Posted in

DINASTÍA PINAL: 2 Muertes, un Falso Heredero… La ATERRADORA verdad de Frida Sofía que Silvia CALLÓ

 Las palabras exactas de Frida Sofía describiendo el abuso y el proceso legal que sigue abierto mientras el acusado sigue dando entrevistas, las dos muertes con el nombre Viridiana, el accidente en un  barranco y la niña de 2 años en aguas negras y el testimonio de la testigo que rompió el silencio 38 años después y el documento que prueba que un niño de esta familia no tiene padre conocido después de tres pruebas de ADN y como eso cambió un testamento de 200 millones. de pesos.

 Te voy a avisar cuando lleguemos a cada  una. Si te vas antes del final, te pierdes la última. Y la última es la que responde la pregunta más brutal de toda esta historia. ¿Cómo es posible que una familia con tanto dinero, tanta fama y tanto talento haya producido tanto dolor en cuatro generaciones sin que nadie dentro de ella pudiera detenerlo? Escríbeme en los comentarios ahora mismo.

 ¿Cuándo fue la primera vez que viste a Silvia Pinal en pantalla? o a Alejandra Guzmán en un concierto o a Frida Sofía en alguna entrevista. Solo el momento, porque esta historia es también la historia de todas las familias que desde afuera parecen tenerlo todo y que desde adentro llevan décadas pagando un precio que el público que las admira nunca llega a ver completamente.

 Y si crees que las tragedias de las familias más famosas de México merecen que alguien las cuente completas con nombres, fechas y documentos, suscríbete ahora, porque aquí esas tragedias se cuentan sin los filtros que las protegen. México, años 40. Una niña a la que su propio padre llamó vergüenza. Silvia Pinal tenía 11 años cuando descubrió que su padre era un mentiroso. No cualquier mentiroso.

 El tipo de mentiroso que te da regalos caros durante años, que te trata con cariño, que te lleva a lugares especiales, que te hace sentir elegida y que después te llama por teléfono para decirte exactamente esto. No quiero que mi familia se entere de que tengo una hija ilegítima. Esas fueron las palabras exactas de Moisés Pasquel, director de orquesta en la XSD, hombre casado, padre de tres hijos legítimos.

 Uno de esos hijos era mayor que la madre de Silvia. María Luisa tenía 15 años cuando quedó embarazada. 15. En el México de los años 40, una mujer soltera embarazada era una vergüenza. No había otra palabra vergüenza. Las mujeres que se embarazaban fuera del matrimonio eran marcadas para siempre,  señaladas, excluidas y sus hijos también.

 Silvia nació como hija ilegítima. Así la llamaban, así la trataban, así aparecía en los documentos. No era una persona completa, era el producto de un error, una mancha en el honor de una familia que no quería reconocerla. Durante años su tía Conchita la llevaba a la ex FSE. Allí había un señor amable que le daba regalos caros, juguetes, dulces importados, vestidos bonitos.

 Silvia no tenía idea de quién era ese hombre. No sabía que la sangre que corría por sus venas era la misma que corría por las de él. Y entonces llegó el día que lo destruyó todo. Moisés Pasquel apareció en su casa. Hubo gritos, acusaciones, verdades que salieron como balas. Y en medio de ese caos, una niña de 11 años descubrió que el hombre al que llamaba papá no era su verdadero padre con todo lo que ese descubrimiento tiene de irreversible cuando ocurre a una edad donde uno todavía no tiene el oso.

Instrumentos para procesar completamente lo que significa. “Me derrumbé”, escribió Silvia décadas después. No quise hablar con ninguno de los dos, pero lo peor vino después, Silvia decidió darle una oportunidad a su padre biológico. Empezó a frecuentarlo, a conocerlo, a soñar con ser reconocida con el reconocimiento que ese término tiene cuando se lo usa para describir no simplemente el acto  de admitir que alguien existe, sino el acto de decir que esa persona importa  y que importaba desde el principio. Y

entonces llegó la llamada que  le rompió el corazón para siempre. No quiero que mi familia se entere  de que tengo una hija ilegítima. Guarda esta frase. Porque esa frase pronunciada por un hombre que tenía suficiente cobardía para rechazar a su propia hija en lugar de enfrentarse a las consecuencias de lo que había hecho, es la semilla de todo lo que vendría después, de todos los matrimonios que terminarían en fracaso, de todos los hombres violentos que Silvia toleraría durante años, de todas

las decisiones que sus hijos y sus nietos y sus bisnietos tomarían desde un lugar donde el amor siempre parecía algo que había que ganarse, porque nadie le había enseñado que el amor genuino se gana, sino que simplemente existe. Fue mi primera gran decepción en la vida, confesó Silvia.

 Su actitud me dolió y me rompió el corazón. Hubo un hombre que sí la amó como hija. Luis Gepinal era coronel, periodista, político. Se casó con María Luisa, sabiendo que Silvia no era suya y la crió como propia. Le dio su apellido, le vio algo que Moisés Pasquel nunca pudo darle. “Dignidad, yo soy tu papá”, le decía.

 “Tú eres mi hija y no hay nadie que pueda quitarme mi lugar.” Papá Pinal le enseñó algo que cambiaría su futuro.  Le aconsejó comprar terrenitos en el pedregal cuando no valían nada, cuando eran solo piedras y matorrales. Silvia le hizo caso. Esos terrenos hoy valen decenas de millones de pesos  con toda la ironía de los consejos que se dan, sin saber completamente cuánto van a valer cuando el tiempo demuestre que eran exactamente lo correcto.

 Y aquí viene la primera ironía de esta historia. Silvia Pasquel, la hija mayor de Silvia Pinal, usa el apellido del abuelo que abandonó a su madre. No usa Pinal, no usa el apellido del hombre que realmente la crió. Usa Pasquel, el apellido del abandono convertido en apellido artístico, el nombre del rechazo transformado en marca personal.

 Las heridas familiares tienen formas extrañas de perpetuarse a través del tiempo. Silvia Pinal creció con una certeza grabada a fuego. Los hombres te abandonan, los hombres te traicionan, los hombres te usan y después desaparecen. Su abuela Yovita había criado seis hijas sola. Su madre María Luisa, la crió sola. El patrón estaba establecido desde antes de que Silvia pudiera ver el patrón completamente.

 Las mujeres  final construían imperios mientras los hombres las abandonaban. Y sin embargo, Silvia pasó toda su vida buscando en los hombres el amor que su padre biológico le negó. El primero fue Diego Rivera. Se conocieron en 1954, poco después de la muerte de Frida Calo. Él  tenía 67 años, Silvia apenas 24.

 Diego le escribía cartas donde se dibujaba como un sapo rodeado de corazones mariposas y estrellas con el rostro de Silvia. Un día le hizo una pregunta que la dejó helada. Silvia haría el amor con una mujer respondió sin dudar, “Claro que no, maestro, pero si me gustan muchísimo los hombres.” El romance  terminó. Las cartas de Diego desaparecieron.

Solo conserva tres de todas las que él le escribió, pero quedó el cuadro. Avaluado hoy en 60 millones de pesos, patrimonio nacional. No puede salir de México. Está en fideicomiso para los tres hijos de Silvia. Años después, Enrique Guzmán opinó sobre ese cuadro con la crueldad que lo definiría. En lo único en que se ve bonita es en el perfil.

Read More