inevitable. Si alcanzaba esa meta, la pregunta que llevaría eludiéndose toda la vida se volvería ineludible. Y esa pregunta era brutal en su sencillez. Una vez que fuese campeón del mundo, ¿qué le quedaría por hacer? La presión que Fisher soportaba en aquellas semanas previas al viaje era inmensa. Se había vigilado por el FB.
Sabía que los soviéticos habían invertido recursos formidables en preparar a Spasky. Sabía que millones de personas en todo el mundo esperaban su aparición y sabía sobre todo que aquel enfrentamiento definiría su vida de un modo irreversible. La tensión se manifestaba en síntomas que quienes le rodeaban observaban con alarma.
Fiser estaba profundamente deprimido, según relataron después varios de sus conocidos. Se sentía perseguido, acosado, influido por fuerzas invisibles. Exigía que el sumo de naranja de sus vuelos fuese exprimido delante de él para asegurarse de que nadie lo hubiese envenenado. Reservaba varios vuelos consecutivos a Islandia e insistía en que cada avión llevaseen naranjas frescas a bordo.
Luego cancelaba todos los billetes. Fiser finalmente aterrizó en Reikiavik entrada la noche con el torneo a punto de comenzar y medio mundo pendiente de su llegada. bajó del avión con el aspecto de un hombre que no ha dormido en días y la expresión tensa de quien sabe que acaba de cruzar un umbral sin retorno. No llegaba como un deportista confiado que se dispone a competir.
Llegaba como un soldado exhausto que ha aceptado una misión de la que no está seguro de regresar entero. Islandia lo recibió con la expectación reservada a los grandes acontecimientos históricos. Bobby Fisher estaba allí, el tablero estaba preparado y el mundo contenía la respiración. Y el 11 de julio de 1972 en el Palacio de Deportes Laugards Hall de Reikiavic, la ceremonia de apertura del campeonato mundial de ajedrez reunió a las autoridades más destacadas de Islandia, al cuerpo diplomático acreditado, a centenares de periodistas
de todo el mundo y al campeón defensor Boris Spasky, que ocupó su asiento con la serenidad de un hombre acostumbrado a los grandes escenarios. El embajador estadounidense estaba presente. El presidente de Islandia presidía el acto. Las cámaras de televisión transmitían la imagen a millones de hogares.
Había una silla vacía, era la del aspirante. Bobby Fiser no apareció. La ausencia no sorprendió a quienes conocían el historial de Fisher, pero desconcertó al público general que no comprendía cómo un hombre podía haber recorrido medio mundo para disputar el encuentro de su vida y luego no presentarse a la ceremonia inaugural.
Bobby estaba en su hotel enredado en una nueva ronda de protestas sobre las condiciones del torneo. No le gustaba la disposición de la sala. Consideraba que el público estaba demasiado cerca de las mesas. La iluminación le parecía inadecuada y, sobre todo, le molestaban las cámaras. Un empresario llamado Chester Fox había adquirido los derechos de grabación del campeonato e instalado varias cámaras en posiciones que Fisher juzgaba invasivas.
Bobby afirmaba que podía oír el zumbido de los mecanismos, incluso cuando estaban apagados. Fox negaba que las cámaras produjesen ruido alguno. Los organizadores intentaban mediar. Fiser exigía que se retirasen todos los equipos de filmación o no jugaría. Mientras se prolongaba las negociaciones, llegó el día de la primera partida.
Fiser se presentó, pero su comportamiento en el tablero reflejaba la turbulencia de su estado mental. En una posición equilibrada, cometió un error que cualquier jugador aficionado habría evitado. Capturó un peón con su alfil en una casilla donde la pieza quedaba atrapada sin posibilidad de escape. Era una celada elemental, el tipo de trampa que se enseña en los primeros meses de aprendizaje.
Spasky no tardó en explotar la ventaja y Fiser perdió la primera partida. Los analistas quedaron estupefactos. Algunos sostuvieron que Bobby había cometido un error de cálculo provocado por la distracción de las cámaras. Otros más cáusticos sugirieron que la presión había superado finalmente su capacidad de resistencia.
El propio Fisher declaró después que se había equivocado, que la presencia de las torres de televisión suspendida sobre su cabeza le había perturbado. Pero la explicación no convenció a todos. El error era demasiado burdo para un jugador de su categoría. Lo que ocurrió a continuación llevó la crisis al límite.
Cuando llegó la hora de la segunda partida, Fisher no se presentó. Su silla permaneció vacía mientras el reloj consumía su tiempo. El árbitro esperó los 60 minutos reglamentarios y declaró a Spasky vencedor por incomparecencia. Bobby Fisher, el hombre que había viajado a Islandia para desafiar al Imperio Soviético, perdía la segunda partida sin mover una sola pieza.
El marcador reflejaba un 0 a 2 devastador. En un campeonato al mejor de 24 partidas, donde el primero en alcanzar 12 puntos y medio se proclamaba campeón, aquella desventaja equivalía a acabar su propia tumba competitiva. Los titulares de prensa de medio mundo lo daban por acabado. El New York Times publicó un editorial suplicándole que continuara la lucha.
Fiser había impuesto una condición innegociable, la retirada total de las cámaras. Los organizadores islandes se enfrentaban a un dilema terrible. La estructura financiera del campeonato dependía de los derechos de filmación. Sin cámaras, el evento perdía su principal fuente de ingresos, pero sin Fisher no había evento.
