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IRMA DORANTES: Amó a PEDRO INFANTE toda su VIDA… y la LEY la OBLIGÓ a Llorarle en SILENCIO

 Su nombre era Irma Dorantes y lo que le ocurrió el día del entierro,  lo que la ley le hizo en el momento más doloroso de su vida, es una de las injusticias más crueles que el cine de oro mexicano produjo fuera de la pantalla. 8 años antes, en 1949, esa misma mujer era una jovencita de 16 años parada frente a una cámara en los estudios de la época de oro del cime mexicano.

 Tenía el cabello oscuro, los ojos grandes, una voz que Pedro Infante apodó como la de un ratón porque era chillona y delgada y hacía que él se riera. Y Pedro Infante, que en ese momento tenía 32 años, que era el hombre más famoso del país, que había sido declarado el ídolo de México por millones de personas que lo amaban sin haberlo conocido, se enamoró de esa jovencita con la misma intensidad irrefrenable con que hacía todo en su vida, sin calcular las consecuencias, sin medir el daño, sin preguntarse si era correcto o no, simplemente se

enamoró. Y ese amor que empezó entre cámaras y reflectores de un rodaje se convirtió en los siguientes 7 años en la historia de amor más grande y más trágica del cine de oro mexicano. Una historia que terminaría no con una despedida, no con un divorcio, no con el desgaste natural de dos personas que ya no se quieren.

 Terminaría  con un avión estrellado, con una herencia negada, con una hija sin padre y con una mujer obligada por la ley a llorar en silencio. el día que enterraron al hombre de su vida. Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian por completo lo que muchos creían saber sobre Irma Durorantes. Primero, como una jovencita nacida en la ciudad de México en 1933, hija de una familia modesta del barrio de Tepito, terminó siendo la actriz más cercana al corazón del ídolo más grande de México, la mujer con la que Pedro Infante pasó los últimos y más intensos

7 años de su vida y la madre de su única hija reconocida con nombre de actriz. Segundo, ¿qué ocurrió realmente entre 1951 y 1953, cuando Pedro Infante, desesperado por casarse con Irma y sin lograr que su esposa legal, María Luisa León firmara los papeles de divorcio, tomó una decisión que cambió todo, una decisión que los tribunales calificaron de delito y que desencadenó 4 años de batalla legal que terminaron de la manera más cruel posible.

 Tercero, ¿qué pasó el día del entierro de Pedro Infante que le hizo la ley a Irma Durantes en el momento más doloroso de su vida? ¿Qué sintió al ver como otra mujer recibía el pésame en su lugar? Y cómo logró sobrevivir los años que siguieron, sola, sin herencia, con una hija de 2 años y una carrera que había abandonado por amor.

 Y cuarto, porque Irma Durantes tardó 50 años en hablar. ¿Por qué durante más de dos décadas no pudo escuchar una sola canción de Pedro sin quebrarse? ¿Y qué dice esa historia sobre el precio que ciertas mujeres pagan cuando eligen amar a los hombres más grandes de su época? En este vídeo verás fragmentos del libro Así fue nuestro amor que Irma publicó en 2007, declaraciones que ella misma dio en entrevistas a lo largo de los años, registros de la Suprema Corte de Justicia que documentan el proceso legal y las crónicas de los periódicos de la

época que cubrieron el caso como humo de los escándalos más grandes del cine mexicano. Pero para entender por qué el amor de Irma Dorantes y Pedro Infante fue tan poderoso y tan imposible al mismo tiempo, primero hay que volver al principio. Porque para entender por qué una mujer puede amar a un hombre toda su vida, aunque ese amor la destruya, primero hay que entender quién era esa mujer antes de que el amor llegara.

 Irma Aguirre Fuentes, que ese era su nombre real antes de adoptar el apellido artístico Dorantes, nació en la Ciudad de México en  1933. Creció en un ambiente modesto de clase trabajadora, en una capital que en aquellos años vivía la paradoja de ser al mismo tiempo una ciudad en expansión y un mundo de contrastes brutales entre quienes tenían y quienes no.

