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Tolstói — El escritor más grande del mundo contra el mundo

Casi 500 millones de ejemplares impresos. Cinco candidaturas consecutivas al Premio Nobel, todas rechazadas por el propio autor. Un anciano de baja estatura con la barba revuelta por el viento que cruza ante la cámara a pasos rápidos y se enfada con el operador. Detrás de esa imagen queda una vida entera de contradicciones.

El hombre que predicaba la renuncia a toda propiedad mientras habitaba la finca donde había nacido. El que exigía amor universal y no logró la paz en su propia casa. Bienvenidos a Historias de Creadores. Soy Adrián Montero y hoy os traigo la historia de Left Tolstoy. Para comprender cómo este hombre llegó a convertirse en la conciencia moral de toda una época, hay que regresar al principio, a una finca señorial de la provincia de Tula, donde un niño perdió a sus padres antes de aprender a recordarlos.

Un joven yace en la cama de un hospital militar. No está herido. Se recupera de una enfermedad venérea contraída en la vida desordenada que lleva desde hace años. Tiene 23, tal vez 24 años. Apenas posee bienes dignos de mención porque una parte del patrimonio familiar la ha perdido en las mesas de juego.

No ha terminado sus estudios universitarios, no ha publicado una sola línea y sin embargo, en esa cama de hospital, con la humillación todavía fresca, toma un cuaderno y comienza a escribir un diario. En la primera página se reprocha su pereza, su falta de carácter, su vida que él mismo califica de brutal.

Anota cada falta con la minuciosidad de un contable que revisa las cuentas de una empresa en quiebra. Ese gesto aparentemente menor inaugurará una costumbre que no abandonará en más de medio siglo. La de observarse a sí mismo sin piedad, registrar cada debilidad, cada caída, cada pensamiento indigno. Nadie que viera aquel muchacho postrado habría adivinado que de esa manía, por la autoexploración nacería uno de los métodos literarios más poderosos de la historia.

Pero faltaba mucho para eso. La familia en la que había nacido aquel joven pertenecía a la más alta aristocracia rusa. Su abuelo materno, el general retirado Nikolay Volkonski, había servido bajo el reinado de Catalina la Grande y poseía la finca de Yasna y Apoliana en la provincia de Tula, a poco menos de 200 km al sur de Moscú.

Cuando Volkonski murió en febrero de 1821, su única hija María heredó la propiedad. Tenía 30 años y según las convenciones de la época, sus posibilidades de contraer matrimonio eran prácticamente nulas. Los parientes, no obstante, le encontraron un pretendiente. Nikolay Tolstoy, primo lejano suyo, veterano de la guerra contra Napoleón en 1812.

El padre de novio arrastraba deudas enormes, de modo que el enlace convenía a ambas partes. No había en ello nada excepcional. La aristocracia rusa formaba una red de parentescos cruzados, donde todos eran en algún grado, familia de todos. El 9 de septiembre de 1828 nació en Yasna y Apoliana, el cuarto hijo de aquel matrimonio.

Lo bautizaron Lev. Tenía tres hermanos mayores y pronto llegaría una hermana menor. El árbol genealógico del recién nacido resultaba deslumbrante incluso para los estándares de la nobleza rusa. Príncipes Volkski, príncipes Trubetkoy, el poeta Fiodor Tiuchev, el filósofo Piotor Chadev, el canciller del imperio Alexander Gorchakov, hasta Alexander Pushkin figuraba entre sus parientes lejanos como tío en cuarto grado.

Se ha dicho que del padre heredó la pasión por la lectura y de la madre el talento narrativo, pues María Volconsskaya componía cuentos y gustaba de inventar historias para sus hijos. Pero el pequeño Lev apenas tuvo tiempo de conocerla. Murió antes de que el niño cumpliera 2 años. Él no conservaría ningún recuerdo directo de ella y precisamente por eso la idealizaría durante toda su vida hasta el punto de rezar ante su imagen como si fuera la de una santa.

Pocos años después murió también el padre, víctima de una hemorragia cerebral. Corrieron rumores de que su ayuda de cámara lo había envenenado y robado, aunque nada se probó. Los cinco huérfanos quedaron al cuidado de una tía paterna, hermana mayor de su padre. Cuando también ella falleció, otra tía, la menor, se hizo cargo de los niños y los trasladó a la ciudad de Cazán.

Fue una mujer bondadosa que les proporcionó buena educación. Aunque sus consejos prácticos resultaban a veces desconcertantes, al joven Led le deseó que encontrase un amante casada y una esposa rica. La infancia del futuro escritor estuvo marcada por la curiosidad y la travesura, tanto como por la lectura. De niño empujó por una terraza a una invitada que resultó ser la que andando el tiempo sería su propia suegra.

La mujer cojeó durante semanas. En otra ocasión se presentó en una sala llena de visitas haciendo reverencias al revés con la cabeza echada hacia atrás. Una vez lo encerraron en el segundo piso por alguna fechoría y saltó por la ventana, aunque por fortuna salió ileso. Eran rasgos de un temperamento impulsivo que nunca perdería del todo y que más tarde se manifestaría en formas menos infantiles, pero igualmente desconcertantes.

En Cazán ingresó en uno de los mejores centros universitarios del imperio, la Universidad de Cazán, en la sección de lenguas orientales de la Facultad de Filosofía. Duró un año, suspendió los exámenes y para no repetir curso, se trasladó a la Facultad de Derecho, donde resistió poco menos de 2 años antes de abandonar también los estudios.

La filosofía le interesaba más que los códigos legales, pero ni siquiera la filosofía bastaba para retenerlo en las aulas. No era un mal estudiante en el sentido habitual de la palabra. era un estudiante incapaz de someterse a un sistema que no había elegido, un rasgo que con los años se convertiría en el eje de toda su vida intelectual.

Aquel primer choque con la educación reglada dejaría una huella profunda. Décadas más tarde, cuando fundara su propia escuela para hijos de campesinos, lo haría precisamente contra todo lo que había experimentado en aquellas aulas de CASN, contra los exámenes, contra la disciplina impuesta, contra la idea misma de que el saber deba verterse en la mente del alumno como un líquido en un recipiente vacío.

De vuelta en Yasna y a Poliana, intentó administrar la finca y ocuparse de sus campesinos. Pero la vida en el campo no bastaba para saciar su energía. Moscú y San Petersburgo lo atraían con la fuerza de un imán. Se lanzó a la vida mundana con el mismo ímpetu que ponía en todo. Bailes, vino, mujeres y, sobre todo, cartas.

Jugaba con la desesperación de quien busca emociones fuertes sin importarle el precio. En una de aquellas partidas perdió una suma tan elevada que tuvo que vender parte de la finca familiar para cubrir la deuda. Más tarde diría que había perdido la casa paterna en el juego. Una exageración que, sin embargo, reflejaba su genuino sentimiento de culpa.

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