Tras horas de deliberaciones agónicas, tomaron la decisión. Retiraron las cámaras. El campeonato sobreviviría sin las imágenes. Luego ofrecieron a Fisher una alternativa para la tercera partida. jugar en una sala trasera del Palacio de Deportes, un cuarto pequeño que habitualmente se utilizaba para el tenis de mesa, lejos del público y con una sola cámara oculta.
Spasky no tenía obligación de aceptar aquella propuesta. Si hubiese rechazado jugar en la sala trasera, Fiser habría seguido sin presentarse y habría perdido el campeonato por sucesivas incomparecencias. La delegación soviética lo sabía y advirtió a Spasky con claridad. Le dijeron que no se diese ante las exigencias de Fisher, que no le permitiese tomar el control del encuentro, que no convirtiese aquello en el campeonato de Bobby.
Spasky escuchó a sus asesores y luego tomó su propia decisión. Aceptó jugar en la sala pequeña. Años después, los analistas señalarían aquel momento como el punto de inflexión de todo el campeonato. Al acceder a las condiciones de Fisher, Spasky le entregó algo más valioso que una ventaja posicional. le entregó la iniciativa psicológica.
La tercera partida comenzó en aquella sala diminuta, sin público, sin cámaras visibles, sin el ceremonial que corresponde a un campeonato del mundo. Y algo cambió en Bobby Fisher. Liberado de las distracciones que le atormentaban, desplegó un juego de una precisión y una profundidad que dejó a Spasky sin respuestas.
Movimiento tras movimiento, Fisher mejoró su posición con una paciencia implacable, cerrando las líneas de defensa del campeón y reduciendo sus opciones hasta que no quedó ninguna. Spasky abandonó tras 41 movimientos. Era la primera vez en su vida que Bobby Fisher derrotaba a Boris Spasky en una partida oficial. Aquel triunfo tuvo un efecto que trascendía el resultado numérico.
Fiser se demostró a sí mismo que podía vencer al campeón del mundo. Toda la tensión acumulada durante semanas de negociaciones, protestas e incomparecencias se transformó en una certeza que irradiaba de cada uno de sus movimientos posteriores. Bobby había necesitado tocar fondo, perder dos partidas, enfrentarse al ridículo internacional y arriesgarse a la descalificación para encontrar la concentración que le había abandonado.
Era como si la crisis le hubiese despojado de todo lo accesorio, dejando al descubierto la única cosa que Bobby Fisher sabía hacer mejor que nadie en el mundo, jugar a la ajedrez. La cuarta partida terminó en tablas, la quinta y la sexta las ganó Fisher, la séptima fue tablas. La octava, victoria de Fisher. La novena, tablas.
La décima, nueva victoria de Fisher. El marcador se había invertido de un modo que desafiaba toda lógica. El hombre que había comenzado con un 0 a dos estaba ahora dominando el campeonato con una superioridad aplastante. Fiser ganó seis puntos y medio de sus siguientes ocho partidas. Un rendimiento que contra un jugador del calibre de Spasky resultaba difícil de explicar por medios puramente ajedrecísticos.
Spasky, por su parte, parecía un hombre distinto del que había iniciado el campeonato. Su juego se había vuelto vacilante, inseguro, reactivo. Los asesores soviéticos observaban con impotencia como su campeón se desmoronaba partida tras partida. Algo le había ocurrido a Spasky en aquella sala trasera, algo que no figuraba en ningún manual de aperturas.
Fiser no le había derrotado solo con sus piezas, le había derrotado antes de sentarse a la mesa con sus protestas, sus exigencias, sus amenazas de abandono y su capacidad para convertir cada aspecto del torneo en un campo de batalla donde solo él conocía las reglas. Nadie podía afirmar con certeza que Fisher hubiese actuado deliberadamente, que todo aquel caos formase parte de un plan psicológico calculado, pero el efecto era innegable.
Spask había llegado a Reikiavik como el campeón del mundo respaldado por la mayor potencia ajedrecística de la historia y en aquella pequeña sala destinada al tenis de mesa empezó a jugar como un hombre que ya no creía en su propia capacidad de ganar. En algún momento entre la décima y la undécima partida del campeonato, un equipo de técnicos soviéticos desmanteló la silla de Boris Spasky.
Retiraron la tapicería, examinaron el armazón, analizaron cada tornillo y cada pieza de relleno en busca de dispositivos electrónicos que pudieran estar afectando la capacidad de concentración del campeón. No encontraron nada. Entonces desmontaron las lámparas de la sala de juego, viieron las frecuencias de radiación electromagnética de recinto, buscaron emisores ocultos, transmisores de microondas, cualquier aparato que explicase lo que estaba sucediendo en el tablero.
Lo único que hallaron fueron dos moscas muertas dentro de una de las luminarias. Un equipo paralelo en Moku recibió una muestra del sumo de naranja que Spasky había bebido durante una de las partidas. El líquido fue analizado en un laboratorio del KGB para detectar posibles sustancias tóxicas o psicoactivas.
