Parte 1: El eco del gotelé y la primera carcajada
Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome cómo funciona el mercado de las criptomonedas y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Por eso, cuando anoche escuché aquella risa en mi habitación, lo último que esperaba era que mi propia casa decidiera sabotear mi salud mental de una forma tan… juguetona.
Eran las dos de la mañana de un martes. Un martes de esos que no sirven para nada, un día que es como un sándwich mixto sin mantequilla: cumple su función de trámite pero no te alegra la existencia. Yo estaba en ese estado de trance que te da el haber estado ocho horas seguidas diseñando logotipos para una empresa de embutidos orgánicos. Tenía los ojos rojos como un conejo con conjuntivitis y el cerebro funcionando a pedales. El silencio en mi piso de Chamberí era denso, de esos que te hacen pitar los oídos, roto solo por el zumbido de mi nevera vieja, que suena como un avión de la Segunda Guerra Mundial a punto de despegar.
De repente, lo oí.
—Ji, ji… ji.
Me quedé congelado con el ratón en la mano. Fue una risa corta, aguda, casi como la de un niño que acaba de esconderle el mando de la tele a su abuelo. Al principio, mi cerebro de madrileño pragmático buscó la explicación más lógica. “Es la calle”, me dije. En Madrid, incluso a las dos de la mañana, siempre hay algún gracioso que vuelve de fiesta o un grupo de guiris que confunden el martes con el día del Orgullo.
Me levanté del sofá, esquivando una montaña de cajas de pizza que ya estaban empezando a desarrollar su propio código postal, y me acerqué a la ventana. Corrí la cortina y miré hacia abajo. La calle estaba desierta. Solo se veía el reflejo de las farolas sobre el asfalto mojado por el camión de la limpieza y un gato negro que cruzaba con una parsimonia insultante. Ni rastro de risas, ni de gente, ni de nada que justificara ese sonido.
—Será el vecino —mascullé para mis adentros.
El vecino del 3ºB es un tipo que se llama Manolo y que tiene la asombrosa capacidad de ver programas de variedades hasta las cuatro de la madrugada con el volumen al máximo. Pensé que quizá el audio de su televisión se había colado por el patio de luces, ese conducto de ventilación que en los edificios antiguos de Madrid sirve para que te enteres de lo que cena, discute y sueña toda la comunidad de vecinos.
Me dirigí hacia la puerta de mi habitación, que es donde el sonido parecía haber tenido su origen. La puerta estaba entornada, proyectando una sombra larga y afilada sobre el parqué que cruje cada vez que cambias de opinión. Respiré hondo.
—¡Manolo, baja la tele, coño! —grité hacia la pared, aunque sabía que Manolo era más sordo que una tapia.
Abrí la puerta de mi cuarto de un tirón, esperando encontrarme con la ventana abierta o alguna explicación física. Pero no había nada. Mi cama estaba deshecha, con el edredón de Ikea colgando por un lado; mi armario empotrado, el que nunca cierra bien, estaba en silencio; y el aire olía a una mezcla de café recalentado y suavizante de marca blanca. No había nadie. Estaba solo. Completamente solo en mis sesenta metros cuadrados de alquiler abusivo.
Cerré la puerta de nuevo, sintiéndome un poco ridículo. “Javi, tío, el exceso de cafeína te está friendo las neuronas”, pensé. Me di la vuelta para volver al salón a apagar el ordenador y meterme por fin en la cama. Pero antes de que pudiera dar el primer paso, la risa volvió a sonar.
—Ja, ja… ja, ja, ja.
Esta vez no fue un susurro. Fue una carcajada clara, cristalina, cargada de una alegría malsana que me hizo sentir como si alguien me hubiera pasado un cubito de hielo por la nuca. Y lo peor de todo: no venía de la calle. No venía de la tele de Manolo. Ni siquiera venía de detrás de la pared.
La risa había nacido dentro de mi habitación. Justo al otro lado de la madera de la puerta que acababa de cerrar.
Me quedé petrificado, con la mano aún en el pomo. Podía sentir la vibración de la madera, o quizá era mi propio pulso martilleando en mis dedos. El texto en la pantalla de mi imaginación parpadeaba con letras rojas de neón: “Más cerca”.
No quería darme la vuelta. Tenía ese pánico primario que te dice que, mientras no mires, lo que hay detrás no es real. Pero el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y, además, le pide el DNI a la piedra. Así que me giré. Muy despacio. Centímetro a centímetro, con el cuello crujiendo como una puerta vieja.
Y fue entonces cuando sentí el aliento frío en la oreja y escuché la voz, un milisegundo antes de que la risa estallara de nuevo.
—Ji, ji… te pillé.
La voz estaba justo detrás de mí. No a un metro, ni a medio. Estaba pegada a mi nuca, ocupando el espacio que debería estar vacío.

Parte 2: El dilema del autónomo y el protocolo contra espectros
Si alguna vez habéis sentido que el aire se convierte en cemento y que vuestros pulmones se olvidan de cómo funcionar, sabréis lo que sentí en ese momento. Me quedé rígido como un poste de la luz, con el vello de los brazos tan erizado que juraría que podía sintonizar Radio Nacional. La frase “te pillé” se quedó flotando en el aire de mi pasillo, mezclándose con el olor a cerrado y mi propia transpiración de pánico.
