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La Caída de Alias Miami El Funcionario que Robó Millones a Todo Ecuador

 el único funcionario con autoridad para emitir glosas, las sanciones administrativas y financieras que podían inhabilitar políticamente a un funcionario corrupto o llevar a la quiebra a una empresa que hubiera defraudado al Estado. Una firma suya podía destruir carreras, una firma suya también podía salvarlas.

 Y esa segunda posibilidad fue la que convirtió su despacho en el corazón de uno de los esquemas de corrupción más sofisticados que la justicia estadounidense ha perseguido en el contexto latinoamericano. El caso Politario que se dejó llevar por la codicia en un momento de debilidad. Es la historia de un sistema, de una arquitectura deliberadamente construida, ladrillo por ladrillo, durante una década, con la frialdad de alguien que entendía exactamente qué estaba haciendo y por qué nadie iba a detenerlo.

 un sistema donde la persona encargada de perseguir la corrupción era al mismo tiempo su diseñador más sofisticado, donde el poder de emitir sanciones era indistinguible del poder de borrarlas, donde las maletas que circulaban por las habitaciones de los hoteles de lujo de Quito no cargaban ropa, cargaban efectivo. y donde toda esa riqueza acumulada en Ecuador terminaba transformándose a través de una red financiera de sofisticación notable en edificios, mansiones y cuentas bancarias en el sur de Florida, en Miami. La ciudad que no

era solo el destino de las aspiraciones económicas de Carlos Polit, era también el nombre con el que aparecía en los libros secretos de la constructora brasileña Odebrech, el mayor esquema de corrupción corporativa en la historia de América Latina. En esos libros, el contralor general del estado de Ecuador no tenía nombre, cargo ni título oficial, era simplemente Miami.

El alias era una declaración de intenciones. reflejaba con precisión el circuito que el dinero recorría desde los sobornos pagados en las suits del Siss Hotel de Quito, pasando por una red de empresas offsar y cuentas en paraísos fiscales hasta aterrizar finalmente en activos inmobiliarios de lujo en el condado de Miami Day.

 Mientras en Ecuador Pollz se presentaba ante las cámaras como el implacable perseguidor de los corruptos, en los registros paralelos de Odebrecht era un ítem más de la nómina de funcionarios comprados en 12 países. 12 ciudadanos estadounidenses que no sabían nada de la política ecuatoriana, que jamás habían oído el nombre de Carlos Polita, en el panel de acusados de esa sala federal.

 Escucharon las pruebas durante tres semanas y al final de esas tres semanas no tuvieron ninguna duda. El hombre que durante 10 años fue el superintendente de la integridad pública en Ecuador, fue declarado culpable de seis cargos penales federales, sin disidencias, sin matices, sin espacio para ninguna narrativa alternativa. Esta es la historia de cómo se construye un imperio con el dinero de todos y cómo ese imperio, tarde o temprano termina derrumbándose sobre quién lo edificó.

El poder absoluto tiene una propiedad peculiar. Convence a quien lo posee de que es permanente. Esa convicción es siempre, sin excepción, el primer escalón hacia la caída. El guardián que el sistema eligió. Antes de que cayera, alguien tuvo que construirlo. Y para entender por qué nadie lo vio venir durante 10 años completos, primero necesitas conocer al hombre que estuvo parado justo frente a todos los ojos del país sonriendo.

 Para entender la dimensión de lo que Carlos Polit construyó, hay que entender el escenario en el que todo comenzó. El año 2007 marcó el inicio de una nueva era política en Ecuador. Rafael Correa llegó a la presidencia con una promesa de transformación profunda del Estado, de revolución ciudadana, de obras de infraestructura que iban a cambiar el rostro del país.

 Con esa promesa vinieron los contratos, contratos enormes, multimillonarios, firmados con constructoras internacionales que conocían perfectamente las reglas no escritas de cómo hacer negocios en América Latina. La más poderosa de todas esas constructoras era Odebrecht. La empresa brasileña llevaba décadas ganando licitaciones en la región y había desarrollado en paralelo a sus operaciones legítimas algo que internamente llamaban la división de operaciones estructuradas, un nombre que en el lenguaje corporativo ordinario podría referirse a cualquier

departamento técnico, pero que en el contexto de Odebrecht significaba algo completamente diferente. era la unidad especializada en el pago de sobornos, un departamento con su propia contabilidad paralela, su propio sistema de comunicaciones encriptadas, sus propios nombres en clave para cada funcionario en nómina y representantes locales en cada país donde la empresa operaba.

En Ecuador, ese representante era José Conseisán Santos. Su tarea no era construir nada. Su tarea era identificar a los funcionarios correctos, establecer relaciones y garantizar que los contratos de Odebrecht fluyeran sin obstáculos y que las sanciones estatales desaparecieran cuando era necesario.

 Y el funcionario más correcto de todos, el que tenía exactamente la llave que Odebrecht necesitaba, era el hombre que acababa de asumir como contralor general del estado de Ecuador. La Contraloría General no es una institución decorativa en el sistema político ecuatoriano. Es el organismo constitucional que tiene la autoridad exclusiva de emitir las llamadas glosas, sanciones administrativas y financieras que se imponen cuando se detectan irregularidades en el manejo de fondos públicos.

 Una glosa confirmada tiene consecuencias que van mucho más allá de lo administrativo. Puede inhabilitar políticamente a un funcionario por años. Puede obligar a una empresa a devolver decenas de millones de dólares. Puede cancelar contratos vigentes, frenar licitaciones futuras, destruir reputaciones construidas durante décadas.

 Y lo más importante para entender el valor de mercado de este poder en manos del contralor, la decisión de emitir una glosa y la decisión de no emitirla eran exactamente el mismo poder ejercido en direcciones opuestas. Polit entendió esto desde el comienzo y lo entendió Odebrecht. El encuentro entre la ambición del uno y la necesidad operativa del otro fue lo que activó el esquema.

 No fue un momento de debilidad, no fue una tentación repentina frente a una suma de dinero inesperada. Fue una decisión deliberada, metódica, sostenida en el tiempo. La decisión de convertir el cargo de contralor general del Estado en una franquicia privada, de cobrar por cada glosa que se dejaba de emitir, de cotizar la protección institucional como si fuera un servicio más en el mercado.

El propio presidente Correa, que no tenía por qué saber lo que ocurría en las habitaciones privadas de los hoteles de Quito, habló públicamente de Poz con admiración. “Todo el mundo quiere a Carlos”, dijo en algún momento. Y en cierto sentido, era verdad. Carlos Polit era carismático, elocuente, capaz de proyectar la imagen del funcionario incorruptible con una convicción que convencía a todos los que lo rodeaban.

Esa era la fachada. Y la fachada era perfecta precisamente porque Polit la cultivaba con la misma disciplina con la que cultivaba sus cuentas en el exterior. La relación con Odebrecht comenzó como muchas relaciones corruptas comienzan gradualmente con pagos que al principio podían parecer modestísimos frente a la escala de lo que vendría después, pero que rápidamente establecieron un patrón, una expectativa, una dinámica que se volvió cada vez más difícil de interrumpir sin consecuencias para ambas partes. Politekt.

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