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El Hijo De Valentin Trujillo Finalmente Confirma Los Rumores

El Hijo De Valentin Trujillo Finalmente Confirma Los Rumores

muy nervioso y ya no podía controlar que se le moviera la cabeza, pero cuando estaba con nosotros en la casa y eso, pues estaba normal. Lucía es una gente maravillosa. Tuvimos un romance de más de 3 años en el que la pasamos. Nació en un set y murió soñando otra película. A los dos meses ya estaba frente a una cámara.

 A los 55, el país lo despedía como a un viejo conocido. Entre esos dos puntos, Valentín Trujillo dejó más de 140 filmes, romances que marcaron época y una decisión tan arriesgada que puso en jaque al poder. Su vida fue un guion perfecto, fama, lucha, gloria y un final inesperado. Valentín no tuvo que esperar a ser adulto para decidir su destino.

 Nació con reflectores apuntándole. Sus primeras apariciones ocurrieron cuando apenas podía balbucear convirtiéndose en el bebé de la pantalla. creció rodeado de cámaras, micrófonos y foros de filmación que fueron literalmente sus patios de juego. Mientras otros niños corrían en plazas o aprendían a andar en bicicleta, él memorizaba diálogos y aprendía a mirar de frente a un lente.

 Y lo curioso es que aunque parecía un juego, esa rutina fue marcando su carácter. Un niño disciplinado, puntual, que entendía lo que era repetir una toma hasta salir perfecta. Pero lo más impactante es que incluso antes de llegar a la adolescencia, Valentín ya tenía en claro que su vida no podía ser otra cosa que el cine.

 Que tiene desquite. No había plan B, no había escape. Su vocación estaba sellada desde la cuna y lo que empezó como un capricho infantil pronto lo convertiría en heredero de toda una dinastía cinematográfica. Y antes de seguir con esta historia, suscribite porque a diferencia de las películas de Valentín, acá no hay boleto de entrada, es gratis.

 El apellido Trujillo era conocido, pero el que locó ni de anda, su abuelo, productor, lo introdujo al set como quien lleva a un nieto a la plaza. Gracias a él, Valentín participó en películas clave de la época, codeándose desde niño con grandes figuras del cine mexicano. Se decía que había participado en el jinete, la primera película en tercera dimensión de México.

 Pero lo cierto es que ese título lo ostenta otra producción, El corazón y la espada, 1953. Ese pequeño detalle sirve para entender como la leyenda de Valentín empezó a mezclarse con mitos. Su vida era tan cinematográfica que hasta los recuerdos parecían ficciones. El hermano Valentín ya fue realmente tercera generación de cinematografista. Este, a los 7 años ya se presentaba como actor infantil en cintas como El Granillo 1958 y poco después compartía escenas con nada menos que Mario Moreno Cantinflas en el Extra.

 Esa fue una de las experiencias que más lo marcaron. El ídolo del humor mexicano ensayaba con él como si fuera un adulto, tratándolo de igual a igual y dándole la confianza de saberse actor, no simple relleno. Y así, con apenas unos años de vida, Valentín ya había acumulado un currículum que muchos adultos envidiarían.

 Sin embargo, todavía le quedaba por enfrentar una pregunta clave. ¿Iba a seguir los pasos de su familia en el cine o cumplir el mandato de su padre abogado que insistía en que debía ser alguien serio? Eh, después fueron mis tíos, mi tío Gilberto, mi tío Edgardo por este lado y por otro lado fueron los de Anda, ¿no? El charro negro, mi tío Raú.

La respuesta llegaría pronto cuando el adolescente con alma de estrella se rebelara contra las expectativas familiares y apostara todo a la pantalla grande. Cuando alcanzó la mayoría de edad, Valentín dejó claro que no era solo el niño del set. Su primer protagónico en las figuras de Arena 1969 fue la prueba de fuego y la pasó con una seguridad que sorprendió a todos.

 No era un improvisado, había crecido entre cámaras y eso se notaba en cada gesto. En los años 70 su nombre comenzó a sonar cada vez más fuerte. Suporte. Su estilo y su talento lo convirtieron en uno de los galanes más buscados de la pantalla grande. El premio Dios de plata como revelación masculina en 1971 lo catapultó a otro nivel.

 Ya no era solo el nieto de un productor ni el sobrino de un director. Valentín Trujillo era una estrella por derecho propio. Pero el gran golpe de taquilla llegó en 1980 con Perro Callejero. Esa película lo consagró como ídolo popular, mostrando un lado más rudo, más urbano y mucho más cercano al México real. ¿Y qué? ¿Cuándo saliste? Desde el sábado.

 Si te vi a buscar, pero no estabas. [ __ ] perro. ¿Y qué hace aquí? Es que trabajo en las noches aquí con la chava. Uy, ese güey te va a meter en un pedo. Sí. No solo llenó salas, también le ganó premios y un lugar asegurado en la memoria del cine nacional. El éxito continuó en televisión. En los 80 brilló con Juana Iris, telenovela que protagonizó junto a Victoria Rufo.

 Era el complemento perfecto. En cine se le veía como el hombre fuerte. y en TV como el galán romántico. Tenía todo. Pero mientras el público lo aplaudía, Valentín sentía que la actuación ya no era suficiente. Quería controlar lo que pasaba detrás de la cámara y ese deseo pronto lo llevaría a tomar un riesgo enorme.

 En 1983, Valentín decidió que ya no bastaba con decir diálogos. Ahora quería escribirlos y dirigirlos. Así nació un hombre violento, un proyecto que tardó 6 años en ver la luz. Él mismo lo protagonizó y junto a su primo Gilberto de Anda construyó una historia de pasiones desbordadas que reflejaba algo más, su ambición artística.

 Ese fue el inicio de una etapa intensa en la que exploró lo más crudo de la sociedad mexicana. Ratas de la ciudad 1986 mostró a niños delincuentes en un melodrama tan impactante que hasta le dieron el reconocimiento de ciudadano honorario en Las Vegas. Violación 1987 lo colocó en medio de la polémica con un thriller frenético que incluso le valió nominaciones al Ariel por guion y argumento original.

 Valentín no tenía miedo de incomodar. Sus películas hablaban de violencia, injusticia y corrupción en una época en la que muchos preferían mirar hacia otro lado. Su carácter obsesivo lo llevaba a supervisar cada detalle del rodaje. Quienes trabajaron con él recuerdan a un director exigente, perfeccionista y a veces difícil, pero siempre entregado a contar una historia.

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