Posted in

Federico García Lorca — La voz más luminosa de España

Una mañana de agosto, en un olivar polvoriento entre Viznar y Alfacar, sonaron disparos antes del amanecer. El hombre que cayó allí tenía 38 años. Había escrito el libro de poesía más leído de la historia de su lengua y había llevado el teatro del siglo de oro a aldeas donde nadie sabía leer. Su tumba sigue sin ser hallada.

¿Cómo es posible que el poeta más luminoso de toda una generación acabara así? y por qué casi un siglo después sus versos siguen pronunciándose como si los hubiera escrito ayer. Bienvenidos un día más. Soy Adrián Montero y esto es Historias de creadores. Hoy abrimos la vida de Federico García Lorca. Para entender al hombre que llegó tan alto, conviene volver al principio, a una casa blanca de la Vega Granadina, donde una madre cantaba romances antiguos a un niño de ojos atentos.

Una tarde de verano, en el patio trasero de una casa de fuente vaqueros, un niño de 5 años organiza un funeral. Ha colocado una pequeña figura de madera dentro de una caja de cartón. Ha cubierto la caja con un trapo negro y ha alineado a sus primas a un lado, rígidas como damas de luto. El mismo lleva una sotana improvisada con una sábana de la cocina y avanza despacio con la solemnidad que ha visto los curas del pueblo.

Recita en voz baja palabras que no entiende del todo, pero que repite con perfecta gravedad. Su madre, doña Vicenta, lo observa desde la galería sin atreverse a interrumpir. Aquel niño no juega, oficia. Y cuando termina, mira a su madre con los ojos brillantes y le pide que toque algo triste al piano.

Federico García Lorca tiene 5 años y ya sabe, sin saberlo, que la música y la muerte caminan juntas por los campos de su tierra. Había nacido el 5 de junio de 1898 en plena Vega de Granada, mientras España perdía sus últimas colonias al otro lado del océano. El país entero se hundía aquel año en una crisis moral profunda, pero en el pueblo de Fuente Vaqueros, a pocos kilómetros de la ciudad, las asequias seguían cantando entre los álamos y los chopos y la luz andaluza se posaba sobre los campos de tabaco y maíz, como si nada hubiera

ocurrido. La familia recibió al primogénito con alegría discreta. Don Federico García Rodríguez, el padre, era un labrador acomodado, viudo de un primer matrimonio sin hijos, propietario de tierras fértiles y de carácter sereno. Doña Vicenta Lorca Romero, la madre, había sido maestra rural antes de casarse y conservaba la vocación íntima de la enseñanza.

De ella heredaría Federico la sensibilidad musical, el amor por la palabra escrita y una ternura algo melancólica que no lo abandonaría nunca. La casa de la calle de la Trinidad, donde transcurrieron los primeros años del niño, era amplia, encalada y rodeada de huertos. Dentro había un piano vertical, libros, partituras de sarzuelas y un cancionero antiguo de Felipe Pedrel, el mismo musicólogo que había sido maestro de Albenis, Granados y Falla.

Doña Vicenta sentaba al pequeño Federico sobre sus rodillas y le cantaba romances heredados de su propia infancia. Historias de moros y cristianos, de doncellas raptadas, de amantes muertos al pie de un olivo. Aquellas melodías entraban en el niño antes que las letras del abecedario. Mucho después, ya consagrado, Lorca diría que su primera educación poética había sido oral, hecha de canciones susurradas al oído mientras se quedaba dormido.

La cuna y el verso fueron para él una misma cosa. A los 2 años, Federico contrajo una enfermedad de las piernas que retrasó su aprendizaje del caminar. Durante meses permaneció sentado observando. Algunos biógrafos creen que aquella inmovilidad temprana afinó en él la mirada de pintor y la paciencia de quien aprende a contemplar.

Cuando por fin se puso en pie, el mundo se le abrió de otra manera. Ya no era un escenario que atravesar, sino un cuadro que decifrar. Recordaba con asombro el ruido del agua en las asequias. el zumbido de los insectos en las tardes de julio, el modo en que la luna llena se posaba sobre las ceras al final del verano. Aquellos detalles, aparentemente menores, formaron el sustrato visual de toda su poesía futura.

La luna que llora, el caballo que galopa por los olivares, el cuchillo brillando en la oscuridad. Nada de aquello era invención. Todo había estado allí en La Vega, antes de que él supiera escribirlo. La familia se trasladó después a Asquerosa, otro pueblo cercano, y más tarde a Valde Rubio, donde el padre administraba sus tierras.

Federico crecía rodeado de campesinos, jornaleros y pastores. Aprendió a distinguir las voces de las mujeres que cantaban mientras lavaban la ropa en el río, los lamentos de los segadores en agosto, las coplas que entonaban los gitanos en las ferias. Ninguna de esas voces le parecía pintoresca.

Eran sencillamente su lengua materna. Más adelante, cuando los críticos elogieran el llamado andalucismo de su obra, él se irritaría. Para Lorca, lo andaluz no era un decorado, era una forma de comprender el mundo, una manera de oír el silencio entre dos palabras. A los 11 años, los García Lorca se mudaron definitivamente a Granada. La capital lo recibió con sus cármenes, sus fuentes árabes y la silueta lejana de Sierra Nevada.

Para Federico fue un deslumbramiento. La alambra, el albaiicín, los cipreses del Generalife, todo aquello le parecía un libro abierto cuyas páginas nadie había terminado de leer. Pero también allí encontró la primera grieta de su existencia. Sus padres lo matricularon en un colegio religioso, severo y disciplinado, donde los maestros castigaban con regla cualquier distracción.

Federico, soñador, lento en aritmética, incapaz de memorizar fechas que no le interesaban, sufrió como solo sufren los niños sensibles, obligados a fingir lo que no son. Aquellos años escolares fueron, según el mismo confesó después, la primera herida verdadera de su vida. Buscó refugio donde pudo, en la música, sobre todo.

Comenzó a estudiar piano con un profesor llamado Antonio Segura, antiguo discípulo de Verdi. El maestro, viejo y exigente, descubrió enseguida que aquel adolescente distraído poseía un oído extraordinario y una memoria musical casi sobrenatural. Federico podía escuchar una melodía una sola vez y reproducirla al teclado con todos sus matices.

Soñaba con ser compositor. Escribía pequeñas piezas, anotaba canciones populares en un cuaderno. Improvisaba durante horas en el salón familiar mientras la tarde caía sobre los tejados de Granada. Aquella vocación musical, aunque acabaría cediendo ante la palabra, nunca lo abandonaría. Toda su poesía sería, en cierto modo, música escrita en otra lengua.

Y sin embargo, había algo en aquel niño que sus padres no comprendían del todo. Una gravedad antigua, un modo de mirar el horizonte como si esperara una respuesta que el horizonte no podía darle. Cuando la familia se reunía los domingos bajo la parra, los tíos comentaban entre risas las ocurrencias del muchacho, sus imitaciones de los curas, sus pequeñas obras de teatro improvisadas con sábanas y palos de escoba.

Read More