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JUAN GABRIEL SABÍA QUE IBA A MORIR. LO QUE HIZO CON ESOS ÚLTIMOS DÍAS LO CAMBIA TODO.

28 de agosto de 2016, Santa Mónica, California. Un hombre de 66 años cae sin escándalo, sin aviso, sin despedida pública. Y en ese instante, en México, en España, en Argentina, en Venezuela, en cada cocina donde alguna vez sonó una canción suya, algo se rompe para siempre. Porque ese hombre no era un cantante, era memoria afectiva de cuatro generaciones.

Era la voz que sonaba en las bodas y en los funerales, en los despertares y en los insomnios, en los coches a medianoche y en las radios a las 6 de la mañana. Era Juan Gabriel y lo que casi nadie sabe es que él lo sabía. Sabía que el tiempo se acababa y aún así [música] subió al escenario una vez más con su traje brillante, con su sonrisa, [música] con todo, como si tuviera que terminar algo antes de irse.

Hoy vas a descubrir cuatro verdades que Juan Gabriel protegió durante décadas. La primera verdad, lo que realmente significó su relación con la madre que lo abandonó [música] y la canción que escribió para ella, que no es lo que todos creen. La segunda verdad, el amor más importante de su vida, el que nunca pudo confesar en voz alta y cómo ese amor se convirtió en las canciones más grandes de la música en español.

[música] La tercera verdad, lo que ocurrió en sus últimas semanas, lo que su cuerpo le decía y por qué, sabiéndolo siguió adelante. [música] Y la cuarta verdad, lo que dejó atrás, no solo el dinero ni los discos, lo que dejó en las personas que lo amaban y cómo eso se convirtió en la herida más difícil de todas. Te aviso ahora mismo.

Si te vas antes del final, pierdes la parte que cambia todo lo anterior, la que hace que todo cobre otro sentido. Quédate. 1950. Parácuaro, Michoacán. Una familia sin dinero. [música] 10 hijos. Un padre que no está. Una madre que carga sola con lo imposible. El más pequeño. El que canta siempre, el que no para.

Alberto Aguilera Baladés, el que será Juan Gabriel, pero ahora mismo es solo un niño de 7 años que no entiende por qué su madre lo lleva a un lugar desconocido y lo deja ahí. La madre Victorina no tiene alternativa. [música] Eso es lo que se dice. Eso es lo que se repite como si fuera suficiente explicación. Pero para el niño que se queda parado en la puerta de la escuela de mejoramiento social para menores en Ciudad Juárez, mirando el camino por donde desapareció ella, [música] no hay explicación que sea suficiente. Espera un día, espera

dos, espera una semana. [música] La madre no vuelve y ahí, en ese silencio, empieza todo. Dentro de la institución aprende a sobrevivir sin hacer ruido, no con los puños, no con la rabia. Aprende a volverse invisible cuando hay peligro y aprende a cantar cuando todo lo demás falla. La música [música] ahí dentro es lo único que no le puede hacer daño. Hay una mujer.

La directora, doña Lucía, un día lo escucha cantar en el patio. Se detiene. [música] Lleva años trabajando con niños abandonados. Ha visto de todo, pero esto es diferente. [música] Se acerca y le dice algo que él no esperaba escuchar. Tú tienes un don, muchacho. No lo malgastes. Para el niño que desde hace meses no recibe nada que no sea indiferencia o lástima, esas palabras lo cambian por dentro.

Por primera [música] vez alguien no lo mira como a alguien que sobra, lo mira como a alguien que tiene algo. Y en ese momento, Alberto Aguilera Baladés decide que la música no va a ser su consuelo, va a ser su salida. Los años pasan, finales de los 60. Ciudad Juárez. Un joven delgado, de mirada intensa, entra en bares y cabarets con una carpeta de canciones escritas a mano.

Canta. Le dicen que no canta. Le dicen que no. Canta de nuevo. No. La historia que no se cuenta es cuántas noches este hombre estuvo a punto de rendirse. Cuántas veces el hambre fue más grande que la esperanza. Cuántas veces pensó que doña Lucía se había equivocado con él. Pero hay una noche, una noche específica que lo cambia todo.

El Noa Noa, un cabaret de la calle mariscal. La gente bebe, habla, no presta atención. Él empieza a cantar y algo raro pasa en la sala. La gente deja de hablar, lo [música] miran. Al terminar hay un silencio extraño y luego aplausos. Esa noche alguien le paga por cantar por primera vez en su vida. [música] No es mucho, apenas para comer, pero es suficiente para seguir un día más.

Es en esa época cuando nace Juan Gabriel. [música] Alberto Aguilera Baladés entiende que necesita otro nombre, uno que lleve algo de lo que fue. Juan, por un amigo que lo ayudó cuando no tenía a nadie. Gabriel, por el padre que nunca estuvo. Es una combinación extraña, un homenaje y una venganza al mismo tiempo.

Lleva el nombre de quien lo abandonó, pero transformado en algo que nadie le puede quitar. Pero antes de la gloria viene la oscuridad más intensa, 1970. Juan Gabriel es arrestado, acusado de robo. Él siempre dijo que fue un malentendido, que lo delataron por envidia, que era inocente. Lo que sí es cierto es que entra en la prisión de Lecumberry y que ahí dentro, en lugar de romperse, compone.

Las canciones que escribe en esos meses son distintas a todo lo anterior, más honestas, más oscuras, como si el encierro le quitara el miedo a decir lo que sentía sin filtro. Sale libre meses después [música] y sale diferente con una carpeta llena de canciones que el mundo todavía no conoce, pero que va a conocer.

Aquí es donde llegamos a la primera verdad que te prometí. Escucha esto con cuidado. Victorina murió antes de ver a su hijo triunfar. Eso es lo que Juan Gabriel decía en entrevistas. [música] Lo decía con una calma que desconcertaba, sin rabia visible, sin reproches directos, como si hubiera resuelto algo que otros no podían resolver.

Pero quienes estuvieron cerca de él de verdad cuentan una historia más compleja, más dolorosa. [música] Juan Gabriel hablaba de su madre con una intensidad que no aparecía en las entrevistas. En conversaciones privadas, en momentos de guardia baja, regresaba a ella una y otra vez. En una de esas conversaciones, ya siendo un artista consagrado con el mundo a sus pies, dice algo que nadie esperaba.

Lo que más me duele no es que se fuera, es que nunca supo que la entendí. Esa frase lo dice todo. No dijo que la perdonó, dijo que la entendió. Hay una diferencia enorme entre las dos cosas. El perdón es algo que se da. La comprensión es algo que se carga. Amor eterno [música] la escribe de madrugada solo en su estudio. Quienes estaban cerca en esa época dicen que tardó poco, que salió de él de golpe como si llevara años esperando la salida [música] y que cuando terminó se quedó en silencio largo rato.

No la cantó para nadie esa noche la guardó como si fuera demasiado privada para mostrarla. Amor eterno no es un homenaje. Esa canción es una conversación que nunca pudo tener. [música] Es la respuesta que construyó durante décadas a una pregunta que nunca le pudo hacer en vida. ¿Por qué me [música] dejaste? No lo dice con rabia, lo dice con la única herramienta que siempre tuvo, una melodía.

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