 La familia Aguirre  no tenía mucho, pero tenía algo que en el México de los años 40 valía más que el dinero para ciertas puertas. tenía la disposición de dejar que sus hijos buscaran su camino en el mundo del espectáculo. Y Irma, desde muy pequeña, mostró que ese camino era el suyo.

 Tenía algo en la cara, algo en la manera de moverse, algo en esa voz peculiar que más tarde haría reír a Pedro Infante, que  atraía la atención de la cámara con una naturalidad que no se enseña. Y en el México del cine de oro de los años 40, esa naturalidad ante la cámara era el pasaporte más valioso que existía. Su debut en el cine llevó temprano.

Demasiado temprano, dirían hoy con la perspectiva del tiempo. Irma Dorantes apareció por primera vez en un set de filmación cuando tenía apenas 13 años, en 1946. No fue un papel grande, no fue el tipo de debut que llena las primeras planas, fue uno de esos papeles pequeños de fondo que sirven para que los productores vean cómo reacciona la cámara ante un rostro nuevo.

 Y la cámara reaccionó bien ante el rostro de Irma, lo suficientemente bien como para que siguieran llamándola, para que siguiera apareciendo en proyectos, para que dos años después, en 1948, llegara al set de los tres Hastecos, la película que protagonizaba el hombre más famoso de México. Y ahí, en ese set, ocurrió el primer encuentro, el primero de una serie de encuentros que cambiarían el rumbo completo de su vida.

Recuerda esto porque es clave. Cuando Irma Dorantes conoció a Pedro Infante en el set de los tres Huastecos,  ella tenía 13 años, él tenía 30. La diferencia de 17 años no era en el México del cine de oro de los años 40 un escándalo automático. Era la industria funcionando como siempre había funcionado, con sus reglas propias, con sus dinámicas de poder específicas, con la distancia entre las estrellas consagradas y las jovencitas que empezaban siendo tan grande como la distancia entre el Sol y la Tierra. Pero

también era, aunque nadie lo nombrara así en ese momento, una situación que le daba a Pedro Infante toda la ventaja y a Irma Durorantes toda la vulnerabilidad. Él era el ídolo. Ella era la niña nueva. Él podía elegir. Ella en cierta medida solo podía responder a lo que él eligiera.

 La relación sentimental entre los dos no empezó en ese primer encuentro. Empezó un año después, en 1949. Durante el rodaje de No desearás la mujer de tu hijo. Irma tenía entonces 16 años, Pedro tenía 32. Y Pedro Infante, que llevaba años en una relación con su esposa legal, María Luisa León, que ya era más una convivencia formal que un matrimonio real, que había tenido hijos con Guadalupe Torrentera durante esos mismos años, decidió que esa jovencita de voz chillona y ojos grandes era la mujer que quería tener cerca.

 lo decidió con la misma impulsividad con que tomaba todas las decisiones de su vida, sin calcular, sin medir, sin preguntarse qué precio iba a pagar ella por ese amor.  Irma, por su parte, no preguntó. Confesó décadas después, en una entrevista que se convirtió en uno de los documentos más honestos del cine de oro mexicano, que nunca le preguntó a Pedro si estaba casado, si tenía hijos, si tenía otras mujeres.  Lo amó sin preguntar.

Lo amó con la totalidad de los 16 años que tenía y con la ingenuidad de quien no sabe todavía que el amor sin información es el amor más peligroso de todos. Los años que siguieron a ese primer encuentro amoroso fueron años de una intensidad que pocos romantes del cine mexicano de esa época igualaron.  Pedro Infante y Irma Dorantes trabajaron juntos en varias películas, compartieron el set, compartieron escenas, compartieron ese espacio extraño y eléctrico que existe entre dos personas que se aman y que al mismo tiempo tienen

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