Los resultados fueron negativos. El sumo de naranja era sumo de naranja. Las moscas estaban muertas y Boris Spasky seguía perdiendo. La delegación soviética se negaba a aceptar que la explicación fuese sencilla. No podía ser que su campeón, preparado durante meses por los mejores teóricos del país, respaldado por toda la infraestructura del Estado, estuviese sucumbiendo ante un solo hombre sin equipo, sin entrenadores y sin el apoyo de ninguna institución.
La hipótesis de la conspiración resultaba más tolerable que la alternativa, que Bobby Fisher fuese simplemente mejor. Algunos miembros de la delegación insinuaron públicamente que la CIA estaba interfiriendo en el campeonato. Otros sugirieron que se estaban empleando técnicas de guerra psicológica desarrolladas por los servicios de inteligencia estadounidenses.
Las acusaciones no prosperaron porque carecían de pruebas, pero revelaban el grado de desconcierto que Fisher había provocado en el bando soviético. La undécima partida fue la última victoria de Spasky en todo el campeonato. Fue una partida sólida, estratégica, en la que el campeón demostró que su talento seguía intacto cuando lograba abstraerse de la presión que le rodeaba.
Aquel triunfo pareció devolverle la confianza. Según los observadores presentes, Spasky recuperó algo de la compostura y la seguridad que habían caracterizado su juego durante años, pero la recuperación llegó demasiado tarde y no fue suficiente. Fiser llevaba una ventaja de dos puntos y medio y el formato del campeonato le permitía gestionar esa diferencia con una estrategia que habría resultado impensable semanas antes.
Lo que sucedió a partir de la duodécima partida fue uno de los giros más desconcertantes del campeonato. Bobby Fiser, el jugador más agresivo de su generación, el hombre que había destruido a Taimanov y a Arsen con seis victorias consecutivas en cada eliminatoria. El ajedrecista, cuyo estilo se definía por la búsqueda implacable de la victoria en cada partida, comenzó a jugar para empatar.
La duodécima partida terminó en tablas. Laarta tablas. La 15inta tablas la 16 tablas. La 17ª tablas la 18ava tablas. La 19a tablas la vigésima, tablas. Siete empates en nueve partidas. Una secuencia que contradecía todo lo que Fisher había predicado a lo largo de su carrera. Durante años, Bobby había denunciado las tablas pactadas entre jugadores soviéticos como una forma de corrupción que degradaba el ajedrez.
Había exigido que se modificasen las reglas para desincentivar los empates y premiar el juego combativo. Y ahora, en el escenario más importante de su vida, estaba empleando la misma táctica conservadora que había condenado con tanta vehemencia. La ironía no pasó desapercibida para los comentaristas, pero pocos se atrevieron a criticarle abiertamente.
Fiser lideraba el marcador y tenía derecho a gestionar su ventaja como considerase oportuno. La prudencia en aquel contexto era una forma legítima de competición. Sin embargo, aquella prudencia revelaba algo más profundo que un simple cálculo táctico. El fisher de las partidas finales no era el mismo que había entrado en la sala de tenis de mesa para disputar la tercera partida con la ferocidad de un hombre que no tiene nada que perder.
El fisher que acumulaba tablas era un hombre que protegía algo frágil, un hombre que había invertido toda su existencia en alcanzar aquel momento y que ahora, a pocos pasos de la meta, sentía el vértigo de quien mira hacia abajo desde una altura a la que nunca esperó llegar. El jugador más agresivo del mundo se había convertido en el más cauteloso, como si la proximidad del objetivo lo hubiese revelado el abismo que se abriría después de alcanzarlo.
La viés primera partida se disputó el primero de septiembre de 1972. Fiser jugaba con piezas blancas. Desde los primeros movimientos abandonó la contención que le había dominado durante semanas y desplegó un juego directo, enérgico, con la autoridad de quien ha tomado una decisión irreversible. Spask intentó resistir, pero la posición se deterioró sin remedio.
Tras 40 movimientos, el campeón del mundo detuvo el reloj y extendió la mano. Boris Spasky se rendía. El campeonato mundial de ajedrez tenía un nuevo dueño. Bobby Fisher, de 29 años, nacido en Chicago, criado en Brooklyn, hijo de una madre soltera, desertor escolar, hombre sin equipo, sin entrenador y sin más recurso que su propio genio, acababa de hacer lo que nadie había conseguido en 24 años, arrebatar la corona mundial a la Unión Soviética.
En el nombre de la Federación Internacional de Ajedrez, el árbitro lo proclamó campeón del mundo. Fiser recibió la noticia con una expresión que las fotografías de la época captaron con elocuencia. No era euforia, no era alivio, era algo más parecido al agotamiento de un hombre que ha cruzado un desierto y descubre que al otro lado no hay oasis, solo más arena.
La victoria tuvo una repercusión que desbordó con mucho las fronteras del ajedrez. Para Estados Unidos, en un momento en que la guerra de Vietnam erosionaba la moral nacional y los escándalos políticos minaban la confianza a las instituciones, el triunfo de Fiser representó una victoria simbólica de un valor incalculable.
Un ciudadano estadounidense había vencido a la maquinaria soviética en el terreno que los propios soviéticos consideraban suyo. La prensa lo recibió como a un héroe nacional. Los titulares hablaban de una hazaña que trascendía el deporte y se inscribía en la Guerra Fría. como una de las derrotas propagandísticas más dolorosas para Moscú.
