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Rita Hayworth: Fue la Mujer Más Deseada del Mundo… y Murió sin Saber Quién Era

No es un rumor, no es una interpretación, está en los testimonios de la propia Margarita, en las declaraciones que hizo a personas de confianza durante distintos momentos de su vida adulta, en la forma en que habló de esos años, en las pocas entrevistas en que se permitió acercarse al tema sin retreparse del todo.

El primer hombre que debía protegerla fue el primero en dañarla. El hombre que le enseñó a bailar, que construyó su talento con años de disciplina y ensayo, que la puso delante del mundo como su creación más valiosa, fue también el hombre que usó ese cuerpo de 12, 13, 14 años de la manera que usó. Y la madre lo sabía o lo sospechaba o lo sabía sin permitirse saberlo completamente, que es la forma más cobarde de saber algo. Volga How nunca lo detuvo.

No hay registro de una confrontación, de una separación, de una protección. Hay silencio. El silencio que en las familias se construye alrededor de lo que no se puede nombrar, porque nombrarlo destruiría todo lo que hay. Ese silencio fue el primero en una larga serie de silencios que definirían la vida de Margarita Cancino.

El patrón estaba establecido antes de que ella tuviera 15 años. Los hombres que debían cuidarla eran los que más daño le hacían y el mundo alrededor de ella miraba hacia otro lado. En 1937, un agente de Columbia Pictures la vio actuar en uno de esos clubes de la frontera. Tenía 18 años. El agente llamó al estudio.

 Harry Con, el director de Columbia, la citó y lo primero que Con le dijo antes de hablar de contratos o de películas o de dinero fue lo que tenían que cambiar. El nombre, el pelo, la chara. Segunda revelación. Lo que Columbia Pictures le hizo a Margarita Cancino para convertirla en Rita Hayworth, no fue solo maquillaje y tinte de pelo.

 Fue un procedimiento físico, doloroso, repetido durante más de un año, que dejó marcas permanentes y que nadie en la industria llamó por su nombre, porque llamarlo por su nombre habría requerido reconocer lo que estaban haciendo. Primer paso fue el nombre Margarita Cancino. Desapareció. Nació Rita Hworth, Rita de la actriz Rita de Acosta Lidi, Highworth, del apellido materno de su madre, ligeramente modificado.

Un nombre que sonaba americano, un nombre que no evocaba España, ni Sevilla, ni los clubes de Tijuana. un nombre que podía ser el nombre de cualquier chica de cualquier estado de América, lo que era precisamente el punto. El segundo paso fue el pelo. El pelo negro y liso de los caninos se volvió rojizo, castaño dorado, el color que los fotógrafos de Hollywood sabían iluminar para que brillara bajo los focos de estudio como si tuviera luz propia.

El tercer paso fueron las sesiones. La línea capilar de Margarita Cancino era baja, como es frecuente en mujeres de origen mediterráneo. Y Harry Conó que esa línea capilar hacía que pareciera demasiado española, demasiado étnica, demasiado distinta de lo que el público americano de los años 40 encontraba deseable.

La solución fue la electrólisis. Sesión tras sesión, semana tras semana, durante más de un año, una aguja recorrió la frente de Margarita Cancino, destruyendo folículo por folículo la raíz del pelo en la zona que Con quería despejada. Sin anestesía. La electrólisis de esa época se hacía sin anestesia porque nadie había considerado necesario hacerla cómoda.

Cada sesión duraba horas. Margarita llegaba, se sentaba y durante horas la aguja hacía su trabajo mientras ella no podía moverse para no desplazar el punto de tratamiento. Y luego se levantaba, salía del estudio de Columbia y volvía a ensayar para la siguiente película. ¿Cómo se llama lo que le hicieron cambiarle el nombre, la cara, el pelo, la identidad, si no es borrar a una persona? Lo que nadie sabía en ese momento era que el cuerpo que Columbia estaba modificando, el pelo que estaban cambiando, la frente que estaban

rediseñando con agujas durante un año entero, iba a convertirse en la imagen más reproducida del siglo XX. que esa mujer construida pieza por pieza en los despachos de Harry Con iba a aparecer en las portadas de Life, en los dormitorios de los soldados americanos en Europa y el Pacífico, en carteles en tres continentes y finalmente pintada en el costado de una bomba atómica en el atolón de bikini.

Pero antes de llegar a 1946, hay que hablar de 1941, porque 1941 fue el año en que la invención de Columbia Pictures adquirió una dimensión que ni el propio Harry Conculado del todo. La foto en Life Magazine se publicó en agosto de 1941. Rita Hworth, arrodillada en una cama con un camisón de encaje, mirando directamente a la cámara con una expresión que mezclaba confianza y vulnerabilidad de una manera que el fotógrafo Bob Landry captó y que los editores de Life eligieron para la portada con la intuición de quién sabe

que ha encontrado algo que va a durar. Esa foto se convirtió en la imagen más reproducida de la Segunda Guerra Mundial. Los soldados americanos la arrancaban de la revista y la pegaban en las paredes de los barracones, en el interior de las taquillas, en el reverso de las fotografías de sus novias, como si esa imagen de una mujer en una habitación de hotel pudiera proteger de algo o recordar que había un mundo al que valía la pena volver.

Rita Hayworth - Wikipedia

Y en 1946 llegó Hilda. La escena del guante dura 2 minutos y 16 segundos. Rita Highworth entra en plano, canta Put the Blame on M. Se quita lentamente un guante largo de satén negro y lo lanza al público con una sonrisa que contiene exactamente la mezcla justa de burla y desafío. No hay desnudez. No hay nada que en un plano objetivo justifique la reacción que esa escena produjo en el mundo.

 Hay algo más difícil de definir y más difícil de reproducir. una mujer que en ese momento, en ese plano parecía completamente libre, completamente dueña de sí misma, como si toda la maquinaria de control que Harry Construido alrededor de ella desapareciera en ese momento y quedara solo Margarita Cancino, mirando al mundo y diciéndole algo que el guante expresaba mejor que cualquier frase.

Fue la película más taquillera de 1946. Fue el nacimiento definitivo del mito y fue también el año en que los militares americanos pintaron su imagen en una bomba. Ella leyó la noticia en el periódico, sola en su casa de los ángeles, sin que nadie hubiera pensado en avisarla antes, y dijo lo que dijo. ¿Cómo se atreven a ponerle mi nombre a esa cosa? Y nadie respondió, porque en el mundo de Columbia Pictures y del ejército americano y de la cultura popular del siglo XX, la imagen de Rita Hayworth no le pertenecía a ella, le

pertenecía a todos y todo el mundo se sentía con el derecho de usarla. Lo que vendría a continuación mostraría hasta qué punto ese patrón, el de los hombres que tomaban y no devolvían, era el patrón constante de su vida, no la excepción. Edward Judson fue el primero, el hombre que la descubrió antes de Columbia, que la presentó en los círculos correctos, que se convirtió en su primer marido cuando ella tenía 18 años y él tenía 40.

22 años de diferencia. Un hombre que desde el primer día entendió que Rita Hworth era un activo que administrar, no una persona que amar. controló su imagen, sus contratos, su agenda, sus relaciones. Y cuando ella intentó divorciarse en 1942, Judson le dijo con toda la claridad que el protocolo de Hollywood permitía que si ella lo dejaba, él se encargaría de destruir su carrera.

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