¿Qué haces en una situación así? En las películas, el protagonista suele ser un ex-marine con una mandíbula de granito que se da la vuelta y pega un puñetazo al aire. Pero yo soy Javi. Mi mayor hazaña física del último año ha sido subir la compra del Mercadona sin usar el ascensor porque estaba estropeado. Mi instinto de supervivencia, en lugar de darme superpoderes, lo que hizo fue recordarme que no había pagado el último recibo del seguro del hogar. “Como este fantasma me rompa una vértebra, a ver quién paga la fisioterapia”, pensé con una lógica aplastante que solo un autónomo español puede poseer en mitad de un encuentro paranormal.
No me di la vuelta. No pude. En lugar de eso, salí disparado hacia el salón, tropezando con el paragüero de los chinos (que, por supuesto, acabó por los suelos) y me encerré en la cocina. La cocina es pequeña, pero tiene una puerta con un cristal traslúcido que me daba una falsa sensación de seguridad. Me apoyé contra el mármol de la encimera, jadeando, buscando desesperadamente algo con lo que defenderme. ¿Qué tenía a mano? Un bote de pimentón de la Vera, un abridor de botellas de Benidorm y una espátula de silicona.
—Muy bien, Javi —me susurré a mí mismo, intentando recuperar la compostura—. Si el espectro tiene alergia al pimentón, estamos salvados. Si no, voy a morir con una elegancia culinaria envidiable.
Intenté racionalizar la situación. “Es un brote psicótico”, me dije. “O el pegamento de los carteles de los embutidos, que igual lleva alguna sustancia ilegal que te hace oír voces”. Pero la sensación del aliento frío en la nuca había sido demasiado real. Tan real como el IVA trimestral.
Agarré el móvil con las manos temblando. Eran las 2:15 de la mañana. ¿A quién llamas a estas horas para decirle que tu habitación se está riendo de ti? ¿A la policía? “Hola, agente, mire, que hay una risa en mi casa que no paga alquiler”. Me colgarían antes de que pudiera decir “habitación vacía”. ¿A mi madre? Ni de coña. Mi madre es capaz de presentarse en Madrid a las cuatro de la mañana con un bidón de agua bendita y una bayeta, convencida de que los fantasmas solo salen en las casas que no se limpian con amoníaco.
Llamé a Dani. Dani es mi mejor amigo desde la facultad, un tipo que se dedica a la ciberseguridad y que tiene menos filtro que una cafetera vieja. Si alguien podía decirme si me estaba volviendo loco o si me habían hackeado hasta los pensamientos, era él.
—¿Javi? —la voz de Dani sonaba pastosa, como si estuviera hablando a través de un kilo de polvorones—. Tío, son las dos de la mañana. ¿Te han embargado la cuenta o es que por fin has ligado en Tinder?
—Dani, escúchame bien y no te rías, que te conozco —le solté, intentando que mi voz no vibrara como un móvil en modo silencioso—. Hay alguien en mi casa. O algo. He oído una risa. En mi habitación. Y me han hablado al oído.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio largo, de esos que te hacen sentir que tu amigo está buscando el número del hospital psiquiátrico más cercano.
—A ver, tronco, relájate —dijo Dani finalmente—. ¿Has mirado si es el vecino? Ese Manolo es muy de ver programas de chistes.
—¡Que no es Manolo, Dani! Que la risa estaba detrás de mí. He sentido el frío. “Te pillé”, me ha dicho. Con una voz de niña pequeña pero que sonaba a sierra eléctrica.
—Javi, tío, llevas tres días sin dormir por lo de los embutidos orgánicos. Estás teniendo una alucinación hipnagógica de manual. El cerebro te hace un cortocircuito porque te pasas el día mirando píxeles. Tómate una tila, métete en la cama y mañana nos tomamos unas cañas y nos reímos de esto.
—¿Meterme en la cama? ¡Ni de coña! ¡En esa habitación es donde vive el Joker de los espíritus!
—Venga, marica. Que soy yo, que estoy al teléfono. Ve al salón, enciende todas las luces y mira si hay alguien. Si aparece un fantasma, le insulto yo por el altavoz, que tengo un máster en troleo.
Me armé de valor. O de una estupidez profunda, que para el caso es lo mismo. Salí de la cocina armado con la espátula de silicona y el móvil en modo manos libres. Fui encendiendo todas las luces del pasillo. Clic. Clic. Clic. El apartamento se llenó de una luz amarillenta y triste que hacía que las sombras del gotelé parecieran ejércitos de hormigas.
Llegué a la puerta de la habitación. Estaba cerrada, tal y como la había dejado.
—Estoy delante de la puerta, Dani —susurré.
—Pues abre, valiente. Que me estoy quedando frío aquí en pijama esperando el espectáculo.
Puse la mano en el pomo. Estaba hirviendo. O eso me pareció a mí. Abrí de golpe.
La habitación estaba vacía. La ventana seguía cerrada. No había nadie debajo de la cama (sí, miré, arriesgándome a un ataque de lumbago). No había nadie dentro del armario.