Fiser regresó a Estados Unidos y fue recibido con honores. Declaró ante las cámaras que esperaba ver a más estadounidenses jugando a la ajedrez y que la ajedrez era un gran juego, un deporte para la mente. Le llovieron ofertas de patrocinio, contratos publicitarios, invitaciones a torneos con premios sin precedentes.
El mundo estaba a sus pies. Podía haber vivido cualquier fantasía que un hombre pudiese imaginar. Pero quienes conocían a Bobby sabían que algo no encajaba. En la ceremonia de clausura, Fisher no pronunció discursos, no firmó autógrafos, no posó para las fotografías de rigor, cumplió con el mínimo protocolo exigible y desapareció.
Aquella discreción, que en otro contexto habría parecido modestia, fue en realidad el primer síntoma de lo que estaba por venir. Bobby Fiser había logrado lo que se había propuesto a los 8 años y en el instante mismo de la victoria, algo dentro de él empezó a apagarse. El hombre al que millones de personas esperaban ver en las portadas de las revistas, en los platós de televisión y en los salones de los torneos más prestigiosos del mundo, se encerró en un apartamento cedido por una secta religiosa en Pasadena. California y dejó
de jugar a la ajedrez. No fue una retirada anunciada. No hubo declaración pública, ni conferencia de prensa, ni carta a la federación. Bobby Fiser, campeón del mundo, simplemente dejó de existir para el mundo que lo había coronado. Las ofertas no dejaban de llegar. Patrocinadores dispuestos a pagar sumas que ningún ajedrecista había recibido jamás.
Organizadores de torneos que ofrecían premios extraordinarios solo por su presencia. contratos publicitarios, propuestas editoriales, invitaciones a eventos donde su nombre habría sido el principal reclamo. Fiser las rechazó todas. No negociaba condiciones ni proponía alternativas. Simplemente decía que no o no respondía. Un hombre que durante toda su vida se había quejado de que el ajedrez no generaba el dinero que merecía, estaba ahora dando la espalda a una fortuna que habría resuelto sus problemas económicos para siempre.
Se negaba incluso a firmar autógrafos. Si alguien le ofrecía $100 por su firma y le proponía quedarse con 99, Fiser sentía que aquel único dólar para el intermediario era un robo. Consideraba que le correspondía todo y si no podía tenerlo todo, prefería no tener nada. Los 200,000 que había ganado en Reikiavik constituyeron su único ingreso significativo.
De esa cantidad entregó el 20% a la Iglesia Universal de Dios de Herbert Armstrong. A cambio, la iglesia le proporcionó un apartamento en su campus de Pasadena y le concedió acceso a las instalaciones. Bobby disponía de un coche a cualquier hora del día y algunos miembros de la congregación le introdujeron en su círculo social.
Fue lo más parecido a una comunidad que Fiser había tenido desde los tiempos del club de ajedrez de Brooklyn. Pero aquella comunidad estaba construida sobre los cimientos de una secta que predicaba el fin del mundo. Y Bobi encontraba en sus doctrinas la misma certeza absolutista que gobernaba el resto de su vida. En 1975 llegó el momento de defender el título y el aspirante era Anatoli Karpov, un joven soviético de 24 años que representaba la nueva generación de la maquinaria ajedricística de Moscú.
Antes de aceptar el enfrentamiento, Fiser presentó a la Federación Internacional de Ajedrez una lista de 179 exigencias. Los organizadores examinaron cada una de ellas con una paciencia que rayaba en la desesperación. Concedieron 177. Fiser insistió en las dos restantes. La federación se dio en una más.
Quedaba un solo punto de discordia. Fiser exigía un cambio en el sistema de puntuación que eliminaba el valor de las tablas y establecía que el campeón necesitaría nueve victorias para retener el título, mientras que el aspirante necesitaría 10. La federación consideró que aquella condición distorsionaba la equidad del enfrentamiento y la rechazó.
Fisher no transigió y así, sin sentarse frente al tablero, sin mover una sola pieza, Bobby Fisher perdió el campeonato del mundo. La renuncia dejó perplejo al mundo del ajedrez. Los comentaristas intentaban encontrar una explicación racional a lo que parecía un acto de autodestrucción pura.
Las ofertas para que Fisher volviese a competir se multiplicaron. Se habló de sumas que habrían hecho de él uno de los deportistas mejor pagados del planeta. Ninguna fue aceptada. Fiser poseía una convicción casi mística de que el mundo debía adaptarse a él y no al revés. Si quería medio millón de dólares por un encuentro o un millón o 2 millones, eso era lo que valía su presencia.
Si nadie estaba dispuesto a pagarlo, él no iba a rebajar el precio. Había en aquella actitud algo que iba más allá de la codicia o la arrogancia. Era una forma de entender la propia dignidad que no admitía negociación, porque negociar habría significado reconocer que su valor dependía de lo que otros estuviesen dispuestos a ofrecer. Mientras tanto, la iglesia que le había dado cobijo empezó a desmoronarse.
A finales de los años 70, la Iglesia Universal de Dios se vio sacudida por escándalos internos relacionados con la conducta de sus líderes. Las luchas de poder, las acusaciones de malversación y las deserciones masivas fragmentaron la organización. Con el tiempo, la doctrina de la Iglesia fue evolucionando hacia posiciones más próximas al cristianismo convencional, abandonando muchos de los principios fundamentalistas que habían atraído a Fisher.
