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La Inteligencia de Pancho Villa: El Espionaje Popular que Derrotó a los Generales Académicos

La Inteligencia de Pancho Villa: El Espionaje Popular que Derrotó a los Generales Académicos

El telegrafista federal Emiliano Contreras entró al despacho del general Luis Fernández Castellanos en la guarnición de Torreón la mañana del 23 de septiembre de 1913 con un cable cifrado que acababa de llegar desde la Ciudad de México, cruzó el piso de madera con la reverencia específica de los subordinados, que saben que están entregando información sensible, y se retiró después de depositar el documento sobre el escritorio.

sin esperar respuesta, porque sus instrucciones eran claras. Los cables cifrados del alto mando no admitían comentarios por parte del personal técnico que los transmitía. Lo que Emiliano Contreras no sabía y lo que ningún oficial del Estado Mayor Federal en Torreón sospechaba esa mañana era que el cable que acababa de entregar había sido leído ya 5 horas antes por un hombre vestido con ropa de ranchero en un jacal a las afueras de Parral, Chihuahua, a 300 km al norte de Torreón.

Ese hombre era Pancho Villa y el cable que tenía frente a él contenía exactamente las órdenes que el gobierno federal de Victoriano Huerta estaba enviando al general Fernández Castellanos sobre el movimiento de refuerzos que debía prepararse para enfrentar a la división del norte en los próximos 30 días. Villa leyó el cable lentamente.

No sabía descifrar los códigos militares formalmente, pero no necesitaba descifrarlos. El hombre que le había entregado el documento, un ferroviario llamado Pablo Salcedo, que trabajaba en la estación de telégrafos de Ciudad Juárez, le traducía simultáneamente cada frase a partir de las claves que había aprendido observando durante meses cómo los operadores federales utilizaban las rutinas oficiales del gobierno.

 Alcedo no era un criptógrafo profesional, era un ferroviario que había entrado a la sala de telégrafos con el pretexto de reparar un cable eléctrico y que había memorizado durante las horas que había pasado trabajando el formato específico de los mensajes militares y las claves repetitivas que los operadores federales usaban cuando creían que nadie los observaba.

 Ese era el sistema de inteligencia de Pancho Villa. No estaba escrito en ningún manual, no había pasado por ningún curso militar, no contaba con los instrumentos que las academias europeas enseñaban a usar en el colegio militar de Chapultepec, pero funcionaba con una eficiencia específica que los generales académicos del Ejército Federal no podían contrarrestar porque no entendían cómo estaba construido, de dónde sacaba sus fuentes, ni por qué los ferroviarios y las lavanderas y los vendedores ambulantes de los mercados le traían información

que sus propios aparatos de inteligencia profesional nunca lograban obtener. Esta es la historia de como un exforajido de Durango, un hombre que no había completado la educación primaria y que firmaba los documentos oficiales con una caligrafía titubeante. construyó entre 1910 y 1915 el sistema de inteligencia militar más eficiente que la Revolución Mexicana produjo, de cómo ese sistema derrotó una y otra vez a los generales académicos del gobierno federal que habían estudiado táctica en los mejores colegios militares de México y en las

escuelas de posgrado de Francia y Alemania. y de por qué cuando el sistema finalmente colapsó en Celaya en abril de 1915, no fue derrotado por otro sistema académico, sino por un general que había entendido exactamente cómo funcionaba la inteligencia villista y que había aprendido a alimentarla con información falsa para manipular las decisiones del centauro del norte en la dirección que condujera a su destrucción.

 Para entender el sistema de inteligencia villista, hay que entender primero contra qué sistema se enfrentaba, porque la eficiencia específica del modelo de villa se revela solo cuando se la compara con la sofisticación formal [música] del modelo federal que supuestamente debía derrotarlo. El Ejército Federal Mexicano había desarrollado durante los 30 años del porfiriato un aparato de inteligencia militar que en el papel parecía equivalente a los mejores aparatos de las potencias europeas.

 tenía una sección de inteligencia central ubicada en el departamento de guerra en la ciudad de México, con oficiales entrenados específicamente en las técnicas de recolección y análisis que los instructores franceses y alemanes habían enseñado. tenía redes de agentes profesionales distribuidas en las principales ciudades del país, con salarios regulares pagados desde la capital y con cadenas de mando formales que reportaban a oficiales del Estado Mayor con la periodicidad que la doctrina militar prescribía.

 tenía acceso privilegiado a los sistemas de telégrafos del gobierno con operadores de confianza que transmitían los mensajes cifrados entre las guarniciones y el alto mando. Tenía, sobre todo, el prestigio institucional que tres décadas de profesionalización le habían conferido. un prestigio que sus oficiales llevaban con la certeza específica de que su sistema era superior a cualquier cosa que los revolucionarios pudieran improvisar.

 En la práctica, sin embargo, ese aparato profesional tenía debilidades estructurales que los oficiales del Estado Mayor no podían reconocer, porque reconocerlas habría significado admitir que los modelos europeos que habían copiado no correspondían exactamente a las condiciones mexicanas en las que estaban operando.

 La primera debilidad era el reclutamiento de agentes. Los agentes profesionales del Ejército Federal eran en su mayoría exmilitares que habían sido retirados del servicio activo por razones de edad o de salud y que habían sido reclutados para el trabajo de inteligencia porque su formación previa supuestamente los calificaba para esa tarea.

 El problema era que esos hombres eran reconocibles. La población civil de las ciudades donde operaban sabía identificarlos con la facilidad específica [música] de las comunidades, donde los extraños destacan y donde los movimientos de los extraños son observados con atención, incluso cuando ellos no lo notan.

 Un exmilitar vestido de civil que frecuentaba las cantinas del centro de Torreón para recolectar información destacaba precisamente porque no pertenecía al tejido social del barrio en el que estaba tratando de infiltrarse. [música] La segunda debilidad era la calidad de la información que recibía. Los agentes federales tendían a reportar lo que sabían que sus superiores querían escuchar, no lo que efectivamente estaba ocurriendo en las regiones que supuestamente cubrían.

 Era una consecuencia natural de la estructura jerárquica del ejército federal. Los agentes dependían de sus superiores para mantener sus posiciones y sus salarios. y los superiores recibían recompensas por producir evaluaciones optimistas de la situación estratégica. La combinación producía informes que sistemáticamente subestimaban la capacidad revolucionaria, sobreestimaban la lealtad de la población civil hacia el gobierno y atribuían los reveses militares a factores contingentes como el clima o la suerte en lugar de a

deficiencias estructurales del aparato militar. La tercera debilidad, la más importante de todas, era la falta de penetración en las comunidades rurales, donde la revolución estaba reclutando sus cuadros. Los agentes federales podían operar con relativa eficacia en las ciudades medianas y grandes, donde las rutinas urbanas permitían la observación profesional discreta.

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