—¿Ves? —dijo Dani por el móvil—. Estás solo. Solo tú y tus paranoias de diseñador gráfico. Venga, vete a dormir que mañana tienes que entregar los logos.
—Igual tienes razón… —admití, sintiendo que la tensión me abandonaba de golpe, dejándome una flojera de piernas considerable—. Perdon por despertarte, tío. Te debo una ración de bravas.
—Que sean dos. Hasta mañana, loco.
Colgué. Me senté en el borde de la cama y me froté la cara con las manos. “Menudo ridículo, Javi”, pensé. “Treinta y cuatro años y asustándote por un eco”. Me quité los calcetines y los tiré al cesto de la ropa sucia. Me tumbé en la cama, mirando al techo, intentando que mis pulsaciones bajaran a niveles normales.
Estaba a punto de cerrar los ojos cuando el silencio de la habitación se rompió de nuevo. Pero esta vez no fue una risa. Fue un susurro, mucho más bajo, casi imperceptible, que salía directamente de debajo de mi almohada.
—Dani tiene razón… te debes una risa.
Me quedé paralizado. El corazón me dio un vuelco tan violento que me dolió el pecho. No me moví. No respiré. Y entonces, la risa empezó otra vez. Pero ya no era una risa de niña. Era mi propia risa. Mi timbre de voz, mi forma de jadear al final de una carcajada, pero con un matiz de locura que yo nunca había tenido.
Y la risa no paraba. Crecía y crecía, llenando la habitación, rebotando en las paredes de gotelé, hasta que sentí que el colchón se hundía lentamente a mi lado, como si alguien se estuviera sentando justo a la altura de mis riñones.

Parte 3: El espejo de la realidad y la geometría del miedo
No sé cuánto tiempo pasé allí, tumbado bocarriba, con el cuerpo más rígido que una tabla de planchar de oferta. La risa —mi risa, pero procesada por una trituradora de almas— seguía llenando el cuarto. Sentía el peso a mi lado en el colchón. Un peso real, físico, de unos setenta u ochenta kilos. Podía notar cómo los muelles de mi viejo colchón de muelles (de esos que el casero dijo que eran “vintage” pero que en realidad son una tortura para la espalda) chirriaban bajo la presión de lo invisible.
—No estás aquí, no estás aquí —repetía yo como un mantra, apretando los ojos con tanta fuerza que veía chispas de colores.
De repente, la risa cesó. El silencio que siguió fue mil veces peor. Fue un silencio expectante, como el que hay en una plaza de toros antes de que salga el bicho. Noté que el peso en el colchón desaparecía. Escuché el roce de algo moviéndose por el parqué. Sshhh… ssshhh… Como si alguien arrastrara una sábana o unos pies descalzos que no terminaban de levantarse del suelo.
Abrí un ojo. Solo uno. Mi habitación estaba bañada por la luz que entraba del pasillo. Mis ojos se dirigieron, casi por instinto suicida, hacia el espejo del armario. Es un espejo grande, un poco manchado por los bordes, que mi madre insiste en que limpie con vinagre pero que yo solo toco para ver si la camiseta me hace gordo.
En el reflejo, se veía mi cama. Se veía el edredón de Ikea. Se veía mi cara de susto. Pero no se veía a nadie más.
Suspiré aliviado. “Ves, Javi, si no sale en el espejo, no existe. Es física pura. O óptica. O lo que sea”.
Pero entonces me fijé en un detalle que me hizo querer vomitar el sándwich mixto de la cena. En el espejo, mi reflejo no estaba tumbado. Mi reflejo estaba sentado en el borde de la cama, mirándome fijamente. Tenía una sonrisa de oreja a oreja, una sonrisa que no cabía en su cara, y sus ojos… sus ojos no eran marrones como los míos. Eran dos pozos negros, sin iris, sin pupila, como dos manchas de tinta china sobre el cristal.
El Javi del espejo levantó una mano. Lentamente. Me señaló con el dedo índice. Y entonces, sus labios se movieron en el reflejo, aunque yo en la realidad tenía la boca cerrada y apretada como el culo de un ministro.
—¿Por qué no te ríes, Javi? —dijo la voz, que ahora sonaba como si saliera de los altavoces de un televisor estropeado—. Con lo que nos hemos divertido hoy diseñando cerdos orgánicos…
Me levanté de la cama de un salto, impulsado por una descarga de adrenalina que me habría servido para ganar los cien metros lisos en las Olimpiadas. Salí de la habitación, pero esta vez no me quedé en el pasillo. Fui directo a la puerta de entrada. Tenía que salir de allí. Me daba igual acabar durmiendo en un banco del Retiro o en la puerta de un VIPS abierto veinticuatro horas. Solo quería aire, gente, ruido real de Madrid.
Agarré las llaves del mueble de la entrada. Mis manos sudaban tanto que se me resbalaron dos veces. Metí la llave en la cerradura.
Clac.
La llave giró. Pero la puerta no se abrió.
—Vamos, vamos, ábrete de una vez —mascullé, forcejeando con el pomo.