Bobby se alejó de la congregación, pero no encontró nada con que sustituirla. La estructura que había sostenido su vida cotidiana durante años se disolvió y Fiser quedó a la intemperia emocional. Lo que siguió fue un proceso de deterioro que quienes le conocían describieron con una mezcla de tristeza y desconcierto.
Bobby dejó de relacionarse con las pocas personas que todavía intentaban ayudarle. Dejó de cuidar su aspecto físico y ganó peso de forma considerable. se recluyó cada vez más, limitando sus salidas a paseos nocturnos por las calles de Pasadena y visitas esporádicas a librerías, donde, según los rumores que circulaban en los círculos ajedrecísticos, buscaba literatura de carácter antisemita y textos vinculados a teorías conspirativas.
Sus amigos de otros tiempos intentaban ponerse en contacto con él y se encontraban con un muro de silencio, o peor aún, con estallidos de hostilidad paranoica. La paranoia se había convertido para entonces en el rasgo dominante de su personalidad. Fiser estaba convencido de que diversas organizaciones querían envenenarle.
Cargaba consigo una maleta llena de píldoras de origen chino que consideraba antídotos contra posibles ataques químicos de los soviéticos. Desconfiaba de cualquier alimento que no hubiese preparado él mismo o que no hubiese visto preparar delante de sus ojos. Según algunos relatos, llegó a hacerse extraerlos empastes dentales metálicos, porque creía que podían servir como receptores de señales de radio enviadas por agencias de inteligencia extranjeras.
En 1981 se produjo un incidente que ilustró el estado de disoción en que se encontraba. La policía de Pasadena le detuvo por su parecido con un atracador de bancos al que buscaban. Fisher fue arrestado, interrogado y retenido durante varias horas en una comisaría local. El malentendido se aclaró pronto, pero la experiencia le afectó de un modo desproporcionado.
Escribió un panfleto titulado “Fui torturado en una cárcel de Pasadena” en el que describía el episodio con un tono delirante, plagado de acusaciones contra la policía y de referencias a conspiraciones que solo él percibía. Lo firmó como Robert J. Fischer, campeón mundial de ajedrez. El título que la federación había otorgado a Karpov 3 años antes seguía siendo en la mente de Bobby suyo.
Nunca había aceptado perderlo. En su universo interior, un título que no se había disputado sobre el tablero no podía haber cambiado de dueño. Años después, Fisher admitiría algo que arrojaba una luz reveladora sobre todo lo ocurrido desde 1972. dijo que se había despertado al día siguiente de ganar el campeonato del mundo y había sentido que algo se había extinguido dentro de él, como si le hubiesen extraído una parte esencial de su ser.
Había dedicado cada minuto de su existencia consciente a un solo objetivo. Había sacrificado la escuela, las amistades, la relación con su madre, cualquier forma de vida normal, todo en el altar de una meta que le había parecido lo único que merecía la pena perseguir. Y cuando finalmente la alcanzó, descubrió que detrás de ella no había nada.
No había un segundo acto, no había un propósito alternativo, no había una identidad que no dependiese de la búsqueda del título. Bobby Fisher había construido su vida entera alrededor de una ausencia que solo el ajedrez competitivo podía llenar. Cuando dejó de competir, la ausencia volvió, más vasta y más desoladora que antes, y esta vez no había nada con que combatirla.
En el año 2002, un grupo de investigadores que rastreaba los orígenes familiares de Bobby Fiser se topó con un hallazgo desconcertante. Hans Gerard Fiser, el biofísico alemán, cuyo nombre figuraba en el certificado de nacimiento de Bobby como su padre, nunca había entrado en Estados Unidos. Los registros migratorios eran inequívocos.
No existía constancia alguna de que aquel hombre hubiese pisado suelo estadounidense en ningún momento de su vida. La pregunta que se desprendía de aquel descubrimiento era inevitable. Si Hans Gerard Fiser nunca estuvo en el país donde Bobby fue concebido y donde nació, entonces no podía ser su padre biológico.
Y si no lo era, alguien más ocupaba ese lugar en la historia. La investigación señaló a un hombre llamado Paul Nemji, un físico húngaro de origen judío que había mantenido una relación con Regina Wender durante los años previos a nacimiento de Bobby. Nemenji era un científico brillante especializado en mecánica de fluidos e hidrodinámica que había llegado a Estados Unidos huyendo de la persecución nazi en Europa.
Su carrera académica en Alemania había sido truncada por las leyes raciales del régimen nacional socialista. fue despedido de su puesto universitario por el simple hecho de ser judío y aquella expulsión marcó el resto de su vida. Emigró a Estados Unidos, donde intentó reconstruir su trayectoria profesional, pero nunca alcanzó la estabilidad que habría merecido su talento.
Murió a principios de los años 50, cuando Bobby era todavía un niño pequeño. Las semejanzas entre padre e hijo eran tan llamativas que resultaba difícil atribuirlas a la coincidencia. Paul Nemji poseía, según testimonios de quienes le conocieron, una capacidad espacial extraordinaria. Abordaba los problemas desde ángulos que nadie más percibía.
