El 11 de junio de 2026 quedó grabado en la memoria colectiva como el día en que México le demostró al mundo su capacidad absoluta para organizar el evento más colosal en la historia del deporte. Mientras el estadio Ciudad de México latía al unísono con más de ochenta mil almas y el grito de gol resonaba tras la anotación temprana de Julián Quiñones contra la selección de Sudáfrica, una guerra paralela, silenciosa y estratégicamente letal, se libraba muy lejos de las cámaras de televisión. No hubo transmisiones especiales ni narradores deportivos que contaran esta faceta de la historia. Sin embargo, bajo la superficie de la euforia mundialista, el Secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, orquestaba la operación de inteligencia más ambiciosa de los últimos tiempos. En cuestión de una semana, el Estado mexicano logró la captura de tres objetivos prioritarios del crimen organizado, desarticulando redes de violencia en el norte, el Pacífico y el occidente del país. Esta es la crónica de un golpe maestro que salvó al Mundial de quedar empañado por la tragedia.
Para entender la magnitud del logro de las fuerzas de seguridad, es estrictamente necesario dimensionar el polvorín sobre el cual estaba sentada la capital del país. Las semanas previas a la fastuosa inaugu
ración estuvieron marcadas por una tensión social y política palpable. Colectivos de búsqueda de personas desaparecidas, movimientos sociales magisteriales y grupos de choque radicales habían prometido utilizar la inmensa vitrina internacional del torneo para manifestarse y visibilizar sus causas. Desde las primeras horas del día del partido, las calles aledañas olían a conflicto inminente. Había bloques antimotines desplegados en la calzada de Tlalpan y encapuchados intentando vulnerar a toda costa los perímetros del recinto.

El despliegue operativo fue, en una palabra, titánico. Cincuenta y seis mil policías resguardaban la Ciudad de México, una cifra que supera la población entera de múltiples municipios a lo largo de la República. Solo en las inmediaciones del estadio se concentraron más de siete mil setecientos elementos, apoyados por vigilancia aérea, cámaras del sistema C5 y filtros de revisión milimétricos. El esquema denominado de “última milla” blindó por completo a los asistentes internacionales y locales, creando una fortaleza peatonal infranqueable. Pero mientras los uniformados contenían a los manifestantes violentos sin provocar heridos colaterales, en las mesas de análisis táctico de Harfuch se cerraba el cerco sobre los verdaderos enemigos de la estabilidad nacional.
El primer golpe quirúrgico tuvo lugar el lunes 8 de junio en Hermosillo, Sonora. Eran alrededor de las diez de la mañana cuando Hugo Guerrero, conocido ampliamente en el submundo criminal como “El 01”, tomaba un café con total tranquilidad en un restaurante de una zona residencial exclusiva. Las autoridades llevaban semanas enteras rastreando sus mínimos movimientos, cruzando bases de datos telefónicas y analizando patrones de comportamiento. Guerrero no era un delincuente de poca monta; los reportes de inteligencia lo ubicaban como el presunto jefe de plaza del violento grupo delictivo de Los Salazar, una estructura con un profundo arraigo histórico y aliada operativa del Cártel de Sinaloa en la frontera norte.
Lo que convertía al 01 en una amenaza de seguridad nacional era su macabra innovación en el arte de la guerra urbana. Guerrero había transformado tecnología civil en armamento táctico de precisión, utilizando drones modificados y cargados con explosivos improvisados para atacar a células rivales, a las fuerzas de seguridad e incluso, de forma trágica, a civiles atrapados en el fuego cruzado. Su captura se materializó en cuestión de escasos segundos, al exterior del establecimiento, sin disparar una sola bala y en un silencio absoluto. Cuando Guerrero sintió el frío acero de las esposas en sus muñecas, el imperio del terror aéreo que había instaurado en Sonora y Chihuahua comenzó a colapsar irremediablemente.
Tres días más tarde, el mismo 11 de junio, mientras la nación celebraba el rotundo triunfo de la selección en el Ángel de la Independencia, la Secretaría de Marina ejecutaba el segundo acto de esta impecable ofensiva táctica. A cientos de kilómetros de la algarabía, en el estado de Colima, fue arrestado José de Jesús, alias “El Chuy Roñas”. Este individuo de apenas treinta años fungía como un operador de extrema violencia para el cártel de Los Mezcales, una organización encargada de bañar en sangre al pequeño estado costero por el dominio de las rutas del Pacífico. Colima representa un tablero de ajedrez invaluable para las mafias globales por su proximidad al puerto de Manzanillo, la principal puerta de entrada de precursores químicos provenientes de Asia, utilizados para inundar el mercado estadounidense de fentanilo. Su caída, ejecutada con la misma frialdad clínica que la del 01, privó al crimen organizado de una de sus maquinarias de muerte más letales en pleno día de fiesta nacional.

Sin embargo, la detención que encierra el mayor peso de justicia histórica y emocional ocurrió justo en las puertas del mes mundialista, la noche del primero de junio en Mazatlán, Sinaloa. Esa madrugada, el Ejército Mexicano y la Guardia Nacional acorralaron a Gabriel Nicolás Martínez Larios, tristemente célebre como “El Gabito 80”. Lejos de ser un peón prescindible, se trataba del jefe regional del brazo armado de Los Chapitos, alguien que gozaba del respeto y la confianza directa de líderes como Iván Archivaldo Guzmán.
La ficha criminal del Gabito 80 estaba empapada en el sufrimiento de gente inocente. En enero de ese mismo año, un comando armado bajo su presunta autoridad irrumpió en las instalaciones de una minera canadiense en Concordia, secuestrando a diez trabajadores intachables. Nueve de ellos aparecieron asesinados poco después en una fosa clandestina. Eran padres de familia, mineros y proveedores que terminaron siendo víctimas de una brutal equivocación, confundidos con miembros de una facción contraria en el marco de la fractura del cártel. El Estado esperó el momento preciso para actuar y, al desmantelar su red de extorsión, ofreció un atisbo de justicia a las familias destrozadas.
Cuando el humo de los fuegos artificiales de la inauguración finalmente se disipó, la realidad detrás del telón quedó al descubierto. Al golpear de manera simultánea en tres estados y contra tres facciones enemigas en un lapso tan breve, Omar García Harfuch envió un mensaje devastador al mundo del hampa: no hay distracción mediática ni fiesta internacional que justifique bajar la guardia. El tablero de seguridad del país demostró que, mientras México cautivaba al mundo con el balón, en la oscuridad, las verdaderas batallas por la paz se ganaban con inteligencia, paciencia y una voluntad inquebrantable de erradicar el terror.