La puerta estaba encallada. No era algo paranormal, era el pan nuestro de cada día en este edificio. La madera se hincha con la humedad y a veces hay que darle un empujón con el hombro para que ceda. Pero esta vez era diferente. Era como si alguien estuviera empujando desde el otro lado.
—¡Manolo! ¡¿Eres tú?! —grité, pensando que quizá mi vecino se había quedado encerrado en el descansillo por alguna razón absurda.
Nadie contestó. Pero desde el salón, detrás de mí, la risa volvió a sonar. Esta vez era una risotada gorda, de esas que te dan cuando alguien se cae de espaldas de forma ridícula.
—¡Ja, ja, ja! ¡No puedes salir, Javi! ¡El contrato de alquiler es por un año de permanencia! ¡Ja, ja, ja!
Me giré, pegado a la puerta, con las llaves clavándoseme en la palma de la mano. En mitad del salón, la televisión se encendió sola. No mostró ningún canal. Solo una estática gris y ruidosa que iluminaba la estancia con destellos parpadeantes. Y en medio de esa estática, pude ver una forma. Era una silueta humana, pero sus extremidades eran demasiado largas, demasiado finas, como si estuviera hecha de alambres retorcidos.
La figura empezó a salir de la pantalla. Primero una mano, con dedos que terminaban en puntas afiladas. Luego la otra. Se apoyaba en el mueble de la tele, haciendo que las figuritas de Star Wars cayeran al suelo y se hicieran añicos.
—¡Eh! ¡El Yoda no, que me costó cuarenta pavos! —grité, más por la ofensa al coleccionismo que por otra cosa. El miedo me estaba llevando a una fase de indignación absurda. Es lo que tenemos los españoles: cuando nos acorralan, nos ponemos dignos.
La entidad terminó de salir de la televisión. Medía casi dos metros. No tenía rostro, solo una superficie lisa de color gris donde, de vez en cuando, aparecía la imagen de mi propia cara riéndose. Se movía con espasmos, como un vídeo con mala conexión.
—¿Qué quieres? —pregunté, con un hilo de voz—. Si es dinero, ya te digo que Hacienda se me ha adelantado. Si es mi alma, está muy usada y tiene poco valor de reventa.
La figura se detuvo en mitad del salón. Su cabeza —si se podía llamar así— se inclinó hacia un lado. Y entonces, de su interior, salió una música. Una melodía que yo conocía perfectamente. Era la canción que mi madre me cantaba para dormir cuando era pequeño en el pueblo. Pero sonaba lenta, distorsionada, como un disco de vinilo rayado que alguien estuviera quemando con un soplete.
—Mamá… —susurré, sintiendo una punzada de tristeza que me atravesó el miedo.
La entidad dio un paso hacia mí. Sus pasos no hacían ruido sobre el parqué. Era una mancha de oscuridad que devoraba la luz del salón.
—Tu madre no está aquí, Javi —dijo la voz, que ahora imitaba perfectamente la voz de mi madre—. Aquí solo estamos nosotros. La risa y tú. Y tú y la risa. Para siempre.
En ese momento, las luces de todo el piso empezaron a parpadear. Zic, zic, zic. El sonido eléctrico me taladraba los oídos. La figura se lanzó hacia mí con una velocidad inhumana. Yo cerré los ojos, me cubrí la cara con los brazos y me preparé para el impacto.
Pero el impacto nunca llegó.
Lo que llegó fue el sonido del timbre de mi casa. Un “rin-rin” estridente, insistente, maravilloso. El sonido más hermoso que había escuchado en mi vida.
—¡Javi! ¡Abre, cojones, que me he olvidado las llaves y tengo que decirte una cosa de la vulnerabilidad del servidor de los embutidos!
Era Dani. Estaba en mi puerta. A las tres de la mañana. Bendito sea su insomnio de gamer y su obsesión por el trabajo.
La figura desapareció en un suspiro de aire frío. La televisión se apagó. Las luces dejaron de parpadear. Me quedé allí, solo en la entrada, jadeando, con el corazón intentando salirse de mi caja torácica.
—¡Dani! ¡Ábreme, por lo que más quieras! —grité, forcejeando con la puerta.
Esta vez, con un tirón desesperado, la puerta cedió. Salí al descansillo y casi derribo a Dani, que estaba allí con su camiseta de “Loading…” y una bolsa del McDonald’s.
—¡Tío, estás blanco! —dijo Dani, mirándome con preocupación—. ¿Qué te ha pasado? Parece que hayas visto a la Agencia Tributaria en persona.
—Dani… no me lo vas a creer. Ha vuelto. Estaba en la tele. Ha roto al Yoda.
Me apoyé en la pared del descansillo, intentando recuperar el aliento. Dani me miró, luego miró hacia el interior de mi piso, que ahora estaba en un silencio sepulcral, y luego volvió a mirarme a mí.
—Javi… —dijo en voz baja—. No hay ninguna tele encendida en tu salón. Y tu puerta… estaba abierta de par en par cuando he llegado. Estabas hablando solo delante del espejo de la entrada.
Sentí un escalofrío que me recorrió hasta el último rincón del alma. Miré hacia el salón. Tenía razón. La televisión estaba apagada. La luz estaba apagada. Todo estaba en orden.