Contemplaba las estructuras físicas con una intuición que sus colegas calificaban de única. Un antiguo compañero de trabajo lo describió como alguien que pensaba y miraba las cosas de un modo que nadie más hacía. Aquella facultad para percibir relaciones espaciales invisibles para los demás tenía un eco directo en la forma en que Bobby Fisher veía el tablero de ajedrez.
La capacidad de visualizar como una posición con dos docenas de piezas sobre 64 casillas podría transformarse 10 movimientos más adelante. Ambos compartían esa forma de inteligencia que opera no mediante el cálculo secuencial, sino mediante la percepción instantánea de patrones y tensiones en el espacio. Pero las coincidencias no se limitaban al plano intelectual.
Paul Nemenji era un hombre profundamente excéntrico. Según el testimonio de un antiguo colega, tenía la costumbre de llevar pastillas de jabón en los bolsillos del abrigo para poder lavarse las manos cada vez que tocaba el pomo de una puerta. Era un activista convencido de los derechos de los animales y se negaba a vestir prendas de lana.
En ocasiones se le veía caminar por la calle con el pijama asomando por debajo de la ropa. Aquellas rarezas, que en su momento se consideraron simples manías de un intelectual distraído, adquirían un significado distinto a la luz de las obsesiones y las fobias que dominaron la vida adulta de su hijo.
Bobby, que cargaba maletas llenas de píldoras contra el envenenamiento, que exigía ver cómo se preparaba cada alimento que ingería y que se hacía extraer en pastes dentales por temor a las ondas electromagnéticas, parecía haber heredado no solo el talento de su padre, sino también la arquitectura mental que lo acompañaba.
Existía, sin embargo, una dimensión de aquel descubrimiento que trascendía la genética y la psicología para adentrarse en un territorio de ironía trágica. Paul Nemenji era judío. Regina Wender era judía, lo cual significaba que Bobby Fisher, el hombre que durante décadas había pronunciado algunas de las diatribas antisemitas más virulentas que se recuerdan en la vida pública contemporánea, era hijo de dos progenitores judíos.
La vida de su padre había sido destruida por el antisemitismo nazi. Nemenji había perdido su cátedra, su país y su carrera por pertenecer al pueblo que su propio hijo acabaría despreciando con una hazaña que helaba la sangre a quienes la escuchaban. La cuestión de Sibobi conocía la verdad sobre su paternidad permanece sin resolver.
Algunas fuentes sugieren que Regina pudo haberle revelado la identidad de su padre biológico en algún momento, pero no existen pruebas concluyentes. Lo que sí se sabe es que Bobby nunca reconoció públicamente a Paul Nemenji como su padre. siguió aferrándose a la versión oficial de su certificado de nacimiento, un documento que, a la luz de los registros migratorios, era una ficción administrativa y siguió cultivando un odio contra los judíos que se intensificaba con los años.
Las diatribas antisemitas de Fisher no fueron un fenómeno tardío ni marginal. Se convirtieron en el eje de su discurso público durante las últimas décadas de su vida. A través de emisoras de Radio Filipinas, Bobby concedía entrevistas en las que desplegaba un catálogo de acusaciones contra el pueblo judío que abarcaba desde las teorías conspirativas más delirantes hasta las incitaciones más explícitas a la violencia.
Afirmó que los judíos eran un pueblo criminal, que habían inventado el holocausto, que todas las sinagogas debían ser clausuradas y que centenares de miles de líderes judíos debían ser ejecutados. Aquellas palabras pronunciadas con una convicción glacial provocaron el rechazo unánime de la comunidad ajedrecística y de la sociedad en general.
Quienes le habían admirado como el héroe de Reikiavik se encontraban ahora ante un hombre irreconocible, consumido por un odio, que parecía haber devorado todo lo demás. Fue en ese contexto de aislamiento radical y deterioro público cuando Fisher aceptó volver al tablero. En septiembre de 1992, un patrocinador yugoslavo ofreció un premio de 5 millones de dólares por un encuentro de revancha entre Fisher y Spasky, 20 años después de su célebre duelo en Reikiavik.
Fiser, que llevaba años sin ingresos significativos y vivía de los ahorros de su madre, aceptó. Pero el momento no podía ser peor. Yugoslavia se encontraba en plena guerra civil y las Naciones Unidas habían impuesto sanciones económicas que prohibían las relaciones comerciales con el país. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos envió una carta a Fisher, advirtiéndole de que participar en el torneo y aceptar el premio constituía una violación de las sanciones castigada con una multa de $250,000 y hasta 10 años de prisión.
La respuesta de Fisher fue escupir sobre la carta delante de las cámaras. Disputó el encuentro, derrotó a Spasky nuevamente y cobró más de 3 millones de dólares. Se emitió una orden de detención contra él que le convirtió en fugitivo internacional. A partir de aquel momento, Bobby Fisher se convirtió en una pátrida errante.
No podía regresar a Estados Unidos sin ser arrestado. Vagó por Europa y Asia durante más de una década, viviendo en hoteles modestos, cambiando de país con frecuencia, cortando lazos con las pocas personas que aún intentaban mantener contacto con él. En Hungría tuvo una relación sentimental con Cita Raini, una joven que le había escrito años antes una carta admirativa, convenciéndole de que regresara a la competición.