—Pero… pero si te he oído llamar al timbre —dije, sintiendo que la realidad se deshilachaba.
Dani arrugó el ceño.
—Tío… yo no he llamado al timbre. Acabo de llegar ahora mismo. Estaba sacando el móvil para llamarte cuando has salido tú como un loco.
Nos quedamos los dos en silencio en el rellano. Un silencio roto solo por el murmullo de un taxi pasando por la calle de abajo. Y entonces, desde el interior de mi piso vacío, desde el fondo del pasillo oscuro, escuchamos los dos lo mismo.
Una risa. Una risa pequeña, infantil, que terminaba en un susurro que nos hizo retroceder a ambos hacia el ascensor.
—”Ji, ji… el de la camiseta de ‘Loading’ también puede jugar.”

Parte 4: La arquitectura del delirio y el seguro de vida
Si hay algo más aterrador que estar solo en una casa con un espíritu que se ríe de tus desgracias, es estar con tu mejor amigo y darte cuenta de que él también lo oye. Dani, que normalmente tiene la sangre más fría que un pez de profundidad, se puso del color de la pared de la escalera. La bolsa del McDonald’s se le resbaló de los dedos, dejando que unas patatas fritas tristes rodaran por el terrazo del rellano.
—Javi… dime que eso ha sido un altavoz Bluetooth que te has dejado encendido —balbuceó Dani, sin apartar la vista de la puerta abierta de mi piso.
—¿Qué altavoz ni qué niño muerto, Dani? ¡Te lo he dicho! ¡Lleva toda la noche dándome la brasa!
Nos quedamos allí, dos tíos de treinta y tantos en mitad de una escalera de Chamberí, decidiendo si bajar corriendo hasta la calle Alcalá o si enfrentarnos a la “Risa”. En España, la curiosidad y el orgullo suelen ganarle la partida al sentido común, y además, Dani es de los que piensan que todo en esta vida tiene una explicación basada en cables o en neuronas mal conectadas.
—Mira, esto no puede ser —dijo Dani, recuperando un poco de su tono de experto en ciberseguridad—. Vamos a entrar. Pero vamos a entrar de verdad. Enciende la linterna del móvil. Yo voy a grabar con el mío. Si es un gracioso que se ha metido en tu red wifi para asustarte con los altavoces de la tele, lo voy a encontrar y le voy a meter un troyano que se va a cagar.
—¿Y si no es un gracioso? ¿Y si es… eso que he visto salir de la tele? —pregunté, sin moverme un milímetro.
—Pues si es un ente dimensional, le daremos con el extintor —señaló el aparato rojo que colgaba junto al ascensor—. El CO2 es mano de santo para todo.
Entramos. Con la valentía del que no tiene otra opción y con el extintor en manos de Dani (que lo sujetaba como si fuera el martillo de Thor). Yo iba detrás, usando mi espátula de silicona, que a estas alturas ya era mi amuleto de la suerte.
El piso estaba helado. No un frío de “me he dejado la ventana abierta”, sino un frío seco, metálico, de esos que te hacen doler las muelas. Fuimos al salón. No había rastro de la silueta gris. La televisión estaba apagada, con la pantalla negra reflejando nuestras linternas como dos ojos ciclópeos.
—A ver, Javi. Muéstrame dónde estaba —ordenó Dani, moviendo el haz de luz por las paredes.
—Allí, junto a la estantería. Tiró al Yoda. Mira.
Apunté al suelo. Pero no había fragmentos de plástico verde. El Yoda estaba en su sitio, impasible, con su túnica de tela y su mirada de sabiduría milenaria. No faltaba nada. No había marcas en el parqué. Todo estaba en una normalidad insultante.
—Tío… me estás asustando más tú que la risa —dijo Dani, bajando el extintor—. Aquí no ha pasado nada. Estás sufriendo un episodio de estrés postraumático por culpa del IVA trimestral. Es lo que yo llamo “la psicosis del autónomo”. Te creas monstruos para no enfrentarte a la realidad de que tu cuenta corriente está en números rojos.
—¡Que te digo que lo he oído! ¡Y tú también lo has oído en el descansillo!
—Bueno… sí, he oído algo. Pero igual ha sido un efecto acústico. Ya sabes que en estos edificios el sonido viaja de formas raras. El de arriba tira de la cisterna y parece que se está ahogando un demonio en tu bañera.
Dani se sentó en mi sofá y abrió el portátil que siempre lleva encima. Empezó a teclear con esa furia de los que creen que el código binario es la respuesta a los misterios del universo. Yo me quedé de pie en mitad del salón, sintiéndome como un loco en su propio manicomio.
—Voy a escanear tu red —dijo Dani—. Si hay algún dispositivo extraño conectado a tu router, lo pillaré.
Pasaron cinco minutos de silencio tenso. Solo se oía el tecleo de Dani y el tic-tac del reloj de la cocina. Yo no paraba de mirar hacia el pasillo. Tenía la sensación de que el piso se estaba haciendo más pequeño, como si las paredes se estuvieran acercando lentamente hacia nosotros.
—Nada —suspiró Dani—. Tu red está limpia. Solo tu móvil, tu ordenador y esa nevera inteligente que tienes que no sé para qué sirve si nunca tienes comida.
—Es para que me avise cuando se acaba la leche, Dani. No me juzgues.
De repente, la pantalla del portátil de Dani se llenó de interferencias. Rayas verdes y negras empezaron a bailar sobre el teclado.
—¿Qué cojones…? —exclamó él, intentando forzar el apagado.
En los altavoces del portátil empezó a sonar un ruido. No era estática. Era el sonido de alguien masticando. Un sonido húmedo, rítmico, desagradable. Crich, crunch, crich…
—¡Apaga eso, Dani! —grité.
—¡No puedo! ¡Está bloqueado!
De la pantalla del portátil empezaron a salir letras. Pero no eran letras de código. Eran letras escritas con una tipografía infantil, como si alguien las hubiera dibujado con un lápiz de cera rojo.
“¿TIENES HAMBRE, DANI?”
El sonido de masticar se volvió más fuerte, más agresivo. Y entonces, de la ranura de ventilación del portátil, empezó a salir algo. No era humo. Era un líquido espeso y oscuro que olía a carne podrida y a… patatas fritas del McDonald’s.
Dani lanzó el portátil sobre la mesa de centro y retrocedió hasta chocar conmigo. Los dos mirábamos horrorizados cómo el líquido inundaba la mesa, goteando sobre la alfombra.
—¡Joder, mi portátil de mil quinientos pavos! —gritó Dani, entre el terror y el dolor económico.
La risa volvió a sonar. Pero esta vez no venía de la habitación. Venía de la cocina. Y del baño. Y del pasillo. Era un coro de risas, de todas las edades, de todos los géneros, solapándose unas sobre otras en una cacofonía infernal que nos hacía querer arrancarnos los oídos.
—¡Vámonos de aquí ya! —rugí, agarrando a Dani por la camiseta.
Corrimos hacia la puerta de la calle. Pero antes de llegar al pasillo, las luces se apagaron por completo. Oscuridad total. El tipo de oscuridad que puedes tocar, que se te mete en la boca y te impide gritar.
—¡Dani! ¡¿Dónde estás?! —grité, estirando los brazos en la negrura.
—¡Aquí! ¡Te tengo! —sentí una mano agarrándome del brazo.
Pero la mano estaba helada. Demasiado fría. Y los dedos eran demasiado largos.
—¿Dani? —pregunté, con el corazón detenido.
—¿Qué pasa, Javi? —respondió la voz de Dani… pero venía desde el otro lado del salón, a varios metros de distancia de donde estaba la mano que me sujetaba.
La mano tiró de mí con una fuerza bruta hacia la oscuridad del pasillo. Yo luchaba, intentando soltarme, golpeando al aire con mi espátula de silicona. Dani encendió la linterna de su móvil desde la otra punta de la habitación.
El haz de luz iluminó el pasillo por un segundo. Lo que vimos nos dejó mudos.
No era un fantasma. No era un monstruo. Era una copia exacta de mí mismo. Un Javi vestido con mi mismo pijama, con mi misma barba de tres días, pero con la cara completamente lisa, sin ojos ni boca, solo una superficie de piel tersa que reflejaba la luz de la linterna. El “Falso Javi” me tenía agarrado y me estaba arrastrando hacia la habitación donde todo empezó.
—¡Suéltalo, cabrón! —gritó Dani, lanzando el extintor con una puntería de profesional.
El extintor golpeó a la entidad en la espalda. Hubo un sonido hueco, como el de una sandalia golpeando una pelota de plástico. El Falso Javi me soltó y se giró hacia Dani. De su pecho, justo donde debería estar el corazón, surgió una boca enorme llena de dientes afilados que soltó una carcajada que hizo vibrar las ventanas de todo el edificio.
—¡Corre, Javi! ¡A la calle! —gritó Dani, saltando por encima del sofá.
Llegamos a la puerta. Esta vez no hubo resistencia. La abrimos de par en par y bajamos las escaleras de tres en tres, sin esperar al ascensor, sin mirar atrás, sintiendo cómo el eco de las risas nos perseguía por el hueco de la escalera hasta llegar al portal.
Salimos a la calle Fuencarral. El aire fresco nos golpeó la cara como una bendición. Estábamos allí, jadeando, en mitad de la acera, rodeados de la normalidad maravillosa de Madrid: un taxi pasando, un repartidor de prensa descargando cajas y el olor a pan recién hecho de la tahona de la esquina.
—Tío… —Dani se apoyó en una farola, intentando no vomitar—. Tío, que eso era igual que tú. Tenía tu misma espalda.
—Te lo dije, Dani. Te lo dije.
Nos quedamos allí un rato, asimilando que nuestras vidas se habían convertido en un guion de película de serie B. Pero entonces, Dani se palpó los bolsillos. Su cara cambió de nuevo a una expresión de puro terror.
—¿Qué pasa? —pregunté.
—Javi… el móvil. Me he dejado el móvil grabando en la mesa del salón. El que tiene la linterna encendida.
Nos miramos los dos. Yo tenía mi móvil en el bolsillo, pero estaba apagado, sin batería. Estábamos en mitad de Madrid, sin llaves, sin dinero (se había quedado en la mesa junto a las hamburguesas) y con un doble mío con boca en el pecho viviendo en mi salón.