Fisher se enamoró de ella y quiso construir una vida a su lado, pero la relación se rompió cuando Sita le abandonó por otro hombre. Según quienes le conocían, aquella fue posiblemente la única relación amorosa verdadera de su vida y su fracaso le sumió en una desolación de la que ya no se recuperaría. En 1997, estando fuera de Estados Unidos y sin posibilidad de regresar, Bobby no pudo asistir al funeral de su madre, la mujer que le había criado sola, que había trabajado sin descanso para alimentarle, que había intentado
proteger su carrera y su salud mental con los escasos medios a su alcance, murió sin que su hijo pudiese despedirse de ella. Según el testimonio de un gran maestro que mantenía contacto con ambos, Bobby y Regina habían seguido hablando por teléfono casi a diario durante los primeros años de exilio. La relación entre ellos, pese a todas las tensiones acumuladas, nunca se había roto del todo.
Fiser estaba profundamente unido a su madre, y no poder acompañarla en sus últimos días fue, según quienes le conocían, una de las tragedias más dolorosas de su vida. La historia de Paul Nemji, un hombre brillante al que el odio racial le arrebató todo, y la de su hijo Bobby, un hombre brillante que abrazó ese mismo odio como si fuese una verdad revelada, permanece como uno de los enigmas más perturbadores del siglo XX.
No existe una explicación única ni satisfactoria. Algunos han señalado un resentimiento inconsciente hacia la madre que le ocultó la verdad o hacia el padre ausente al que nunca conoció. Otros han apuntado a la influencia de las doctrinas conspirativas que Fiser absorbió durante sus años en la secta de Armstrong.
Lo cierto es que las raíces de aquel odio se pierden en un laberinto de heridas familiares, soledad extrema y una mente extraordinaria que, privada de los vínculos humanos que podrían haberla anclado a la realidad se extravió en los territorios más oscuros de sí misma. En julio de 2004, en el aeropuerto internacional de Narita en Tokio, un hombre de 61 años con el pelo canoso y la barba descuidada presentó su pasaporte estadounidense en el control de salida.
El funcionario de inmigración introdujo los datos en el sistema y la pantalla devolvió una alerta. El documento había sido invalidado por el gobierno de Estados Unidos. El hombre fue detenido de inmediato. Cuando los agentes le preguntaron su nombre, respondió con la misma firmeza con que había respondido a cada desafío a lo largo de su vida.
Se llamaba Robert James Fiser. Era el campeón mundial de ajedrez. Las fotografías tomadas aquel día muestran a un hombre que guardaba poca semejanza con el joven esbelto y de mirada penetrante, que 32 años antes había cautivado al mundo en Reikiavic. Su rostro estaba hinchado, su ropa era descuidada, su expresión revelaba el agotamiento de quien ha pasado demasiado tiempo huyendo.
La invalidación del pasaporte se había producido un año antes, pero nadie se había molestado en comunicárselo a Fisher. La orden de detención por la violación de las sanciones contra Yugoslavia seguía vigente desde 1992, más de una década después del delito. Algunos observadores se preguntaron por qué las autoridades estadounidenses habían tardado tanto en actuar.
Fiser había viajado libremente por el mundo durante 12 años sin que nadie le interceptase. La explicación más extendida apuntaba a que la decisión de perseguirle se reactivó después de que sus diatribas antiamericanas en emisoras de Radio Filipinas alcanzasen autoridad internacional. En una de aquellas emisiones, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, Fiser había declarado que aplaudía lo sucedido y que era hora de que Estados Unidos recibiese su merecido.
Aquellas palabras, más que el torneo de ajedrez en Yugoslavia, parecían haber sellado su destino. Bobby Fisher pasó 9 meses en un centro de detención japonés. Las condiciones eran austeras y el aislamiento casi total. No sabía qué iba a hacer de él. Si era extraditado a Estados Unidos, le esperaban una multa de $250,000 y hasta 10 años de cárcel.
Sus abogados intentaban encontrar un país que le ofreciese asilo, pero las opciones eran escasas. Fiser era un fugitivo buscado por la mayor potencia del mundo y pocos gobiernos estaban dispuestos a asumir el coste diplomático de acogerle. Durante aquellos meses de encierro, el hombre que había desafiado a imperios y que se había negado a inclinarse ante cualquier autoridad, experimentó algo a lo que no estaba acostumbrado, la impotencia absoluta.
No había exigencias que formular, ni condiciones que negociar, ni amenazas de abandono que pudiesen cambiar su situación. Por primera vez, Bobby Fisher se encontraba en una partida cuyas reglas no podía alterar. La salvación llegó desde el lugar más inesperado y al mismo tiempo más lógico. Las autoridades ajedrecísticas de Islandia, el país que había acogido el campeonato de 1972, no habían olvidado lo que Fisher representaba para su historia.
Aquel pequeño torneo había puesto a Reikiavik en el mapa mundial y había generado un orgullo nacional que pervivía tres décadas después. Un grupo de ciudadanos islandes encabezados por activistas y aficionados al ajedrez formó un comité con el objetivo de conseguir la liberación de Fiser. Se hicieron llamar el comité de libertad para Bobby Fisher.
Organizaron campañas de presión, contactaron con parlamentarios y movilizaron a la opinión pública islandesa. Fiser, desde su celda en Japón se enteró de aquellos esfuerzos y escribió una carta al ministro de asuntos exteriores de Islandia solicitando la ciudadanía. El parlamento islandés debatió la cuestión y aprobó la solicitud con amplia mayoría.