—Tenemos que recuperarlo —dijo Dani—. No por el móvil, sino por la grabación. Si alguien ve eso…
—¡Ni de coña vuelvo ahí arriba! —exclamé.
Pero entonces, desde el balcón de mi casa, en el cuarto piso, vimos algo que nos heló la sangre por enésima vez esa noche.
La luz de un móvil —la del móvil de Dani— se movía lentamente por el balcón, como si alguien estuviera haciendo una inspección de la calle. Y entonces, la silueta de una persona se asomó a la barandilla.
Era yo. O al menos, alguien con mi cara. Se asomó, nos miró fijamente a los dos desde la altura y, con una lentitud desesperante, se llevó un dedo a los labios pidiendo silencio. Luego, con la otra mano, nos enseñó algo.
Era mi llave de casa. La dejó caer. La llave voló por el aire, brillando bajo las farolas, y aterrizó con un tintineo metálico justo a nuestros pies.
Y entonces, desde el balcón, llegó el sonido final de esa noche. No fue una risa. Fue una voz. Mi propia voz, pero con un tono de autoridad que nunca había tenido:
—”Gracias por el McDonald’s, chicos. Podéis volver mañana a por las sobras. Si es que queda algo de vosotros”.
Parte 5: El amanecer de la paranoia y el último eco
Nos quedamos allí plantados, con la llave de casa brillando sobre el asfalto como si fuera una trampa para ratones. Dani y yo nos mirábamos, luego mirábamos al balcón, luego a la llave. Madrid empezaba a despertarse de verdad; el cielo ya no era negro, sino de ese azul grisáceo y sucio que precede al amanecer en las grandes ciudades. Un barrendero pasó a nuestro lado, mirándonos con esa mezcla de desprecio y curiosidad con la que se mira a dos tipos que parecen haber pasado la noche de juerga pero que tienen cara de haber escapado de un fusilamiento.
—Javi… coge la llave —susurró Dani, sin moverse.
—¿Yo? ¡Cógela tú! ¡Es tu móvil el que está ahí arriba!
—¡Pero es tu casa, joder! ¡Y es tu cara la que nos está amenazando desde el cuarto!
Al final, la cogí yo. Con dos dedos, como si fuera una colilla usada. El metal estaba frío, normal, pero sentí un calambre que me recorrió el brazo. La llave de mi casa, la que me abría la puerta a mi intimidad, a mis recuerdos, a mis logos de embutidos… ahora me parecía el pase de entrada al infierno.
—No vamos a subir —dije con una firmeza que no sentía—. Nos vamos a tu casa. Ahora mismo.
Caminamos hasta el piso de Dani en Malasaña. Fue el paseo más largo de mi vida. Cada vez que pasábamos por delante de un portal oscuro, yo me pegaba a la calzada. Cada vez que oía una risa lejana de algún trasnochador, se me paraba el corazón. Llegamos a su portal, subimos y Dani echó los cuatro cerrojos de su puerta como si estuviera sellando un búnker nuclear.
Pasamos el resto de la mañana en silencio. Dani intentaba rastrear su móvil desde su ordenador de sobremesa, pero el dispositivo aparecía como “Fuera de línea”. Era imposible; la batería estaba al 80% cuando entramos en mi piso. Era como si el apartamento se hubiera tragado la señal.
—Esto no tiene sentido, Javi —decía Dani, frotándose las sienes—. La física, la informática, la lógica… nada encaja. Ese bicho… esa cosa con tu cara… ¿qué es? ¿Un doppelgänger? ¿Un fallo en la Matrix? ¿O es que de verdad te has vuelto tan loco que has proyectado una entidad física a base de estrés?
—Yo qué sé, Dani. Yo solo sé que quiero mi vida de vuelta. Quiero quejarme del precio del café y del ruido de Manolo sin miedo a que una boca me crezca en el pecho.
A las diez de la mañana, después de tres cafés que nos tenían vibrando como martillos neumáticos, el móvil de Dani volvió a dar señal.
—¡Lo tengo! —gritó Dani—. Está activo. Y… espera… se está moviendo.
Miramos la pantalla del ordenador. El punto azul que representaba el móvil de Dani estaba saliendo de mi edificio. Empezó a bajar por la calle Fuencarral, cruzó hacia la Gran Vía y se detuvo en la plaza de Callao.
—¿Qué hace ahí? —pregunté, sintiendo una náusea creciente.
—No lo sé. Pero está enviando archivos a la nube. Está subiendo… vídeos.
Dani abrió su cuenta de iCloud con dedos temblorosos. Había tres archivos nuevos. Tres vídeos grabados hacía apenas diez minutos.
Le dimos al primero.
En la pantalla apareció mi salón. Pero estaba diferente. Las paredes de gotelé estaban cubiertas de dibujos hechos con lo que parecía ser carbón o ceniza. Eran cientos de caras riéndose. Y en el centro del salón, frente a la cámara, estaba él. El Falso Javi. Llevaba mi ropa preferida, la que guardo para las reuniones importantes. Se estaba peinando frente al espejo de la entrada con una parsimonia aterradora. Se giró hacia la cámara y, aunque no tenía boca en la cara, escuchamos su voz nítida saliendo del portátil de Dani:
—”Hoy tengo una reunión con el cliente de los embutidos. Creo que les va a encantar el nuevo enfoque… más visceral.”