Bobby Fisher, aprida y fugitivo, tenía un nuevo país. En marzo de 2005, tras 9 meses de cautiverio, Fiser fue entregado a los funcionarios islandes y embarcó en un vuelo de más de 8000 km hacia su nuevo hogar. Cuando aterrizó en Reikiavik, las cámaras captaron la imagen de un hombre que, según las palabras de uno de los activistas que le recibieron, parecía haber ido al infierno y haber regresado.
Estaba demacrado, envejecido más allá de sus años, con la mirada de alguien que ha contemplado el abismo demasiado de cerca. Pocos días después de su llegada, Fiser convocó una rueda de prensa. Quienes esperaban un gesto de gratitud hacia el país que le había salvado se encontraron con algo muy distinto.
Bobby apareció ante los periodistas y tras disculparse por la tardanza con un tono que oscilaba entre la ironía y el desprecio, lanzó una sucesión de acusaciones contra el gobierno estadounidense, contra las autoridades japonesas y contra los judíos, a quienes culpó de haber orquestado su detención. Cuando un periodista llamado Jeremy Shap, hijo de Dick Shap, el hombre que décadas atrás había ejercido de figura paterna para el joven Bobby, se identificó ante él, Fisher reaccionó con una crueldad instantánea. Reconoció el apellido al
momento y dijo que el padre de aquel periodista, que muchos años antes le había tratado con cariño y le había acogido como a un hijo, se había comportado después como una típica serpiente judía que le había traicionado. Chap, visiblemente afectado, respondió que Fiser no había hecho mucho aquel día por desmentir a quienes cuestionaban su cordura.
Los islandeses, que habían luchado por su libertad, presenciaron la escena con incomodidad. Muchos se preguntaron si habían hecho bien en traer a aquel hombre a su país. Sin embargo, algo cambió en Fisher una vez que se extinguieron los focos de la rueda de prensa. Los meses y años que siguieron en Islandia fueron los más tranquilos de su vida adulta.
Bobby se instaló en un apartamento modesto en Reikiavic y adoptó una rutina de anonimato que habría sido impensable en cualquier otro momento de su existencia. Paseaba por las calles sin que nadie le molestase. Visitaba restaurantes y librerías. Los islandeses, un pueblo habituado a respetar la privacidad ajena, le dejaron en paz.
Los medios de comunicación locales, tras el impacto inicial de su llegada, dejaron de perseguirle. Fiser no concedió más entrevistas incendiarias ni protagonizó escándalos públicos. Vivió con la discreción de un hombre que, después de toda una vida exigiendo que el mundo se adaptase a él, había encontrado un rincón del planeta donde el mundo simplemente le ignoraba.
Aquella quietud tenía algo de engañosa, porque la soledad que acompañaba a Fisher en Reikiavik no era muy distinta de la que le había acompañado toda su vida. La diferencia era que ahora a los 60 y tantos años, con la salud deteriorada y sin ningún objetivo que perseguir, la soledad ya no era un precio que pagar por la grandeza, era simplemente lo que quedaba.
Bobby no jugaba la ajedrez, no escribía, no mantenía relaciones significativas, existía en un estado de suspensión que quienes le visitaban ocasionalmente describían con una mezcla de respeto y melancolía. Estaba tranquilo, decían. estaba en paz consigo mismo, pero esa paz se parecía demasiado al silencio que queda cuando ya no hay nada más que decir.
El 17 de enero de 2008, Bobby Fisher murió en Reikiavik a la edad de 64 años. La coincidencia numérica no pasó desapercibida. 64 años de vida, 64 casillas en el tablero que había definido su existencia. murió de una insuficiencia renal que se había agravado por su negativa a recibir tratamiento médico adecuado.
Una última manifestación de la desconfianza hacia las instituciones que le había acompañado hasta el final. Sus últimas palabras, según quienes estuvieron a su lado, fueron que nada reconforta tanto como el contacto humano. Aquella frase, pronunciada por un hombre que había pasado la mayor parte de su vida huyendo de las personas, contenía una lucidez tardía que resultaba insoportablemente bella e insoportablemente triste.
El hombre que había estado solo desde la infancia, que había luchado cada batalla sin compañía, que había rechazado cada mano tendida y roto cada vínculo que amenazaba con acercarle a otro ser humano, reconoció en su último aliento que aquello de lo que había huído era exactamente lo que necesitaba. Bobby Fisher revolucionó el ajedrez, su teoría de aperturas, su elevación del juego posicional en la fase media de la partida y su capacidad para encontrar recursos donde otros solo veían tablas transformaron la disciplina de un modo
que sigue vigente medio siglo después. Los grandes maestros actuales estudian sus partidas con la misma reverencia con que los músicos estudian a los grandes compositores, pero su legado no se agota en las 64 casillas. Fiser demostró que un solo individuo puede desafiar a un sistema entero y vencerlo y demostró también con la misma contundencia que la victoria puede ser el principio de la derrota.
Ha sido un placer acompañaros en esta historia. Soy Adrián Montero y esto ha sido Historias de ídolos. Si el relato os ha conmovido, os invito a dejar un comentario, a darle al botón de me gusta y a suscribiros al canal para no perderos los próximos episodios. Yeah.