Soltó una risita —la risa original, la que me despertó a las dos de la mañana— y el vídeo se cortó.
—¡Me va a quitar el curro! —grité, entre la indignación y el pánico—. ¡Ese impostor va a ir a mi reunión!
—¡Javi, que eso es lo de menos! ¡Ese bicho está suelto por Madrid con tu cara! —me recordó Dani, golpeando la mesa—. Tenemos que pararlo. Tenemos que ir a Callao.
Fuimos. Cogimos el metro como dos zombis. Al salir a la superficie en Callao, la luz del sol nos cegó. Había cientos de personas: turistas, trabajadores, gente comprando entradas de cine. Era la normalidad absoluta, y por eso mismo era terrorífica. Cualquiera de esas personas podía ser un monstruo oculto tras una cara humana.
Buscamos por toda la plaza. Nada. Dani miraba el GPS cada diez segundos.
—Dice que está aquí mismo. A menos de cinco metros —susurró Dani, mirando a su alrededor con ojos de loco.
Miramos hacia las pantallas gigantes de los cines Callao. Las que normalmente anuncian perfumes o películas de superhéroes. De repente, la imagen cambió. Las pantallas se quedaron en blanco durante un segundo y luego apareció una foto.
Era una foto mía. Pero no una foto de archivo. Era una foto tomada en ese mismo instante, desde un ángulo elevado. En la foto salíamos Dani y yo, en mitad de la plaza, mirando hacia arriba con cara de espanto.
Y debajo de la foto, apareció un texto en letras gigantes que toda la Gran Vía pudo leer:
“LA RISA ES CONTAGIOSA. ¿QUIERES QUE TE CUENTE UN CHISTE, MADRID?”
En ese momento, un sonido ensordecedor brotó de todos los altavoces de la plaza. No fue una música, ni un anuncio. Fue la risa. Miles de voces riéndose al unísono, una marea sónica que hizo que la gente se detuviera en seco, tapándose los oídos. Los turistas dejaron de hacer fotos, los coches frenaron. El aire vibraba con esa alegría maligna.
Y entonces ocurrió lo más horrible.
La gente empezó a unirse a la risa. No porque les hiciera gracia, sino por espasmos. Vi a una señora mayor empezar a reírse mientras se le saltaban las lágrimas de terror. Vi a un ejecutivo doblarse de la risa mientras soltaba su maletín. En cuestión de segundos, toda la plaza de Callao era un manicomio a cielo abierto. Cientos de personas riéndose sin control, con los ojos llenos de pánico, mientras en las pantallas gigantes mi cara —la del Falso Javi— aparecía multiplicada por mil, guiñando un ojo a la multitud.
—¡Vámonos, Dani! ¡Esto es el fin! —grité, intentando arrastrarlo hacia el metro.
Pero Dani no se movía. Se había quedado petrificado mirando a un niño pequeño que estaba sentado en un banco. El niño se reía a carcajadas, señalándonos con el dedo.
—¿Dani? —pregunté, con un nudo en la garganta.
Dani se giró hacia mí. Sus ojos… sus ojos ya no eran los de mi amigo. Eran dos pozos negros, sin iris, sin pupila. Me miró fijamente y, con una lentitud desesperante, su boca empezó a ensancharse, más allá de lo humanamente posible.
—Ji, ji… —susurró Dani—. Javi, tío… ¿sabes qué es lo mejor de ser autónomo? Que nunca te falta trabajo… cuando te conviertes en la herramienta.
Dani empezó a reírse. Con mi voz. Con mi risa.
Me solté de su brazo y empecé a correr. Corrí como nunca lo había hecho, esquivando a gente que se reía, saltando sobre cuerpos que se retorcían en el suelo de puro júbilo histérico. Llegué hasta mi calle, subí las escaleras de mi edificio y me encerré en mi piso.
Ahora estoy aquí, sentado en mi habitación vacía, con la puerta bloqueada por el armario y el Yoda en la mano. Madrid sigue riéndose ahí fuera; puedo oír el eco que sube desde la Castellana, un rugido de carcajadas que no parece tener fin.
He apagado todas las luces. He roto todos los espejos. Pero sé que no sirve de nada. Porque el silencio de mi habitación ya no es silencio. Es una espera.
Y hace apenas un minuto, he oído algo. Un susurro que viene de dentro de mi propio pecho, justo donde debería estar el corazón.
—”No te preocupes, Javi. Ya casi estamos todos. Solo faltas tú por pillar el chiste.”
Y lo peor de todo… lo que de verdad me aterra mientras escribo esto con la última raya de batería de mi portátil… es que me estoy empezando a dar cuenta de que el chiste… el maldito chiste… en el fondo tiene su gracia.
—Ji… ji… ja… ja, ja.
La risa ha empezado de nuevo. Pero esta vez, ya no está detrás de mí. Está dentro. Y por fin, me siento parte del equipo.